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ENTRE ULTRAS Y EQUILIBRISTAS

Entre la criminalización racista de los ultras y el equilibrismo equidistante de los moderados: éste es hoy nuestro espectro

ASIER ARIAS

Resumen Medio Oriente


“Como académica palestina, al ver la BBC, CNN, Sky News, DW, France 24 y medios similares me siento en una realidad paralela. Es como si se hubieran despertado por la mañana y hubieran descubierto que hay civiles bajo fuego”. Abeer Al-Najjar habla aquí, espero, por boca de muchas. Prolongando esta línea, esa cobertura ha llegado a calificarse de “repulsiva”.

No entraré a comentar el extremo decididamente repulsivo del espectro de opinión en nuestros medios. Si bien la indigencia moral e intelectual del polo ultra resulta chocante, la que encontramos del lado moderado es la verdaderamente peligrosa: menos llamativa, pasa habitualmente inadvertida, y encuentra así un camino más corto hacia su conversión en sentido común.

Entre la criminalización racista de los ultras y el equilibrismo equidistante de los moderados: éste es hoy nuestro espectro. El funcionamiento de este espectro obedece a una serie principios generales, y el conflicto israelí-palestino no es más que un caso particular. Nadie ha descrito esos principios con mayor precisión que Noam Chomsky, cuya voz echamos en falta con inquietud en estos días. Como explica en su clásico Ilusiones necesarias de 1989, en “un sistema de propaganda que funcione adecuadamente” el debate debe incentivarse, siempre y cuando se adhiera a las presuposiciones básicas que definen los límites del consenso de las élites. “Lo esencial es establecer firmemente esos límites”, en particular los del extremo moderado o progresista, porque es en él donde se fija el punto hasta el que están las élites dispuestas a consentir que los intereses y actitudes populares tensen la cuerda.

Así pues, lo que recoge el espectro que va de la criminalización a la equidistancia en los medios europeos es tan manifiesto como desconcertante. Del cerco al oso y el dedo en su ojo ucraniano al cerco al dragón y el dedo en su ojo taiwanés, tanto socialdemócratas como conservadores parecen haber asumido como propia la política exterior del jefe atlántico. Las banderas israelís proyectadas sobre la Torre Eiffel, la puerta de Brandeburgo, Westminster, las sedes del Parlamento y la Comisión Europea son, además de la traducción a Oriento Próximo de aquella sumisión, un mensaje de absolución tras meses de intensa violencia sionista (1,2 palestinos asesinados cada día durante los últimos 15 años, según datos de Naciones Unidas; sólo entre enero y septiembre de 2023, 40 niños palestinos asesinados por las fuerzas de seguridad israelíes en la cantonizada Cisjordania: 1,1 a la semana). De hecho, la palabra sumisión se queda corta ante la actitud de quien apoya verbalmente la solución de dos Estados pero jamás ha elevado una queja o tomado una sola medida contra el constante sabotaje por parte del jefe. En paralelo, Israel respondía al afianzamiento e intensificación de nuestras relaciones culturales, políticas y comerciales convirtiendo en escombros las infraestructuras palestinas financiadas con fondos europeos.

“Si algún enemigo oficial impusiera medidas represivas similares a las que son comunes en Israel, el clamor mediático sería ensordecedor”. Una de esas obviedades con las que nos enseña Chomsky a percibir el manicomio mediático que nos rodea. Como veremos, nuestros intelectuales prefieren las ideas profundas y complejas a las obviedades.

En un ejemplo al azar de lo que encontramos en el extremo moderado del espectro, el redactor jefe de opinión de El País nos propone abandonar los “viejos relatos” al aproximarnos al conflicto israelí-palestino. Esos relatos, nos dice, “están huecos”. En el lugar de esa oquedad coloca, sin embargo, otra -una falta de sustancia acrobática, teniendo en cuenta que estamos asistiendo al retorno de Estados Unidos a Oriente Próximo: nadie en su sano juicio puede convencerse de que los portaaviones en el Mediterráneo y el incremento de la “ayuda militar” del jefe atlántico a su sucursal israelí tienen algo que ver con Hamás.

Esos “viejos relatos” ya no servirían “ahora que la causa palestina ha sido devorada por el fanatismo de un movimiento islamista como Hamás y el Gobierno de Israel está en manos de un político como Netanyahu”. En todas las casas se cuecen habas, id est -la apostilla cervantina no podría ser más pertinente aquí: “y en la mía, a calderadas”.

Nada se añade a lo anterior para aclarar de qué “viejos relatos” estaríamos hablando. Quizá de la resolución 194 de 1948 de la Asamblea General, de la 242 de 1967 del Consejo de Seguridad o de cualquiera del resto de las piezas de derecho que sancionan como criminal la conducta de nuestro amigo israelí durante los últimos tres cuartos de siglo.

Sin embargo, cabe que esos documentos no sean “viejos relatos”, sino más bien la interpretación menos ambigua de la locución “causa palestina”. La causa palestina no sería pues otra cosa que la suma de esos documentos, los que recogen el derecho de autodeterminación y, en último término, la propia Declaración Universal -ningún Estado ha sido denunciado más veces que Israel por el Consejo de Derechos Humanos.

