Todo apunta a que, sea el que sea el nuevo modelo de acumulación que surja en la siguiente década, tendrá al Estado como un actor, ya no solo de soporte; sino también de mando y dirección de la venidera configuración económica de los países
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Álvaro García Linera
diario-red.com/08/02/26 |6:00
¿Qué viene después del fin del hiperglobalismo neoliberal? ¿El “doble movimiento” estatalista del que hablaba Polanyi? ¿Mercado absoluto o Estado interventor? ¿Intercambio global de productos sin restricción alguna, o aranceles y planificación centralizada de la economía?
Con el declive de la orgía del “libre mercado” este debate vuelve a aflorar entre políticos y académicos. Pero en realidad es una pregunta falaz.
Con excepción de ideólogos que proponen un orden social basado exclusivamente en las leyes del mercado al margen de la intervención “criminal” del Estado (Rothbard), o de una ficticia sociedad “poscapitalista” en la que todos los medios de producción son estatales (Trotski), la historia real muestra que mercado y Estado son consustanciales a la moderna sociedad capitalista en cualquiera de sus formas históricas. Lo que varía es la composición en cómo se combinan.
De hecho, tanto el Estado como el mercado son dos maneras distintas de unificación de las sociedades y están radicalmente entrelazadas. El mercado es una manera de unificar las actividades laborales humanas a través del trabajo abstracto contenido en las cosas; en tanto que el Estado es la unificación abstracta de la codependencia política de las personas en un territorio.
El neoliberalismo global se ha construido sobre la trama subyacente de recursos públicos, acción coercitiva y legitimación política de los Estados, dando lugar a una forma histórica particular del desarrollo del capitalismo
Los mercados existieron desde hace miles de años sin necesidad de capitalismo. Pero eran escenarios fragmentados y periféricos en medio de un mar de economías campesinas y comunales regidas por otras lógicas de producción. Su actual cualidad nacional y mundial es el resultado de un proceso que se ha desplegado en los últimos siglos y en el que el Estado ha tenido un papel decisivo. Y hoy, crecen al amparo de los Estados. Son salvados del colapso por acción “generosa” de la emisión monetaria de los Estados (2008, 2020). Y son resguardados de la furia de las “clases peligrosas” por el mismo Estado. El neoliberalismo global se ha construido sobre la trama subyacente de recursos públicos, acción coercitiva y legitimación política de los Estados, dando lugar a una forma histórica particular del desarrollo del capitalismo.
Igualmente, la estatización de cualquier medio de producción no suprime las reglas del mercado. Introduce regulación en su desempeño. Prioriza necesidades sociales por encima de la rentabilidad en determinados sectores de la economía, pero no instaura una nueva economía diferente a la capitalista. Aun estatizando todos los medios de producción, el cálculo de la riqueza fundada en el tiempo de trabajo abstracto, propia de las sociedades mercantiles, no desaparece. Solo es parcialmente subsumida a relaciones de planificación con fines políticos y sociales, lo que da lugar a otras formas particulares del desarrollo del capitalismo.
Lo que varía a lo largo de la historia y los ciclos económicos de los distintos modelos de acumulación económica capitalista, son las maneras en que mercado y Estado se combinan y articulan para dar lugar a un modo de “composición orgánica” entre ambos; con distintos resultados en la distribución interna de la riqueza como en su vinculación con la economía global y los otros Estados.
Hasta hace poco, EEUU presentaba el mayor corrimiento hacia una economía de mercado, pero, aun con ello, con una fuerte presencia estatal en el gasto público (35% respecto al PIB). Por su parte, China despliega una mayor presencia del Estado en la economía (entre el 30-40% del PIB es estatal), pero con una apertura absoluta al libre mercado global. Y así cada país combina de diferentes maneras la centralización y la liberalización.
