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EL SOCIALISMO DEBERÍA DARNOS ESPERANZA EN EL MAÑANA

Datos recientes de encuestas muestran que buena parte de la ciudadanía perdió su fe en el futuro. El socialismo puede ayudar a recuperarla

Pie de foto: Volver al pasado es imposible. La pregunta real y urgente es si podemos tomar el volante en nuestras manos y orientar a nuestras sociedades en una dirección que nos resulte más deseable como colectivo. (Yu Fangping / VCG vía Getty Images)

Ben Burgis
jacobinlat.com/29/12/2025
Traducción: Natalia López

Según datos recientes del Pew Research Center, el 45 por ciento de los adultos estadounidenses dice que, si pudiera elegir en qué momento vivir, elegiría alguno del pasado. Otro 40 por ciento tuvo la buena suerte de nacer exactamente cuando hubiera querido vivir. Y apenas el 14 por ciento elegiría vivir en el futuro.

Son cifras notables y preocupantes. Se trata de la sociedad más rica de la historia del mundo, donde el cambio tecnológico avanzó a velocidades impresionantes. Sin embargo, tan pocos somos optimistas respecto de lo que vendrá que los estadounidenses tienen tres veces más probabilidades de desear haber vivido en el pasado que en el futuro.

Hubo un tiempo en que el futuro parecía, sin dudas, mucho más atractivo. La comedia animada Los Supersónicos, que se estrenó en 1962 (y estaba ambientada en 2062), mostraba a una clase trabajadora con sirvientes robots y autos voladores. George Jetson, el sostén del hogar, trabajaba en una fábrica y no era ningún tipo de gerente. Su trabajo parecía consistir únicamente en apretar botones, y su carga laboral era tan liviana que se quejaba cuando su jefe, el señor Spacely, lo hacía trabajar tres horas por día.

Los Supersónicos era el entretenimiento más liviano imaginable y nadie la tomaba como una predicción seria del futuro (la familia también tenía un perro que hablaba). Aun así, como ensoñación en colores sobre un futuro lejano, resultaba reveladora. A comienzos de los años sesenta, la «clase media» se había expandido de manera reciente y drástica. El boom económico de posguerra parecía poder convertirse en una característica permanente de la realidad. Y toda una batería de comodidades modernas llegaba al mercado justo cuando cada vez más personas podían pagarlas. En ese contexto, parecía plausible que el progreso tecnológico futuro se desplegara de un modo que mejorara la vida de todo el mundo.

Tiene todo el sentido del mundo que esa misma confianza esté hoy mucho menos extendida a medida que 2025 se convierte en 2026. La idea de que cada nueva generación viviría mejor que la anterior quedó, como mínimo, complicada por la «disrupción» de los empleos que ofrecían un cierto grado de seguridad material a manos de la economía de plataformas. Pensemos, por ejemplo, en la caída de los taxistas sindicalizados y en el ascenso de Uber. Y si bien el progreso tecnológico ciertamente continuó, no siempre lo hizo de maneras que inspiren esperanza sobre lo que viene. Pensemos en la explosión de la inteligencia artificial.

En muchos sentidos, incluso hace cinco años, el tipo de IA que existe hoy habría parecido sacado de la ciencia ficción futurista. Pero sus efectos sociales más grandes fueron, por un lado, la proliferación de lo que suele llamarse «basura de IA» (es decir, textos, imágenes o videos que resultan extraños porque fueron generados por un simulacro literalmente carente de la inteligencia humana) y, por el otro, la amenaza concreta que la IA representa para una enorme variedad de trabajos que hoy realizan seres humanos. No sorprende que tan pocos estemos entusiasmados por ver dónde para este colectivo, o qué será lo que viene unas cuantas paradas más adelante. (Solo el 9 por ciento de los encuestados en el estudio del Pew dijo que le gustaba la idea de vivir más de cincuenta años en el futuro.)

