Entrevista a Éric Toussaint realizada por Cyn Huang, estudiante en Berkeley (California) y miembro activo de Democratic Socialists of America (DSA), donde copreside la corriente Bread and Roses
Encuentro entre Mao Zedong y Richard Nixon, 1972, dominio público, National Archives and Records Administration, https://picryl.com/media/president-nixon-meets-with-chinas-communist-party-leader-mao-tse-tung-02-29-33f5d9.
Eric Toussaint , Cyn Huang
9 de febrero/2026
Sommaire
Cyn Huang: ¿Podrías explicarnos en qué consiste el conflicto entre China y Estados Unidos? ¿Cuál es su origen?
Éric Toussaint: Hoy en día se trata de un conflicto entre dos superpotencias. Sin embargo, no diría que se trata de dos imperialismos de la misma naturaleza. China es un imperialismo emergente, mientras que Estados Unidos es un imperialismo antiguo, consolidado, en relativo declive y extremadamente agresivo.
Para comprender la evolución de las relaciones entre China y Estados Unidos es imprescindible situarlas en un contexto histórico. Tras la revolución china de 1949, Estados Unidos apoyó al régimen nacionalista de Chiang Kai-shek, refugiado en Taiwán, y se negó a reconocer a la República Popular China dirigida por Mao Zedong, que entonces se encontraba en plena transición hacia el socialismo. Las relaciones fueron muy conflictivas, especialmente durante la guerra de Corea. En varias ocasiones, sobre todo a principios de la década de 1960, China apoyó luchas armadas en diferentes países considerados estratégicos por Estados Unidos. Pekín ayudó al Vietnam del Norte presidido por Hồ Chí Minh y al Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur (FNLS).
Ante el estancamiento de la guerra de Vietnam, Estados Unidos dio un giro estratégico y se acercó a China. Este acercamiento quedó simbolizado por el histórico encuentro entre Richard Nixon y Mao Zedong a principios de la década de 1970, ilustrado por la famosa fotografía de su apretón de manos de 1972. Antes de este encuentro, Estados Unidos había reconocido a las autoridades de Pekín como el gobierno legítimo de China. Posteriormente, retiró su reconocimiento diplomático a Taiwán y aceptó el principio de que Taiwán formaba parte del territorio chino.
Este cambio tuvo consecuencias concretas. Hasta 1971, China estaba representada en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por Taiwán (véase el recuadro «China en las Naciones Unidas, el FMI y el Banco Mundial»). A partir del acuerdo sino-estadounidense, fue la República Popular China la que ocupó el puesto chino en el Consejo de Seguridad de la ONU. Unos años más tarde, concretamente en 1980, la China de Pekín sustituyó a Taiwán en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Banco Mundial.
Recuadro: China en las Naciones Unidas, el FMI y el Banco Mundial
La China nacionalista de Chiang Kai-shek, refugiada en Taiwán (Formosa) después de 1949, ocupó el puesto de China en el Consejo de Seguridad de la ONU hasta 1971 gracias al apoyo de Estados Unidos y las potencias de Europa occidental. El punto de inflexión se produjo el 25 de octubre de 1971, cuando la Asamblea General aprobó la resolución 2758, que reconocía a la República Popular China (RPC) como único representante legítimo de China en la ONU. La RPC recuperó entonces el puesto permanente en el Consejo de Seguridad, con derecho a veto. El Gobierno de Taiwán fue excluido de la ONU. En resumen: de 1945 a 1971, el puesto chino lo ocupó la China nacionalista y anticomunista. Desde 1971, el puesto lo ocupa la China popular (Pekín). Este giro histórico se produjo porque Washington quería aislar a la URSS y reducir el apoyo de Pekín al Vietnam del Norte y al Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur (FNLS), que luchaban contra la ocupación estadounidense de Vietnam del Sur y resistían los bombardeos masivos de Vietnam del Norte. La ruptura sino-soviética había abierto una oportunidad. En 1971, Henry Kissinger realizó una misión secreta a Pekín, seguida en 1972 por una visita histórica de Richard Nixon a China. Como consecuencia, en 1971 Estados Unidos dejó de bloquear la entrada de la República Popular China en la ONU.
