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UN REARME IMPERIAL

Existe un gran consenso político y mediático en el poder establecido europeo en torno a la opción del rearme
La estrategia compartida de EEUU y Europa, en el seno de la OTAN, cuya competencia se amplía al marco asiático, es frenar el desafío chino a la supremacía occidental
Este rearme europeo tiene una lógica geopolítica imperial y neocolonial frente al Sur Global y, a nivel interno, refuerza el autoritarismo y la regresión social.

El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, se saluda con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte.NATO / DPA / Europa Press

Antonio Antón
Sociólogo y politólogo
Publico, 17/04/2025

El alemán Jürgen Habermas es uno de los pensadores progresistas más ilustres en Europa. Suele tener una visión más histórica, crítica y global que la mayoría de intelectuales europeos, hoy en silencio o con simple seguidismo de la opción dominante del rearme europeo. Su pensamiento es un buen punto de partida en esta compleja encrucijada en que se encuentra Europa y, particularmente, Alemania como el principal motor económico de la UE. Estamos ante los retos geopolíticos derivados de la invasión rusa de Ucrania y la nueva estrategia trumpista de imperialismo iliberal, con sus objetivos hegemónicos frente al otro polo geoestratégico, China y los BRICS, y la exigencia de mayor subordinación y militarización europea.

Va siendo habitual en el ámbito progresista, incluso en sectores liberal-conservadores, la definición habermasiana del trumpismo como nueva forma de dominación tecnocrática y autoritaria. Es el componente reaccionario o ultraconservador frente a la democracia, los derechos sociales y feministas o la sostenibilidad medioambiental que une a la ultraderecha europea con el presidente estadounidense, bajo el nacionalismo expansionista y racista y contra la inmigración. Todo ello por mucho que en el campo económico, con la guerra arancelaria, aparezcan conflictos abiertos por la imposición de la primacía estadounidense y los distintos perjuicios nacionales, en plena readecuación económica y de poder.

Veremos el alcance de la guerra arancelaria, aunque ya se han visto algunos puntos vulnerables de EEUU, precisamente, donde se consideraba hasta ahora su fortaleza y fruto de sus privilegios históricos: su hegemonía financiera, con la garantía a su elevada deuda externa y la prevalencia del dólar.

Dejando aparte las tendencias iliberales y la pugna comercial, el debate principal ahora es sobre la respuesta estratégica europea a la reconfiguración geopolítica y la hegemonía político-militar. Está concentrada en la aprobación por la UE del rearme con una inversión de ochocientos mil millones de euros, más en el caso de Alemania otro medio billón (con una pequeña parte para infraestructuras y transición ecológica). Incrementos relevantes están anunciados en Francia y Reino Unido, en espera de la cumbre de la OTAN de julio donde se aventura un aumento en gasto militar desde el 2% del PIB hasta el 3% o 3,5%, con el horizonte a medio plazo de llegar hasta el 5%, y con la voluntad estadounidense y europea de su continuidad y cohesión, no de su desmantelamiento. La militarización está en marcha.

Están claros los objetivos geoestratégicos estadounidenses, compartidos por las dos administraciones, demócrata y republicada, y refrendados en la cumbre de la OTAN de Madrid en 2022, es decir, por todos los aliados europeos: el gran rival estratégico es China, calificada de ‘gran enemigo’, la única potencia que puede desafiar a EEUU, que pretende evitar su declive… aunque sea con la fuerza militar. Están definidos los grandes polos geopolíticos, aun con muchas indefiniciones, neutralidades y pragmatismos en países del Sur Global.

Un rearme sin justificación

Existe un gran consenso político y mediático en el poder establecido europeo en torno a la opción del rearme, rebautizado por seguridad o protección, para evitar un rechazo más profundo y masivo por la ciudadanía europea, que demanda otras prioridades de defensa de la protección ‘pública’ y la seguridad ‘social’.

La amenaza rusa no es creíble, ante una clara superioridad militar europea, incluida la cobertura nuclear, y aunque tenga dificultades de interoperabilidad y mando único, residido ahora en la OTAN. La llamada crisis existencial europea, con el correspondiente miedo difundido entre la población, no se asienta en un peligro real. Es más, el control y la presencia estadounidense de los recursos mineros, agrícolas y energéticos ucranios, con el pacto de Trump con Putin y la tregua prevista en Ucrania, ya supone suficiente disuasión para Rusia para no cometer otras aventuras fuera del marco defensivo de su zona de influencia. Si se cumple esa expectativa de alto el fuego, no querida por los halcones europeos, éstos se quedarían sin su argumento principal para sostener el rearme. Admiten que la guerra con Rusia no es inminente, pero que, en un alarde de hipótesis imaginativas, podría reiniciarse en cinco años.

