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EEUU PERDIÓ ESTA GUERRA CONTRA CHINA Y RUSIA

¿Crees que Occidente está preparado para la tormenta que se avecina? ¿O piensas que Moscú y Pekín tomarán ventaja en el Ártico? 
El Ártico se está calentando y con él la Guerra Fría 2.0 adquiere una nueva dimensión geográfica y estratégica. La pregunta ya no es si la hegemonía estadounidense está en declive, sino cuán rápido ocurrirá y qué tragedias o errores se cometerán en el camino


Prensa Alternativa | Informe Especial, El Jota, @Prensa-Alternativa
14 abr 2025, 6:03 p.m.

Este es el Estrecho de Málaga. Se ubica en el cuello de botella geográfico entre Malasia e Indonesia y le sirve a Estados Unidos como punto de presión para controlar  el flujo de los hidrocarburos y otras mercancías que llegan y salen de China. Sin embargo, esto pronto podría cambiar.

 ¿Quieres averiguar por qué y cómo se relaciona con Rusia?  Entonces, acompáñanos a ver.  Como dijimos, este es el Estrecho de Málaga. Un angosto paso marítimo de apenas 2,7 kilómetros en su punto más estrecho.

Y su importancia radica en que aquí transita aproximadamente una cuarta parte  de las mercancías del mundo y un tercio del petróleo global. Más crucial aún, el 90% del comercio de China se mueve por mar y gran parte debe pasar por allí. Estados Unidos es consciente de ello, por lo que ha tejido una estrategia de contención alrededor de Málaga.

En la práctica, Washington junto con Malasia, Singapur e Indonesia pueden mantener una presencia naval capaz de bloquear el paso de mercancía por aquí. No es de extrañar que Beijing mire al Estrecho de Málaga con ansiedad. Estados Unidos también mantiene presencia en otros puntos clave, como el Estrecho de Hormuz, donde la quinta flota de la Armada de Estados Unidos tiene su cuartel general en Bahrain.

El Estrecho de Bab el-Mandev, donde Estados Unidos opera desde Djibouti. El Estrecho de Gibraltar, donde la sexta flota estadounidense comparte presencia con los europeos. Y el Canal de Suez, donde Estados Unidos es aliado del gobierno egipcio.

Por este motivo, China ha buscado alternativas y desde hace algunos años ha puesto la vista en la región del Ártico. Pero esta nueva ruta no sería posible sin el aliado perfecto. Rusia. Ambos países han unido fuerzas para explotar una ruta comercial polar que podría quebrar siglos de dominio naval occidental. ¿Cómo lo hicieron? Pues en noviembre de 2024, en plena tensión con Occidente, ambos países acordaron intensificar su cooperación para desarrollar rutas árticas. Beijing y Moscú establecieron un comité conjunto sobre la ruta marítima del norte.

Un pasaje de aproximadamente 5.600 kilómetros. Que va desde el Mar de Barents en Escandinavia  hasta el Estrecho de Bering cerca de Alaska. No es coincidencia.

El deshielo del Ártico abre esta arteria como alternativa al Canal de Suez u otra ruta controlada por Estados Unidos, acortando en casi un tercio la travesía entre Asia y Europa. Sin embargo, antes de avanzar, quiero mostrarte por qué el surgimiento de esta nueva ruta comercial  puede ser el clavo final en el ataúd de la hegemonía de Estados Unidos. Para esto, precisamos un concepto llamado bienes públicos globales.

¿Pero qué son estos bienes? Pues son bienes que utiliza todo el mundo, o una buena parte de este.  Puede ser como las rutas comerciales o tecnologías como el GPS.  Y son provistos por el hegemón, en este caso, Estados Unidos.

Con su presencia militar en las rutas comerciales, trata de decir, provee seguridad al comercio marítimo. Pero la otra cara de la moneda es que también puede bloquear a algún país cuando sea conveniente. China lo sabe, y no se ha quedado de brazos cruzados.

Su respuesta ha sido diversificar rutas. Por ejemplo, el proyecto One Belt, One Road  construye puertos y oleoductos por Asia Central y Pakistán para esquivar estos cuellos de botella donde la potencia del norte podría bloquearlos. Y ahora, que su alianza con Rusia es más fuerte que nunca, se abre la posibilidad real de una navegación continua del Ártico.

¿Pero por qué a Estados Unidos no le gusta nada esto? La respuesta es simple y brutal. Pone en jaque su hegemonía. Estados Unidos, durante décadas, ha justificado su masivo gasto militar  y su intervencionismo global bajo el pretexto de ser el proveedor benévolo de seguridad marítima.

Navegamos por todas partes para garantizar el libre comercio para todos. Es el mantra. Suena noble, ¿verdad? Pero la realidad es más cínica.

Al proveer este bien público, Estados Unidos también se asegura el control sobre él. Puede decidir quién se beneficia y cuándo, y puede retirar esa protección o usarla como palanca de negociación.  Es seguridad.

Sí, pero con condiciones. Es en esencia un monopolio sobre una de las arterias vitales del mundo.  La ruta marítima del norte, desarrollada y controlada en gran medida por Rusia y China, rompe este monopolio.

Ofrece una alternativa viable, fuera del alcance directo de la marina estadounidense. Ya no hay un único proveedor del bien público de las rutas marítimas euroasiáticas. Hay competencia.

Y para un hegemón que basa gran parte de su poder en ese control,  la competencia es una amenaza existencial. Es la pérdida de una herramienta fundamental de dominio global. Y esto no es ni siquiera lo peor para Estados Unidos.