China fue miembro fundador del FMI en 1945, pero tras la revolución china de 1949 liderada por el Partido Comunista con Mao Zedong a la cabeza, fue el Gobierno de Taiwán (República de China) el que ocupó el puesto de China en la organización. Tras el giro dado por Washington en la década de 1970, el 17 de abril de 1980 el FMI reconoció oficialmente a la República Popular China de Mao como titular legal del puesto de China y desde esa fecha, la República Popular China participa plenamente en la institución, con su propia cuota y su director ejecutivo.
El Banco Mundial, dominado como el FMI por las autoridades de Washington, decidió el 14 de abril de 1980 que la República Popular China sustituiría oficialmente a Taiwán como representante de China en todas las ramas del Grupo del Banco Mundial (BIRF, AIF, CFI).
En aquella época, China era todavía un país en transición hacia el socialismo, fuertemente burocratizado y atravesado por profundas contradicciones, en particular las reveladas por la Revolución Cultural iniciada en 1966. A partir de la década de 1980, bajo el impulso de Deng Xiaoping, se emprendieron reformas que condujeron progresivamente a la restauración del capitalismo en China.
Cyn Huang: El desarrollo de la economía política china y la evolución de su posición en el sistema mundial son asombrosos. Como acabas de mostrar, Estados Unidos no siempre ha considerado a China como su principal adversario estratégico. Además, a partir de la década de 1990 y durante la primera década del siglo XXI, la clase dirigente estadounidense veía a China como un socio económico esencial del que podía sacar provecho y que pensaba poder canalizar dentro de un orden mundial dominado por Estados Unidos.
Éric Toussaint: A partir de la década de 2000, y de forma especialmente marcada, China se convirtió en un destino importante para las inversiones extranjeras, en particular las estadounidenses. Grandes empresas privadas de Estados Unidos, como Apple, Microsoft y muchas otras, instalaron fábricas en zonas económicas especiales en territorio chino. Durante años el Gobierno estadounidense y las grandes multinacionales consideraron que obtenían una ventaja considerable de esta relación: podían explotar una mano de obra china muy mal remunerada que tenía que trabajar en condiciones especialmente duras y obtener de ella una plusvalía masiva.
Si utilizamos las categorías de Karl Marx, podemos hablar de una transferencia de valor a través de un comercio desigual: una parte importante de la plusvalía producida por los trabajadores chinos era captada por los capitalistas estadounidenses. Al mismo tiempo, debido a sus exportaciones masivas, China acumuló enormes superávits comerciales y, por lo tanto, importantes reservas de divisas en dólares. Estas superaron los 3 billones de dólares (un volumen cercano al PIB de Francia en 2025), de los cuales más de 1,3 billones se invirtieron en bonos del Tesoro estadounidense en 2013. En otras palabras, China reinvertía parte de sus superávits prestando dinero a Estados Unidos. Posteriormente, China redujo sus compras de bonos del Tesoro y se estima que en 2025 poseerá directamente 700 000 millones de dólares.
Durante todo el periodo comprendido entre los años 90 y 2014-2015, Estados Unidos consideró que se beneficiaba ampliamente de su relación con China. Sin embargo, a partir de 2014, con el lanzamiento de la Iniciativa Franja y Ruta (IFR) (inglés: Belt and Road Initiative, BRI), China ya no se contentó con exportar mercancías. Comenzó a exportar capital masivamente al extranjero, a prestar dinero a muchos países y a invertir en infraestructuras, empresas y recursos naturales en Europa, América Latina, África e incluso en Estados Unidos.
A partir de ese momento, China alcanzó tal nivel de poderío económico que Estados Unidos, desde el final del mandato de Obama y más claramente aún a partir de 2016-2017, comenzó a considerar que ya no obtenía tantos beneficios como antes de esta relación. Empezó a tomar medidas proteccionistas y reforzó su presencia militar alrededor de China. Hay que hablar aquí de un cerco militar: más de 20 000 soldados estadounidenses están estacionados en Corea del Sur, más de 50 000 en Japón y unos 10 000 en la isla de Guam, sin contar otros despliegues. Estados Unidos también es aliado de Taiwán y le suministra armas.
