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LOS BUFONES DEL PODER Y EL PODER DE LOS BUFONES

El poder detrás del espectáculo: caquistocracia, élites y la política de la distracción
En la fase actual —capitalismo financiero, tecnocracia digital y complejo militar— la captura del Estado se profundiza... En ese esquema, Milei, Trump, Meloni o Abelardo de la Espriella no “podrían existir” como accidentes

Imagen Ilustrativa E.O con Nano Banana 2

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont
Eltabanoeconomista.worpress.com/25/10/2026

En una de sus disertaciones, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han formuló una tesis incómoda: la democracia contemporánea no está al borde del abismo, sino que avanza hacia él con paso sostenido y buen ánimo. Los líderes que la conducen —impredecibles, estridentes y, sobre todo, abiertamente incompetentes— no son anomalías del sistema. Son su pararrayos funcional. Su visibilidad absorbe la indignación, el escrutinio y la energía política de la sociedad, mientras el poder administrativo real —bancos centrales, corporaciones, fondos de inversión, las élites en general— opera en una opacidad sin cámaras ni resistencia.

     

En ese esquema, Milei, Trump, Meloni o Abelardo de la Espriella no “podrían existir” como accidentes. Son necesarios para que el sistema siga funcionando sin que nadie pregunte quién redacta las leyes de desregulación o quién se queda con la privatización de un servicio público.

“El mundo está dirigido por personas que en cualquier otra profesión habrían sido despedidas en su primera semana laboral”, dice Han. “Para operar en un quirófano se necesita una década de formación; para pilotar un avión comercial, miles de horas de práctica supervisada. Pero para controlar arsenales nucleares, firmar órdenes de movilización que envían a miles de personas a morir o decidir qué industrias quiebran y cuáles reciben rescates multimillonarios, solo se necesita una cosa: saber aparecer en una pantalla”. Un comediante ucraniano que interpretaba a un presidente en una serie de televisión firma hoy decretos que determinan si habrá guerra o paz. Un magnate estadounidense cuya única experiencia administrativa real fue despedir participantes en un reality show controló los códigos nucleares de la mayor potencia militar del planeta. No son anomalías: es un patrón.

La sensación de que no hay ningún adulto en la sala —de que las decisiones que determinan si viviremos en paz o en crisis están en manos de personajes que parecen protagonistas de una sátira— nos lleva a preguntar cómo llegamos hasta aquí. Pero esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es ¿para qué los necesitan?

El voto dejó de ser un acto cívico y se convirtió en un acto de consumo de imagen. Trump no llegó a la Casa Blanca para cambiar el sistema, llegó para ser su entertainer en jefe. Cada tuit polémico, cada declaración escandalosa, cada controversia fabricada cumplió el mismo propósito, mantener todas las miradas fijas en él mientras el poder real, detrás del escenario, hacía su trabajo sin interferencias. Trump desmontó regulaciones ambientales, firmó recortes fiscales para corporaciones, bombardeó países y nombró jueces que alterarán leyes por décadas. Pero lo que el público recordará son sus ataques de ira, sus insultos, sus peleas con celebridades y sus errores ortográficos en redes sociales. Nada de esto tiene discrepancia alguna con el accionar de Milei.

Zelenski, en cambio, es aún más revelador, aunque su caso merezca una precisión que la épica de guerra suele omitir. Interpretaba a un profesor de historia que, harto de la corrupción política, se convertía en presidente de Ucrania en una serie llamada Servidor del Pueblo. La serie tuvo tanto éxito que creó un partido con el mismo nombre y ganó las elecciones. El pueblo no votó por un programa de gobierno: votó por la ficción, esperando que se hiciera realidad. La guerra transformó su función, pero no la lógica que lo llevó al poder, la política como continuación del espectáculo por otros medios.

Byung-Chul Han recupera el término griego caquistocracia —“gobierno de los peores”— no para lamentar una decadencia moral, sino para nombrar una mutación estructural. La caquistocracia contemporánea surge cuando las democracias degeneran en infocracias: regímenes donde el control social y político ya no se ejerce principalmente mediante la coacción física, sino a través de la gestión, saturación y manipulación de la información y los datos digitales. El discurso racional es sustituido por fake news, emotividad, escándalo y posverdad.

