Cómo una red de pederastia, extorsión e inteligencia escribió el guion de nuestro presente geopolítico
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Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.wordpress.com/febrero 4, 2026
Si la realidad pierde su densidad humana, el sufrimiento ajeno se convierte en contenido, un producto más en el flujo infinito de las redes sociales. Gaza no fue solo un conflicto; fue la bisagra que dobló para siempre el concepto de compasión global, transformando la dignidad humana en un metraje descargable, su valor medido en likes. Esta desensibilización digital no es un fenómeno accidental, sino el caldo de cultivo necesario para que las atrocidades más sórdidas, cuando ocurren en los salones del poder, sean percibidas como meros giros argumentales de una trama demasiado extravagante para ser cierta.
La tecnología, en esta ecuación, abandona su promesa de progreso para convertirse en el instrumento perfecto de una barbarie limpia, abstracta y, sobre todo, rentable. Es en este mundo disociado donde la historia que estamos a punto de desentrañar deja de ser una conspiración y se revela como el manual de operaciones no escrito de nuestra época, un entramado donde la pederastia, el chantaje institucionalizado y la ingeniería geopolítica se fusionan, utilizando a los servicios de inteligencia no como vigilantes, sino como arquitectos y beneficiarios finales.
Umberto Eco, como recuerda Antonio De Almeida Castro, nos advirtió, el fascismo del siglo XXI no vendrá con botas y discursos grandilocuentes. Vendrá disfrazado de libertad. Y quizás, también, como una película de serie B cuyo guion, inverosímil y sórdido, estamos obligados a creer porque sus actores son demasiado poderosos para ser ficticios. Imagine el reparto: un sheriff estadounidense acorralado por acusaciones de pederastia, un financiero muerto cuyos archivos siguen hablando, y una nación, Irán, en la mira de una guerra que muchos temen pero que a unos pocos podría salvarles el pellejo. Es el thriller geopolítico de bajo presupuesto que define nuestro presente
El núcleo de este universo paralelo lo constituyen, irrevocablemente, los Archivos Epstein. La segunda liberación de documentos, aquella de finales de 2025 y enero de 2026, no fue una mera filtración, fue un evento tectónico que arrojó tres millones de páginas, 2.000 videos y 180.000 fotografías a la conciencia pública. Pero su poder, hay que entenderlo con claridad, no radica en el volumen, sino en la asimetría. Lo que hemos visto – los correos electrónicos crudos, las agendas, los vuelos – es la carnada, la narrativa permitida. El verdadero poder, la esencia del chantaje puro, permanece bajo custodia en las bóvedas del Departamento de Justicia de los Estados Unidos.
Los vídeos, la pornografía explícita, el registro visual del abuso físico. Esta es la mecánica del control en el siglo XXI. Se libera información textual, para «quemar» objetivos políticos, pero se retiene la evidencia multimedia incontrovertible, la que no admite interpretación ni giros mediático. Quien posee esos videos, y los analistas con mayor credibilidad, apuntan a que son «sectores de inteligencia con una agenda transadministrativa», no posee meramente un secreto, posee un interruptor de obediencia perpetua. Puede, con una filtración calculada, decapitar una carrera, derrocar a un primer ministro o inclinar la balanza en una votación crítica en el Congreso. Los archivos no son un registro del pasado; son un arma cargada y activa, que apunta al futuro.
Donald Trump se erige como el personaje trágico y a la vez emblemático de esta dinámica. El cazador convertido en presa. El hombre que, durante su ascenso y presidencia, instrumentalizó el espectro de Epstein y Clinton como un arma retórica, se encuentra ahora encadenado a las mismas páginas que una vez agitó. Los correos de 2019, confirmado por los últimos documentos, son inequívocos. Epstein, en su jerga cifrada pero elocuente, afirmaba que Trump «sabía de las chicas». La metáfora que emplea es la de un «perro que no ha ladrado».
Es aquí donde el guion da su giro más peligroso y lógico, transitando de los dormitorios privados a los campos de batalla globales. La teoría de la «cortina de humo» – crear una guerra para distraer la atención doméstica – deja de ser una metáfora cinematográfica para convertirse en un manual de supervivencia política de alto riesgo. Un conflicto con Irán representa, en este cálculo cínico, el cortafuegos definitivo. Un bombardeo, justificado bajo la bandera de una «emergencia nuclear existencial», tiene el poder alquímico de transmutar un escándalo de pederastia y espionaje en un asunto de «seguridad nacional».