Desde el punto de vista chino, Estados Unidos está rodeando a China en su propia periferia. Desde el punto de vista estadounidense, China se ha convertido en una potencia capitalista competidora, en plena expansión, que no solo gana cuota de mercado, sino que también consigue consolidar posiciones duraderas en varios continentes, incluido lo que Donald Trump denomina «el hemisferio occidental», desde Groenlandia y Canadá hasta el sur de Argentina y Chile.
China controla, por ejemplo, el principal puerto marítimo de Perú y posee empresas de extracción minera y petrolera en numerosos países. Estados Unidos consideró entonces que la zona que había dominado históricamente comenzaba a verse seriamente amenazada. Bajo Trump, esta lógica se asume de forma brutal: Estados Unidos afirma que puede actuar libremente en su hemisferio, agredir a Venezuela por su petróleo y apropiarse de él, secuestrar y retener en Nueva York al presidente venezolano y a su esposa y querer tomar el control de Groenlandia, Canadá o el canal de Panamá, al tiempo que exige a China que abandone sus posiciones en esta zona.

Cyn Huang y Éric Toussaint en la manifestación contra la extrema derecha en São Paulo en septiembre de 2025.
Cyn Huang: ¿Cómo define Trump a China en el documento de estrategia de seguridad nacional (National Security Strategy NSS 2025)? ¿Quieres resumir lo que escribiste en tu artículo titulado «Por qué Washington ha convertido a China en su principal adversario estratégico»?
Éric Toussaint: El documento de estrategia de seguridad nacional publicado por la administración Trump a principios de diciembre es muy claro: China aparece como el principal adversario estratégico de Estados Unidos. Washington busca reducir la presencia china en el hemisferio occidental y reforzar el cerco militar a China en la región indopacífica. Oficialmente, los Estados Unidos reconocen que cuentan con 375 000 soldados y personal civil militar en esta región, 66 bases militares permanentes y más de 80 bases no permanentes. Se trata de un dispositivo militar absolutamente colosal.
Ante esto, aunque China ha privilegiado hasta ahora una estrategia de expansión esencialmente económica y pacífica, es posible que, dentro de su dirección política, estén ganando influencia las corrientes que afirman la necesidad de prepararse para una confrontación directa con Estados Unidos en nombre de la autodefensa. Nos acercamos así a una situación extremadamente peligrosa.
Históricamente, la política de Trump recuerda a la de la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuando Estados Unidos intervenía militarmente de forma directa para ampliar su espacio de dominación: la guerra contra México en 1847, que permitió a Estados Unidos conquistar Texas, Nuevo México y California; luego, en 1898, Washington entró en guerra contra el imperio colonial español y tomó el control de Cuba, Puerto Rico y Filipinas; posteriormente, Estados Unidos ocupó Haití a partir de 1915.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos continuó con su política de agresión, como la guerra de Corea a principios de la década de 1950 y la guerra de Vietnam de 1960 a 1975, con despliegues masivos de hasta 500 000 soldados. Sin olvidar la guerra contra Irak en 1991, la guerra en el Afganistán liderado por los talibanes a partir de 2001 y la invasión de Irak en 2003, por citar solo algunos ejemplos elocuentes.
En el siglo XXI asistimos a un retorno a las políticas imperialistas clásicas, tal y como las analizaron Lenin, Trotski, Bujarin, Hilferding o Rosa Luxemburg. Como demostraron estos autores y autoras marxistas, este tipo de confrontación entre potencias imperialistas conduce estructuralmente a la guerra. Después de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de guerras extremadamente violentas como las de Corea o Vietnam, estos conflictos, aunque involucraron a varios países, no adquirieron un carácter mundial. Hoy en día, con la lógica impulsada por Trump, el riesgo de un cambio hacia una nueva guerra mundial vuelve a ser una posibilidad real.
Cyn Huang: ¿Qué le hace pensar a Trump que China podría ser «controlada»?