Tras la actual crisis global, el futuro ciclo de acumulación empresarial que logre estabilizarse para las siguientes décadas depende fundamentalmente de las iniciativas que el Estado emprende en estos momentos de transición/ruptura que acompañan el tiempo liminal
Esto no significa que no haya otras maneras de producir e intercambiar la riqueza que se distancien del mercado y el Estado, pero, por ahora, son fragmentadas, locales y sin la fuerza para tomar formas nacionales o regionales. Es el caso de las economías domésticas urbano-rurales tradicionales y de específicas comunidades campesinas. O de las formas comunales modernas que cruzan como fulminantes y efímeros rayos el firmamento histórico, al calor de los grandes estallidos revolucionarios.
Sin embargo, hay momentos liminares que, independientemente de la composición orgánica entre Estado/mercado que esté prevaleciendo hasta entonces, el Estado cobra inusual y audaz protagonismo histórico. De hecho, tras la actual crisis global, el futuro ciclo de acumulación empresarial que logre estabilizarse para las siguientes décadas depende fundamentalmente de las iniciativas que el Estado emprende en estos momentos de transición/ruptura que acompañan el tiempo liminal.
El fin del ciclo liberal decimonónico (1870-1915) vino de la mano de la Primera Guerra Mundial interestatal, la contracción de los grandes imperios europeos, la reorganización del dominio colonial de los estados imperiales, el repliegue hacia una economía nacional de guerra (Alemania, Rusia), la apuesta por el Estado de bienestar (EEUU) y, finalmente, una nueva guerra entre Estados (Tooze, 2014). El nuevo ciclo de acumulación fordista-taylorista, en occidente, se consagró con los acuerdos de Bretton Woods, que crearon el FMI y el Banco Mundial para financiar la reconstrucción de las economías nacionales bajo premisas impuestas por esos organismos con mayoría norteamericana; el patrón de intercambiabilidad de las monedas nacionales en relación al cambio fijo del dólar respecto al oro, lo que llevó al dominio de esa moneda nacional en las transacciones internacionales (B. Steil, 2021).
El fin del ciclo de acumulación fordista-taylorista (1940-1970) tuvo en las agresivas iniciativas estatales norteamericanas su eslabón decisivo. El orden internacional de Bretton Woods fue desmantelado por las decisiones gubernamentales del presidente Nixon que puso fin a la convertibilidad del dólar en oro, lo que permitió ajustar la oferta monetaria con políticas expansivas, financiar el déficit fiscal y ampliar la deuda pública sin necesidad de respaldar las emisiones monetarias con reservas en oro. Paralelamente, reordenó el comercio mundial a su favor, al subir los aranceles a las importaciones obligando a los países a revaluar sus monedas (Garten 2021).
Hoy, con el crepúsculo del régimen de acumulación neoliberal, nuevamente el Estado es el que ha vuelto a retomar un protagonismo de primer orden
Con Reagan, nuevamente el Estado actuará como una superpotencia económica transformadora al reducir los impuestos a las empresas, desregular la economía, recortar el gasto público, el llamado salario indirecto de los trabajadores, y estrangular la filiación sindical (W. Niskanen, 1988). Desde allá se impulsarán las políticas de libre comercio a escala global mediante la acción coercitiva de los grandes Estados y sus brazos operativos (FMI, BM). En los países subalternos, los Estados serán los que desmantelarán sus regímenes de propiedad estatal y derechos sociales, y crearán las condiciones para la avalancha de inversión extranjera. Tras el colapso de la URSS, esto se extenderá a Europa del Este y Asia, consolidándose EEUU como el único hegemon mundial. El Estado activo durante la transición de régimen de acumulación, dio paso al Estado-soporte de la iniciativa de los mercados.
Y hoy, con el crepúsculo del régimen de acumulación neoliberal, nuevamente el Estado es el que ha vuelto a retomar un protagonismo de primer orden.