Como dijimos, si Estados Unidos pierde el control de rutas críticas, sería el principio del fin de la hegemonía estadounidense, pues la doctrina tradicional de Estados Unidos ha sido evitar que otra potencia surja en Eurasia. Lo hizo contra la Unión Soviética durante la Guerra Fría e intentará hacerlo contra China. Sin embargo, Beijing no está sola.

Moscú lleva años preparándose para este momento. Calentamiento global mediante. El Kremlin ha invertido fortunas para dominar el estrecho del mundo.

Hoy, Rusia posee la mayor flota de rompehielos del planeta, con más de 34 buques diésel y 8 de propulsión nuclear. Es la única nación que opera rompehielos nucleares capaces de abrir camino todo el año en aguas congeladas. Vladimir Putin no ha ocultado sus ambiciones.

Convertir la ruta del Ártico en una autopista estratégica rusa-china. Incluso en 2023, Rusia realizó ejercicios navales conjuntos con China en el Ártico,  mostrando a Washington que ya no es su coto exclusivo.  Pero si Rusia está así de preparada, Estados Unidos no puede estar muy atrás, ¿verdad?  La realidad para Estados Unidos es que es un gigante atrofiado y la disparidad es abrumadora.

Como dijimos, Rusia opera alrededor de unos 40 rompehielos,  mientras que Estados Unidos solo tiene un rompehielos pesado operativo, el Polar Star, con casi medio siglo de antigüedad. El resultado, la Armada estadounidense apenas puede asomarse al Ártico en verano, con acceso muy limitado el resto del año. Sin suficientes rompehielos, ¿cómo desplegar tropas o proteger intereses en caso de crisis? El propio Pentágono lo admite.

La defensa de Alaska, único territorio estadounidense en latitudes árticas, quedaría comprometida si Rusia dominase estas aguas. La brecha es tan seria que Donald Trump, durante su presidencia, llegó a proponer construir 40 rompehielos nuevos a contrarreloj.  Pero la industria naval estadounidense no da abasto.

Los pocos proyectos en marcha acumulan retrasos y sobrecostes, y el primer nuevo rompehielos pesado no llegaría antes de 2030. Para entonces, Rusia, con ayuda de China, ya habrá botado varios más.  La superioridad rusa en tecnología polar es clara, y la nueva ruta ártica cobra forma bajo su liderazgo.

Cada verano que pasa, más barcos prueban el paso del norte, guiados por rompehielos rusos, recortando días de viaje y evitando el ojo vigilante de la flota estadounidense. ¿Y cuál es la respuesta de la potencia del norte cuando se siente amenazada y tecnológicamente superada en un frente clave? La historia nos enseña que a menudo se vuelve más errática  y dispuesta a tomar medidas desesperadas,  incluso si perjudican a sus propios aliados. Por eso, cada vez surge como una posibilidad más plausible que, en un arrebato descarnado de RealPolitik, Estados Unidos gire sus intereses hacia Groenlandia, traicionando así de forma definitiva a sus aliados europeos.

Pero, claro, este sería el escenario más radical. Por lo pronto, es probable que Washington exija a sus aliados europeos que inviertan más en sus capacidades militares árticas, que limiten sus relaciones comerciales con Rusia y China, incluso si les perjudica económicamente, o que adopten posturas más confrontativas contra estos dos países. Estas acciones, nacidas de la necesidad de preservar una hegemonía menguante, tienen un costo altísimo, lo que contribuye a la percepción de Estados Unidos  como un aliado menos fiable, más errático y más centrado en sus propias batallas hegemónicas.

Y contrasta fuertemente con la imagen de una alianza ruso-china que cada vez es más sólida, pragmática y orientada a objetivos concretos y mutuamente beneficiosos. En conclusión, la Ruta Marítima del Norte es mucho más que un atajo congelado. Es un símbolo poderoso del cambio tectónico que está ocurriendo en el orden mundial.

Y es un arma que apunta directamente al corazón de la hegemonía estadounidense. Pero también es la manifestación física de la creciente cooperación entre Rusia y China, dos potencias decididas a desafiar el dominio estadounidense y a construir alternativas a las estructuras controladas por Occidente. El desarrollo de esta ruta expone las vulnerabilidades de la estrategia estadounidense basada en el control de puntos de estrangulamiento marítimo.

Revela las limitaciones tecnológicas y la creciente desesperación de un hegemón que ve cómo se le escapan las riendas del poder. Y lo más peligroso, muestra la disposición de Washington a tensionar sus alianzas y a tomar decisiones estratégicas cuestionables, erosionando la confianza que, alguna vez, fue la base de su liderazgo global. El secreto ya no es tan secreto.

El Ártico se está calentando y con él la Guerra Fría 2.0 adquiere una nueva dimensión geográfica y estratégica. La pregunta ya no es si la hegemonía estadounidense está en declive, sino cuán rápido ocurrirá y qué tragedias o errores se cometerán en el camino. La ruta del Ártico bien podría ser  uno de los clavos finales en el ataúd de la era estadounidense.

El mundo está cambiando y las corrientes heladas del norte nos están mostrando hacia dónde soplan los nuevos vientos del poder. Pero ahora te toca a ti. Cuéntanos en los comentarios.

¿Crees que Occidente está preparado para la tormenta que se avecina? ¿O piensas que Moscú y Pekín tomarán ventaja en el Ártico? Estaremos encantados de leerte. También nos ayudarías si compartes el video, sobre todo si conoces a alguien que piensa que Estados Unidos  seguirá siendo la primera potencia mundial. Nos gustaría conocer su opinión.


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Y hasta que nos volvamos a encontrar.

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