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CUBA, EN VILO Y A LA ESPERA DEL PRÓXIMO MOVIMIENTO DE TRUMP

Cuba vive a la sombra de las amenazas y el chantaje de Estados Unidos desde la revolución de 1959
Pero la descarada ambición imperialista de Donald Trump representa uno de los peligros más graves que ha enfrentado el pueblo cubano en todo ese tiempo

El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, en una protesta frente a la embajada de Estados Unidos contra la incursión estadounidense en Venezuela, en La Habana, el 16 de enero de 2026. (Yamil Lage / Pool / AFP vía Getty Images)

Antoni Kapcia
jacobinlat.com/11/02/2026
Traducción: Florencia Oroz

Tras la sorprendente (e ilegal) destitución de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, por parte de la administración Trump, la atención mundial se centró en las posteriores amenazas de Donald Trump de tomar el control de Groenlandia, sin importarle las posibles repercusiones para la OTAN y su futuro, y en su beligerancia hacia Colombia en materia de drogas.

Sin embargo, Cuba es el país más claramente amenazado por lo que Trump denominó con vanagloria la «Doctrina Donroe» y el «Corolario Trump», recordando con orgullo las declaraciones de Estados Unidos de 1823 (de James Monroe) y 1904 (de Theodore Roosevelt), que enmarcaron la política estadounidense hacia el «patio trasero» latinoamericano hasta la década de 1930.

Desde los tiempos de Thomas Jefferson, Cuba ha ocupado un lugar importante en la actitud (y las acciones) de Estados Unidos hacia el Caribe y Centroamérica. Sin embargo, el episodio de Maduro aportó una nueva dimensión a la política estadounidense en la región: al ser la primera incursión militar abierta en el continente sudamericano, sugiere que ahora no hay límites para la actuación estadounidense en América. Eso parece colocar a Cuba en la línea de fuego de una futura intervención estadounidense… ¿o no?

En pie de guerra

En cierto modo, todas las verdades anteriores parecen evidentes, dada la imprevisibilidad de las acciones de Trump. Tras sus amenazas a Groenlandia, sugirió que el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, haría bien en cambiar sus políticas si quería evitar compartir el destino de Maduro.

Debemos recordar que el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, que es cubano-estadounidense de segunda generación, lleva mucho tiempo defendiendo un uso más agresivo de las sanciones contra Cuba —que siguen vigentes y se han endurecido repetidamente en las últimas décadas— e incluso un enfoque más intervencionista para acabar definitivamente con el sistema político cubano. De hecho, es posible que su influencia se haya reflejado en la última orden ejecutiva de Trump del 29 de enero, de la que hablaremos más adelante.

Mientras tanto, los cubanos de la isla han sacado sus propias conclusiones, con un temor creciente por lo que Trump podría llegar a hacer. Las fuerzas armadas cubanas, siempre en alerta desde 1960, se encuentran en pie de guerra, acelerando y ampliando sus maniobras militares anuales, conocidas como la «Guerra de todo el pueblo», para el personal en servicio y los reservistas.

Sin embargo, vale la pena recordar que los escenarios de planificación del Pentágono respecto a una acción militar contra Cuba han concluido repetidamente que el costo en bajas estadounidenses sería políticamente inaceptable, dada la preparación y el entrenamiento de las fuerzas a disposición del gobierno cubano. Eso puede explicar por qué Trump o Rubio han hecho relativamente pocas declaraciones sobre Cuba. En términos generales, por lo tanto, la evaluación de los especialistas tiende a ser que una invasión sigue siendo poco probable.

Apretando el cerco

Mucho más probable es la amenaza muy real de medidas adicionales para apretar el cerco del embargo sobre la economía cubana. Durante el primer mandato de Trump se adoptaron más de 240 medidas de ese tipo, lo que limitó aún más la capacidad de Cuba para atraer inversiones, recibir divisas fuertes o importar el petróleo y los alimentos que tanto necesita.

