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LA FALSA SOLUCIÓN DEL MERCADO AL CAMBIO CLIMÁTICO

Vuelven sobre las ilusiones de muchos economistas, que están convencidos de que el mercado y las finanzas pueden ser el medio para luchar contra el cambio climático.

Por Martine Orange

Fuentes: Mediapart

Dos libros: Le bien commun, le climat et le marché: Réponse à Jean Tirole, de Benjamin Coriat, y L’illusion de la finance verte, por Alain Grandjean, miembro del Alto Consejo para el Clima, y el anteriormente financiero Julien Lefournier, vuelven sobre las ilusiones de muchos economistas, que están convencidos de que el mercado y las finanzas pueden ser el medio para luchar contra el cambio climático.

¿El medio ambiente? Un tema secundario. ¿La contaminación? Factores externos que no afectan al mercado. El ¿CO2? Una cuestión sobrevalorada. Durante décadas, muchos economistas han mirado para otro lado o incluso ignorado los peligros ligados al cambio climático y sus consiguientes estragos sobre el medioambiente.

Mientras los informes del IPCC se acumulan con un alarmismo creciente, la opinión pública ha cambiado y los gobiernos dicen estar preparados para comprometer miles de millones en la aplicación de la transición, e incluso los bancos centrales incluyen ahora el cambio climático en su «hoja de ruta» para su política monetaria, y los economistas, a menudo los mismos que antes ignoraban estas cuestiones, se están apasionando por estos temas.

Hay incluso una especie de escalada. Cada institución, cada think tank, cada club de reflexión o de trabajo quiere hacer una contribución. Informes sobre los nuevos grandes retos económicos, sobre la nuevas funciones de las finanzas, sobre los cambios que se avecinan. Hay innumerables propuestas, recomendaciones y sugerencias.

Pero, ¿qué es lo que realmente contienen de esas advertencias, estudios científicos e informes de otros economistas que, mucho antes que ellos, han estado trabajando en cuestiones medioambientales? ¿problemas medioambientales? ¿hay un cambio o un simple cuestionamiento de los modelos que han defendido durante décadas y ahora están seriamente cuestionados? Nada o no gran cosa, como señalan dos libros recientes.

Uno, Le bien commun, le climat et le marché: Réponse à Jean Tirole, es escrito por Benjamin Coriat, profesor de la Universidad Paris-Sorbonne-Nord; el otro, L’Illusion de la finance verte, por Alain Grandjean, miembro del Alto Consejo para el Clima, y Julien Lefournier, antiguo financiero, que desde hace tiempo llevan trabajando en cuestiones climáticas.

Según ellos, el calentamiento global es una demostración aplastante de que la que el «mercado» es singularmente ineficaz en este ámbito. A pesar de las advertencias durante más de treinta años, ha sido incapaz de corregir y remediar la loca carrera de una economía de extracción y depredación, hasta el punto de llevar al mundo al borde del colapso.

Pero, como señalan los autores de los dos libros, esto no lleva a los economistas a cuestionarse a sí mismos. En el mejor de los casos, repiten las mismas recetas para darles «un barniz verde» adecuado, por utilizar las palabras de los autores de L’illusion de la finance verte. En el peor de los casos, practican una especie de desviación de los conceptos e ideas que han sido debatidos durante mucho tiempo en el ámbito científico y de los economistas para reutilizarlos y vaciarlos de todo significado.

Travestismo

Es esta farsa de conceptos prestados y desviados lo que lleva a Benjamin Coriat a redactar en su libro una de los críticas más duras. Está dirigida directamente a Jean Tirole, premio Nobel de Economía, presidente de la Escuela Económica de Toulouse. Es el autor, con Olivier Blanchard, ex economista jefe del FMI, de un informe sobre importantes retos económicos para Francia publicado en junio, donde se dedica un amplio desarrollo al cambio climático.

Durante años, Benjamin Coriat se ha esforzado para dar a conocer la obra de Elinor Ostrom, Premio Nobel de Economía en 2009, sobre los bienes comunes. De trabajo en trabajo, no ha cesado de profundizar en esta temática, demostrando que los bienes comunes, vinculados primero a propiedades de tierras colectivas (tierra, madera, pesca), podrían tomar nuevas dimensiones con la tecnología digital sobre el clima. Pero también cómo esta ampliación de la perspectiva los llevó hacia una reflexión donde el cambio climático, los cambios sociales y las nuevas organizaciones sociales pueden sumarse para formar un nuevo modelo económico, más atento a las personas y la naturaleza.

De modo que no sorprende cuando Jean Tirole, ferviente seguidor de la teoría neoclásica de la competencia y del libre mercado, publica en 2016 un libro titulado La economía del bien común. En este libro, señala Benjamin Coriat, Jean Tirole, contrariamente a lo habitual en los ámbitos universitarios y de investigación, no establece dialogo con el trabajo de Elinor Ostrom. NI dice lo que mantiene, lo que discute, lo que matiza. Simplemente usa el término «bien común» para desarrollar el enfoque más clásico: el de los beneficios de mercado en cualquier circunstancia.