La prensa se alinea, la oposición se acalla, el ciclo de noticias se monopoliza. Para Trump, sería la salvación: enterrar las revelaciones de Epstein bajo el manto sagrado del patriotismo en tiempos de guerra. Para Benjamin Netanyahu, otro líder atenazado por procesos judiciales masivos y una protesta social feroz, un conflicto abierto con la República Islámica es el elixir que lo transforma de acusado en un imprescindible «líder de guerra». La crisis, así, se convierte en la oportunidad perfecta para dos figuras cuyas fortunas políticas parecían en declive terminal. La lógica es perversa, pero impecable, cuando tu casa arde por un escándalo de corrupción, prendes fuego al continente entero para que todos miren hacia otro lado.
Sin embargo, reducir esto a una mera distracción sería subestimar grotescamente la ingeniería en juego. Los hilos no conectan solo a políticos en apuros; tejen una red que une la perversión privada con el complejo militar-industrial, la banca de alto nivel y los servicios de inteligencia. Los documentos desclasificados han realizado un trabajo crucial. Han elevado la vaga teoría conspirativa de «Epstein trabajaba para el Mossad-CIA- MI6» al estatus de hipótesis de trabajo documentada, con nodos, flujos de dinero y contratos específicos.
El contrato de 25 millones de dólares firmado el 5 de octubre de 2015 entre Jeffrey Epstein (en su rol como presidente de Southern Trust Company Inc.) y el grupo Rothschild es la piedra de este sistema. No se trataba de una asesoría financiera convencional, era la llave maestra de un esquema de «doble uso». Los fondos Rothschild, canalizados a través de Epstein, sirvieron para inyectar capital en empresas israelíes de ciberinteligencia y vigilancias fundadas por exmiembros de la Unidad 8200, la célebre unidad de inteligencia de señales del ejército israelí.
El dinero no se quedó en abstracto. Los correos electrónicos muestran su rastro concreto. Epstein utilizó estos canales para financiar a Ehud Barak, el ex primer ministro y ministro de defensa israelí, en la creación de Carbyne. La empresa se vende como una plataforma de servicios de emergencia de última generación, pero su tecnología tiene una capacidad intrínseca y aterradora. Puede acceder de forma remota a la cámara, el micrófono y los datos de localización de cualquier smartphone que tenga instalada su aplicación, a menudo integrada a nivel de sistema operativo por acuerdos con gobiernos. Aquí es donde la especulación de los analistas se funde con la lógica revelada por los documentos: ¿y si los algoritmos de «análisis de riesgo» por los que Rothschild pagó 25 millones a Epstein no eran para predecir fluctuaciones de mercado, sino vulnerabilidades humanas? La hipótesis cobra fuerza cuando se introduce a un tercer actor fundamental: Peter Thiel y su empresa Palantir.
Thiel es el filósofo-rey del capitalismo de vigilancia aplicado a la seguridad nacional. Palantir, su criatura, no es una empresa de software cualquiera; es el sistema nervioso central de la vigilancia digital moderna. Proporciona la infraestructura de inteligencia artificial que el Ministerio de Defensa israelí utiliza, por ejemplo, en Gaza, con sistemas como «Lavender» para la identificación masiva de blancos. La especulación, basada en la convergencia de intereses y capacidades, es que la tecnología de Palantir pudo haber sido la plataforma donde se integraron esos «algoritmos de análisis de riesgo» de Epstein.
El resultado no sería un modelo financiero, sino un perfilador de extorsión predictiva. Cruzar datos financieros ocultos, historiales médicos secretos, preferencias sexuales recopiladas de darknets y comportamientos en línea para identificar, antes de siquiera conocerlos personalmente, los puntos de presión de un magnate, un político o un heredero real. La isla privada y las propiedades de Epstein no serían entonces solo lugares de depravación, sino laboratorios de campo para validar y refinar estos modelos, obteniendo la confirmación empírica última del perfil creado. El cliente—ya sea una agencia de inteligencia, un primer ministro, un actor privado o un conglomerado financiero—recibiría un dossier no solo con los pecados cometidos, sino con una predicción de los que el sujeto estaría dispuesto a cometer. Es la extorsión elevada a ciencia.