El alcance del embargo, que sigue siendo aplicado principalmente por Estados Unidos e Israel, se extiende ahora por todo el mundo, ya que las complejas redes que respaldan a los bancos y compañías de seguros no estadounidenses suelen incluir entidades con sede en Estados Unidos que se adhieren a las leyes estadounidenses. Por lo tanto, aunque la mayoría de los gobiernos rechazan el embargo en términos jurídicos, sus bancos lo aceptan de facto.

También toman debida nota de la definición unilateral de Estados Unidos que tilda a Cuba como un Estado patrocinador del terrorismo. Todo ello ha añadido una nueva sensación de crisis a la «tormenta perfecta» que azotó a Cuba entre 2018 y 2020, con la coincidencia de la primera presidencia de Trump, la pandemia de COVID-19, el fin de la presidencia de Raúl Castro y la fusión, largamente esperada, de las dos monedas cubanas.

Desde entonces, la intervención estadounidense en Venezuela ha incluido amenazas de poner fin al suministro de petróleo de Venezuela y México a Cuba. El 29 de enero, Trump firmó una orden ejecutiva para aplicar —como «medida de emergencia» para proteger la «seguridad» de Estados Unidos— el bloqueo de cualquier petrolero con destino a Cuba. En definitiva, es probable que esas amenazas agraven la ya drástica escasez de combustible para el transporte y la energía en Cuba, una escasez que ha provocado a los cubanos años de cortes de electricidad diarios, desmoralizadores y ahora indignantes, especialmente en el campo y en las provincias del interior.

Sin embargo, las suposiciones sobre la importancia del petróleo venezolano pueden haber estado algo lejos de la realidad. Las exportaciones venezolanas a Cuba (que durante mucho tiempo se han intercambiado por el suministro de profesionales médicos y de otros ámbitos por parte de Cuba) habían venido disminuyendo de forma constante, ya que las sanciones de Estados Unidos a Venezuela afectaron las inversiones en infraestructura petrolera para mantener y modernizar la producción.

Ante ese descenso, en el último tiempo Cuba había estado comprando más petróleo a Brasil, México, Colombia y España, al tiempo que adquiría energía de Turquía en forma de buques generadores. Por supuesto, esas medidas nunca son suficientes, pero cubren hasta el 50% de las necesidades de Cuba. En ese contexto, las nuevas insinuaciones de Trump sobre el suministro de petróleo de México a Cuba y las amenazas de la orden ejecutiva plantean un escenario mucho más oscuro para Cuba y los cubanos.

Patriotismo

Más allá de las amenazas de Rubio de destruir finalmente la economía cubana, una dimensión significativa de la crisis fue el asesinato de los treinta y dos militares cubanos que custodiaban a Maduro cuando las fuerzas estadounidenses invadieron la casa presidencial. El hecho de que los treinta y dos fueran asesinados sugiere que, aunque los defensores habían jurado no rendirse, fueron ejecutados por los invasores.

Esa noticia ha tenido un impacto muy particular, pero quizás predecible, dentro de Cuba. Durante décadas, los cubanos han tenido una opinión mayoritariamente positiva de la estrategia de política exterior de su país de proporcionar un «internacionalismo» activo en todo el mundo, con el envío sustancial a otros países del Sur Global de trabajadores voluntarios en los campos de la medicina, la ciencia, la educación, la agricultura y otros. Esto es así a pesar de la pérdida de vidas que a veces ha supuesto, sobre todo durante la liberación de Angola de las invasiones de Sudáfrica respaldadas por Estados Unidos entre 1975 y 1989.

No es exagerado decir que la mayoría de los cubanos siguieron considerando esa estrategia como una fuente de orgullo nacional, especialmente a la hora de responder a la COVID-19 y otras epidemias, así como a desastres naturales. Muchos observadores en Cuba en el momento de la captura de Maduro vieron pruebas claras de que la mayoría de los cubanos, incluso los críticos con el gobierno o el sistema, reaccionaron con horror e indignación ante los disparos.