Son los Estados los que han evitado el derrumbe del sistema financiero y de las economías nacionales al emitir ingentes cantidades de dinero, tanto el 2008-9, como el 2020-21. Son los Estados los que han desatado una guerra arancelaria global reconfigurando los flujos del comercio mundial al servicio de “sus” economías y empresas. Son los Estados los que se están rearmando e impulsando un tipo de “keynesianismo militar” para intentar reactivar las economías alicaídas (Alemania). Son los Estados los que están fragmentando las cadenas de valor y las alianzas comerciales (EEUU con respecto al mundo). Son los Estados los que están desatando guerras (en Ucrania) y reordenamientos radicales de la geopolítica global (en Venezuela, Irán, Groenlandia...). Son los Estados los que están creando las plataformas técnicas y legales para un descomunal despliegue de la especulación financiera global de los criptoactivos (ley GENIUS en EEUU).
Para algunos, este caos e hiper-estatismo se presentará con el “fin de los tiempos”. Pero en realidad se trata de un patrón de comportamiento estatal recurrente en cada interregno entre ciclos económicos, y marca el acta de defunción del viejo orden. Aunque no esté definido qué es lo que lo sustituirá.
Con todo, este sobredimensionado decisionismo estatal no es una perversión monstruosa de algún desquiciado que ha llegado al gobierno. Es la intuición de que el viejo orden es ya inútil y que hay que usar audazmente el poder del Estado para apuntalar uno nuevo. El que sea, pero nuevo.
El nuevo frenético activismo estatal corresponde a la formación de nuevas coaliciones sociales, de nuevas expectativas y pasiones colectivas despertadas
Que esto se exprese a través de personajes extravagantes en el gobierno, o de absurdas retóricas anacrónicas, no debe hacer perder de vista que esa es una manera de manifestación de la desintegración de las viejas coaliciones sociales que sostuvieron anteriores gobiernos y que, el nuevo frenético activismo estatal, corresponde a la formación de nuevas coaliciones sociales, de nuevas expectativas y pasiones colectivas despertadas.
Por ejemplo, Trump llega al gobierno con el Partido Republicano. Las élites económicas que lo patrocinan estaban con los republicanos en anteriores gobiernos moderados (Bush padre e hijo), o demócratas (Clinton, Obama); igualmente convergentes. S. Miran, que preside el Consejo de Asesores de Trump; S. Bessent, secretario del Tesoro, S. Miller, consejero de política interna o S. Krishnan, asesor en IA, son antiguos ejecutivos tecnócratas vinculados a empresas, Hedge Funds y la academia. Como lo fueron los que acompañaron a Biden y Obama. Los propios ejecutivos de las grandes tecnológicas como P. Thiel (PayPal), A. Karp (Palantir), Musk (SpaceX, Tesla) o los otros magnates de Silicon Valley, no son élites emergentes. Su cercanía al poder es continua desde hace años.
Todos ellos con Trump no son una sustitución de élites, sino parte de una rotación de élites influyentes. Y, como antes, mantienen el apego a principios básicos de gubernamentalidad como la devoción por la administración gerencial, la legitimación tecnocrática del poder y el mérito individual.
Sin embargo, lo diferente ahora es la desembozada ambición del poder estatal para hacer más grandes negocios; para obtener nuevos beneficios empresariales; para extender sus ramificaciones internacionales; para materializar sus viejos prejuicios racistas; para coaccionar a aquellos gobiernos que colocan obstáculos en su camino de crecimiento.
No deja de ser llamativo esto que podríamos llamar un “leninismo pervertido”, con el que estas élites llegan hoy al Estado. No lo hacen para administrarlo timoratamente, como sí hacen algunos izquierdistas que acceden al gobierno. Estas élites, llevan en la cartera la urgencia de la crisis y saben, por ello, que en tiempos de crisis el poder del Estado no es para gestionarlo normalmente. Se lo tiene que utilizar, al extremo en la totalidad de sus fuerzas monopolizadas, para transformar el orden desfalleciente por uno nuevo que esté de mejor manera a su servicio. Y hoy lo pueden hacer, sin romper la cualidad primordial de todo Estado de presentarse como de “todos”, porque en crisis, siempre emerge un margen de tolerancia moral de la sociedad hacia las arbitrariedades estatales que pretendan resolver los agravios que esa sociedad padece.
