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viernes, 23 de junio de 2017

ESTADO Y REVOLUCIÓN

El Estado (colonial) y la revolución

"El Estado es "un órgano de dominación de una clase", por lo que no es apropiado hablar de Estado libre o popular". 
"Estamos ante estados que fueron creados contra y sobre las mayorías indias, negras y mestizas, como órganos de represión de clase".
"...la realidad del mundo ha cambiado en el siglo anterior, pero esos cambios no han modificado el papel del Estado".


Raúl Zibechi


Ha transcurrido un siglo desde que Lenin escribiera una de las piezas más importantes del pensamiento crítico: El Estado y la revolución. La obra fue escrita entre las dos revoluciones de 1917, la de febrero que acabó con el zarismo, y la de octubre que llevó a los soviets al poder. Se trata de la reconstrucción del pensamiento de Marx y Engels sobre el Estado, que estaba siendo menoscabado por las tendencias hegemónicas en las izquierdas de aquel momento.

Las principales ideas que surgen del texto son básicamente dos. El Estado es "un órgano de dominación de una clase", por lo que no es apropiado hablar de Estado libre o popular. La revolución debe destruir el Estado burgués y remplazarlo por el Estado proletario que, en rigor, ya no es un verdadero Estado, puesto que ha "demolido" el aparato burocrático-militar (la burocracia y el ejército regular) que son sustituidos por funcionarios públicos electos y revocables y el armamento del pueblo, respectivamente.

Este no-verdadero-Estado comienza un lento proceso de "extinción", cuestión que Lenin recoge de Marx y actualiza. En polémica con los anarquistas, los marxistas sostuvieron que el Estado tal como lo conocemos no puede desparecer ni extinguirse, sólo cabe destruirlo. Pero el no-Estado que lo sustituye, que ya no cuenta ni con ejército ni con burocracia permanentes, sí puede comenzar a desaparecer como órgano de poder-sobre, en la medida que las clases tienden también a desaparecer.

La Comuna de París era en aquellos años el ejemplo predilecto. Según Lenin, en la comuna "el órgano de represión es la mayoría de la población y no una minoría, como siempre fue el caso bajo la esclavitud, la servidumbre y la esclavitud asalariada".

Véase el énfasis de aquellos revolucionarios en destruir el corazón del aparato estatal. Recordemos que Marx, en su balance sobre la comuna, sostuvo que "la clase obrera no puede simplemente tomar posesión del aparato estatal existente y ponerlo en marcha para sus propios fines".

Hasta aquí una brevísima reconstrucción del pensamiento crítico sobre el Estado. En adelante, debemos considerar que se trata de reflexiones sobre los estados europeos, en los países más desarrollados del mundo que eran, a la vez, naciones imperiales.

En América Latina la construcción de los estados-nación fue bien diferente. Estamos ante estados que fueron creados contra y sobre las mayorías indias, negras y mestizas, como órganos de represión de clase (al igual que en Europa), pero además y superpuesto, como órganos de dominación de una raza sobre otras. En suma, no sólo fueron creados para asegurar la explotación y extracción de plusvalor, sino para consolidar el eje racial como nudo de la dominación.

En la mayor parte de los países latinoamericanos, los administradores del Estado-nación (tanto las burocracias civiles como las militares) son personas blancas que despojan y oprimen violentamente a las mayorías indias, negras y mestizas. Este doble eje, clasista y racista, de los estados nacidos con las independencias no sólo no modifica los análisis de Marx y Lenin, sino que los coloca en un punto distinto: la dominación estatal no puede sino ejercerse mediante la violencia racista y de clase.

Si aquellos consideraban al Estado como un "parásito" adherido al cuerpo de la sociedad, en América Latina no sólo parasita (figura que remite a la explotación), sino que es una máquina asesina, como lo muestra la historia de cinco siglos. Una maquinaria que ha unificado los intereses de una clase que es, a la vez, económicamente y racialmente dominante.

Llegados a este punto, quisiera hacer algunas consideraciones de actualidad.

La primera, es que la realidad del mundo ha cambiado en el siglo anterior, pero esos cambios no han modificado el papel del Estado. Más aún, podemos decir que vivimos bajo un régimen donde los estados están al servicio de la cuarta guerra mundial contra los pueblos. O sea, los estados le hacen la guerra a los pueblos; no estamos ante una desviación sino ante una realidad de carácter estructural.

La segunda es que, tratándose de destruir el aparato estatal, puede argumentarse (con razón) que los sectores populares no tenemos la fuerza suficiente para hacerlo, por lo menos en la inmensa mayoría de los países. Por eso, buena parte de las revoluciones son hijas de la guerra, momento en el cual los estados colapsan y se debilitan en extremo, como sucede en Siria. En esos momentos, surgen experiencias como la de los kurdos en Rojava.

No tener la fuerza suficiente, no quiere decir que deba darse por bueno ocupar el aparato estatal sin destruir sus núcleos de poder civil y militar. Todos los gobiernos progresistas (los pasados, los actuales y los que vendrán) no tienen otra política hacia los ejércitos que mantenerlos como están, intocables, porque ni siquiera sueñan con entrar en conflicto con ellos.

El problema es que ambas burocracias (pero en particular la militar) no pueden transformarse desde dentro ni de forma gradual. Suele decirse que las fuerzas armadas están subordinadas al poder civil. No es cierto, tienen sus propios intereses y mandan, aún en los países más "democráticos". En Uruguay, por poner un ejemplo, los militares impidieron hasta hoy que se conozca la verdad sobre los desaparecidos y las torturas. Tanto el actual presidente, Tabaré Vázquez, como el anterior, José Mujica, se subordinaron a los militares.

Es muy poco serio pretender llegar al gobierno sin una política clara hacia las burocracias civil y militar. Las más de las veces, las izquierdas electorales eluden la cuestión, esconden la cabeza como el avestruz. Luego hacen gala de un pragmatismo sin límites.

Entonces, ¿qué hacer cuando no hay fuerza para derrotarlos?

Los kurdos y los zapatistas, además de los mapuche y los nasa, optaron por otro camino: armarse como pueblos, a veces con armas de fuego y otras veces con armas simbólicas como los bastones de mando. No es cuestión de técnica militar sino de disposición de ánimo.

http://www.jornada.unam.mx/2017/06/23/politica/017a1pol?partner=rss

CRISIS CAPITALISTA Y ANTESALA DE UNA NUEVA GUERRA MUNDIAL IMPERIALISTA

Crisis del capitalismo y antesala de una nueva guerra mundial imperialista


El Colectivo Amauta de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de Perú, ha elaborado un interesante video dónde se explica la inevitabilidad de la crisis del imperialismo (sistema económico-político de la fase final del capitalismo, como ya explicara meridianamente Lenin hace 100 años) a través de los grandes teóricos marxistas, como Marx, Engels o Lenin.

Las inevitables y cíclicas crisis del capitalismo, más intensamente en su fase imperialista, solo pueden ser resueltas por la burguesía, citando a Marx, a través de la destrucción de fuerzas productivas y, a la vez, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los viejos. En la globalización, expresión de la fase imperialista actual, la extensión de la socialización de la producción choca, entra en contradicción, con una mayor concentración de la riqueza monopolística.

La crisis actual, que continua y se agrava a pesar de los maquillajes de la burguesía, intentando ocultarla, e indefectiblemente acabará en el incremento de los choques entre las potencias imperialistas por el control de los mercados y zonas de influencia, mientras en casa se aumenta la opresión y la explotación para poder hacer frente a la competencia.

Lenin ya afirmaba que la única forma de resolverse las contradicciones en el capitalismo es por la fuerza, a través de la guerra (la guerra como fase final de un conflicto económico-político que, como ya explicara el líder de la URSS, es en realidad una guerra encubierta a través de empréstitos a cambio de dependencia, endeudamiento de las colonias y, en definitiva, control de los recursos e injerencia en los países colonizados (de manera militar o mediante aparentes alianzas forzadas).

¿Qué tiene que hacer un comunista ante la evidente e inevitable situación de que la crisis lleva a el aumento de los conflictos entre las potencias imperialsitas? ¿Ponerse de un lado o de otro? En realidad, hay que oponerse a la guerra imperialista, pero, como explicaba Mao Tse Tung, si los imperialistas se enfrentan en una guerra por el nuevo reparto del mundo, no hay que temerla. Al contrario, las guerras mundiales han sido la antesala de los grandes pasos del socialismo en la historia: de la Primera Guerra Mundial nacería la Unión Soviética, primer estado obrero del mundo; de la Segunda, triunfaría la Revolución China y el Socialismo se extendería por el mundo…

Los comunistas no son pacifistas, aunque deseen la paz, porque también han de tener claro que el capitalismo es sinónimo de violencia, represión, guerras cíclicas; los comunistas, al contrario, saben que la única paz durable solo tendrá lugar cuando el socialismo se extienda en todo el mundo y el capitalismo, hoy en su fase final imperialista sea destruído, y ese ha de ser su principal objetivo.


Citando a Mao, “…Puede afirmarse que si, a pesar de todo, los imperialistas desencadenan una tercera guerra mundial, otros centenares de millones pasarán inevitablemente al lado del socialismo, y a los imperialistas no les quedará ya mucho espacio en el mundo.”

Así que, opongámonos a la guerra, pero si estalla, hemos de tener claro quien es nuestro verdadero enemigo: la clase capitalista de cualquier país, empezando por la del nuestro, esté esta en uno u otro bando en el conflicto interimperialista (sin repetir los errores de algunos partidos comunistas en la Primera Guerra Mundial cayendo en el nacionalismo y abandonando el internacionalismo, y teniendo en cuenta que hoy ya no hay ningún estado socialista al que apoyar como si lo había en la Segunda Guerra Mundial). Como afirmaba Lenin, y ejemplificaron hace 100 años los bolcheviques rusos, “!Convirtamos la Guerra Imperialista en Guerra Civil!”

O como recordaba Mao:

“En todos los países se discute ahora si estallará o no una tercera guerra mundial. Frente a esta cuestión, también debemos estar espiritualmente preparados y examinarla de modo analítico. Estamos resueltamente por la paz y contra la guerra. No obstante, si los imperialistas insisten en desencadenar una guerra, no debemos sentir temor. Nuestra actitud ante este asunto es la misma que ante cualquier otro ‘desorden’: en primer lugar, estamos en contra; en segundo, no lo tememos. Después de la Primera Guerra Mundial apareció la Unión Soviética, con doscientos millones de habitantes; después de la Segunda Guerra Mundial surgió el campo socialista, que abarca a novecientos millones de seres. Puede afirmarse que si, a pesar de todo, los imperialistas desencadenan una tercera guerra mundial, otros centenares de millones pasarán inevitablemente al lado del socialismo, y a los imperialistas no les quedará ya mucho espacio en el mundo; incluso es probable que se derrumbe por completo todo el sistema imperialista”.

En el video del Colectivo Amauta, que os invitamos a ver, se puede disfrutar de una explicación didáctica de la crisis imperialista actual, sus razones y su desarrollo:
VÍACUESTIONATELOTODO
https://cuestionatelotodo.blogspot.com.co/2017/06/crisis-del-capitalismo-y-antesala-de.html

jueves, 22 de junio de 2017

LA REVOLUCIÓN RUSA, SEGÚN GARCÍA LINERA

La Revolución Rusa, según García Linera

Imagen: http://9www.ecestaticos.com/imagestatic/clipping/

Por Emir Sader

¿Qué visión puede tener un revolucionario del siglo XXI en América latina sobre la epopeya de los bolcheviques 100 años después? Nadie mejor que Alvaro García Linera para hacer una reelectura de la revolución bolchevique en su centenario.