Hubo grandes multitudes que desfilaron ante sus ataúdes, expuestos tras la repatriación de sus restos a Cuba, y se unieron a las marchas masivas del día siguiente en La Habana y en los 169 municipios de Cuba. Esa participación pareció confirmar lo que los observadores veían en otros lugares: la determinación de los cubanos de resistir cualquier intento de Trump de imponer el mismo destino a su país, incluyendo cualquier intento de remodelar el sistema político cubano mediante coacción o amenazas.

En otras palabras, las muertes parecen haber avivado las llamas de la conocida y profunda propensión cubana al nacionalismo. A lo largo de los años, las acciones de los presidentes estadounidenses para aumentar aún más el sufrimiento de la población cubana a menudo tuvieron el efecto contrario de avivar esas mismas llamas, reflejando el patriotismo que durante mucho tiempo caracterizó la cultura política e ideológica de Cuba, tanto antes como después de 1959.

Especialmente durante la década de 1990, en lo más profundo de la crisis y la austeridad del «Período Especial» que siguió al colapso de la Unión Soviética, el patriotismo se convirtió en una de las claves de la notable supervivencia del sistema. Por lo tanto, la última reacción popular a la mano dura de Estados Unidos no debería sorprender, lo que tal vez sugiera que existe un mayor apoyo (o tolerancia) al sistema de lo que muchos habían supuesto.

Perspectivas parciales

Las noticias que circularon en redes sociales sobre las protestas públicas en Cuba han fomentado la percepción de un descontento popular. Si bien esas noticias suelen tener un fundamento real, lo cierto es que también ha habido muchos casos de exageración, por lo que tal vez deberíamos tomarlas con cautela.

En primer lugar, La Habana no es como el resto de Cuba. Si bien en la capital hay más indicios de disidencia abierta y relativa riqueza, también alberga a un estrato pobre que, al carecer de acceso a divisas fuertes, sufre más que la mayoría por la inflación de los precios. Del mismo modo, aunque el resto de Cuba, en general, sufre más por la falta de acceso a los bienes y la energía, fuera de la capital se observa un mayor apoyo al sistema.

En segundo lugar, aunque los cubanos llevan mucho tiempo dispuestos y capacitados para quejarse enérgicamente de la escasez de suministros, las colas y los cortes de electricidad, y sus últimas frustraciones y enfados son reales, la mayoría sigue dispuesta a tolerar la escasez (aunque con resignación). También parece que sigue habiendo suficientes cubanos decididos a proteger los beneficios que les ha proporcionado el sistema, especialmente ante la hostilidad constante del «viejo enemigo».

Todos los cubanos saben que Estados Unidos ha proporcionado refugio y oportunidades materiales a sus familiares durante décadas, una oportunidad que se refleja en la importante dependencia actual de Cuba de las remesas de los emigrantes. Al mismo tiempo, muchos siguen sintiendo instintivamente que los políticos de ese mismo país siempre buscan controlar el destino de Cuba mediante la coacción y el estrangulamiento económico.

Entre dos crisis

En 1994 expliqué la crisis postsoviética de Cuba y su probable supervivencia utilizando cifras cuidadosamente calculadas. En ese momento, sostuve que entre el 20% y el 30% de la población apoyaba activamente el sistema, con aproximadamente la misma proporción firmemente en contra (una estimación confirmada entonces por un destacado disidente). Eso dejaba entre el 40% y el 60% en un «centro mixto», crítico pero que aceptaba o toleraba pasivamente el sistema a pesar de sus defectos.

Desde entonces, poco me ha llevado a cambiar significativamente esa valoración. Ahora considero que esas cifras se acercan más al 20% a favor y al 35% en contra (aunque posiblemente esa última cifra alcance el 40% en algunos momentos), con alrededor del 45% o 60% todavía en el centro pasivo.