Una estrategia de Washington con consecuencias potencialmente catastróficas
Éric Toussaint: Creo que Donald Trump y su administración estiman que pueden contener la expansión económica internacional de China mediante un conjunto de medidas económicas, comerciales, diplomáticas y militares. Esto incluye el aumento del proteccionismo económico y comercial con la implementación de diversas barreras para reducir las importaciones chinas en Estados Unidos y promover las exportaciones estadounidenses en el mercado mundial; presiones sobre los socios comerciales de Estados Unidos para que incrementen sus compras de productos fabricados en EE. UU.; presiones sobre las empresas estadounidenses y de otros países para que aumenten su producción en Estados Unidos o repatrien allí su manufactura; incremento de los subsidios a las empresas estadounidenses; la toma de control de territorios y recursos naturales en el hemisferio occidental y otras regiones; una negociación intensa con China para llevarla a reducir su expansionismo económico fuera de sus fronteras,… En cuanto al dispositivo militar, no se trata necesariamente de afirmar que Trump esté preparando directamente una guerra contra China. Su objetivo parece ser más bien impresionar a Pekín, afirmando una superioridad militar aplastante: la idea es hacer comprender a China que en caso de conflicto armado no tendría ninguna posibilidad frente a Estados Unidos dada la masiva presencia militar estadounidense alrededor de China, tanto en el Indo-Pacífico como en el resto del mundo.
Por lo tanto, Estados Unidos parte del principio de que puede intimidar a los dirigentes chinos y de este modo, limitar su expansión económica. Sin embargo, nada garantiza que China acepte reducir sus objetivos estratégicos y económicos bajo presión. Por el contrario, es probable que Pekín no desee una confrontación militar directa, pero se vea cada vez más obligado a afrontarla a medida que Estados Unidos refuerza sus amenazas y su postura militar.
En este contexto, el cálculo de Trump parece extremadamente peligroso. Supone un riesgo importante no solo para las relaciones entre China y Estados Unidos, sino también para toda la humanidad: para las poblaciones de Estados Unidos, China y en general, para las de todo el mundo.
Cyn Huang: ¿Cómo percibes actualmente la relación de fuerzas entre China y Estados Unidos y cuál es el lugar de Rusia en esta situación?
Rusia, Europa y la estrategia global de aislamiento de China
Éric Toussaint: Para comprender plenamente la situación internacional actual y la estrategia de Donald Trump es indispensable integrar en el análisis el lugar que ocupan Rusia y Europa.
Uno de los objetivos centrales de Trump es separar a Rusia de China. Durante los últimos quince años se ha producido un acercamiento significativo entre Vladimir Putin y Xi Jinping. Este acercamiento se ha materializado, en particular, en la creación de los BRICS, así como en el refuerzo de los acuerdos comerciales, financieros y militares entre ambos países, especialmente tras las sanciones impuestas por las potencias occidentales a Rusia tras la anexión de Crimea en 2014, que se reforzaron tras la invasión de Ucrania en 2022.
Estas sanciones contribuyeron a estrechar los lazos entre Rusia y China. Ante esta situación, Trump adopta una estrategia muy clara: propone implícitamente un acuerdo a Vladimir Putin. El mensaje es el siguiente: «puedes actuar en tu entorno regional —es decir, en el espacio de las antiguas repúblicas soviéticas que se han convertido en Estados independientes— de la misma manera que yo actúo en el hemisferio occidental». En otras palabras, Trump reivindica para sí mismo el derecho a intervenir en Venezuela o en cualquier otro lugar de América Latina y concede a Rusia una forma de legitimidad para intervenir en su propia vecindad.
Siguiendo esta lógica, Trump propone un «acuerdo» a Putin: «Te dejo seguir tus objetivos en tu región, incluida Ucrania, y a cambio te distancias de China». El objetivo estratégico de Estados Unidos es, por tanto, aislar a China separándola de Rusia, al tiempo que se conceden garantías a Rusia para sus propias ambiciones imperialistas.
Hay que ser claros: Rusia es hoy una potencia capitalista imperialista, extremadamente agresiva, como ha demostrado en varias ocasiones. Así, estaríamos asistiendo a un acuerdo entre dos imperialismos —Rusia, imperialista agresivo pero de segundo orden, y Estados Unidos, imperialista dominante e hiperagresivo— con el objetivo de debilitar y aislar a China.