En el libro ¿Qué es una revolución?, con el subtítulo De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución de nuestros tiempos (Editorial Akal) García Linera rehace toda la trayectoria de las narrativas sobre la Revolución Rusa en un texto denso y lleno de elementos para pensar la contemporaneidad de la revolución.

Antes que nada García Linera constata la dimensión del fenómeno en sus proporciones históricas: “La revolución soviética de 1917 es el acontecimiento político mundial más importante del siglo XX, pues cambia la historia moderna de los Estados, escinde en dos y a escala planetaria las ideas políticas dominantes, transforma los imaginarios sociales de los pueblos devolviéndoles su papel de sujetos de la historia, innova los escenarios de guerra e introduce la idea de otra opción (mundo) posible en el curso de la humanidad”. 

La Revolución Rusa anunció el nacimiento del siglo XX, poniendo la revolución como “referente moral de la plebe moderna en acción”. “Revolución se convertirá en la palabra más reivindicada y satanizada del siglo XX”. 

Por ello, “en los últimos 100 años morirán más personas en nombre de la revolución que en nombre de cualquier religión”, con la diferencia de que “en la revolución la inmolación es a favor de la liberación material de todos los seres humanos”.

Enseguida García Linera encara la revolución como “momento plebeyo”, que es “la sociedad en estado de multitud fluida, autorganizada, que se asume a sí misma como sujeto de su propio destino”, antes de definir el significado de la Revolución Rusa. Linera critica las visiones reduccionistas de la Revolución Rusa, las que la reducen a la toma del Palacio de Invierno y a la instauración de un nuevo gobierno. “La revolución no constituye un episodio puntual, fechable y fotografiable, sino un proceso largo, de meses y de años, en el que las estructuras osificadas de la sociedad, las clases sociales y las instituciones se licúan y todo, absolutamente todo lo que antes era sólido, normal, definido, previsible y ordenado se diluye en un ‘torbellino revolucionario’ caótico y creador”. 

La combinación extraordinaria de una serie de eventos y factores es lo que hace posible la revolución: “Las revoluciones son acontecimientos excepcionales, rarísimos, que combinan de una manera jamás pensada corrientes de lo más disímiles y contradictorias, que lanzan a la sociedad entera, anteriormente indiferente y apática, a la acción política autónoma”.

Una revolución, según García Linera, “es, por excelencia, una guerra de posiciones y una concentrada guerra de movimientos”, acercando a Lenin y Gramsci. En la intensa lucha ideológica previa, los bolcheviques se van haciendo políticamente hegemónicos en las clases subalternas. “En realidad, la insurrección de octubre simplemente consagró el poder real alcanzado por los bolcheviques en todas las redes activas de la sociedad laboriosa”, que “se presenta más que como ‘dualidad de poderes’, como ‘multitud de poderes locales’”.

Así, para García Linera, la contraposición entre revolución y democracia es un falso debate, porque una “revolución es la realización absoluta de la democracia”. De la misma forma que es una interpretación equivocada considerar que las revoluciones son imposibles sin una “guerra de movimientos” que construye, a lo largo del tiempo, las condiciones del triunfo revolucionario. Por ello Lenin defiende el concepto de “frente único” en los debates de la Internacional Comunista, explicitado por Gramsci sobre las sociedades orientales y occidentales.

Hay un aspecto universal de la revolución soviética que radica “en la victoria cultural, ideológica, política y moral de las corrientes bolcheviques en la sociedad civil”. Enseguida García Linera retoma los términos en que él caracterizó las etapas de la revolución boliviana, al enfocar las relaciones entre el momento jacobino leninista y el momento gramsciano hegemónico. El se refiere al momento jacobino como “el punto de bifurcación de la revolución”, que no tiene que ver con un momento de ocupación de instalaciones del viejo poder, ni del desplazamiento de las viejas autoridades. “Las revoluciones del siglo XXI muestran que esto último llega a realizarse por vía de elecciones democráticas”.

“El punto de bifurcación o momento jacobino es este epítome de las luchas de clase que desata una revolución”, es “un tiempo donde los discursos enmudecen, las habilidades de convencimiento se repliegan y la lucha por los símbolos unificadores se opaca”. 

En la revolución cubana fue la batalla de Girón, en el gobierno de Allende el golpe de Pinochet, en Venezuela el paro de actividades de Pdvsa y el golpe de Estado en 2002, en Bolivia el golpe de Estado cívico-prefectural de septiembre de 2008. La importancia de ese momento “jacobino-leninista” radica en instituir “de forma duradera, el monopolio de la coerción, de los impuestos, de la educación pública, de la liturgia del poder y de la legitimidad político-cultural”. Esa combinación inseparable de los momentos “hace que una revolución con un momento gramsciano sin un momento leninista sea una revolución trunca, fallida”. 

El libro desemboca en la discusión de lo que es el socialismo. García Linera incorpora la idea de que si una revolución no se propaga a otros países termina agotándose. Frente a esa y a otras dificultades, observa: “Uno desearía hacer muchas cosas en la vida, pero la vida nos habilita simplemente a hacer algunas. Uno desearía que la revolución fuera lo más diáfana, pura, heroica, planetaria y exitosa posible –y está muy bien trabajar por ello– , pero la historia real nos presenta revoluciones más complicadas, enrevesadas y riesgosas. Uno no puede adecuar la realidad a las ilusiones, sino todo lo contrario: debe adecuar las ilusiones y las esperanzas a la realidad a fin de acercarla lo más posible a ellas, enriqueciendo esas ilusiones a partir de lo que la vida real nos brinda y enseña”.

En el análisis concreto da la dinámica de la Revolución Rusa, García Linera advierte de que “ninguna revolución tiene un contenido predeterminado”, lo que fue generando el carácter de la Revolución Rusa fue la forma en que los bolcheviques fueron encarando las trasformaciones revolucionarias. “El socialismo no es la estatización de los medios de producción”, sino, en términos leninistas: “no es más que el monopolio capitalista del Estado puesto al servicio de todo el pueblo y que, por ello, ha dejado de ser monopolio capitalista”. 

“... el socialismo jamás podrá ser la socialización o la democratización de la pobreza, porque fundamentalmente es la creciente socialización de la riqueza material”. “A contracorriente de lo que la izquierda mundial creyó durante todo el siglo XX, la estatización de los grandes medios de producción, de la banca y del comercio no instaura un nuevo modo de producción ni instituye una nueva lógica económica –mucho menos el socialismo– , porque no es la socialización de la producción”. “En otras palabras, uno de los fetiches de la izquierda fallida del siglo XX: ‘la propiedad del Estado es sinónimo de socialismo’, es un error, una impostura. Incluso hoy se tiene un izquierdismo edulcorado que, desde la cómoda cafetería en la que planifica terribles revoluciones a partir de la espuma del capuchino le reclama a los gobiernos progresistas más estatizaciones para instaurar el socialismo inmediatamente”. 

En la parte final del libro García Linera se detiene en una de sus (justas) obsesiones actuales: el rol del tiempo en la resolución de los problemas económicos. En el se demuestra el fracaso total del comunismo de guerra y como Lenin justifica e introduce a la NEP (Nueva Política Económica) para organizar la economía soviética en las condiciones de enorme retroceso social provocado por las devastaciones del país. 

“La regla básica del marxismo de que la base material de la sociedad influye las otras esferas no siempre es tomada en cuenta por los revolucionarios, que pueden llegar a sobredimensionar la voluntad y la acción política como motores de cambio”. Sin embargo, “sin base material, no existen potencialidades revolucionarias que espolear y, por tanto, devienen en impotencia discursiva”. La NEP derrumba buena parte de las ilusas concepciones pre-constituidas acerca de la construcción del socialismo, ayuda a precisar lo que el socialismo es en realidad y fija con claridad las prioridades que una revolución en marcha debe resolver.

“El socialismo como construcción de nuevas relaciones económicas no puede ser una construcción estatal ni una decisión administrativa; sino, por encima de todo, una obra mayoritaria, creativa y voluntaria de las propias clases trabajadoras que van tomando en sus manos la experiencia de nuevas maneras de producir y gestionar la riqueza”.

Así, “la lucha por un nuevo sentido común y estructuras organizativas de las clases trabajadoras son las tareas fundamentales en el proceso revolucionario”. “La economía y la revolución mundial representan entonces las preocupaciones post insurreccionales”.

“En síntesis, el socialismo es un larguísimo período histórico de intenso antagonismo social, en el que, en lo económico, las relaciones capitalistas de producción y la lógica del valor de cambio siguen vigentes, pero que, en su interior, desde sus entrañas, en el ámbito local, nacional, surgen una y otra vez incipientes, intersticiales y fragmentarias formas de trabajo comunitario, asociado, que pugna por expandirse a escalas regionales y nacionales”. “El socialismo no es pues un modo de producción ni un destino. Es un espacio histórico de intensas luchas de clases...”

¿Por qué fracasó la revolución soviética? Porque no ha logrado ensamblarse con otras revoluciones. Y porque el Estado ha asumido el protagonismo de los cambios y las decisiones sociales, lo cual es un camino rápido al fracaso. Pero quedó de esa revolución la experiencia más prolongada de una revolución social. 

“Hoy recordamos la revolución soviética porque existió, porque por un segundo despertó en los plebeyos del mundo la esperanza de que era posible construir otra sociedad...” “Pero también la recordamos porque fracasó de manera estrepitosa, devorando las esperanzas de toda una generación de clases subalternas.”

Aunque cito a García Linera ampliamente para darle la palabra de forma textual, aunque sea un libro relativamente pequeño –cerca de 100 páginas–, estoy seguro de que hay muchos otros argumentos que vale la pena que consideremos hoy. Pero bastan esos para que se reafirme que la mejor fuente para encarar el pasado, el presente y el futuro es la práctica revolucionaria, que permite a García Linera extraer ese conjunto de extraordinarias lecciones. En comparación con seminarios tristes, encerrados en claustros académicos, que celebran los cien años de 1917, lejos de la realidad histórica y política contemporánea este texto reafirma a García Linera como el intelectual latinoamericano contemporáneo más importante.

https://www.pagina12.com.ar/45597-la-revolucion-rusa-segun-garcia-linera

martes, 6 de junio de 2017

ENSEÑANZAS EN EL CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

100 años de la Revolución de Octubre y 150 del Capital

JAIME ARAUJO RENTERIA


La humanidad conmemora este año, 150 años del Capital y 100 de la revolución de octubre; que lecciones podemos sacar, para la situación actual de Colombia, para la unidad de los sectores democráticos y cómo podemos interpretar algunas de sus experiencias desde la perspectiva de los derechos humanos.

El aporte de Marx como científico social y el método del Capital

De los muchos aportes que hizo Marx a la ciencia, fue primordial el descubrimiento del factor fundamental de las relaciones entre los hombres: los hombres establecen entre ellos, múltiples relaciones; relaciones de todo tipo, religiosas, culturales, políticas, jurídicas, sexuales, económicas, etcétera. Antes de Marx, los hombres se encontraban perdidos en el caos de estas relaciones; no existía un norte que determinara cuáles relaciones condicionaban al resto de las relaciones humanas. Marx puso orden en este caos de relaciones y logró establecer, que la relación fundamental era la económica y que esta, a su vez, condicionaba o determinaba el resto de las relaciones entre los hombres. Que la base económica, el modo de producción, es la que determina las clases sociales; determina la política y toda la superestructura y no al revés como se había creído hasta entonces. Con este aporte, Marx, creada el materialismo histórico. Quien mejor lo explicó, fue Federico Engels, en el discurso que hizo, ante la tumba de Marx: “Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él. El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas”.

