Los señores de la guerra y del dinero se han propuesto recolonizar el mundo: eliminar pueblos y destruir territorios
El mundo está en guerra, una guerra de recolonización capitalista y, como en el pasado, los pueblos, los de abajo, han comenzado a construir otro mundo
Raúl Romero*
jornada.com.mx/17/02/2026
El mundo está en guerra, una guerra hecha de muchas guerras, pero con el mismo objetivo: la recolonización capitalista del planeta. Cada una de estas guerras se libra en distintos frentes: político, económico, cultural, militar, tecnológico… Las bombas que hoy son lanzadas en diferentes partes del mundo fueron precedidas de medidas económicas, acuerdos políticos, difusión de mentiras. La verdad es también víctima de la guerra.
El genocidio que hoy se intensifica contra el pueblo palestino estuvo precedido por décadas de desinterés, inacción y colaboración de las clases dominantes y sus instituciones. Las bombas que hace unas semanas cayeron sobre Venezuela también fueron antecedidas de medidas financieras, campañas de desinformación y hasta un Nobel de la Paz. Cada bala, cada bomba, cada dron se traduce en ganancias para las grandes corporaciones armamentistas. La guerra es en sí misma un negocio que abre otros negocios, siempre a costa de la muerte y sufrimiento de millones.
Los señores de la guerra y del dinero se han propuesto recolonizar el mundo: eliminar pueblos y destruir territorios. El carácter expansivo, genocida y ecocida del sistema se observa con mayor nitidez. Hoy, esos señores de la guerra y del dinero muestran su verdadero rostro. No ocultan sus intereses. Ya no utilizan los viejos pretextos para asesinar: democracia, libertad, derechos humanos, seguridad. Echan abajo las instituciones y marcos jurídicos que ellos mismos crearon. Se muestran tal cual son: criminales que participan de redes de tráfico sexual, racistas, xenófobos, anticientíficos. Abiertamente declaran que sus guerras son para construir proyectos como nueva Gaza, o por el petróleo de Venezuela. Hoy, sin tapujos dicen que quieren asfixiar a Cuba, así como asfixiaron en 2020 al afroamericano George Floyd, que exclamaba “no puedo respirar” mientras la policía de Estados Unidos lo asesinaba.
El mundo está en guerra, una guerra de recolonización capitalista en la que los poderosos se reparten el planeta. La verdad no es la única víctima, también la ética: en medio de la confusión y la incertidumbre, la geopolítica lleva a algunos a elegir entre verdugos. El internacionalismo proletario y la solidaridad entre pueblos puede esperar, dicen, si tal o cual gobierno es enemigo de mi enemigo. Es fácil perder la brújula entre tanto ruido, desinformación y confusión.
La guerra de recolonización y el reparto del mundo entre los de arriba avanza. Afortunadamente, cada vez son menos los ilusos que creen que después de la guerra vendrá la “democracia”, la “seguridad” o el “desarrollo”. El sistema nace chorreando sangre, y con sangre se mantiene vivo y en crecimiento. Lo señaló con detalle hace tiempo ya el Viejo Topo: el capital es trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuando más trabajo chupa.
En medio de la guerra, los pueblos resisten. Resiste el pueblo de Palestina a más de siete décadas de genocidio. Resiste el pueblo de Venezuela con sus más de dos décadas construyendo poder comunal. Resiste el digno pueblo de Cuba, con más de medio siglo apostando por la salud, la educación y el socialismo. Resisten las mujeres kurdas a siglos de dominación. Resisten los pueblos mapuches al colonialismo externo e interno. Resiste también el pueblo de Irán a las clases dominantes y a la manipulación de Israel y Estados Unidos. Resisten los pueblos de Estados Unidos que salen todos los días a las calles desafiando el orden de terror y muerte que impone Trump. En México, los pueblos zapatistas resisten e insisten en construir un mundo nuevo y se lanzan a construir un quirófano en plena Selva Lacandona. Cuando el mundo se hace más y más a la derecha, ellos, los indígenas de raíz maya, proponen el común y la no propiedad.
Hay tantos motivos para estar preocupados por el mundo actual: la guerra, el ecocidio y las nuevas derechas, por mencionar algunos. Pero también hay motivos para tener esperanza. Basta con reorientar la mirada, mirar a los pueblos y su larga experiencia de lucha. Se vuelve necesario asumir que en esta transición civilizatoria todavía no hemos tocado fondo, pero que hay quienes ya se preparan para lo que vendrá después de la tormenta. Porque esos pueblos que resisten hoy también van dando las pinceladas del mundo de mañana. Es tiempo de elegir: o se está con este sistema genocida y ecocida, o se está con los pueblos y sus resistencias. Ya lo dijeron los zapatistas: “digan no a la muerte y sí a la vida. Pero no se engañen. Van a tener que luchar todos los días, a todas horas y en todo lugar.”
El mundo está en guerra, una guerra de recolonización capitalista y, como en el pasado, los pueblos, los de abajo, han comenzado a construir otro mundo sobre las ruinas de este que no termina de desmoronarse.
*Sociólogo
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