La admisión tardía de un espejismo fallido repiquetea a mentira
Canadá, con su histórica “falsa» neutralidad benigna, se enfrenta ahora a un espejo que muestra su complicidad. Un mundo mejor y más estable no surgirá de los discursos recalibrados en los foros de Davos ni de la brutalidad arancelaria
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Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.wordpress.com/28/01/2026
La admisión tardía de un espejismo fallido se reitera como una mentira convenientemente afinada. El análisis que disecciona con precisión la metamorfosis del discurso globalista frente a su propia crisis de legitimidad nos lleva a un personaje central: Mark Carney, el primer ministro de Canadá. Su retórica sugiere una ruptura con un mundo unipolar agonizante, prometiendo un «realismo basado en valores» como antídoto al trumpismo. Sin embargo, una mirada más cercana revela que no se trata de una ruptura, sino de una recalibración estética del neoliberalismo, un ajuste cosmético para que un orden desacreditado pueda sobrevivir en un mundo que ya no acepta el mito ingenuo del «orden basado en normas«.
Esta propuesta, elegantemente empaquetada, se revela como un esfuerzo superficial y sin fundamentos sólidos, un intento de reinventar desde arriba un sistema que el propio Carney ayudó a construir y que ahora colapsa bajo el peso de sus propias contradicciones. No obstante, esto no exonera en absoluto el enfoque de Donald Trump, que representa simplemente la versión cruda, autoritaria y descaradamente transaccional del mismo egoísmo estatal.
La verdadera crisis, la que alimenta a ambos, no es meramente diplomática; es el resultado acumulado de décadas de transferencia sistemática de riqueza de abajo hacia arriba, de la financiarización de la vida y del vaciamiento de la soberanía popular. Carney, como arquitecto financiero de la era post-2008, encarna a esa élite que vació el Estado al promover la austeridad para los ciudadanos mientras rescataba bancos con dinero público; extendió la lógica del mercado a cada rincón de la vida pública e ignoró deliberadamente la desigualdad creciente, desigualdad que luego fertilizó el terreno para los mismos monstruos políticos de derecha que hoy dice querer contener.
El supuesto «reinicio» que propone Carney es estructuralmente insuficiente porque nace del mismo núcleo intelectual y social que gestionó el declive. Su trayectoria lo define, un viaje fluido entre Goldman Sachs, los bancos centrales más poderosos del mundo (el de Canadá y el de Inglaterra), la presidencia del Financial Stability Board del G20 y la dirección de un gigante financiero como Brookfield Asset Management. Esta hoja de vida no es la de un disruptor, sino la del globalista prototípico. Desde estos puestos, Carney admite ahora, cuando la presión es insostenible, que el «orden internacional basado en normas» ha sido en gran medida un artificio.
Señala, con razón, su hipocresía, la invasión de Irak en 2003 basada en mentiras, el apoyo occidental a la destrucción en Gaza a pesar del derecho internacional, las guerras interminables y una globalización financiera que concentró la riqueza en una élite transnacional. Canadá, bajo gobiernos liberales que Carney ahora personifica, se benefició de este juego, exportando recursos, participando en misiones «humanitarias» de la OTAN y disfrutando del cómodo rol de «mediador neutral» que enmascaraba una alineación férrea con Washington.
Pero esta admisión es tardía y profundamente selectiva. Carney critica el sistema sólo ahora que esta amenaza los intereses geopolíticos y la estabilidad interna de Occidente, acorralado por el desafío de Trump. Durante sus mandatos en los bancos centrales, fue un pilar de ese mismo establishment. Promovió políticas de Quantitative Easing que inflaron burbujas de activos financieros, beneficiando a los ya ricos mientras erosionaban el poder adquisitivo de los trabajadores. Su obsesión por la «estabilidad financiera» a menudo ignoró la precariedad social que se acumulaba como gasolina bajo la economía.
Esta no es una «falsedad canadiense» accidental; es el modus operandi de un país que se proyecta como campeón de los derechos humanos en la ONU mientras sus empresas practican un extractivismo depredador en América Latina y África y apoya sanciones económicas que castigan a poblaciones enteras por la desobediencia de sus gobiernos.
Por ello, su «realismo basado en valores» es fundamentalmente un reempaquetado sin sustancia. Se presenta como una alternativa más humana y sofisticada al crudo transnacionalismo de Trump, donde el fuerte simplemente extorsiona al débil con aranceles. En teoría, la fórmula de Carney implica alinear el poder duro con principios éticos: comercio justo, acción climática ambiciosa y cooperación multilateral renovada. Sin embargo, en la práctica, se traduce en la misma lógica de siempre, pero con mejor vocabulario: acuerdos comerciales con China o Qatar que priorizan el acceso a mercados y recursos, disfrazados de cooperación estratégica.