Sin embargo, nada garantiza que esta estrategia vaya a funcionar. La actitud conciliadora que Trump mantiene actualmente hacia Putin, ilustrada, por ejemplo, por su invitación al «consejo mundial de la paz» que organizó durante la reunión de Davos los días 21 y 22 de enero, podría cambiar rápidamente. Si Putin se niega a distanciarse de China o no acepta un acuerdo con Trump en detrimento de Ucrania, es muy posible que se produzca un cambio brusco en la posición estadounidense.
Lo que hay que recordar es que la relación entre Estados Unidos y China no puede analizarse independientemente del lugar que ocupa Rusia. El imperialismo estadounidense busca hoy una forma de entendimiento con el poder ruso para reducir el espacio económico, político y estratégico que ocupa China.
Cyn Huang: ¿Qué posición internacionalista debemos adoptar?
Éric Toussaint: Ante esta situación, la pregunta esencial para nosotros, como revolucionarios e internacionalistas, es la siguiente: ¿de qué lado nos posicionamos? Nuestra respuesta es clara. Estamos del lado de los pueblos, en contra de los cálculos y los enfrentamientos de las grandes potencias y los diferentes imperialismos.
Concretamente, esto significa que apoyamos a los militantes que en Rusia y Ucrania se oponen a la guerra que libra Rusia en Ucrania. Apoyamos a los trabajadores, los estudiantes y los movimientos sociales en China que luchan por sus derechos, por la mejora de sus condiciones de vida y por más libertades políticas. También apoyamos a los trabajadores y a las masas populares de Estados Unidos que luchan contra las políticas de Trump. Por último, defendemos la soberanía de los países del hemisferio occidental y de otras partes del mundo frente a la agresiva estrategia de dominación de Estados Unidos. Estamos del lado de los pueblos en su lucha por el derecho a la autodeterminación y por el ejercicio de su soberanía sobre sus recursos naturales. Nos oponemos a todas las agresiones imperialistas y colonialistas, cualquiera que sea su origen. En Europa, nos oponemos a la política imperialista y neocolonialista de nuestros gobernantes y denunciamos su complicidad con el gobierno neofascista de Netanyahu, que está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino.
Nos oponemos a las políticas inhumanas que practican la mayoría de los gobiernos del planeta con respecto a las personas migrantes y solicitantes de asilo. Apoyamos todas las actividades de solidaridad internacionalista.
Defendemos una perspectiva auténticamente internacionalista. Nos ponemos del lado de los pueblos contra sus opresores. Estamos participando activamente, junto con otras fuerzas, en la preparación y organización de una Conferencia Antifascista y Antiimperialista en Porto Alegre, Brasil, del 26 al 29 de marzo de 2026.
Los autores agradecen a Gabriella Lima y Maxime Perriot su revisión.
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Toussaint. doctor en Ciencias políticas de la Universidad de Lieja y de la Universidad de París VIII, es el portavoz del CADTM internacional y es miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia. Es autor de diversos libros, entre ellos: Banco Mundial. Una historia crítica, El Viejo Topo, 2022 Capitulación entre adultos. Grecia 2015: Una alternativa era posible, El Viejo Topo, Barcelona, 2020; Sistema Deuda. Historia de las deudas soberanas y su repudio, Icaria Editorial, Barcelona 2018; Bancocracia Icaria Editorial, Barcelona 2015; Una mirada al retrovisor: el neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad, Icaria, 2010; La Deuda o la Vida (escrito junto con Damien Millet) Icaria, Barcelona, 2011; La crisis global, El Viejo Topo, Barcelona, 2010; La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos, Gakoa, 2002. Ha sido miembro de la Comisión de Auditoria Integral del Crédito (CAIC) del Ecuador en 2007-2011. Coordinó los trabajos de la Comisión de la Verdad Sobre la Deuda, creada por la presidente del Parlamento griego. Esta comisión funcionó, con el auspicio del Parlamento, entre abril y octubre de 2015. El nuevo presidente del Parlamento griego anunció su disolución el 12 de noviembre de 2015.
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