Los hechos demuestran que estamos ante una ingeniería social mucho más sofisticada que la del colonialismo, que busca enfilar al narcotráfico contra quienes se oponen a los gobiernos
Raúl Zibechi
jornada.com.mx/06/02/2026
Ahora que el capitalismo recupera los modos brutales del colonialismo, puede ser necesario revisitar algunos de sus aspectos más avasalladores para los pueblos, para no confundirnos y, sobre todo, para desbordar el aparato de propaganda del sistema. La publicidad apenas encubierta, suele encubrir los crímenes del colonialismo y los suele disfrazar de empresas civilizadoras, entre las que destaca la democracia y el desarrollo que habría traído la conquista del tercer mundo.
Un reciente artículo de Rafael Poch en CTXT, titulada “El imperio virtuoso”, tiene la virtud de describir las atrocidades coloniales y de vincularlas con la actitud europea, y del Norte global, con el genocidio palestino. Más aún , destaca que “el papel, que en el siglo XIX desempeñaron la ‘civilización’, el ‘comercio’ y el ‘cristianismo’ impuestos a los ‘salvajes’, lo desempeña ahora la ideología de los derechos humanos, la igualdad de géneros y otras nobles causas”.
Una doble operación mediática permite ocultar las masacres y a la vez disfrazar la conquista colonial con conceptos que las justifican, en aras de un supuesto bien superior que los conquistados nunca compartieron.
Una primera cuestión a destacar es que en las colonias nunca existió algo parecido a una democracia, ya que fueron gobernadas con mano de hierro por los conquistadores, sin la menor concesión a los pueblos que fueron salvajemente reprimidos. Poch nos recuerda que en la destrucción del sector manufacturero de India jugaron un papel decisivo la eliminación de los aranceles a los textiles británicos, a la vez que se interponían impuestos y barreras a la venta de los textiles hindúes.
Una segunda cuestión es la violencia directa e indirecta que ejercieron en sus colonias. La hambruna en Irlanda hacia 1846 y 1847, a la que denomina el “holocausto irlandés”, provocó que el hambre y sus consecuencias se cobraran entre uno y dos millones de víctimas, en una población de ocho millones. Mientras otros países europeos, que también sufrieron la plaga de la patata, paralizaron las exportaciones de alimentos para compensar las pérdidas, los británicos no sólo no lo hicieron sino que aprovecharon la hambruna para imponer reformas de libre mercado.
Como puede verse, la “doctrina del shock” de Naomi Klein tiene una larga historia, aún manteniendo toda su tremenda actualidad. Hasta el día de hoy los medios blanquean el desastre, ya sea insultando a los pueblos o elogiando las medidas que prometían el “progreso”.
La tercera cuestión es central: los crímenes de lesa humanidad. Sólo en India entre 1880 y 1920, murieron 100 millones de personas sobre una población de poco más de 200 millones, por las hambrunas y el empobrecimiento. En Bengala, 10 años antes, el hambre mató a una tercera parte de la población, 10 millones.
Los latinoamericanos, y en particular los pueblos originarios y negros, conocemos esta historia ya que nuestro continente padeció un verdadero holocausto que estuvo cerca de acabar con la población no blanca. A ella se pueden sumar horrores como las guerras del opio, que provocaron 150 millones de drogodependientes en China, uno de cada tres habitantes.
La cuarta cuestión es la liberación de presos para utilizarlos como mano de obra contra los pueblos, en particular por parte de Gran Bretaña. Los datos son muy elocuentes. En los 30 años anteriores a 1776, uno de cada cuatro migrantes llegados a Maryland eran convictos. En 1840, la mitad de la población de Tasmania (sur de Australia) eran reclusos. Entre 1788 y 1868 (ocho décadas) 162 mil condenados fueron enviados a Australia, “deportados para matar aborígenes a discreción”.
Aunque Poch no lo menciona, puede hacerse un paralelismo entre la utilización de prisioneros como punta de lanza de la empresa colonial y el actual estímulo que reciben los narcotraficantes para atacar movimientos sociales y pueblos en resistencia. Por un lado, es evidente que el narco no puede prosperar ni subsistir sin apoyo estatal, sea en la justicia o en los aparatos armados, y en los diferentes niveles de los gobiernos.
Por otro, los hechos demuestran que estamos ante una ingeniería social mucho más sofisticada que la del colonialismo, que busca enfilar al narcotráfico contra quienes se oponen a los gobiernos. No es ninguna casualidad que en toda América Latina el narco ataque movimientos y dirigentes sociales, generalizando modos que al parecer nacieron en Colombia. La capacidad de dirigir la violencia narco contra los movimientos de abajo, está siendo demoledora para los pueblos y una ayuda inestimable para consolidar el capitalismo a través de supuestas “guerras contra las drogas”.
En el semillero de agosto de 2025, el subcomandante Moisés, portavoz del EZLN, habló sobre la actitud a tomar ante los narcos. Dijo que, en general, son tan pobres como ellos y que no tiene caso empezar una guerra entre los de abajo. Parece importante debatir para tener una posición ante una realidad tan presente y lacerante.
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