Un keynesianismo selectivo y privatizador donde el Estado subsidia con fondos públicos la transición verde liderada por corporaciones como Brookfield, de quien era CEO, mientras se mantienen recortes de impuestos para las élites y una austeridad tácita para los servicios sociales. Es, en esencia, un «keynesianismo militar» y tecnocrático: presupuestos de defensa en alza para confrontar a Rusia, y tal vez a China, justificados ahora bajo un lenguaje de defensa de valores, y grandes inversiones en infraestructura crítica que terminan en manos de consorcios privados.
Este realismo carece de bases precisamente porque repite los errores del sistema que Carney dice querer reformar. Durante el auge neoliberal de las décadas de 1980 y 1990, políticas gemelas de desregulación financiera y tratados de libre comercio, como el TLCAN, erosionaron el pacto social de la posguerra. No generaron la prosperidad compartida que prometían, sino desigualdad extrema, economías financiarizadas y vulnerables a las burbujas, y un debilitamiento profundo de la democracia, capturada por lobbies corporativos.
Trump no surgió de la nada; es la criatura política directa de este fracaso, la respuesta iracunda y nativista de las clases medias empobrecidas del Rust Belt estadounidense o de las regiones periféricas canadienses abandonadas por ese mismo modelo. Lo que Carney ofrece no es una ruptura con los fundamentos que crearon a Trump, sino una gestión más competente y estéticamente presentable de la misma casa en llamas. Es, en el fondo, una disputa interna de las élites financieras globales por el timón de un barco que hace agua, donde un sector (el representado por Carney, vinculado a Goldman Sachs, Davos y los fondos de inversión «verdes») busca salvar el capitalismo globalista adaptándolo tibiamente a las amenazas del populismo de derecha y la crisis climática, pero sin ceder el control real sobre los flujos de capital.
La prueba más clara de la inconsistencia de este «realismo basado en valores» es su selectividad flagrante y su falta de autocrítica genuina. ¿Cómo puede Carney erigirse en paladín de los valores cuando, como Gobernador del Banco de Inglaterra, retuvo ilegítimamente el oro venezolano —31 toneladas valuadas en 1.800 millones de dólares— en 2019? Esta decisión, parte de un régimen de sanciones occidentales que reconoció al fantasmagórico «presidente interino» Juan Guaidó, fue un acto de puro poder financiero disfrazado de legalidad, un instrumento de guerra económica contra un país soberano.
Su realismo aplica los «valores» como un arma, sólo cuando conviene a los intereses geopolíticos de Occidente. Al asumir el liderazgo de Canadá, Carney no abandonó su mundo; lo trasplantó a la política. Su programa de desarrollo económico «subsidiado públicamente, pero liderado privadamente» es el credo de Brookfield llevado a escala nacional: el Estado asume los riesgos y costos iniciales de la transición energética o de la modernización de infraestructuras, para que luego los beneficios y el control fluyan hacia gestores de activos y conglomerados financieros.
Las élites bancarias y mineras canadienses, ya enormemente enriquecidas por décadas de neoliberalismo —con bancos como el RBC o TD dominando mercados vulnerables en el Caribe, o mineras como Barrick Gold operando con impunidad en el Sur Global— ven en Carney no a un reformador, sino al garante definitivo de su continuación. Incluso en el ámbito de la defensa, su promesa de una Defence Investment Agency y de billones en gasto militar, si bien se viste de seguridad nacional, alimenta el complejo industrial-bélico y un «keynesianismo militar» que desvía recursos públicos hacia contratistas privados.
En resumen, el proyecto de Mark Carney es un salvavidas de lujo para un sistema fallido que él mismo co-creó. Es una fachada de pragmatismo ético diseñada para perpetuar los beneficios neoliberales para una élite transnacional, ignorando una vez más el costo social en Canadá y en el mundo. Trump, por su parte, ofrece la barbarie desnuda, el egoísmo nacional sin máscara alguna. Ambos, sin embargo, comparten un punto ciego fundamental: ven al Sur Global como objeto de política, nunca como agente de cambio; como campo de extracción o de contención, nunca como fuente de soluciones.
Canadá, con su histórica “falsa» neutralidad benigna, se enfrenta ahora a un espejo que muestra su complicidad. Un mundo mejor y más estable no surgirá de los discursos recalibrados en los foros de Davos ni de la brutalidad arancelaria, sino de solidaridades Sur-Sur auténticas, de movimientos populares que exijan justicia redistributiva y de una desafiante reapropiación democrática del poder sobre el capital. La elección entre Carney y Trump es, en gran medida, una ilusión; la verdadera disyuntiva está entre el continuismo elegante de las élites y la audacia de una transformación real. Sigue siendo una disputa de las elites globalistas versus las soberanistas.
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