¿El excepcional protagonismo que hoy vivimos, dará paso a una nueva preponderancia del mercado? ¿A un equilibrio? ¿A una ampliación de la presencia económica del Estado? Es difícil saberlo con certeza
Trump ganó las elecciones del 2024 sobre la base de los tradicionales votantes “blancos”. Pero alcanzó la presidencia porque conquistó a nuevos votantes “hispanos”, “asiáticos” y “negros” (Washington Post, 2/12/2024). Y entre los votantes “blancos”, aumentó notablemente su apoyo entre pequeños empresarios, autónomos, profesionales en declive, comunidades económicamente desplazadas (N. Smith, 6/XI/ 2024). Es decir, unificó a los agraviados.
Toda crisis general, como la actual, genera una reconfiguración constante de las lealtades políticas de las clases sociales, así como también de las identidades en torno a las cuales se agregan y las emociones comunes que están dispuestas a abrazar.
Trump, y la élite de super ricos que lo acompaña, ha capturado ese desplazamiento de las clases trabajadoras y pequeño propietarias que han sido dejadas de lado por un globalismo concentrado solo en los mercados. Ha cobijado a los excluidos, los fracasados, los desamparados, los resentidos. No es un movimiento de los pobres, porque objetivamente no lo son y, si comparamos con los trabajadores de otros países, las clases bajas y medias norteamericanas aún se mantienen en los deciles superiores de la riqueza global. Pero son los marginados de la desmesura material que concentran los ricos. Son las víctimas de la paradoja de la riqueza estancada: tienen más que la mayoría del resto del mundo, pero comparativamente no han mejorado nada con respecto a los que más tienen en su país; y que cada día tienen mucho más.
Se trata por tanto de una coalición que no se forma por la eufórica avalancha de creyentes en un mundo nuevo, sino sobre el apesadumbrado cataclismo de los desesperanzados. No debe extrañar que la emotividad que abracen sea la del rencor, el odio, el castigo y la crueldad; todas ellas propias de las llamadas “pasiones oscuras” (The New York Times, 18/IX/2025).
Procesos históricos similares vienen aconteciendo en otros países del mundo. A veces la izquierda audaz, logra articular ese descontento, bajo la forma de un mundo nuevo a conquistar. Otras veces lo harán las extremas derechas, pero bajo la forma de un mundo viejo a restaurar. Y más aún cuando las izquierdas decepcionan por su pasividad.
La pregunta que falta responder es cómo afectará este protagonismo estatal en la nueva composición orgánica entre mercado/Estado que emergerá después de este tiempo liminal. ¿El excepcional protagonismo que hoy vivimos, dará paso a una nueva preponderancia del mercado? ¿A un equilibrio? ¿A una ampliación de la presencia económica del Estado? Es difícil saberlo con certeza.
Pero, por ahora, por las características de los hechos que parecen ya irreversibles a corto plazo, como las guerras arancelarias que han roto de manera duradera las confianzas empresariales y las cadenas de valor; por la nueva configuración de “áreas de influencia” geopolítica regionalizadas; por el generalizado impulso de “políticas industriales” en las que los Estados están invirtiendo enormes cantidades de dinero y, por el propio resurgiendo popular del sentimiento soberanista, incluso en las grandes y medianas potencias; está claro que todo apunta a que, sea el que sea el nuevo modelo de acumulación que surja en la siguiente década, tendrá al Estado como un actor, ya no solo de soporte; sino también de mando y dirección de la venidera configuración económica de los países.
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