La hipótesis tiene una enorme fortaleza: los dirigentes autoritarios, estridentes o imprevisibles pueden convertirse en la cara visible de un sistema de poder cuyo funcionamiento real no depende de ellos. Su protagonismo concentra la atención pública, organiza las adhesiones y los rechazos, y convierte la política en un enfrentamiento permanente entre personalidades. La teoría del pararrayos atrae toda la electricidad de la indignación popular hacia su figura, mientras las miradas se concentran en el inútil incompetente. Las decisiones que afectan la distribución de la riqueza, el control de los recursos estratégicos, la regulación de los bienes primarios, el sistema financiero, la organización del Estado y el modelo de desarrollo del país se adoptan en otros espacios, menos visibles y mucho más difíciles de someter al control electoral.

La contribución de Han es importante porque permite salir de una explicación demasiado sencilla del autoritarismo contemporáneo. No alcanza con decir que determinados dirigentes engañan a los ciudadanos, que los medios manipulan la opinión pública o que los multimillonarios financian a la derecha. Hay que comprender cómo se transforma la propia relación entre los individuos, la información, el poder y la libertad en una sociedad capitalista organizada alrededor de la comunicación permanente.

Una sociedad puede estar políticamente sobreexpuesta y, al mismo tiempo, permanecer relativamente excluida de los centros donde se toman las decisiones sustantivas. Pensemos en una discusión pública sobre un ajuste económico. Durante un tiempo, la atención puede concentrarse en los insultos del presidente, las reacciones de la oposición, las provocaciones en redes sociales y las encuestas de popularidad. Pero las cuestiones decisivas son otras: quién recibe el ingreso transferido por el ajuste, quién pierde capacidad de negociación, qué empresas se benefician, cómo se modifica la estructura tributaria, quién controla los recursos y qué compromisos financieros condicionarán las políticas futuras.

Es el desplazamiento del homo sapiens por el homo videns, cuya mente se conforma por imágenes y no por conceptos. El absurdo como modelo de negocio anticipa la tesis central: el líder resonante no es el adversario de las élites, sino su dispositivo de supervivencia. La caquistocracia permite darle a esa intuición un nombre y un mecanismo, el pararrayos que permite que la casa siga en pie mientras la tormenta se consume en la pantalla.

En la fase actual —capitalismo financiero, tecnocracia digital y complejo militar— la captura del Estado se profundiza. Las decisiones estratégicas sobre minerales críticos, cadenas de suministro, datos, inteligencia artificial, sanciones y privatización de la seguridad se toman en directorios de corporaciones, think tanks, agencias no electas y redes transnacionales. El Estado se convierte en facilitador o garante de esos intereses más que en espacio de soberanía popular.

La distancia entre la visibilidad del poder —el presidente, el mitin, el tuit, el escándalo— y su ejercicio efectivo es deliberada. El poder real, como señala Han, brilla por su ausencia cuando es fuerte. Cuanto más necesita mostrarse, más debilitado está. El voto por imágenes, no por ideas o proyectos, es la consecuencia lógica. En la infocracia, la política se convierte en guerra de información y consumo de afectos. Las campañas se libran con algoritmos, polarización y performance. El ciudadano-consumidor elige una imagen —el outsider, el disruptor, el anti-sistema, el fuerte, el imprevisible— que promete ruptura, mientras las restricciones estructurales —deuda, mercados financieros, cadenas globales, aparatos de seguridad— permanecen intactas.

La articulación completa es esta, el poder efectivo se concentra en redes institucionales y de clase; los líderes electos visibles funcionan como pararrayos que absorben culpa y atención; cuando el sistema de selección política premia el espectáculo, la lealtad o la polarización por encima de la competencia técnica, emerge la caquistocracia; las estructuras permanentes —burocracia, finanzas, defensa, redes sociales— continúan operando aunque los rostros visibles sean imprevisibles o incompetentes.