El método del Capital

Sobre el capital de Marx, mucho se ha escrito, y en lo que a nosotros respecta, bástenos con reiterar que constituye un hito de la ciencia de la economía política. Sin embargo, queremos llamar la atención, sobre un aspecto menos conocido del mismo; esto es, del método con que fue construido. Antes de Marx, los economistas utilizaban un método de exposición de su ciencia, que iba de lo concreto a lo abstracto; por ejemplo, Thomas Robert Malthus, comienza estudiando la relación concreta que existe, entre población y alimentos; para concluir, que la pobreza de la sociedad y las crisis económicas que ésta sufre, tienen como causa la relación desproporcionada que existe entre el aumento de los alimentos y el aumento de la población; pues mientras los alimentos aumentan aritméticamente, la población aumenta geométricamente. No es lo mismo 4 + 4 + 4=12, que cuatro a las tres: 4X4X4=64; mientras los alimentos aumentan 12 veces, la población aumentó 64 veces. Después de explicar cosas concretas como estas, Malthus y otros economistas anteriores a Marx, explicaban relaciones más abstractas, como la renta o la renta de la tierra. Era el método de lo concreto a lo abstracto.
Marx, invierte ese método en el capital y comienza por lo más abstracto, para explicar luego relaciones concretas, utiliza un método teórico de conocimiento que va de lo abstracto a lo concreto, denominado: Elevación de lo abstracto a lo concreto. En este sentido, el pensamiento puede considerarse como modo de comprender la realidad mediante la abstracción. Mediante la abstracción se destaca la propiedad esencial, el aspecto esencial del objeto. El método de abstracción científica consiste en abstraerse de lo secundario y no esencial.

"Al destacar una propiedad o relación, la idea puede abstraerse incluso de las propias cosas y fenómenos a los que pertenecen dichas propiedades y relaciones. Así surgen las cualidades de "lo blanco", lo "hermoso", "la herencia", "la conductibilidad eléctrica", etc. Semejantes abstracciones en la lógica se denominan objetos abstractos".
Hasta el siglo XIX, al investigar un fenómeno de la naturaleza o de la sociedad, no se aplicaba el método de ascensión de lo abstracto a lo concreto, sino el método inverso de ascensión de lo sensorial concreto a lo abstracto. Este último método fue el utilizado por Hobbes y Locke en sus escritos filosóficos y políticos, así como por todos los economistas anteriores a Marx. "Los economistas del siglo XVII -Ha escrito Marx al analizar el método de conocimiento de estos-, por ejemplo comienzan siempre por el todo viviente, por la población, la Nación, el Estado, varios Estados, etc; pero siempre terminan en distinguir, por medio de análisis, relaciones universales abstractas determinantes como división del trabajo, dinero, valor, etc".

Marx utilizó el método inverso, ascensión de lo abstracto a lo concreto, en su obra cumbre, el capital. En esta obra comienza el análisis por la definición abstracta de la mercancía y sigue avanzando hasta crear el panorama de las relaciones capitalistas en todo su conjunto... "En el análisis de las formas económicas escribió Marx en el capital -no pueden emplearse ni el microscopio ni los reactivos químicos. La capacidad de abstracción ha de sustituir a esos medios."
Karl Marx comienza, señalando que la sociedad capitalista, en una sociedad que produce para el mercado, por lo mismo, produce mercancías. Con esta constatación, lo que Marx quiere es señalar la diferencia, entre el modo de producción feudal, que consiste en una producción autárquica, donde se produce el objeto en el feudo, y se consume dentro de ese mismo feudo, donde muchas veces quien consumía el producto es el mismo que lo había producido. Modo de producción distinto al de la sociedad capitalista donde se produce en un lugar y se consume en otro completamente distinto, donde el que consume el producto, lo más probable es que ni siquiera conozca a quien lo produjo; donde el consumidor colombiano, jamás conocerá al obrero chino que lo elaboró.

Luego de caracterizar la sociedad capitalista como productora de mercancías, Marx se pregunta por qué los hombres adquieren mercancías y la respuesta es que con ellas se satisfacen necesidades de los hombres: como necesita protegerse del frío, compra vestidos; como necesita alimentarse, compra yuca y compra Papa; como necesita solaz espiritual, adquiere arte y literatura; etcétera. Este es el valor de uso de las mercancías.

Marx, se pregunta luego por qué mercancías que tienen valores de uso tan distinto, como la papa y los libros, pueden intercambiarse entre ellas. La mercancía tiene entonces, además del valor de uso, un valor de cambio, o de intercambio entre ellas. Pero para que esto sea posible, qué mercancías tan distintas, y con valores de uso tan distintos, puedan intercambiarse entre sí, tienen que tener algo en común que permita ese intercambio. Ese elemento en común es que todas son producto del trabajo de los hombres. El contener todas, trabajo humano, es lo que hace posible su intercambio. La cantidad de trabajo que cada una contenga, determina también su valor de intercambio: si para producir un lápiz, necesito una hora de trabajo; y para producir un libro necesito tres horas de trabajo; puedo cambiar un libro por tres lápices.

Marx señala, que en la sociedad capitalista, productora de mercancías, unos hombres son dueños de instrumentos y medios de producción y otros sólo son dueños de su fuerza de trabajo, que deben vender a los primeros, por lo que el trabajo de los últimos, se convierte también en una mercancía que venden a los primeros. Sin embargo, los dueños de los instrumentos y medios de producción, no pagan a los trabajadores la totalidad de su trabajo; de manera que estos últimos entregan más valor (plusvalía) del que reciben por su trabajo. Éste trabajo no remunerado, que recibe el patrono, es el que le hace enriquecerse cada día más.

Luego de que ha comenzado por estas abstracciones, Marx, comienza el análisis de temas concretos, como la renta, la renta de la tierra, las formas de capital: capital comercial, capital financiero, capital industrial y aquí hace otro aporte metodológico importante, al señalar que existe una diferencia entre lo histórico y lo lógico, ya que lo que es primero en el tiempo, no es siempre lo fundamental, lo lógicamente importante: mientras la acumulación originaria de capital, se da en la forma de capital comercial, sin embargo, para el sistema capitalista, es más importante el capital industrial y la razón de esta distinción es muy simple; es que el capital industrial es el que produce la plusvalía, mientras las otras dos formas de capital no producen plusvalía (aunque tomen parte de ella, no la producen). Consideramos que lo dicho, es suficiente, para señalar el aporte metodológico de Marx, al elaborar el capital.

100 años de la Revolución de Octubre. Una lectura en clave de derechos

Existe, un hilo conductor y una continuidad, entre el marxismo, la primera revolución rusa de 1905 a 1907 y la revolución de octubre de 1917. Sin embargo, eso no puede hacernos olvidar, los aportes nuevos que hicieron Lenin y la revolución de octubre; entre otras cosas, por la sencilla razón, de que jamás había existido otra revolución socialista y se trataba de crear la primera.

Entre los nuevos aportes que hizo Lenin, y que fueron vitales para lograr el triunfo de la revolución de octubre, fue construir un partido político de nuevo tipo: de cuadros y no de masas; donde no bastaba, como en los partidos burgueses, declararse miembro de el, donde era necesario integrarse al trabajo en una de sus organizaciones. Esta labor, la cumplió Lenin en el segundo Congreso del partido obrero de Rusia, de cuya división, se produjeron los nombres de bolcheviques (mayorías) y mencheviques (minorías), en el año 1903, cuyos debates aparecen documentados en su libro “Un paso adelante, dos pasos atrás,” escrito en 1904. La labor del partido, en el camino hacia el poder político pasaba por las tareas de propagar (propagar-agitar), educar y organizar: propagar las ideas del socialismo, su cosmovisión del mundo; educar a la clase obrera y a su aliado natural los campesinos pobres y medios, para que tomaran conciencia de sus intereses de clase; para que pasaran de ser una clase en sí, a una clase para sí; y organizar a la clase obrera y sus aliados, así como a las amplias masas populares, en estructuras que permitieran agruparlas, en la lucha por sus intereses; por sus derechos. Para Lenin era claro, que el partido pertrechado con la teoría socialista, tenía que acercarse a las reivindicaciones concretas, por los derechos concretos de las amplias masas populares, pues la teoría sin práctica es estéril y la práctica sin teoría es ciega. Sólo en la lucha, por el derecho a la educación, se puede propagar, educar y organizar a quienes no tienen educación, para que conozcan su derecho a la educación, puedan reclamarlo y hacerlo realidad; sólo en la lucha por el derecho a la salud, se puede propagar, educar y organizar a quienes no tienen salud; etcétera.

Para Lenin, como para Marx, el sistema capitalista y su modelo económico es injusto porque priva de derechos. La institución que le dio nacimiento, esto es la propiedad privada, es injusta, precisamente porque priva de propiedad a la mayoría de la población, pues al permitir la propiedad privada de instrumentos y medios de producción, ésta se convierte en propiedad de una minoría de miembros de la sociedad y se excluye de ella a millones de personas. La libertad de prensa burguesa, es injusta, porque otorga el derecho a una minoría: a los dueños de los medios masivos de comunicación y excluye de ese derecho a la gran mayoría de los ciudadanos. El sistema capitalista es injusto, porque no otorga los derechos a todos los ciudadanos: los derechos a la salud, a la educación, a la vivienda, al trabajo, etc. sólo son privilegios de una minoría. La idea del socialismo, era otorgar, estos derechos a todas las personas y de esa manera construir una sociedad más justa, más igualitaria y más libre. Este mismo déficit de derechos típico del sistema capitalista, lo encontraba Lenin también, en el concepto de democracia burguesa. Para Lenin, siguiendo a Engels, la comunidad primitiva era una forma de sociedad sin Estado. El Estado surge con la propiedad privada de instrumentos y medios de producción; la primera forma de Estado es el Estado esclavista; que es reemplazado por el Estado feudal y este por el capitalista, que sería reemplazado por el comunismo, otra forma de sociedad sin Estado, en un nivel distinto, por el alto desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción (modo de producción). Entre el Estado capitalista y el no Estado comunista, era necesario un tipo de Estado que aboliera la propiedad privada y se auto extinguiera: era la dictadura del proletariado. Para Lenin, todos los modelos de Estado implican una correlación entre democracia y dictadura; tanto en el Estado esclavista, como en el feudal, el capitalista o la dictadura del proletariado, coexisten democracia y dictadura; la diferencia de la dictadura del proletariado con los estados anteriores estribaba, en que se invierten los términos: antes la democracia (en el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo) era para la minoría de la población; y la dictadura para la mayoría de la población; ahora, con la dictadura del proletariado, la democracia es para la mayoría de las personas y la dictadura es sólo para la minoría de ellas. Lo que traducido en derechos significaba, que ahora los derechos eran para la mayoría de la población. Era una propuesta de ampliación de la democracia política y de la democracia económica.

Para Lenin, la lucha por el socialismo, era al mismo tiempo una lucha por los derechos humanos y la toma del poder estaba indisolublemente ligada a unos derechos humanos concretos: no por azar, desde las tesis de abril, escoge cuatro derechos, que toma directamente de las peticiones del pueblo: Pan, Paz, Tierra, Libertad.
El pueblo ruso estaba pasando hambre y era necesario darle su derecho a alimentarse. El pueblo ruso, estaba cansado de la guerra: la Primera Guerra Mundial había privado del derecho a la vida a muchos rusos y había sido causa de la violación de muchos otros derechos, como la integridad física y moral de muchas personas; la guerra civil, también afectaba el derecho a la paz, era necesario restablecerle al pueblo, su derecho a La Paz. Sin embargo, en relación con este derecho, Lenin tenía claro, que si se le quería restablecer el verdadero derecho a la paz al pueblo ruso antes se debía derrocar al capital, acabar su modelo económico. El precio de la paz no podía ser la perpetuación del modelo económico que ocasionaba las guerras. El derecho a la libertad, era un reclamo que tenía varias dimensiones, en una Rusia que era mucho más feudal que capitalista, con tantas ataduras feudales que había que romper: libertad personal, libertad religiosa, libertad de pensamiento, de palabra, de partidos políticos, de prensa, etc.

