Un estudio revela que las conversaciones reducen la polarización mucho más de lo que anticipamos pero no sirve cualquier conversación
¿Debemos evitar el diálogo? Imagen: Sergio Parra / ChatGPT
Periodista científico, muyinteresante.okdiario.com
Creado: 12.02.2026
En una época en la que las opiniones parecen trincheras y los desacuerdos se convierten en identidades, conversar se ha vuelto un acto casi heroico. Evitamos el roce, el contraste, la discrepancia. Preferimos el refugio cómodo de quienes piensan como nosotros, como si el desacuerdo fuese una amenaza y no una posibilidad de aprendizaje.
Sin embargo, hablar con quien discrepa puede acercarnos más de lo que imaginamos. Es lo que sugiere un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology bajo el título “Unnecessarily Divided: Civil Conversations Reduce Attitude Polarization More Than People Expect”.
El trabajo sostiene que las conversaciones respetuosas reducen la polarización de actitudes. De hecho, los investigadores Michael Kardas, Loran Nordgren y Derek Rucker encontraron que, al dialogar sobre temas controvertidos, las posturas no solo se moderan, sino que lo hacen en mayor medida de la prevista por los propios participantes.
Así, por ejemplo, en análisis donde personas con opiniones opuestas debatían sobre perros y gatos, la cultura de la cancelación o el desempeño de Joe Biden como presidente, los participantes subestimaron sistemáticamente cuánto se suavizarían sus propias posturas y las de su interlocutor tras una conversación hablada.
Lo más notable es que este efecto no fue efímero. En varios análisis, las actitudes permanecieron algo menos polarizadas incluso una semana después de la conversación. Es decir, no se trató de una cortesía momentánea o de una concesión superficial, sino de un reajuste genuino y parcialmente duradero.
Temas polémicos
Los autores no se limitaron a mencionar temas polémicos al azar, sino que diseñaron varios experimentos muy similares con asuntos de distinta carga emocional. En el primero, emparejaron a personas que preferían claramente los gatos con otras que preferían los perros. Antes de conversar, cada participante estimó cuánto cambiaría su propia actitud y la del otro tras el diálogo. A continuación, mantuvieron una conversación por videollamada de diez minutos, guiada por preguntas concretas sobre las razones de su postura y su interpretación de la postura contraria.
Los resultados mostraron que los participantes esperaban que la distancia entre sus opiniones se redujera aproximadamente un 20%, pero en realidad se redujo cerca de un 46%. Además, una semana después seguían mostrando actitudes algo menos polarizadas que al inicio.
El mismo procedimiento se aplicó después a un tema social más controvertido, la cultura de la cancelación, y a un asunto político de alta carga partidista, la evaluación del desempeño de Joe Biden como presidente. En el caso de la “cancel culture”, los participantes anticiparon una reducción de la brecha cercana al 22%, pero la conversación terminó reduciéndola en torno al 41%.
Con respecto a Biden, donde las expectativas de acercamiento eran todavía más bajas, los participantes previeron una disminución de apenas un 14%, mientras que el efecto observado fue aproximadamente del 27%. En conjunto, los experimentos mostraron de forma consistente que las conversaciones civilizadas redujeron la polarización en mayor medida de lo que los propios participantes habían anticipado.

Los discursos incendiarios son más polarizantes que el diálogo constructivo.
La raíz del desacuerdo moral
Pero el hallazgo más sugerente no es solo que nos equivocamos, sino por qué nos equivocamos. El estudio también desentraña el mecanismo psicológico que sostiene esta ilusión de irreconciliabilidad. Cuando sabemos que alguien piensa distinto, asumimos que la raíz del desacuerdo es profunda, casi moral: creemos que sus valores son incompatibles con los nuestros. Inferimos un choque esencial de principios.
En realidad, según descubrieron los autores, muchas diferencias no nacen de valores opuestos, sino de enfoques distintos sobre un mismo tema. No es que uno valore la justicia y el otro la deteste: es que uno está centrado en la equidad y el otro en la eficiencia.
No es que uno celebre la cultura de la cancelación y el otro la condene por razones ontológicas irreconciliables: es que traen a la mente ejemplos diferentes, casos distintos, dimensiones divergentes del mismo fenómeno. Al conversar, esas perspectivas se revelan y emergen áreas de acuerdo inesperadas.
Límites sobre el acuerdo
Sin embargo, la investigación también reconoce límites importantes. Entre un 5 % y un 9 % de los participantes abandonaron el estudio tras conocer la postura contraria de su interlocutor, antes incluso de empezar a hablar. Además, la muestra se restringió a Estados Unidos y Reino Unido, dejando fuera culturas orientales donde, según investigaciones previas, existe mayor tolerancia hacia ideas aparentemente contradictorias. Tampoco se midieron efectos a muy largo plazo más allá de una semana.
Una crítica habitual a este enfoque es que, en el fondo, actualiza una idea que el politólogo James Fishkin viene defendiendo desde los años noventa con sus experimentos de democracia deliberativa.
Fishkin creó el llamado Deliberative Polling, un formato en el que ciudadanos con opiniones diversas se reúnen durante uno o varios días para informarse, debatir en grupos pequeños con moderadores y escuchar a expertos antes de volver a expresar su opinión. En muchos de esos procesos (sobre energía, inmigración o reformas constitucionales) se observó que las posturas se volvían más matizadas y menos extremas tras la deliberación. Es decir, que hablar y escuchar información de calidad tendía a reducir la polarización.
El problema, según los críticos, es el mismo en ambos casos: estos efectos se logran bajo condiciones bastante controladas, con reglas explícitas de respeto, tiempos definidos y, a menudo, moderación activa. En la vida cotidiana (en redes sociales, debates televisivos o discusiones informales) esas condiciones rara vez existen. Por eso, aunque los resultados sean sólidos en entornos experimentales, algunos dudan de que puedan reproducirse con la misma intensidad en el mundo real, donde el conflicto político y la presión del grupo suelen empujar en la dirección contraria.
Sea como fuere, aun con estas limitaciones, el mensaje es claro y profundamente esperanzador: la barrera que nos separa no es solo ideológica, es también psicológica. Creemos que el otro es un adversario irreductible cuando, en muchos casos, simplemente está mirando el mismo paisaje desde otra colina. Nuestras expectativas pesimistas se convierten así en una profecía que evita el encuentro y consolida la división.
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