Abandonando los márgenes seguros de la moderación, los habrá tentados a anotar que el catálogo de esos textos incluye sucesivas resoluciones de la Asamblea General en las que, desde 1973, se “reafirma la legitimidad de la lucha de los pueblos por liberarse de la dominación colonial y extranjera y del yugo foráneo por todos los medios a su alcance, incluida la lucha armada”. No obstante, Hamás comete “atentados” mientras el ejército israelí lleva a cabo “operaciones”, con ocasionales “daños colaterales”. Nuestros equidistantes conocen bien -y aplican mejor- la fórmula orwelliana: todos equidistamos, pero unos más que otros. Si realmente equidistaran nuestros equidistantes podríamos digerir su indignación ante las horrendas atrocidades del pasado 7 de octubre, pero poner a la potencia ocupante en el mismo plano que el pueblo masacrado no es equidistancia.

Lo que no consta en aquel catálogo es, por cierto, la base del derecho de Israel a la masacre y la venganza -más bien al contrario, los Convenios de Ginebra obligan a la potencia ocupante a abastecer a la población de víveres y medicamentos, a asegurar y mantener la sanidad y la higiene públicas, etc.

Hamás, última criatura de la larga tradición occidental de apoyo al extremismo islámico como palanca contra el nacionalismo secular, no ha devorado la causa palestina. Si la causa palestina ha sido devorada por algo, ese algo ha sido la hipocresía occidental, empezando por la de su obediente comisariado cultural -”y en la mía, a calderadas”.

Puede asomarse uno a su tribuna en lo alto de alguno de los grandes medios occidentales para decir cosas profundas sobre la “causa palestina”; por ejemplo, cosiendo al azar un par de citas deslavazadas. Pero también puede uno hacerse cargo de otra profundidad: la de la responsabilidad que traen consigo los privilegios de los “intelectuales”. Lo habitual es quedarse con los privilegios y arrojar a la primera papelera la responsabilidad -elocuentemente, el libro de Tony Judt con el que nos tiraba a dar el redactor jefe desde su columna se titula “El peso de la responsabilidad”.

Evitar la equiparación entre la causa palestina y Hamás sería un primer paso hacia la asunción de esa responsabilidad. El siguiente consistiría en echar un vistazo al registro histórico y otro en derredor. Limitándonos a este último punto, el día en que aparecía publicada aquella columna sabíamos que: tras dos semanas de bombardeos, el número de palestinos muertos ascendía a más de 4.000 (diez días después, esa cifra se había duplicado), el de desaparecidos bajo los escombros a más de mil y el de heridos a más de 13.000; el Ministerio de Vivienda de Gaza estimaba que al menos el 30% de las viviendas del territorio habían sido destruidas; los hospitales gazatíes comenzaban a emplear vinagre como desinfectante a causa del bloqueo, mientras el paso de Rafah permanecía cerrado; una iglesia ortodoxa del siglo XII que albergaba a cientos de palestinos desplazados era reducida a escombros, costándose 18 vidas; incursiones y bombardeos en un campamento de refugiados en Cisjordania se costaban otras 13 mientras colonos fuertemente armados continuaban con las expropiaciones y las expulsiones, respaldados por el ejército; bajo el eufemismo de la “evacuación” se ponía en marcha la segunda parte de la Nakba. Si uno pretende resultar profundo sin decir nada particularmente definido, ahí tiene la metafísica. Aquí, desde luego, más le valdría el silencio.

Pero traer los hechos a colación no es más que una muestra de simplismo, como lo sería señalar que el apartheid israelí duraría lo mismo que duró el sudafricano tras perder el apoyo del jefe atlántico. Todo esto son simplezas, y el límite moderado del espectro se fija no sólo mediante equilibrismo equidistante, sino también mediante presunción de profundidad: “hemos de enfrentar un mundo complejo con ideas complejas”. Ojalá nos explicaran nuestros profundos pensadores cuáles, y también si coinciden o no con la solución defendida por un abrumador consenso internacional durante décadas y obviada unilateralmente por Israel, con permiso del jefe y gesto sumiso de los socios menores de Eurovisión. “El peso de nuestra responsabilidad” es el de los puntos sobre las íes de ese permiso y esa sumisión.[1]

La exigencia de pulcritud moral a las víctimas es el tercer y decisivo jalón del límite moderado. Cabe decir que este jalón fue codificado por el último gran adalid de la doctrina de la guerra justa, al que abren hoy nuestros intelectuales las puertas para que nos explique la traducción de su reverenciada vacuidad al actual repunte del conflicto. La plasmación mediática de este jalón puede rastrearse con un sencillo experimento: determinando la frecuencia relativa de las preguntas “¿condena usted los atentados de Hamás?” y “¿condena usted los atentados de las Fuerzas de Defensa de Israel?” -en ambos casos, lo adecuado sería hablar de crímenes de guerra.

En los términos más generales, “el peso de nuestra responsabilidad” debiera ser el de la cultura de paz. En términos inmediatos, ese peso es el de la exigencia del alto el fuego y la denuncia de cuanto lo dificulte. En ambos casos, los palos en las ruedas del extremo moderado suponen una dificultad mayor que los de los ultras.

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Asier Arias es profesor de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid

[1] La Unión Europea es el primer socio comercial de Israel, pero lejos de responder con embargos o sanciones del tipo de las inmediatamente impuestas tras la invasión rusa de Ucrania, se apresta a enseñarle el talonario a Abdelfatah al Sisi por si tuviera que bloquear el paso hacia Europa de eventuales refugiados palestinos: «valores europeos». De los 27, sólo Eslovenia, España, Irlanda y Portugal han mostrado un mínimo de decencia en declaraciones que exceden la «postura oficial» -desde luego, nada remotamente similar a lo que pedía la ministra de la presidencia boliviana al anunciar la ruptura de relaciones diplomáticas de su país con Israel: una acción colectiva para evitar los crímenes masivos que Israel lleva a cabo sin que la «comunidad internacional» mueva un dedo.

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