El derecho a la tierra, Lenin sabía, que el desarrollo industrial de Rusia no era el más grande de Europa, lo que hacía que su clase obrera fuese minoritaria, que si quería tomar y conservar el poder, necesitaba de un aliado mucho más numeroso que ella, que eran los campesinos pobres y los campesinos medios (excluida a los terratenientes) y que la única manera de ganárselos y movilizarlos era asegurándoles su derecho a la tierra, configurando una alianza obrera-campesina. Sobre este tema sabía también, que el programa de los eseristas de izquierda, estaba más cercano a las aspiraciones campesinas y no dudo en hacer una alianza con ellos y adoptar parte de su programa, con tal de fortalecer la alianza obrera-campesina.

Enseñanzas de Octubre para la unidad en Colombia

A 100 años de la revolución de octubre, todavía son muchas las enseñanzas que podemos aprender de ella. Una de las más importantes es que ella siempre estuvo ligada a la lucha por los derechos; que se hizo posible gracias a que era un proyecto de ampliación de la democracia política y de la democracia económica; de más derechos para todos. Que los cuatro derechos, que en ese momento histórico, Lenin destacó como condición de tránsito hacia el socialismo, son todavía una tarea pendiente en Colombia, donde muchos colombianos todavía padecen de hambre, donde la paz con justicia social sigue siendo una quimera, que se trueca en una cesación parcial de un conflicto armado, donde el Estado no cumple lo pactado, donde el tema de la tierra sigue pendiente y donde ha desaparecido, inclusive como simple reivindicación, el tema de la reforma agraria; donde en vez de aumentar nuestras esferas de libertad física, moral, espiritual, cada día, se nos encadena, aprisiona y se nos esclaviza cada vez más.

Que además, de esos cuatro derechos, está pendiente en Colombia, la realización de otros derechos, que no fueron ni siquiera discutidos, en el acuerdo de La Habana, que fueron dejados expósitos, y que como sociedad civil es nuestro deber reclamarlos y tutelarlos, como son el derecho universal, para todos los colombianos, a la educación y a la salud. Las Reformas agraria, urbana y del sistema financiero; la reforma del congreso, de la Justicia, de la educación y la salud. La redistribución de la riqueza y la lucha contra todas las formas de discriminación incluidas la sexual y la racial.

Los acuerdos de La Habana, tampoco cambia el modelo económico, sino que lo perpetúa; no defiende la soberanía nacional. No le da a las víctimas de la violencia sus derechos a la verdad a la justicia a la reparación ni la garantía de no repetición; no le da los colombianos la verdadera paz con justicia social ni la paz con la naturaleza, no está la preservación del medio ambiente; la lucha contra la corrupción y el desempleo. En los acuerdos de la Habana brillan por su ausencia la Libertad e igualdad de los colombianos, la Creación del estado autonómico o federal; el derecho a la vivienda para todos, etc. No podemos dejar que estas ideas, en síntesis: Paz con justicia social y democracia política y económica, desaparezcan del debate social y político y por estas razones y por estos derechos, es que tenemos que ir más allá del acuerdo de La Habana.

Estos derechos y su contenido, tienen que ser plasmados en un programa mínimo que sea al mismo tiempo de acción política y de acción social. Es un programa mínimo, ya que nadie puede imponer la totalidad de su concepción de sociedad y estado al resto de los demócratas, por lo que es necesario que recoja los temas y enfoques fundamentales en los que existe coincidencia, como por ejemplo la paz, la soberanía nacional, las reformas agraria, urbana y financiera; el respeto al medio ambiente, el apoyo a las luchas campesinas, indígenas y de los afro descendientes, la lucha por el territorio, el respeto a la soberanía popular, la defensa y ampliación de todos los derechos humanos. La sociedad civil democrática debe contribuir individual o colectivamente a establecer el programa mínimo y una vez planteada las propuestas y votadas las propuestas, las que obtengan mayoría deben ser respaldadas por todos nosotros, propagadas en todos los escenarios y debemos hacer la labor de organización y educación en torno a ellas. Una vez elaborado el programa mínimo, es necesario definir unas reglas de juego, para determinar quiénes pueden ser voceros o portavoces de ese programa; lo ideal es que haya varias personas que recorren todo el país propagándolo, organizando a quienes quieran trabajar por él y educando a la gente en sus derechos para que puedan reclamarlos.

Quienes propaguen y agiten este programa, tienen que decirle claramente al pueblo colombiano, que no aceptamos el falso dilema, en que se nos quiere meter, de escoger entre el diablo de Santos y el Lucifer de Uribe, entre la corrupción de Santos y la de Uribe; que para nosotros son exactamente iguales, pues ambos defienden el mismo modelo económico y ambos, han librado una guerra sin cuartel contra los derechos del pueblo colombiano.

Ese diálogo, entre demócratas colombianos, tiene que pasar, por el diseño de las nuevas instituciones que den más derechos al pueblo colombiano, que hoy, mientras no aparezca una opción mejor, el escenario natural para realizarlo y plasmar el programa mínimo en nuevas instituciones que hagan posible el cambio de las estructuras injustas (una estructura de educación que no da educación a todos los colombianos y necesitamos remplazarla, por otra que si de educación a todos; como necesitamos remplazar la estructura de salud que no da salud a todos los enfermos, por otra que si de salud a quien lo necesite; etc.) es la Asamblea Nacional Constituyente, popular, autónoma, democrática y soberana.

https://www.desdeabajo.info/politica/31689-100-anos-de-la-revolucion-de-octubre-y-150-del-capital.html

martes, 23 de mayo de 2017

DE LOS PAROS Y HUELGAS REIVINDICATIVAS AL PARO POLÍTICO DE MASAS

¡Contra el camino de la falsa paz y la farsa electoral: impulsar la Huelga Política de Masas!

POR RO 


Los últimos días son abundantes en huelgas y manifestaciones, también por regiones enteras se extiende la movilización popular como en Chocó, Yopal y Buenaventura, donde su fuerza y reivindicaciones están siendo opacadas por los grandes medios de comunicación. Esos y otros levantamientos que se presentan deben ser respaldados por los revolucionarios, independientemente de quien los dirija, porque su efervescencia contribuye al camino de la lucha directa y revolucionaria de masas; porque son obligados por la presión de la base incluso contra sus propios dirigentes, que han estado con el gobierno y su falso proceso de paz, presentándose ahora al lado de la lucha directa solo por conveniencia para no quedar aislados, porque sus intereses dependen de las promesas de los enemigos.

En Barrancabermeja los obreros están a la cabeza de las reclamaciones de los oprimidos de las regiones petroleras, por las reivindicaciones de trabajadores y la comunidad pisoteados por empresas y el Estado. El magisterio encabeza el pie de fuerza de al menos un millón de trabajadores estatales dispuestos al paro indefinido por alza de salarios y demás reivindicaciones, en sectores tales como la Dian, el Inpec, el Ministerio del Trabajo, la Procuraduría, la Contraloría, el sector judicial, entre otros. En norte del Cauca los indígenas están siendo baleados por el Ejército Nacional como respuesta a la recuperación de su tierra, que el gobierno ha entregado a zánganos explotadores de la caña de azúcar… Se necesita ponerse al frente y dar ideas correctas al movimiento para no dejarlo al acecho de los enemigos. Hay que reforzar la actividad independiente de organización y la labor revolucionaria en comités de lucha, de paro, en esos conflictos, así como en la reestructuración del movimiento sindical, en pro de elevar la conciencia política de los trabajadores por todo el país.

Las justas reivindicaciones sociales que el Gobierno ha burlado, mientras entrega la tierra a los usurpadores y da subsidios a los ricos, le demuestra a los trabajadores que la dirección de los jefes reformistas, vendeobreros de la centrales y de los partidos oportunistas falsos comunistas, no lleva a buen puerto al movimiento obrero y popular, poniéndolo a la cola de los intereses de los burgueses y terratenientes.

El incumplimiento generalizado del Gobierno a los acuerdos celebrados en otros momentos de movilización de trabajadores, pensionados, maestros, pequeños propietarios y comunidad ha rebosado la copa. De nada valió la promesa de los jefes vendeobreros, reformistas y oportunistas de darle respiro al “nobel de paz” y su Ejecutivo para cumplir o modificar la implementación de los acuerdos con los jefes de las Farc. Aquí no están los intereses de las masas de por medio. Por el contrario, los enemigos han seguido avanzando con más libertad en sus planes contra las masas.

La Crisis económica hizo más infernal el problema del desempleo, la superexplotación, la miseria y el despojo de los campesinos, pero el gobierno llama a no acosar la dictadura de los ricos porque como consecuencia los trabajadores pagarán más caro con el despido, la “disminución de la inversión extranjera” y el estancamiento del crecimiento de la producción. Un llamado al que se acogen directamente y sin sonrojarse los jefes vendeobreros de las centrales sindicales y todos los reformistas y oportunistas amigos de la reelección de Santos.

La plata de la corrupción y las ganancias de los grandes monopolios naciones e internacionales alcanzarían y sobraría para sacar a Colombia del atolladero, pero esto no será posible porque la tal “voluntad política” burguesa que tanto claman los reformistas, es la tapadera que oculta el interés voraz del capital en la ganancia, a costa de oprimir y explotar. Quienes se han robado el erario, han saqueado la naturaleza y exprimido hasta la última gota de sudor del pueblo colombiano, son los señores del capital ahítos de ganancias que están ahogados en medio de un sistema que se hunde sin poder humano que lo evite y ante el cual los trabajadores deben levantarse como una sola fuerza para sepultarlo.

Los niveles de corrupción en los casos de Reficar, Odebrecht y numerosas entidades regionales y nacionales demuestra otra denuncia insistente de los revolucionarios: el Estado capitalista apesta y el camino no es reformarlo, hay que destruirlo, no dejando piedra sobre piedra de él, para construir sobre sus ruinas un Estado de Obreros y campesinos; ese sí barato, transparente, eficiente y al servicio de la sociedad.

Mientras el sistema financiero gana como nunca y a sus bandidos no los castiga nadie —incluyendo a los que tienen su dinero en paraísos fiscales—; mientras hay de por medio reformas tan infames como la tributaria, están en desprestigio todas las instituciones del Estado putrefacto, y el mentiroso proceso de paz deja ver que no fue más que la legalización del despojo a los campesinos por los grandes cacaos capitalistas… mientras todo esto sucede es apenas natural que crezca a la vez la indignación y la rebeldía de todo el pueblo trabajador, es en estos momentos cuando sobran motivos para avanzar a la Huelga Política de Masas en todo el país, para avanzar al Paro Nacional Indefinido, aislando a los jefes traidores que han respaldado al gobierno antiobrero y antipopular.

El Gobierno de Santos, como los que le han antecedido, ejecuta el poder a favor de una facción capitalista que llena sus bolsillos, a la vez que representa los intereses comunes de burgueses, terratenientes e imperialistas, oprimiendo y haciendo más miserable al pueblo colombiano. Solo la fuerza del indómito movimiento que hoy se presenta en distintas regiones y por sectores a nivel nacional, solo esa poderosa fuerza unida a nivel nacional en una Huelga Política de Masas, en un Paro Nacional Indefinido puede enfrentar con éxito a los enemigos, arrancando las reivindicaciones económicas, sociales y políticas inmediatas que exige el pueblo, obligando a retroceder la dictadura infame de burgueses y terratenientes.