Podría haber sido una incursión puntual, un préstamo inadvertido. Error. En junio, justo antes la presentación de su informe, Jean Tirole organizó una importante conferencia sobre el calentamiento global y la transición ecológica, inaugurada por Emmanuel Macron en persona. El título pretendía ser unificador: se trataba de «salvar el bien común».

Para Benjamin Coriat, este uso es sobre todo un deseo de desviar el concepto de bien común para desactivar toda su carga «explosiva» y traerlo de regreso a las filas de la máxima ortodoxia posible. «Para él es una forma de legitimar un enfoque que no lo es, de rehacer su virginidad: se transforma para volver a proponer las viejas fórmulas. Después de la convención climática, hay que decir que no existen otros enfoques que el del mercado. Pero es una distracción para finalmente volver de todos modos al mercado», apunta Benjamin Coriat.

Este recurso, según el economista, es doblemente molesto. Primero, porque el problema del clima ha sido ampliamente analizado por Elinor Ostrom. Ella ha multiplicado el trabajo sobre el tema para mostrar «el dilema social» que esconde esta cuestión: la multiplicidad de partes interesadas y la falta de reglas que pueden conducir a la depredación y destrucción de los recursos. En términos de clima, estamos exactamente en este punto. Para responder, ella había propuesto el establecimiento de una serie de instituciones interdependientes para gestionar el bien común en diferentes niveles y de forma coordinada. La COP21 es parte de estos intentos. Desafortunadamente, hasta ahora no ha servido de nada.

«Jean Tirole actúa como si todas estas obras, todas estas reflexiones no existieran o se pudieran considerar cuantitativamente insignificantes. «Los barre con una mano para reapropiarse del término y darle un significado completamente diferente», analiza Benjamin Coriat. «La definición del bien común no es diferente de la del “bienestar”, según la teoría clásica. Por una maniobra retórica, utilizando el concepto de “velo de la ignorancia” de John Rawls, por cierto, también desviado, devuelve el bien común a la teoría de la utilidad. Claramente, si el mercado no es suficientemente eficiente se deben añadir indicadores de precios adicionales para hacerlo más eficiente, como quiere la teoría sobre los incentivos», explica.

Y esta es la segunda traición de Jean Tirole, según Benjamin Coriat. «¿Cómo imaginar que el mercado, que es una de las causas del problema climático, o quizá la principal causa de perturbaciones, podría hoy ser la solución? De hecho, todo se reduce a financiarizar una de las últimas áreas que quedan: el clima. Para darle un precio en lugar de un valor», insiste.

«No es el efecto precio lo que nos permite responder cuestiones de biodiversidad, de conservación de ecosistemas. Cuando el petróleo costaba 100 dólares el barril a principios de la década de 2010, muchos de los ambientalistas pensaron que esto ayudaría. Se desarrollarían energías verdes. Pero aceleró especialmente el desarrollo del gas de esquisto y el fracking. Lejos de ser un incentivo, el efecto precio ha agravado el problema del consumo de combustibles fósiles y de CO2».

Impuesto al carbono en lugar de mercado del carbono

¿Quién puede decir que el mercado del carbono, presentado como la solución por muchos economistas ortodoxos, no producirá los mismos efectos nocivos? «Primero —dice Benjamin Coriat—, tenemos que comprender bien las palabras: existe el mercado de carbono y el impuesto del carbono. Y no es lo mismo».

Un imprecisión se ha asentado entre numerosos responsables que usan ambos términos indistintamente, dependiendo de la ocasión. «Yo estoy por un impuesto al carbono en las fronteras. Esto permitiría poner de nuevo en pie de igualdad a las empresas y los hogares con competidores externos que no tienen las mismas reglas ambientales y sociales que nosotros», dice Benjamin Coriat. «Dudo, sin embargo, que vea alguna vez la luz del día. No hay acuerdo entre países europeos sobre el tema. Algunos como Alemania no quieren dar la espalda a China, que rechaza el principio de un impuesto al carbono en sus fronteras. Además, en nombre del principio de igualdad, esto significaría que los principales grupos europeos renunciarían a sus cuotas de carbono otorgadas hoy de forma gratuita. Y ellos no lo quieren, no», continúa.

El principio de un impuesto al carbono dentro de Europa también le parece deseable: porque aquí no se trata de mercado sino de políticas públicas que se ocupen del tema, velando por la equidad entre hogares y empresas, ricos y pobres. Suecia, que ha introducido un impuesto al carbono de este tipo, parece un ejemplo a seguir. «El precio del impuesto —actualmente 200 euros por tonelada de CO2— está fijado por el Estado. Pero como se comprometió al mismo tiempo a enormes inversiones públicas para fomentar el ahorro de energía —energías renovables, nuevos modos de transporte—, el precio de este impuesto es casi indoloro. Los hogares pagan incluso menos costo por su calefacción que antes», dice Benjamín Coriat.

