La defensa de la educación pública vuelve a ser un eje capaz de articular malestares sociales amplios, siempre que se plantee como derecho y no como servicio
"Los movimientos estudiantiles de los 60 casi nunca alcanzaron sus objetivos políticos primarios ni sus aspiraciones de transformaciones sociales radicales. Sin embargo, fueron el origen de una profunda revolución cultural". Foto Afp
Imanol Ordorika
Jornada.com.mx/22 de octubre de 2026
Algo se mueve otra vez en las escuelas de Europa. A comienzos de septiembre, un centenar de alumnos bloqueó un liceo cerca de Rennes para denunciar el caos del inicio de cursos. Seis semanas después, la movilización de liceístas y universitarios se ha convertido en el eje de la crisis política francesa: cientos de liceos bloqueados, cerca de medio millón de personas en las calles el 6 de octubre y, el día 17, la confluencia con los chalecos amarillos en una jornada que reunió a 800 mil manifestantes según los organizadores y 550 mil según el gobierno. La respuesta oficial ha sido la represión: miles de detenidos, muchos de ellos menores de edad.
La ola cruzó fronteras. Se extendió a Bélgica, de Lieja a Bruselas; a Italia, donde las ocupaciones arrancaron en Turín y el 16 de octubre miles de estudiantes marcharon contra la política educativa del gobierno de Meloni y contra el tope de 30 por ciento de alumnos extranjeros por aula; y ha ganado fuerza en Grecia, Irlanda, Alemania y Austria. En España los estudiantes no encabezan, pero nutren un ciclo de protesta que articula la huelga indefinida del profesorado, la lucha por la vivienda y la convocatoria a huelga general. En Serbia, el movimiento nacido tras el derrumbe de la marquesina de la estación de Novi Sad en 2024 se ha convertido en actor político y presenta su propia lista en las elecciones del 25 de octubre. Fuera de Europa, en India, la protesta juvenil por la filtración del examen nacional de ingreso a medicina forzó la renuncia del ministro de Educación.
No es la primera vez. En los años 60 los estudiantes fueron detonador en buena parte del mundo. En 1968, en Francia, la movilización que comenzó en Nanterre y la Sorbona desembocó en la mayor huelga general de su historia, con cerca de 10 millones de trabajadores en paro. En México, el Consejo Nacional de Huelga desafió al autoritarismo priísta hasta la masacre de Tlatelolco. Berkeley, Praga, Berlín, Tokio y, un año después, Córdoba completaron el mapa.
Los movimientos estudiantiles de los 60 casi nunca alcanzaron sus objetivos políticos primarios ni sus aspiraciones de transformaciones sociales radicales. Sin embargo, fueron el origen de una profunda revolución cultural cuyo impacto es casi equiparable al de la Revolución Industrial. La idea de Herbert Marcuse de los estudiantes como catalizadores de fuerzas sociales más amplias encontró entonces su confirmación, y también sus límites: el detonador no siempre construye el orden que sigue al estallido.
Menos recordada, pero más cercana a lo que hoy ocurre, fue la oleada de 1986-87. En Francia, el proyecto Devaquet pretendía introducir selección al ingreso universitario y elevar las cuotas; universitarios y liceístas tomaron las calles en noviembre y diciembre de 1986, y la muerte de Malik Oussekine, golpeado por la policía, precipitó la renuncia del ministro y el retiro de la ley. En España, el movimiento de estudiantes de enseñanza media contra la selectividad y las tasas arrancó concesiones al gobierno de Felipe González. En México, el Consejo Estudiantil Universitario enfrentó las reformas del rector Carpizo, que imponían cuotas, restringían el pase reglamentado y endurecían la permanencia; tras el diálogo público y la huelga de 1987, el Consejo Universitario logró la suspensión de las reformas y abrió el camino al Congreso Universitario. Fueron movimientos defensivos frente a la primera embestida neoliberal sobre la educación pública –selección, cobro, exclusión– y, con frecuencia, los ganaron.
Hay similitudes evidentes. Como en 1986, los protagonistas son muy jóvenes –bachilleres, además de universitarios– y sus demandas nacen de condiciones concretas: falta de profesores, edificios que se caen a pedazos, mecanismos de selección como Parcoursup, heredero del espíritu que animó el proyecto Devaquet. Como en 1968, la protesta estudiantil opera como catalizador de malestares que la desbordan: la carestía, la vivienda, la guerra y el rearme. Y como en ambas oleadas, el contagio es transnacional: hoy los estudiantes de Turín se conectan con sus pares franceses como antes circulaban los volantes y las consignas.
Las diferencias también resaltan. Los movimientos de los 60 y de los 80 se apoyaron en organizaciones –grupos de activistas, sindicatos estudiantiles, coordinadoras, consejos, asambleas– que daban continuidad a la acción. Hoy predomina la red, la convocatoria horizontal y efímera, que facilita la convergencia rápida, pero dificulta sostener demandas y negociar. Cambió también el contexto: en 1968 el Estado de bienestar estaba en expansión y en 1986 empezaba a ser disputado; hoy arrastra décadas de austeridad y enfrenta la presión del gasto militar. La juventud europea protesta contra un horizonte que se cierra. Serbia, por su parte, plantea un dilema clásico: cómo transitar de la calle a la disputa electoral sin perder la autonomía que hizo fuerte al movimiento.
Para América Latina, y para México, la lección es doble. La defensa de la educación pública vuelve a ser un eje capaz de articular malestares sociales amplios, siempre que se plantee como derecho y no como servicio. Pero la fuerza de un movimiento depende de su capacidad para construir organización democrática propia, alianzas con docentes y trabajadores, y proyectos alternativos, no sólo resistencia.
Los movimientos de 1986-87 ganaron porque combinaron movilización masiva, diálogo público y propuesta. Gobiernos y autoridades universitarias harían bien en escuchar a esta generación antes de reprimirla. Vaciar las aulas para llenar las calles ha sido, una y otra vez, la forma en que los jóvenes reabren el futuro; lo que está en juego ahora es que las calles devuelvan a las aulas una educación pública más justa, más amplia y verdaderamente suya.
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