Las reivindicaciones de que hablamos están bien recogidas en la Plataforma del Pueblo Colombiano propuesta por los Comités de Lucha en las principales ciudades del país, por esto la obligación de los auténticos representantes de los trabajadores es conformar y fortalecer estas organizaciones independientes y revolucionarias del pueblo, para fortalecer el camino de la Huelga Política de Masas por todo el país. Esto aplica para los dirigentes sindicales que deben desenmascarar y aislar a los dirigentes del sindicalismo burgués, quienes apoyaron la reelección de Santos e incluso la campaña por el SÍ en su referendo mentiroso, malgastando los fondos sindicales en la politiquería y el engaño de la burguesía en lugar de utilizarlos para unir y generalizar el paro.

El aplacamiento de la rebeldía popular que piden ahora los enemigos y que gestionan los sirvientes del capital desde dentro del movimiento obrero, está en contra de la justa rebeldía que estalla por toda Colombia, la cual rebasa la represión del Estado y a sus bomberos de la lucha social. Corresponde a los revolucionarios hacerse presentes con su denuncia, su propaganda y agitación, llevar sus ideas de organización y lucha para dar rienda suelta a la iniciativa creadora de las masas en esta pelea de todos los explotados y oprimidos contra todos los explotadores y opresores representados en el Estado. Esta es una oportunidad de ligar la lucha por las reivindicaciones inmediatas de las masas a la lucha por la Revolución Social.

http://www.revolucionobrera.com/actualidad/contra-el-camino-de-la-falsa-paz-y-la-farsa-electoral-impulsar-la-huelga-politica-de-masas/

viernes, 19 de mayo de 2017

LA RELEVANCIA CONTEMPORÁNEA DE KARL MARX

La relevancia contemporánea de Marx

Imagen: https://marxismocritico.files.wordpress.com. 

Claudio Katz ::

Marx recupera interés. Su clarificación del funcionamiento del capitalismo contrasta con las simplificaciones neoclásicas y las ingenuidades heterodoxas. Indicó la lógica de la plusvalía que subyace en la agresión neoliberal y el tipo de superexplotación que prevalece en el trabajo precario. Esclareció el origen de la desigualdad y el sentido actual del beneficio.

El Capital permite refutar la identificación de la revolución digital con el desempleo. Cuestiona las explicaciones de la crisis por desaciertos gubernamentales o carencias de regulaciones. Remarca tensiones intrínsecas en la esfera del consumo y la rentabilidad.
Marx subrayó los determinantes productivos de las convulsiones financieras. Sugirió las conexiones de la mundialización con los patrones nacionales de acumulación. Anticipó las polarizaciones que generan subdesarrollo en la periferia y los enlaces del antiimperialismo con estrategias socialistas.

También conceptualizó la combinación de ilusiones y temor que propaga la ideología burguesa. Su proyecto igualitario resurge junto a nuevas síntesis de la acción política con la elaboración teórica.




LA RELEVANCIA CONTEMPORÁNEA DE MARX

Claudio Katz

La conmemoración del 150 aniversario de El Capital ha renovado el debate sobre las contribuciones legadas por Marx a la comprensión de la sociedad actual. El texto continúa suscitando apasionadas adhesiones y fanáticos rechazos, pero ya no ejerce la enorme influencia que tuvo en los años 60 y 70. Tampoco padece el olvido que acompañó al desplome de la Unión Soviética. Ningún investigador de peso ignora actualmente el significado del libro y las relecturas traspasan la academia e influyen sobre numerosos pensadores.

El interés por Marx se verifica entre los economistas que resaltan su anticipación de la mundialización. Otros descubren una precoz interpretación de la degradación del medio ambiente y vinculan la ausencia de soluciones al desastre ecológico, con la crisis civilizatoria que previó el teórico germano.

Su obra es retomada con mayor frecuencia para caracterizar la etapa neoliberal. Varios autores indagan las semejanzas de ese esquema con el “capitalismo puro” y desregulado que prevalecía en la época de Marx.

En un período de privatizaciones, apertura comercial y flexibilización laboral se transparentan rasgos del sistema que permanecieron ocultos durante la fase keynesiana. Los diagnósticos del pensador alemán recuperan nitidez en el siglo XXI.

La gran crisis que estalló en el 2008 reubicó a El Capital en un lugar preponderante de la literatura económica. Ese desplome financiero no sólo desembocó en una impactante recesión. Precipitó además una expansión inédita del gasto público para socorrer a los bancos.

Marx recobra importancia en este escenario de agudos desequilibrios capitalistas. Por esta razón sus explicaciones del funcionamiento y la crisis del sistema son revisadas con gran atención.

Algunos analistas igualmente estiman que sus respuestas han perdido actualidad al cabo de 150 años. Es evidente que el régimen vigente es muy distinto al imperante en el período que conoció el escritor alemán. El registro de estas diferencias contribuye a evitar búsquedas dogmáticas de lo “ya dicho por Marx” sobre acontecimientos que lo sucedieron.

Pero conviene también recordar que el estudioso germano investigó el mismo modo de producción que opera en la actualidad. Ese régimen continúa regulado por las mismas leyes y sujeto a los mismos principios. Todas las denominaciones que ocultan esa persistencia (economía a secas, mercado, modernidad, pos-industrialismo) obstruyen la comprensión del capitalismo de nuestra era.

La obra de Marx mantendrá su interés mientras subsista una estructura económico-social gobernada por la competencia, el beneficio y la explotación. ¿Pero cuáles son los señalamientos más pertinentes de su teoría para clarificar el modelo neoliberal actual?

REFUTACIONES FALLIDAS

Marx captó la especificidad del capitalismo corrigiendo las inconsistencias de sus antecesores de la economía política clásica. Mantuvo la indagación totalizadora de la economía que encararon Smith y Ricardo superando las ingenuidades de la “mano invisible”. Al descubrir las obstrucciones que afronta el capitalismo revolucionó el estudio de ese modo de producción.

El autor de El Capital comprendió que esas tensiones son inherentes al sistema. Destacó que los desequilibrios no provienen del comportamiento o la irracionalidad de los individuos, ni obedecen a la inadecuación de las instituciones.

Marx postuló que el capitalismo está corroído por contradicciones singulares y distintas a las prevalecientes en regímenes anteriores. Esa comprensión le permitió transformar las críticas intuitivas en una impugnación coherente del capitalismo.

La ortodoxia neoclásica intentó refutar sus cuestionamientos con burdos panegíricos del sistema. Concibió insostenibles fantasías de mercados perfectos, consumidores racionales y efectos benévolos de la inversión. Recurrió a un cúmulo de mitos inverosímiles que contrastan con las aproximaciones realistas asumidas por Marx.

Los precursores del neoliberalismo no lograron desmentir el carácter intrínseco de los desequilibrios capitalistas. Ensayaron una presentación forzada de esas tensiones como resultado de injerencias estatales, sin explicar por qué razón el propio sistema recrea tantos desajustes.

Los criterios neoclásicos de maximización -complementados con las sofisticadas formalizaciones para seleccionar alternativas- ignoran la lógica general de la economía. Reducen la indagación de esa disciplina a un simple adiestramiento en ejercicios de optimización.

El predicamento actual de ese enfoque no proviene por lo tanto de su solidez teórica. Es apuntalado por las clases dominantes para propagar justificaciones de los atropellos a los asalariados. Instrumentan esas agresiones alegando exigencias naturales de la economía. Subrayan, por ejemplo, la imposibilidad de satisfacer los reclamos populares por restricciones derivadas de la escasez. Pero omiten el carácter relativo de esas limitaciones presentándolas como datos atemporales o invariables.

La hostilidad de los neoclásicos hacia Marx contrasta con el reconocimiento exhibido por el grueso de la heterodoxia. Algunos autores de esa vertiente han buscado incluso la integración de la economía marxista, a un campo común de opositores a la teoría neoclásica. Esa pretensión ilustra áreas de afinidad, pero olvida que la concepción forjada a partir de El Capital conforma un cuerpo contrapuesto a la herencia de Keynes.

La principal diferencia entre ambas visiones radica en la valoración del capitalismo. La heterodoxia acepta el carácter conflictivo del sistema, pero considera que esas tensiones pueden resolverse mediante una adecuada acción estatal.

Marx postuló, en cambio, que esa intervención sólo pospone (y finalmente agrava) los desequilibrios que pretende resolver. Con ese señalamiento colocó los cimientos de una tesis de gran actualidad: la imposibilidad de forjar modelos de capitalismo humano, redistributivo o regulado. Este planteo ordena todo el pensamiento marxista contemporáneo.

PLUSVALIA Y SUPEREXPLOTADOS

Marx formuló observaciones sustanciales para entender el deterioro actual del salario. El modelo neoliberal ha generalizado esa retracción al intensificar la competencia internacional. La apertura comercial, la presión por menores costos y el imperio de la competitividad son utilizados para achatar los ingresos populares en todos los países. Los patrones recurren a un chantaje de relocalización de plantas -o a desplazamientos efectivos de la industria a Oriente- para abaratar la fuerza de trabajo.

Ese atropello obedece a las crecientes tasas de explotación que exige la acumulación. Marx esclareció la lógica de esta presión al distinguir el trabajo de la fuerza de trabajo, al separar las labores necesarias de las excedentes y al registrar qué porción de la jornada laboral remunera efectivamente el dueño de la empresa.

Con esa exposición ilustró cómo opera la apropiación patronal del trabajo ajeno. Señaló que esa confiscación queda enmascarada por la novedosa coerción económica que impera bajo el capitalismo. A diferencia del esclavo o el vasallo el asalariado es formalmente libre, pero está sometido a las reglas de supervivencia que imponen sus opresores.

Marx fundamentó este análisis en su descubrimiento de la plusvalía. Demostró que la explotación es una necesidad del sistema. Pero también remarcó que la caída del salario es un proceso periódico y variable. Destacó que depende de procesos objetivos (productividades, base demográfica), coyunturales (ciclo de prosperidad o recesión) y subjetivos (intensidad y desenlace de la lucha de clases).

Esta caracterización permite entender que el trasfondo del atropello neoliberal en curso es una generalizada compulsión capitalista a elevar la tasa de plusvalía. Indica también que la intensidad y el alcance de esta agresión están determinados por las condiciones económicas, sociales y políticas vigentes en cada país.

La teoría del salario de Marx se ubica en las antípodas de las falacias neoclásicas de retribución al esfuerzo del trabajador. También rechaza la ingenuidad heterodoxa de mejoras invariablemente acordes a la redistribución del ingreso.

Pero es un enfoque alejado de cualquier postulado de “miseria creciente”. El teórico alemán nunca pronosticó el inexorable empobrecimiento de todos los asalariados bajo el capitalismo. La significativa mejora del nivel de vida popular durante la posguerra corroboró esas prevenciones.

En la etapa neoliberal el salario vuelve a caer por la necesidad cíclica que afronta el capitalismo de acrecentar la tasa de plusvalía, mediante recortes a las remuneraciones de los trabajadores.

Marx postuló además un segundo tipo de caracterizaciones referidas a los desocupados de su época, que tiene especial interés para la actual comprensión de la exclusión. Este flagelo obedece presiones de la acumulación semejantes a las estudiadas por el pensador germano, en su evaluación de situaciones de pauperización absoluta.

El intelectual europeo quedó muy impactado por las terribles consecuencias del desempleo estructural. Ilustró con estremecedoras denuncias las condiciones inhumanas de supervivencia afrontadas por los empobrecidos. Esos retratos vuelven a cobrar actualidad en los escenarios de pérdida definitiva del empleo y consiguiente degradación social. Lo que Marx indagó en su descripción del “leprosario de la clase obrera”, reaparece hoy en el drama de los sectores agobiados por la tragedia de la subsistencia.