Sin embargo, aunque esta crisis actual puede no ser tan profunda en lo material como lo fue la de los primeros años postsoviéticos, cuando la mayoría de los cubanos temían genuinamente un colapso sistémico, hoy en día hay dos diferencias adicionales cruciales respecto a los años noventa. La primera es la ausencia de Fidel o Raúl Castro, figuras en quienes depositar la confianza, el respeto o la deferencia. Los miembros de la dirección posterior a 2018 se ven maniatados por su falta de legitimidad histórica, aparentemente incapaces de revertir una marea de declive material ampliamente percibida.

En un sentido muy claro, la verdadera crisis en Cuba ahora es política más que material. La sorprendente evidencia del enorme aumento del tráfico rodado en La Habana sugiere un nivel considerable de acumulación de riqueza al menos allí, con muchos más bienes visiblemente disponibles que en la década de 1990. Para la mayoría de los cubanos, el principal reto material es ahora la relativa falta de disponibilidad de esos bienes, debido al aumento vertiginoso de los costos.

La segunda diferencia también es política: el distanciamiento de la juventud y la emigración de más de medio millón de jóvenes cubanos en tan solo unos años. Las emigraciones masivas de la década de 1960 tuvieron algunas ventajas, como la liberación de viviendas ya construidas para muchos pobres y la eliminación de cualquier oposición organizada. Por otro lado, los jóvenes cubanos de hoy en día han crecido conociendo solo una Cuba tristemente austera desde 1991, y su dependencia de las redes sociales exógenas es mayor que la de sus padres y abuelos.

Como resultado, son menos propensos a compartir la fe de sus mayores en el sistema y más propensos a culpar a su propio gobierno en lugar de a Estados Unidos, hasta el punto de no creer en las pruebas incontrovertibles del impacto del embargo. Pareciera existir un problema de posible alienación apolítica generacional. Dicho esto, el hecho de que un gran número de jóvenes cubanos haya participado en todas las marchas y manifestaciones recientes para protestar por los asesinatos en Caracas sugiere que no todo es necesariamente como oímos, y que el filón del nacionalismo intrínseco sigue siendo profundo, incluso entre los jóvenes.

El factor Trump

Desde 2012, los emigrantes disfrutan de la libertad legal de regresar a Cuba, y el entorno es menos acogedor para los migrantes en Estados Unidos (que sigue siendo el principal destino) y en muchas otras zonas desarrolladas del mundo. Por lo tanto, es muy posible que los jóvenes que se han marchado recientemente regresen a la isla, por obligación o por elección, pero trayendo consigo una visión diferente del sistema cubano y aún frustrados con la Cuba que dejaron anteriormente.

Además, el efecto persuasivo de vivir en la «burbuja» de Florida ha tendido a menudo a remodelar las actitudes de los emigrantes hacia (o la justificación retórica para) abandonar su patria. Incluso si eran apolíticos antes de marcharse, parecen absorber rápidamente los valores y juicios de la comunidad cubano-estadounidense.

Estas dimensiones de la crisis actual son difíciles de predecir, pero los asediados (y muy criticados) dirigentes cubanos saben que existen y que deben abordarlas con urgencia. Hay algunos indicios de que la cultura de patriotismo arraigado de Cuba podría acabar haciendo que algunas de estas personas sean menos antisistema que ahora y menos antagónicas que las primeras oleadas de migrantes a Estados Unidos.

En última instancia, eso dependerá de cómo ellos y sus familias —tanto dentro como fuera de la isla— perciban las políticas estadounidenses, y de la capacidad del gobierno cubano para encontrar alternativas al embargo. Los próximos meses y años serán sin duda desafiantes y cruciales. Por supuesto, el elemento más impredecible de toda la ecuación cubana es lo que Donald Trump pueda decidir hacer de un momento a otro.Compartir este artículo FacebookTwitter Email

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Antoni Kapcia. Profesor de historia latinoamericana en el Centro de Investigación sobre Cuba de la Universidad de Nottingham. Entre sus obras destacan Leadership in the Cuban Revolution: The Unseen Story, A Short History of Revolutionary Cuba: Revolution, Power, Authority and the State from 1959 to the Present Day y Cuba in Revolution: A History Since the Fifties.

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