En un momento en que Europa ve subir desaforadamente los precios de gas y electricidad, el principio de este impuesto tiene un mérito inmenso: el de la previsibilidad, lo que el mercado es incapaz de garantizar, señala: «a lo que hemos asistido durante algunas semanas con la subida del precio del gas natural, que se ha trasladado al conjunto del precio de la energía, es la demostración de que el mercado y los indicadores de precios no solo no son la solución, sino que pueden empeorar las cosas. La situación en la que se ha colocado Europa, donde el precio de la energía lo fija el mercado, con la última medida puesta en marcha, es con claridad lo menos eficiente y supone una situación explosiva. Los indicadores de precio suponen aceleradores de una crisis que podría haberse evitado con otros métodos de regulación que no sean el mercado».

Todo era en gran parte predecible. Reanudando toda los debates sobre finanzas «verdes», fondos ambientalmente responsables, Alain Grandjean y Julien Lefournier llegan a las mismas conclusiones: la de que las finanzas no pueden ser la guía y el estímulo para el cambio de nuestros sistemas de producción y consumo, de nuestro estilo de vida, digan lo que digan sus defensores.

Todos aquellos que, sin embargo, juran que han cambiado en comparación con el período de financiarización sin freno de los años 1990-2000 tienen la fe de los nuevos conversos. No hacen más que hablar de inversiones ecológicas y socialmente responsables, bonos verdes o activos libre de carbono. La prueba, según ellos, de que el mundo de las finanzas ahora ha tenido en cuenta la seriedad del problema del cambio climático: un pequeñísimo fondo «activista», Engine No1, logró sacudir al gigante Exxon y obligarlo a participar en la transición ecológica y la descarbonización de sus actividades, que se había negado a hacer hasta entonces.

Pero detrás de estos atractivos alegatos están siempre los mismos mecanismos, los mismos motores de las finanzas que están en marcha, recuerdan Alain Grandjean y Julien Lefournier. La famosa la certificación de inversiones eco-responsables es establecida utilizando los mismos métodos y a menudo por las mismas agencias consultoras que habían establecido la calificación de subprime y otros productos derivados antes de la crisis 2009. Los bonos verdes, insisten los dos autores, no están regulados por ninguna normativa o control que vincule los compromiso de financiación de proyectos «verdes» de acuerdo a las declaraciones del emisor.

Más inquietante es, ya que las inversiones verdes son más caras que las demás porque incorporan restricciones y reglas que no tienen los proyectos clásicos, que los bonos «verdes» ofrecen los mismos rendimientos que los demás. «A precio igual, el bono verde no aporta nada. […] No crea indicador de precio, a través de un ahorro de costos de financiación que modificarían el comportamiento de los emisores (empresas o estados). […] No modifica el riesgo ni la rentabilidad», escriben los dos autores al final de una demostración muy larga.

Lo que es cierto para los bonos verdes lo es por tanto para muchos productos y mecanismos de compensación imaginados para remediar la destrucción de la biodiversidad o las emisiones de CO2. No se trata de eso, según ellos, es simplemente una vasta operación de maquillaje «verde» manteniendo las prácticas habituales y sin cambiar nada del sistema.

Para Alain Grandjean y Julien Lefournier, esto no puede ser de otra manera si confiamos la transición ecológica y la lucha contra el calentamiento global y el cambio climático a los mercados financieros, porque su funcionamiento natural prohíbe cualquier cambio. Oscilando entre la histeria y el pánico, adoptando comportamientos aborregados que conducen a que los inversores se precipiten sobre los mismos valores, por no mencionar la volatilidad permanente, los mercados financieros suelen equivocarse habitualmente. Las incertidumbres e inestabilidad «no permiten una asignación óptima de los recursos ni planificar inversiones “eficientes” en la transición», señalan. «Cómo se justifica confiar el destino de nuestra biosfera, un verdadero desafío existencial, a estos mercados que se entregan crónicamente a tal nivel de incertidumbre y volatilidad? ¿Y las burbujas?», fingen preguntarse.

Porque para ellos una respuesta se impone: afrontar el reto del cambio climático y la destrucción de biodiversidad: las medidas necesarias requieren políticas públicas debatidas colectivamente, una permanencia y previsibilidad en las decisiones, una planificación para orientar las inversiones. En fin, todo lo que odian los economistas clásicos. Aunque les cueste encontrar los argumentos para justificar la eficiencia de los mercados, negar crisis tras crisis, burbuja tras burbuja, siguen aferrándose a esta creencia.
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Martine Orange. Periodista especializada en economía, ha colaborado con Le Monde y Tribune antes de unirse al equipo de Mediapart. Su último libro es Rothschild une banque au pouvoir, Albin Michel, 2012.


Traducción: Ana Jorge
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