El neoliberalismo ha extendido la pauperización a gran parte de los trabajadores informales o flexibilizados. Esos segmentos soportan no sólo situaciones de sujeción laboral extrema, taylorización o descalificación, sino también remuneraciones del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo.

En las últimas décadas ese tomento no impera sólo en la periferia. La precarización se ha extendido a todos los rincones del planeta y se verifica en los centros. El nivel de los salarios continúa difiriendo en forma significativa entre los distintos países, pero la explotación redoblada se verifica en numerosas regiones. Es un padecimiento agudo en el centro y dramático en la periferia. Lo que Marx observaba en los desocupados de su época golpea también en la actualidad a gran parte de los precarizados de todas las latitudes.

DESIGUALDAD Y ACUMULACIÓN

Las ideas que expuso el autor de El Capital permiten interpretar la explosión de desigualdad que recientemente midió Piketty. Los datos son escalofriantes. Un puñado de 62 enriquecidos maneja el mismo monto de recursos que 3600 millones de individuos. Mientras se desploma la seguridad social y se expande la pobreza, los acaudalados desfinancian los sistemas previsión, escondiendo sus fortunas en paraísos fiscales.

La desigualdad no es el fenómeno pasajero que describen los teóricos ortodoxos. Los exponentes más realistas (o cínicos) de esa corriente explicitan la conveniencia de la inequidad para reforzar la sumisión de los asalariados.

La fractura social actual es frecuentemente atribuida a la preeminencia de modelos económicos regresivos. Pero Marx demostró que la desigualdad es inherente al capitalismo. Bajo este sistema las diferencias de ingresos varían en cada etapa, difieren significativamente entre países y están condicionadas por las conquistas populares o la correlación de fuerza entre opresores y oprimidos. Pero en todos los casos el capitalismo tiende a recrear y ensanchar las brechas sociales.

Marx atribuyó esa reproducción de la desigualdad, a la dinámica de un sistema asentado en ganancias derivadas de la plusvalía extraída a los trabajadores. El Capital subraya ese rasgo en polémica con otras interpretaciones del beneficio, centradas en la astucia del comerciante. También objeta las caracterizaciones que subrayan retribuciones a la contribución del empresario, sin especificar en qué consisten esos aportes.

Los neoclásicos nunca lograron refutar estos planteos, con su presentación de la ganancia como un premio a la abstención del consumo o al ahorro individual. Más insatisfactorias fueron sus caracterizaciones de retribuciones a un inanimado “factor capital” o a pagos de funciones gerenciales divorciadas de la propiedad de la empresa.

Desaciertos parecidos cometieron los keynesianos, al interpretar al lucro como una contraprestación al riesgo o a la innovación. Los pensadores más contemporáneos de esa escuela han optado por soslayar cualquier referencia al origen del beneficio.

Otros teóricos reconocen la inequidad del sistema, pero reducen el origen de la desigualdad a anomalías en la distribución del ingreso, derivadas de favoritismos o políticas erróneas. Nunca conectan esos procesos con la dinámica objetiva del capitalismo.

Las caracterizaciones convencionales de la ganancia son más insostenibles en el siglo XXI que en la época de Marx. Nadie puede explicar con criterios usuales, la monumental fortuna acumulada por el 1% de billonarios globales. Esos lucros están más naturalizados que en el pasado sin justificaciones de ninguna índole.

Las críticas en boga al enriquecimiento cuestionan a lo sumo las escandalosas ganancias de los banqueros. Ponderan en cambio los beneficios surgidos de la producción, sin evaluar las conexiones entre ambas formas de rentabilidad.

La relectura de El Capital permite recordar que la tajada obtenida por los banqueros, constituye tan sólo una porción de la masa total de beneficios creada con la explotación de los trabajadores.

Marx analizó también las formas violentas que en ciertas circunstancias asume la captura de ganancias. Evaluó esa tendencia en estudios de la acumulación primitiva, que han sido actualizados por los teóricos de la acumulación por desposesión (Harvey).

En El Capital investigó las formas coercitivas que presentó la apropiación de recursos en la génesis de capitalismo. Pero el sistema continuó recreando esas exacciones en distintas situaciones de la centuria y media posterior. Las guerras de Medio Oriente, los saqueos de África o las expropiaciones de campesinos en Asia ilustran modalidades recientes de esa succión.

Marx inauguró los estudios de formas excepcionales de confiscación del trabajo ajeno. Esa investigación sentó las bases para clarificar la dinámica contemporánea de la inflación y la deflación.

Al igual que sus precursores clásicos Marx postuló una determinación objetiva de los precios en función de su valor. Precisó que esa magnitud queda establecida por el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de los bienes, en convulsivos procesos de extracción de plusvalía y realización del valor.

Esa caracterización no sólo permite refutar la ingenua presentación neoclásica de los precios como reflejos de la utilidad personal, o como espontáneos emergentes de la oferta y la demanda. También desmonta la absurda imagen del capitalista, como víctima de escaladas inflacionarias o deflacionarias ajenas a su conducta.

En las coyunturas críticas, la determinación turbulenta de los precios reditúa ganancias extraordinarias a los grandes patrones por medio de abruptas desvalorizaciones del salario. Esos mecanismos operan en la actualidad, con la misma intensidad que las expropiaciones virulentas de la época de Marx.

El Capital facilitó la identificación posterior de quiénes son los artífices y beneficiarios del nivel que asumen los precios. Esa caracterización no se limita a retratar situaciones de “pugna distributiva”. Subraya la desigualdad de condiciones en que diputan los trabajadores con sus patrones y resalta la consiguiente dominación que ejercen los formadores de precios.

DESEMPLEO E INNOVACION

La masificación actual del desempleo constituye otra razón para releer a Marx. Algunos pensadores neoclásicos asumen esa calamidad como un simple dato. Otros difunden consuelos sobre la futura potencialidad de los servicios, para compensar la caída del empleo industrial. Esas previsiones no se corroboran en ningún país.

Muchos analistas afirman que la educación resolverá el problema. Pero olvidan mencionar el creciente número de desocupados con títulos universitarios. La destrucción de puestos de trabajo ya afecta severamente a los segmentos más calificados.

Distintas mediciones han comenzado a registrar que en el modelo actual el desempleo no se reduce en las fases expansivas, en proporción equivalente a su incremento en los periodos recesivos. Este flagelo se acrecienta con la rotación acelerada del capital y la reducción vertiginosa de los gastos administrativos.

La revolución digital es invariablemente mencionada como la principal causa de esta creciente pérdida de puestos de trabajo. Pero las computadoras son culpabilizadas omitiendo quiénes definen su utilización. Se olvida que esos instrumentos nunca actúan por sí mismos. Son gestionados por capitalistas que apuntalan sus beneficios sustituyendo mano de obra. La informática y la automatización no destruyen espontáneamente el empleo. La rentabilidad empresaria provoca esa demolición.

El Capital introdujo los principales fundamentos de esta caracterización del cambio tecnológico. Marx afirmó que las innovaciones son incorporadas para incrementar la tasa de explotación que nutre el beneficio patronal.
La revolución informática en curso se ajusta plenamente a ese postulado. Es un recurso utilizado por las grandes empresas para potenciar la captura del nuevo valor generado por los asalariados.
Tal como ocurrió en el pasado con el vapor, el ferrocarril, la electricidad o los plásticos, la digitalización introduce transformaciones radicales en la actividad productiva, comercial y financiera. Abarata el transporte y las comunicaciones y modifica por completo los procedimientos de fabricación o venta de las mercancías.

Un indicio de esa mutación es la influencia alcanzada por los “señores de las nubes”. Siete de las diez empresas con mayor capitalización bursátil actual pertenecen al sector de nuevas tecnologías de la información. Hace una década y media las firmas con mayor espalda financiera eran petroleras, industriales o automotrices. Actualmente son Google, Amazon, Facebook o Twitter.

Esta irrupción suscita presagios venturosos entre los pensadores que ocultan las consecuencias de la gestión capitalista de la informática. Omiten, por ejemplo, que la masificación de la comunicación digital reforzó la privatización del espacio virtual. Ese ámbito es controlado por pocas empresas privadas estrechamente asociadas con el Pentágono. El Capital permite entender los determinantes capitalistas de este perfil de la innovación.

Marx inició la indagación de la tecnología como un fenómeno social, abriendo un camino de estudios que floreció en las últimas décadas. Pero a diferencia de los teóricos evolucionistas o schumpeterianos demostró que el cambio tecno¬lógico desestabiliza la acumulación y potencia la crisis.

La innovación guiada por principios de lucro impone una descarnada competencia que multiplica la sobreproducción. Induce además a jerarquizar el desenvolvimiento de ramas tan destructivas como la industria militar.

Marx explicó por qué razón el sistema actual impide una gestión social provechosa de las nuevas tecnologías. Señaló que ese manejo requeriría introducir criterios cooperativos opuestos a los principios de rentabilidad. Las potencialidades de la informatización como instrumento de bienestar y solidaridad, sólo emergerán en una sociedad emancipada del capitalismo.

MULTIPLICIDAD DE CRISIS

Actualmente Marx suscita especial interés por los criterios que enunció para interpretar las crisis. El neoliberalismo no sólo genera crecientes sufrimientos populares. Cada quinquenio o decenio desencadena convulsiones que conmocionan a la economía mundial. Esos estallidos inducen a estudiar El Capital.

Las crisis del último período incluyeron la burbuja japonesa (1993), la eclosión del Sudeste Asiático (1997), el desplome de Rusia (1998), el desmoronamiento de las Punto.Com (2000) y el descalabro de Argentina (2001). Pero la magnitud y el alcance geográfico del temblor global del 2008 superaron ampliamente esos antecedentes. Su impacto obligó a revisar todas las teorías económicas.

Las crisis recientes son efectos directos de la nueva etapa de privatizaciones, apertura comercial y flexibilidad laboral. No son prolongaciones de tensiones irresueltas de los años 70. Emergieron al calor de los desequilibrios peculiares del neoliberalismo.

Ese modelo erosionó los diques que morigeraban los desajustes del sistema. Por esa razón el capitalismo actual opera con grados de inestabilidad muy superiores al pasado.

Los neoclásicos atribuyeron la crisis del 2008 a desaciertos de los gobiernos o irresponsabilidades de los deudores. Redujeron todos los problemas a comportamientos individuales, culpabilizaron a las víctimas y apañaron a los responsables. Justificaron además los socorros estatales a los bancos, sin registrar que esos auxilios contrarían todas sus prédicas a favor de la competencia y el riesgo.

Los heterodoxos explicaron las mismas convulsiones por el descontrol del riesgo. Olvidaron que esas supervisiones son periódicamente socavadas por las rivalidades entre empresas o bancos. Las normas que protegen los negocios de las clases dominantes son quebrantadas por la propia continuidad de la acumulación.

La relectura de El Capital permite superar esas inconsistencias de la economía convencional. Induce a investigar el origen sistémico de esos estallidos. Brinda pistas para indagar los diversos mecanismos de la crisis, recordando que el capitalismo despliega una amplia gama de contradicciones.

El cimiento común de esos desequilibrios es la generación periódica de excedentes invendibles. Pero esa sobreproducción se desenvuelve por varios carriles complementarios.

Marx resaltó la existencia de tensiones entre la producción y el consumo, derivadas de la estratificación clasista de la sociedad. Esta caracterización tiene gran aplicación en el escenario de agudos problemas de realización del valor de las mercancías, que ha generado el neoliberalismo.

Ese modelo propicia una ampliación de los consumos sin permitir su disfrute. Expande la producción estrechando los ingresos populares y precipita crisis derivadas del deterioro del poder adquisitivo. El enorme engrosamiento del endeudamiento familiar no atenúa la vulnerabilidad de la demanda.