No hace tanto, el oligarca tecnológico multimillonario Peter Thiel se lamentaba por la falta de desarrollos futuristas realmente emocionantes. Retomando la fantasía de Los Supersónicos sobre lo que el futuro podría haber sido, se quejaba de que «nos prometieron autos voladores y nos dieron 140 caracteres» (en ese momento, ese era el límite de caracteres de lo que entonces se llamaba Twitter). A fines de 2025 seguimos sin autos voladores, pero hay muchas formas en las que se siente que estamos viviendo dentro de una película de ciencia ficción. Tenemos, por ejemplo, una empresa llamada «Friend» que vende pequeños «amigos» de IA que las personas pueden colgarse del cuello y con los que pueden charlar a lo largo del día. A comienzos de este año, anuncios en las paredes del subte de Nueva York ofrecían promesas abiertamente distópicas como «Nunca voy a plantarte en una cena» o «Voy a maratonear toda la serie con vos». Si todo esto vuelve obsoleta la queja de Thiel de que la tecnología contemporánea es demasiado aburrida y mundana, tampoco nos llena precisamente de confianza en que el tipo de futuro que representa Friend vaya a resultar atractivo para alguien que no sea un oligarca tecnológico multimillonario como el propio Thiel.

Es comprensible que, si uno tuviera la opción, pareciera mucho mejor volver atrás y revivir recuerdos nostálgicos de la propia juventud (o de la juventud de los padres, en el caso de algunas personas nacidas después del cambio de milenio que aman la ambientación ochentosa de Stranger Things) que vivir en el futuro distópico de Black Mirror. Pero, por supuesto, no tenemos esa opción. Volver al pasado es imposible. Todos viajamos hacia el futuro, a razón de una hora por hora, nos guste o no.

La pregunta real y urgente es si podemos agarrar el volante y conducir este colectivo nosotros mismos, hacia direcciones que nos resulten más deseables de conjunto. Cuando surjan nuevas tecnologías (como inevitablemente va a pasar), ¿se van a implementar de formas en que promuevan el florecimiento humano o simplemente de la manera que maximice las ganancias de los CEO y los accionistas de las empresas que las llevan al mercado? ¿Vamos a permitir, por ejemplo, que el arte creado por personas sea reemplazado por basura de IA, o vamos a automatizar las tareas más tediosas para darles a las personas más tiempo libre y más recursos para hacer cosas realmente importantes, como crear arte? ¿Vamos a terminar con una población dividida entre desocupados y sobreocupados, con estos últimos tan hambrientos de conexión humana que queden reducidos a establecer lazos emocionales con los colgantes de IA que llevan en el cuello, o vamos a responder a la automatización de buena parte del trabajo humano reduciendo drásticamente la jornada laboral para que todos tengamos más tiempo para dedicarle a las amistades y a las relaciones con otros seres humanos vivos?

Las respuestas a estas preguntas dependen menos del tipo de máquinas que tengamos que de quién es dueño de esas máquinas. Lo más irreal de Los Supersónicos (más que los autos voladores, e incluso más que el perro que hablaba) era que el señor Spacely estuviera dispuesto a pagar un salario lo suficientemente generoso como para que George y el resto de los empleados de su fábrica de engranajes pudieran mantener a sus familias como únicos proveedores mientras trabajaban tan pocas horas por semana. ¿No sería más eficiente, en términos de costos, despedir a la mayoría y hacer trabajar a los pocos que quedaran tantas horas como siempre? La diferencia entre esa visión extrañamente benévola del capitalismo y el capitalismo real quedó más que clara en 2025, un año en el que las empresas tecnológicas se dedicaron a recortar puestos de trabajo a un ritmo asombroso (igual que en 2024).

Los socialistas creen que los recursos económicos que sostienen nuestra existencia colectiva deberían ser de propiedad colectiva, en lugar de estar en manos de una minoría rica cuyos intereses a menudo chocan con los del resto de la población. Cómo exactamente podría o debería implementarse ese ideal en la práctica es objeto de un debate complejo. Tengo algunas ideas bastante concretas al respecto, pero el punto más general es este:

Cuando las personas imaginan un mundo en el que la tecnología sigue avanzando a toda velocidad, pero moldeada por las dinámicas de la economía desigual y poco democrática que tenemos hoy, resulta perfectamente comprensible que muchas prefieran retroceder a la vida de los años ochenta. Pero si podemos ofrecer una visión convincente de un mundo en el que todos decidimos cómo implementar las innovaciones y cómo organizar nuestras vidas en común, quizá el futuro empiece a parecer un lugar razonable para vivir.Compartir este artículo FacebookTwitter Email

Ben Burgis

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Ben Burgis es profesor de filosofía y autor de Give Them An Argument: Logic for the Left. Es presentador del podcast Give Them An Argument.

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