Sin embargo, lo que sí constituye planes precisos de rearme, militarización y preparación para la guerra es con China… pero para dentro de más de una década -con permiso de Taiwán-. Por tanto, la estrategia compartida de EEUU y Europa, en el seno de la OTAN, cuya competencia se amplía al marco asiático, es frenar el desafío chino a la supremacía occidental. China ejerce el poder ‘blando’, económico-político, ampliando su influencia en el Sur Global y compitiendo con EEUU… y con Europa, con las normas internacionales. Es lo que EEUU no soporta, la perspectiva del cambio de hegemonía, ni siquiera la paridad estratégica, y utiliza su prevalencia militar.

Es el riesgo de utilizar la fuerza, como último recurso de dominio mundial. Es el peligro real de guerra, cuya concreción precisa de muchas variables por desarrollar, incluso el desencadenamiento de guerras parciales o periféricas, que modifique los equilibrios y la legitimación de las sociedades, antes de llegar a una confrontación -nuclear- general; o sea, no hay que caer en el determinismo de la inevitabilidad de la guerra nuclear mundial o en la instalación de una segunda guerra fría basada en la disuasión de una destrucción mutua asegurada. No es un futuro apetecible para la humanidad y la democracia.
Los límites de la autonomía estratégica y la unidad política

Lo que interesa destacar aquí es que el rearme europeo, exigido y compartido con EEUU, solo tiene esa lógica de garantía occidental de la primacía mundial. En particular, ante el desaire trumpista de querer subordinar todavía más a la Unión Europea, en el ámbito económico y de seguridad, la llamada autonomía estratégica europea solo es muy limitada ante esos planes compartidos en el seno de la OTAN. Esa política no impide la involucración europea en una deriva belicista, con un refuerzo autoritario y un desplazamiento de los recursos prioritarios de una ambiciosa agenda social, así como de la cooperación y el desarrollo mundial, abandonando proyectos imperiales periclitados, apoyados en la fuerza militar.

Este giro militarista generará más desafección sociopolítica, y hacerle frente con más autoritarismo y protagonismo de las fuerzas reaccionarias supondrá el agravamiento de la crisis social y política en Europa, así como su descrédito moral y político como muestra su complicidad con el genocidio palestino. El modelo social y democrático europeo, que goza de una gran legitimidad cívica y hoy cuestionado por el poder establecido, es otra cosa, y hay que refundarlo.

Volviendo a Habermas. Tiene razón en su idea de que el rearme alemán, con el refuerzo de su primacía en el centro y este de Europa, el conocido ‘espacio vital’ nazi, que acompañe a su expansión y poderío económico de estas tres décadas en esos territorios desde el derrumbe del Este, puede enfrentarse a los recelos de sus poblaciones y también a los de sus potentes aliados de EEUU, Francia y Reino Unido. De ahí que, desde ámbitos progresistas, consideren la imperiosa necesidad de abordar la unidad política europea, en la que integrar el poderío alemán. Sin esa unidad política, Habermas rechaza el rearme y una fuerza militar disuasoria común de la Unión Europea.

No obstante, todavía es un argumento insuficiente. El sesgo imperial que se pretende neutralizar para Alemania se traslada al núcleo dirigente de la UE, sobre todo, a Francia (aparte del poder establecido europeo y del Reino Unido), pero sin garantía de su democratización. El problema de fondo es corregir su orientación pro imperial, con el acomodo al expansionismo estadounidense, por otro modelo autónomo basado en la mejor tradición europea, democrática, pacifista, social y de cooperación internacional. Pero para ello no se necesita más rearme, militarización y estrategia belicista, que es lo que se ejecuta sin la legitimidad cívica.

El rearme no tiene justificación, ni es permisible con determinadas condiciones, sea de una limitada autonomía estratégica -siguiendo la pauta otanista- o de una mayor unidad política de las élites, difícil de articular. Este rearme europeo tiene una lógica geopolítica imperial y neocolonial frente al Sur Global y, a nivel interno, refuerza el autoritarismo y la regresión social. La oposición al rearme es justa. Las sociedades europeas prefieren otro orden internacional y democrático.

Antonio Antón
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Antonio Antón, Sociólogo y politólogo. Ha sido profesor de la UAM

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