Marx fue el primero en ilustrar cómo la competencia obliga a los empresarios a desenvolver dos tendencias opuestas. Por un lado amplían las ventas y por otra parte reducen los costos salariales. Esa contradicción presenta envergaduras y localizaciones muy distintas en cada época.

El neoliberalismo estimula en la actualidad el consumismo y la riqueza patrimonial financiada con endeudamiento en las economías centrales. Al mismo tiempo impone brutales retracciones del poder de compra en la periferia.

El Capital también pone el acento en los problemas de valorización. Indaga cómo opera la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Demuestra que el aumento de la inversión produce una declinación porcentual del beneficio, al compás de la propia expansión de la acumulación. El trabajo vivo que nutre a la plusvalía decae proporcionalmente, con el incremento de la productividad que impone la competencia.

Marx resaltó que las crisis emergen del crecimiento capitalista. No son efectos ocasionales del despilfarro o del uso inadecuado de los recursos. Explicó, además, cómo el sistema contrapesa primero y agrava después la caída periódica de la tasa de beneficio.

Esta tesis permite entender de qué forma el neoliberalismo incrementó la tasa de plusvalía, redujo los salarios y abarató los insumos para contrarrestar el declive del nivel de rentabilidad. También ilustra cómo el mismo problema reaparece al cabo de esa cirugía. La contradicción descubierta por Marx se verifica actualmente en las economías más capitalizadas que padecen desajustes de sobre-inversión.

La presentación marxista combinada de los desequilibrios de realización y valorización es muy pertinente para comprender la heterogeneidad de la mundialización neoliberal. Indica que contradicciones de ambos tipos irrumpen en los distintos polos de ese modelo y socavan su estabilidad desde flancos complementarios.

FINANZAS Y PRODUCCION

Marx siempre subrayó los determinantes productivos de las crisis capitalistas. En el marco de las enormes transformaciones generadas por la globalización, ese señalamiento permite evitar lecturas simplistas en clave puramente financiera.

Los grandes capitales se desplazan actualmente de una actividad especulativa a otra, en escenarios altamente desregulados que acrecientan las explosiones de liquidez. La gestión accionaria de las firmas potencia además los desajustes crediticios, la inestabilidad cambiaria y la volatilidad bursátil.

Ese proceso multiplica las tensiones suscitadas por los nuevos mecanismos de titularización, derivados y apalancamientos. Es evidente que el neoliberalismo abrió las compuertas para un gran festival de especulación.

Pero hace 150 años Marx demostró que esas alocadas apuestas son propias del capitalismo. La especulación es una actividad constitutiva y no opcional del sistema. Alcanzó dimensiones mayúsculas en las últimas tres décadas, pero no constituye un rasgo exclusivo del modelo actual.

Esta precisión permite observar las conexiones entre desequilibrios financieros y productivos que resalta El Capital. Marx describió las tensiones autónomas de la primera esfera, pero remarcó que en última instancia derivan de transformaciones registradas en el segundo ámbito.

Siguiendo esta pista se puede notar que la hegemonía actual de las finanzas constituye sólo un aspecto de la reestructuración en curso. No es un dato estructural del capitalismo contemporáneo. La clase dominante utiliza el instrumento financiero para recomponer la tasa de ganancia mediante mayores exacciones de plusvalía.

La globalización financiera está enlazada además con el avance de la internacionalización productiva. La multiplicidad de títulos en circulación es funcional a una gestión más compleja del riesgo. Permite administrar actividades fabriles o comerciales mundializadas y sujetas a inesperados vaivenes de los mercados.

También la expansión del capital ficticio está vinculada a esos condicionantes y evoluciona en concordancia con los movimientos del capital-dinero. Aprovisiona a la producción e intermedia en la circulación de las mercancías.

Estas conexiones explican la persistencia de la globalización financiera luego de la crisis del 2008. Los capitales continúan fluyendo de un país a otro con la misma velocidad y libertad de circulación, para aceitar el funcionamiento de estructuras capitalistas más internacionalizadas.

Es cierto que todos los intentos de reintroducir controles a los bancos fallaron por la resistencia que opusieron financistas. Pero esa capacidad de veto ilustra el entrelazamiento del mundo del dinero con el universo productivo. Son dos facetas de un mismo proceso de internacionalización.

El Capital aporta numerosas observaciones de la dinámica financiera que explican esos vínculos, a partir de una interpretación muy original de la lógica del dinero. Destaca el insustituible papel de la moneda en la intermediación de todo el proceso de reproducción del capital. Remarca que las distintas funciones del dinero en la circulación, el atesoramiento o el despliegue de los medios de pago están sujetan a la misma lógica objetiva, que regula todo el desenvolvimiento de las mercancías.

Ese rol ha presentado modalidades muy distintas en los diversos regímenes de regulación monetaria. El patrón oro del siglo XIX diverge significativamente de las paridades actualmente administradas por los bancos centrales. Pero en todos los casos rige un curso determinado por la dinámica de la acumulación, la competencia y la plusvalía.

El Capital contribuye a recordar estos fundamentos no sólo en contraposición a los mitos ortodoxos de transparencia mercantil, asignación óptima de los recursos o vigencia de monedas exógenas, neutrales y pasivas.

También pone de relieve las ingenuidades heterodoxas. Marx no presentó a la moneda como una mera representación simbólica, un mecanismo convencional o un instrumento amoldado al marco institucional. Explicó su rol necesario y peculiar en la metamorfosis que el capital desenvuelve, para consumar su pasaje por los circuitos comerciales, productivos y financieros.

ECONOMIA MUNDIAL Y NACIONAL

La centralidad que tiene El Capital para comprender la dinámica contemporánea de los salarios, la desigualdad, el desempleo o la crisis debería conducir a una revisión general de sus aportes a la teoría económica. Resultaría muy oportuno actualizar por ejemplo, el estudio de las controversias suscitadas por ese libro que realizó Mandel, en el centenario de la primera edición.

La obra del pensador germano no sólo esclarece el sentido de las categorías básicas de la economía. También sugiere líneas de investigación para comprender la mundialización en curso. Marx nunca llegó a escribir el tomo que preparaba sobre la economía internacional, pero esbozó ideas claves para entender la lógica globalizadora del sistema.

Esos principios son muy relevantes en el siglo XXI. El capitalismo funciona en la actualidad al servicio de gigantescas empresas transnacionales, que corporizan el salto registrado en la internacionalización. La producción de Wal-Mart es mayor que las ventas de un centenar de países, la dimensión económica de Mitsubishi desborda el nivel de actividad de Indonesia y General Motors supera la escala de Dinamarca.

Las firmas globalizadas diversificaron sus procesos de fabricación en cadenas de valor y mercancías “hechas en el mundo”. Desenvuelven todos sus proyectos productivos, en función de las ventajas que ofrece cada localidad en materia de salarios, subsidios o disponibilidad de recursos.

La expansión de los tratados de libre-comercio se amolda a esa mutación. Las compañías necesitan bajos aranceles y libertad de movimientos, para concretar transacciones entre sus firmas asociadas. Por eso imponen convenios que consagran la supremacía de las empresas en cualquier litigio judicial. Esos pleitos son decisivos en ciertas áreas como la genética, la salud o el medio ambiente.

Una relectura de El Capital permite superar dos errores muy corrientes en la interpretación de la internacionalización en curso. Un equívoco supone que el capitalismo actual se maneja con los mismos patrones de preeminencia nacional, que regían en los siglos XIX o XX. El desacierto opuesto considera que el sistema se globalizó por completo, eliminando las barreras nacionales, disolviendo el papel de los estados y forjando clases dominantes totalmente transnacionalizadas.

Marx escribió su principal obra en una etapa de formación del capitalismo muy distinta al contexto actual. Pero conceptualizó acertadamente cómo operan las tendencias hacia la mundialización en el marco de los estados y las economías nacionales. Ha cambiado la proporción y relevancia comparativa de esa mixtura, pero no la vigencia de esa combinación.

El Capital mejoró las ideas expuestas en el Manifiesto Comunista sobre el carácter internacional de la expansión burguesa. En el primer ensayo Marx había retratado la gestación de un mercado mundial, la pujanza del cosmopolitismo económico y la veloz universalización de las reglas mercantiles. En su libro de madurez precisó las formas que asumían esas tendencias y remarcó su enlace con los mecanismos nacionales del ciclo y la acumulación.

Marx ajustó su mirada de la internacionalización objetando las tesis ricardianas de las “ventajas comparativas”. Resaltó el carácter estructural de la desigualdad imperante en el comercio internacional. Por eso rechazó todas las expectativas de convergencia armoniosa entre países y las visiones de amoldamiento natural a las aptitudes de los concurrentes.

Este enfoque le permitió notar la vigencia de remuneraciones internacionales más elevadas para los trabajos de mayor productividad. En el debut del capitalismo Marx percibió algunos fundamentos de explicaciones posteriores de la brecha en los términos de intercambio.

El teórico germano también observó la secuela de desajustes generados por el desborde capitalista de las fronteras nacionales. Registró cómo ese proceso provoca crecientes fracturas a escala global.

Pero El Capital investigó esa dinámica en escenarios nacionales muy específicos. Indagó la evolución de los salarios, los precios o la inversión en economías particulares. Detalló puntualmente esa dinámica en el desenvolvimiento industrial de Inglaterra.

La lectura de Marx invita, por lo tanto, a evaluar la mundialización actual como un curso preeminente, que coexiste con el continuado desenvolvimiento nacional de la acumulación. Sugiere que ambos procesos operan en forma simultánea.

POLARIDADES CON NUEVO RAZONAMIENTO

El Capital es muy útil también para analizar la lógica de la relación centro-periferia subyacente en la brecha global actual. Marx anticipó ciertas ideas sobre esa división, en sus observaciones sobre desenvolvimiento general del capitalismo.

Al principio suponía que los países retrasados repetirían la industrialización de Occidente. Estimaba que el capitalismo se expandía demoliendo murallas y creando un sistema mundial interdependiente.

Expuso esa visión en el Manifiesto Comunista. Allí describió cómo China e India serían modernizadas con el ferrocarril y la importación de textiles británicos. Marx realzaba la dinámica objetiva del desarrollo capitalista y consideraba que las estructuras precedentes serían absorbidas por el avance de las fuerzas productivas.

Pero al redactar El Capital comenzó a percibir tendencias opuestas. Notó que la principal potencia se modernizaba ampliando las distancias con el resto del mundo. Esta aproximación se afianzó con su captación de lo ocurrido en Irlanda. Quedó impresionado por la forma en que la burguesía inglesa sofocaba el surgimiento de manufactureras en la isla, para garantizar el predominio de sus exportaciones. Notó, además, cómo se aprovisionaba de fuerza de trabajo barata para limitar las mejoras de los asalariados británicos.

En esta indagación intuyó que la acumulación primitiva no anticipa procesos de pujante industrialización, en los países sometidos al yugo colonial. Este registro sentó las bases para la crítica posterior a las expectativas de simple arrastre de la periferia por el centro. Con este fundamento se conceptualizó posteriormente la lógica del subdesarrollo.

Marx no expuso una teoría del colonialismo, ni una interpretación de la relación centro-periferia. Pero dejó una semilla de observaciones para comprender la polarización global, que retomaron sus sucesores y los teóricos de la dependencia.

Esta línea de trabajo es muy relevante para notar cómo en la actualidad el neoliberalismo exacerba las fracturas globales. En las últimas tres décadas se ampliaron todas las brechas que empobrecen a la periferia inferior. Esa degradación se intensificó con la consolidación del agro-negocio, el endeudamiento externo y el avasallamiento de los recursos naturales de los países dependientes. Estas confiscaciones asumieron modalidades muy sangrientas en África y el mundo árabe.