Esto no implica una conspiración monolítica, sino un sistema de incentivos y estructuras que hace funcional, y a veces conveniente, la distancia entre la visibilidad del poder y su ejercicio real. Existe una literatura empírica que muestra una distribución extraordinariamente desigual de la capacidad de convertir preferencias en políticas públicas. Un estudio sobre Holanda encontró una respuesta política mucho más fuerte a las preferencias de los sectores de altos ingresos: cuando las preferencias de pobres y ricos discrepaban, las de los ricos eran las que tendían a correlacionarse con el cambio político. En Alemania se halló una inclinación similar hacia los grupos ocupacionales y educativos superiores. Y una investigación reciente utiliza directamente el concepto de “plutocracia electoral”, calculando que, en democracias parlamentarias, el peso electoral efectivo de los estratos más ricos puede ser desproporcionadamente mayor debido a la participación electoral y a la representación en coaliciones gubernamentales.

Lo interesante es el concentrador de responsabilidad. Si algo sale mal, el sistema puede sacrificar al mandatario; la estructura permanece. Elecciones mediante, hay renovación simbólica de legitimidad. Se sustituye al personaje sin necesariamente sustituir la propiedad, la arquitectura financiera, los tratados, las estructuras empresariales, la burocracia, el modelo de país ni las plataformas digitales. El dirigente funciona entonces como fusible institucional.

Una pieza extraordinaria para entender esto es Gobernar el vacío, de Peter Mair. Mair sostuvo que las democracias occidentales estaban sufriendo un vaciamiento, los ciudadanos abandonan progresivamente partidos y organizaciones políticas, pero, simultáneamente, las propias élites políticas abandonaban la sociedad civil y se refugiaban en el Estado. Su formulación era, prácticamente, democracia sin demos.

Mair observa además algo que encaja casi literalmente con nuestra idea. Cuando se vacía la política partidaria, aumentan el espectáculo político y la lógica de carrera de caballos. Eso permite construir una secuencia histórica: desindustrialización, debilitamiento sindical, profesionalización política, globalización, tecnocratización y pérdida de afiliación partidaria conducen al vaciamiento de la representación; luego a la personalización, a la política-espectáculo y, finalmente, a la aparición del empresario político capaz de colonizar el vacío.

Trump, Milei, Meloni o De la Espriella no aparecen entonces “porque la sociedad se volvió loca”. Aparecen porque las viejas estructuras de intermediación dejaron un espacio vacío que el líder puede ocupar directamente. Las élites armaron un ecosistema de poder: un poder económico (capital financiero, industria, grandes patrimonios), un poder tecnológico (plataformas, datos, infraestructura digital, inteligencia artificial), un poder burocrático (ministerios, reguladores, bancos centrales), un poder coercitivo (militares, inteligencia, policía), un poder epistemológico (universidades, consultoras, think tanks, expertos), un poder cultural (medios, entretenimiento, plataformas) y un poder electoral (partidos, candidatos, campañas). No hay necesariamente un director. No hay una sola elite, hay intersecciones, alianzas, disputas y dependencias.

Las demandas insatisfechas comienzan a articularse en una cadena de equivalencias, y con el protocolo diseñado por cada elite, el líder logra darles un nombre y un adversario. La población advierte que: “no puedo comprar una vivienda”, “su salario no alcanza”, “la industria desapareció”, “sus hijos viven peor que él”, “mi barrio cambió”, “los servicios funcionan mal”, “los políticos viven mejor que nosotros”. Las demandas son heterogéneas. El líder las unifica: todos tus problemas tienen un mismo responsable. Dependiendo del país: la casta, Bruselas, los inmigrantes, los progres, los comunistas, la burocracia, las feministas, los globalistas, algunos jueces, la prensa. Eso crea comunidad política. La paradoja es infinita: se llega con un discurso contra las élites y se termina siendo lo que las élites querían, su representante, o quizás el productor de nuevas élites.

El precio de este arreglo es una democracia que se vuelve puro espectáculo de la representación y una sociedad que, cuanto más se moviliza, más se aleja del lugar donde realmente se decide su destino. El enojo social no es una anomalía que el sistema no haya previsto: es el combustible que necesita para legitimar su reconfiguración. La movilización hacia la derecha no amenaza al poder efectivo; lo reoxigena. Cambia la fachada visible, no la estructura de mando. Mientras la tormenta se descarga sobre el bufón de turno, la casa sigue en pie. La tarea política no es, por tanto, elegir al bufón más entretenido ni al tecnócrata más presentable. Es volver a mirar la casa: quién la construyó, quién la habita, quién la heredará y por qué nos hemos acostumbrado a discutir solo el color de la cortina.

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