Esta convergencia explica por qué un conflicto con Irán no es solo una distracción conveniente, sino un objetivo estratégico y económico para esta red. Para Peter Thiel y Palantir, una guerra a gran escala con Irán es el killer app, la aplicación final que justificaría inversiones billonarias. Sería la prueba de concepto definitiva para una guerra gestionada por IA, donde los «blancos generados por algoritmos» sustituyen la deliberación humana, acelerando los ciclos de decisión hasta hacer irrelevantes las consideraciones éticas o políticas.
Los contratos se multiplicarían, los beneficios –ya triplicados en 2025 gracias a la colaboración con Israel– se dispararían. Para las empresas de defensa israelíes como Elbit Systems o Israel Aerospace Industries (IAI), implicadas en la producción de sistemas de misiles como el Arrow, sería un boom económico sin precedentes. Para los servicios de inteligencia, un conflicto de esta magnitud permite justificar presupuestos negros astronómicos, reorganizar prioridades y, crucialmente, silenciar cualquier investigación interna o externa sobre su posible participación en la red de Epstein bajo el argumento incuestionable de la «prioridad bélica». La guerra, en este cálculo deshumanizado, es el negocio perfecto y la cortina de humo definitiva.
Por debajo de toda esta maquinaria fría –los algoritmos, los contratos, las estrategias geopolíticas– late una patología humana que los analistas de la psicología del poder han comenzado a diseccionar a la luz de estos archivos. No se trata de unos pocos «malos manzanas». Los estudios, como los citados en los círculos especializados en psicopatología política desde 2026, indican una sobrerrepresentación significativa de rasgos narcisistas, maquiavélicos y psicopáticos en las élites del poder global, particularmente en finanzas y política de alto vuelo. Para estos individuos, la teoría del «objeto de uso» no es una metáfora; es un manual operativo. Los demás seres humanos son piezas en un tablero, fuentes de placer, de utilidad o de explotación.
Los testimonios más extremos que emergen de los archivos –las referencias a rituales, a tortura, a un «goce perverso» que va más allá del mero abuso– encajan en la estructura clínica de la perversión en su sentido más estricto, la negación total de la subjetividad del otro, su reducción a un objeto para la gratificación de una fantasía de omnipotencia.
El horror no es que estas personas existan; es que son ellas, cuyos nombres pueblan las páginas de los expedientes, las que toman decisiones sobre sanciones económicas que matan de hambre a poblaciones enteras, sobre intervenciones militares que destrozan países, sobre políticas migratorias que condenan a millones a la desesperación. Deciden qué es un gobierno «democrático» y qué es un «régimen canalla». Y lo hacen, aparentemente, después de participar en lo que cualquier marco moral ordinario calificaría como los actos más viles imaginables. La disociación no es un síntoma de su patología; es su herramienta de trabajo principal.
Al final, esta no es una historia sobre un pederasta rico. Es la historia del instrumento que construyó y que le sobrevivió. Los Archivos Epstein son el símbolo más tangible de una mutación en el ejercicio del poder: la privatización y externalización de las funciones más oscuras del Estado profundo (Deep State). La recolección de material comprometedor, la extorsión, la coerción psicológica, ya no son operaciones clandestinas llevadas a cabo únicamente por agencias estatales con sellos oficiales. Son servicios subcontratados a redes privadas, financiadas por capital opaco, que operan en la intersección entre la alta finanza, el espionaje y el crimen organizado de lujo.
La película de bajo presupuesto con la que comenzamos este relato se revela, así, como el documental más caro y peligroso jamás producido. Sus productores son anónimos, su presupuesto es incalculable, y sus ganancias no se miden en dólares, sino en grados de control sobre el futuro de las naciones. El sheriff, el pederasta y la bomba iraní no son elementos inconexos; son engranajes de la misma máquina. Una máquina que convierte la vergüenza en poder, el sexo en arma y la guerra en espectáculo redentor. Nosotros, el público, hemos sido reducidos a espectadores aturdidos, incapaces de distinguir si lo que vemos es ficción o la nueva y aterradora normalidad.
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