Las observaciones de Marx incluyeron también cierto registro de diversidades en el centro. Intuyó que el debut industrial británico no sería copiado por Francia y notó la presencia de cursos novedosos de crecimiento mixturados con servidumbre (Rusia) o esclavismo (Estados Unidos).

El autor de El Capital captó esas tendencias madurando un cambio de paradigma conceptual. En sus trabajos más completos reemplazó el primer enfoque unilineal -asentado en el comportamiento de las fuerzas productivas- por una mirada multilineal, centrada en el papel transformador de los sujetos.

Con este último abordaje la rígida cronología de periferias amoldadas a la modernización quedó sustituida por nuevas visiones, que reconocen la variedad del desenvolvimiento histórico.

Esta metodología de análisis es importante para notar la especificidad de las formaciones intermedias, que han irrumpido en forma persistente en distintos periodos de la última centuria y media. Con esa óptica se puede evaluar la dinámica de acelerados procesos de crecimiento contemporáneo (China), en etapas de gran reorganización del sistema (neoliberalismo).

ANTICIPOS DE ANTIIMPERIALISMO

Marx estudió la economía del capitalismo para notar su efecto sobre la lucha de clases que socava al sistema. Por eso indagó los procesos políticos revolucionarios a escala internacional.

Siguió con especial interés el curso de las rebeliones populares de China, India y sobre todo Irlanda e intuyó la importancia de los nexos entre las luchas nacionales y sociales. Por eso promovió la adhesión de los obreros británicos a la revuelta de la isla contigua, buscando contrarrestar las divisiones imperantes entre los oprimidos de ambos países.

A partir de esa experiencia Marx ya no concibió la independencia de Irlanda, como un resultado de victorias proletarias en Inglaterra. Sugirió un empalme entre ambos procesos y transformó su internacionalismo cosmopolita inicial, en un planteo de confluencia de la resistencia anticolonial con las luchas en las economías centrales.

En su etapa del Manifiesto el revolucionario alemán propagaba denuncias anticoloniales de alto voltaje. No se limitaba a describir la destrucción de las formas económicas pre-capitalistas. Cuestionaba a viva voz las atrocidades de las grandes potencias.

Pero en esos trabajos juveniles Marx suponía que la generalización del capitalismo aceleraría la erradicación ulterior de ese sistema. Defendía un internacionalismo proletario muy básico y emparentado con viejas utopías universalistas.

En su mirada posterior Marx resaltó el efecto positivo de las revoluciones en la periferia. Esos señalamientos fueron retomados por sus discípulos de siglo XX, para indicar la existencia de una contraposición entre potencias opresoras y naciones oprimidas y postular la convergencia de batallas nacionales y sociales. De esas caracterizaciones surgieron las estrategias de alianza de los asalariados metropolitanos con los desposeídos del mundo colonial.

Con este fundamento se forjó también la síntesis del socialismo con el antiimperialismo, que desenvolvieron los teóricos del marxismo latinoamericano. Esa conexión indujo las convergencias de la izquierda regional con el nacionalismo revolucionario, para confrontar con el imperialismo estadounidense. Ese empalme inspiró a la revolución cubana y ha sido retomado por el proceso bolivariano.

En una coyuntura signada por las agresiones de Trump ese acervo de experiencias recobra importancia. Los atropellos del magnate inducen a revitalizar las tradiciones antiimperialistas, especialmente en países tan vapuleados como México. Allí resurge la memoria de resistencias a los avasallamientos perpetrados por Estados Unidos.

Marx observaba cómo las grandes humillaciones nacionales desatan procesos revolucionarios. Lo que percibió en el siglo XIX vuelve a gravitar en la actualidad.

ADVERSIDADES E IDEOLOGÍA

Marx debió lidiar con momentos de aislamiento, reflujo de la lucha popular y consolidación del dominio burgués. La escritura de varias partes de El Capital coincidió con esas circunstancias. Afrontó la misma adversidad que prevalece en la actualidad en las coyunturas de estabilización del neoliberalismo.

En ese tipo de situaciones el pensador germano indagó cómo domina la clase dominante. Conceptualizó el papel de la ideología en el ejercicio de esa supremacía. En el estudio del fetichismo de la mercancía que encaró en El Capital hay varias referencias a esa problemática.

Es importante retomar esas consideraciones para notar cómo ha funcionado el neoliberalismo en las últimas décadas. Los artífices del modelo actual transmiten fantasías de sabiduría de los mercados e ilusiones de prosperidad espontánea. Presagian derrames del beneficio y recrean numerosas mitologías del individualismo.

Con esa batería de falsas expectativas propagan una influyente ideología en todos los sentidos del término. Marx destacó esa variedad de facetas de las creencias propagadas por los dominadores para naturalizar su opresión.

El credo neoliberal provee todos los argumentos utilizados por el establishment para justificar su primacía. Aunque el grado de penetración de esas ideas es muy variable, salta a la vista su incidencia en la subjetividad de todos los individuos.

Pero al igual que en la época de Marx el capitalismo se reproduce también a través del miedo. El sistema transmite creencias sobre un futuro venturoso y al mismo tiempo generaliza el pánico ante ese devenir. El neoliberalismo ha multiplicado especialmente la angustia del desempleo, la humillación frente a la flexibilidad laboral y la desesperanza ante la fractura social.

Esos temores son transmitidos por los grandes medios de comunicación con sofisticados disfraces y cambiantes engaños. No sólo configuran el sentido común imperante en la sociedad. Operan como usinas de propagación de todos los valores conservadores.

Los medios de comunicación complementan (o sustituyen) a las viejas instituciones escolares, militares o eclesiásticas en el sostenimiento del orden burgués. La prensa escrita, los medios audiovisuales y las redes sociales ocupan un espacio inimaginable en siglo XIX. Expanden las ilusiones y los temores que sostienen la hegemonía política del neoliberalismo.
Pero esos mecanismos han quedado seriamente erosionados por la pérdida de legitimidad que genera el descontento popular. Trump, el Brexit o el ascenso de los partidos reaccionarios en Europa, ilustran cómo ese malestar puede ser capturado por la derecha. Frente a este tipo de situaciones Marx forjó una perdurable tradición de concebir alternativas, combinando la resistencia con la comprensión de la coyuntura.

PROYECTO SOCIALISTA

Marx participó activamente en los movimientos revolucionarios que debatían las ideas del socialismo y el comunismo. Mantuvo esa intensa intervención mientras escribía El Capital. Nunca detalló su modelo de sociedad futura pero expuso los basamentos de ese provenir.
El acérrimo crítico de la opresión alentaba la gestación de regímenes económicos asentados en la expansión de la propiedad pública. También promovía la creación de sistemas políticos cimentados en la auto-administración popular.

Marx apostaba a un pronto debut de esos sistemas en Europa. Percibió en la Comuna de París un anticipo de su proyecto. Concebía el inicio de esa transformación revolucionaria en el Viejo Continente e imaginaba una propagación ulterior a todo el planeta.

Es sabido que la historia siguió una trayectoria muy diferente. El triunfo bolchevique de 1917 inauguró la secuencia de grandes victorias populares del siglo XX. Esos avances incluyeron intentos de construcción socialista en varias regiones de la periferia.

Las clases dominante quedaron aterrorizadas y otorgaron concesiones inéditas para contener la pujanza de los movimientos anticapitalistas. En los años 70-80 los emblemas del socialismo eran tan populares, que resultaba imposible computar cuántos partidos y movimientos reivindicaban esa denominación.

Pero también es conocido lo ocurrido posteriormente. El desplome de la Unión Soviética dio lugar al prolongado periodo de reacción contra el igualitarismo, que persiste hasta la actualidad.

Este escenario ha sido alterado por la resistencia popular y el declive del modelo político-ideológico que nutrió a la globalización neoliberal. En estas circunstancias la relectura de El Capital converge con redescubrimientos del proyecto socialista. Los jóvenes ya no cargan con los traumas de la generación anterior, ni con las frustraciones que pavimentaron la implosión de la URSS.

La propia experiencia de lucha es aleccionadora. Muchos activistas comprenden que la conquista de la democracia efectiva y la igualdad real exige forjar otro sistema social. Frente al sufrimiento que ofrece el capitalismo intuyen la necesidad de construir un horizonte de emancipación.

La llegada de Trump incorpora nuevos ingredientes a esta batalla. El acaudalado mandatario intenta recuperar por la fuerza la primacía de Estados Unidos. Pretende reforzar la preponderancia de Wall Street y la preeminencia del lobby petrolero, reactivando el unilateralismo bélico.

No sólo proclama que Estados Unidos debe alistarse para “ganar las guerras”. Ya inició su programa militarista con bombardeos en Siria y Afganistán. Exige, además, una subordinación del Viejo Continente que socava la continuidad de la Unión Europea. Trump no se limita a construir el muro en la frontera mexicana. Acelera la expulsión de inmigrantes, alienta golpes derechistas en Venezuela y amenaza a Cuba.

En esta convulsionada coyuntura Marx recobra actualidad. Sus textos no sólo aportan una guía para comprender la economía contemporánea. También ofrecen ideas para la acción política en torno a tres ejes primordiales del momento: reforzar la resistencia antiimperialista, multiplicar la batalla ideológica contra el neoliberalismo y afianzar la centralidad del proyecto socialista.

ACTITUDES Y COMPROMISOS

Las teorías que introdujo Marx revolucionaron todos los parámetros de la reflexión y trastocaron los cimientos del pensamiento social. Pero el teórico alemán sobresalió también como un gran luchador. Desenvolvió un tipo de vida que actualmente identificaríamos con la militancia.

Marx se ubicó en el bando de los oprimidos. Reconoció los intereses sociales en juego y rechazó la actitud del observador neutral. Participó en forma muy decidida en la acción revolucionaria.

Ese posicionamiento orientó su trabajo hacia los problemas de la clase trabajadora. Promovió la conquista de derechos sociales con la mira puesta en forjar una sociedad liberada de la explotación.

Marx propició una estrecha confluencia de la elaboración teórica con la práctica política. Inauguró un modelo de fusión del intelectual, el economista y el socialista que ha sido retomado por numerosos pensadores.

Con esa postura evitó dos desaciertos: el refugio académico alejado del compromiso político y el deslumbramiento pragmático por la acción. Legó un doble mensaje de intervención en la lucha y trabajo intelectual para comprender la sociedad contemporánea. Continuar ese camino es el mejor homenaje a los 150 años de El Capital.
6-5-2017

RESUMEN

Marx recupera interés. Su clarificación del funcionamiento del capitalismo contrasta con las simplificaciones neoclásicas y las ingenuidades heterodoxas. Indicó la lógica de la plusvalía que subyace en la agresión neoliberal y el tipo de superexplotación que prevalece en el trabajo precario. Esclareció el origen de la desigualdad y el sentido actual del beneficio.

El Capital permite refutar la identificación de la revolución digital con el desempleo. Cuestiona las explicaciones de la crisis por desaciertos gubernamentales o carencias de regulaciones. Remarca tensiones intrínsecas en la esfera del consumo y la rentabilidad.
Marx subrayó los determinantes productivos de las convulsiones financieras. Sugirió las conexiones de la mundialización con los patrones nacionales de acumulación. Anticipó las polarizaciones que generan subdesarrollo en la periferia y los enlaces del antiimperialismo con estrategias socialistas.

También conceptualizó la combinación de ilusiones y temor que propaga la ideología burguesa. Su proyecto igualitario resurge junto a nuevas síntesis de la acción política con la elaboración teórica.

PALABRAS CLAVES

Capitalismo, neoliberalismo, marxismo.

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