Existe un vínculo profundo entre el oído y el cerebro
La neurociencia muestra que el daño no espera a que el individuo sienta que se está “quedando sordo”
Presbiacusia y demencia: el riesgo que sí se puede modificar
Nelson Hernández
cambio16.com/18/02/2026
La pérdida auditiva no tratada acelera la atrofia cerebral, aumenta el esfuerzo cognitivo y favorece el aislamiento social, lo que puede desencadenar el riesgo de demencia. Sin embargo, el uso temprano de audífonos y la intervención audiológica pueden ralentizar significativamente este declive
La pérdida de audición relacionada con la edad (presbiacusia) solía considerarse un fastidio inevitable, casi un peaje del envejecimiento. Sin embargo, la ciencia actual cuenta otra historia: existe un vínculo profundo entre el oído y el cerebro.
La presbiacusia avanza de forma gradual y sigilosa. Muchas personas ya presentan alteraciones en el procesamiento cerebral del sonido antes de notar problemas evidentes o de que un audiograma lo confirme. La neurociencia muestra que el daño no espera a que el individuo sienta que se está “quedando sordo”.
Estudios recientes revelan menor conectividad funcional entre regiones como el putamen y la circunvolución fusiforme (clave para el procesamiento del habla) y las redes de memoria y toma de decisiones. Esto hace que la señal llegue empobrecida y se reduzca la eficiencia para integrar lo oído con lo recordado o decidido. La pérdida auditiva en la vejez puede aumentar el riesgo de padecer algún tipo de demencia.
La falta prolongada de estimulación auditiva se asocia con una reducción más rápida del volumen cerebral, en especial en áreas temporales. Investigaciones del Johns Hopkins Hospital indican que las personas con pérdida auditiva pueden perder más de un centímetro cúbico adicional de tejido cerebral por año en comparación con quienes oyen bien.

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Ante la escasez de input acústico, el cerebro reorganiza funciones: la corteza visual se activa más para compensar (por ejemplo, leyendo labios), pero esto puede interferir en la decodificación puramente sonora. En la vida diaria, aparecen signos sutiles: mayor fatiga tras conversaciones, dificultad con acentos o la sensación de que “todos murmuran”.
Cerebro agotado

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Con la pérdida de sensibilidad auditiva, el cerebro compensa trabajando más para reconstruir lo que el oído no capta bien. Este “esfuerzo de escucha” consume recursos que normalmente se destinan a memoria, atención y razonamiento.
En entornos ruidosos, la exigencia se multiplica: el habla llega fragmentada y con timing alterado, lo que obliga a una concentración extrema que acelera la fatiga mental. Neuroimágenes muestran que, ante señales degradadas, se activan no solo áreas temporales, sino también redes frontales y cingulares ligadas al control cognitivo. El precio es un agotamiento precoz.
Las personas con presbiacusia suelen describir que terminan “destruidas” tras un almuerzo familiar o una reunión laboral. Socializar deja de ser placer y pasa a ser esfuerzo, lo que reduce la motivación para interactuar. Esta sobrecarga se combina con fallos sutiles de memoria: se recuerdan menos detalles o se olvidan partes de lo dicho, alimentando la idea errónea de que “la cabeza ya no da”. En realidad, mucho de ese declive proviene del esfuerzo constante por descifrar señales incompletas.
Pruebas en ruido confirman que, incluso con audiometrías casi normales, muchos muestran pobre discriminación del habla. Esto evidencia que el problema trasciende el oído y afecta el procesamiento global en contextos complejos.
Presbiacusia y demencia: el riesgo que sí se puede modificar
La gran inflexión llegó con informes internacionales como el de The Lancet Commission, que identificó la pérdida auditiva (especialmente en mediana edad) como uno de los principales factores de riesgo modificables para demencia, alrededor del 7%-8 % de los casos globales. Abordarla podría prevenir o retrasar hasta uno de cada diez casos, un impacto mayor que el de depresión, tabaquismo o inactividad física por separado.
Estudios longitudinales muestran que el riesgo crece con la gravedad: la hipoacusia leve duplica la probabilidad de demencia, la moderada la triplica y la severa la multiplica por cinco. En cohortes estadounidenses, la prevalencia de demencia es hasta un 61% mayor en personas con pérdida moderada o severa, y cada 10 dB de empeoramiento añade riesgo adicional.
Las hipótesis incluyen patología compartida (daño simultáneo en oído y cerebro), empobrecimiento sensorial que reduce estimulación cognitiva, aislamiento social y desvío crónico de recursos hacia el esfuerzo de escucha.

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En todo caso, la conclusión es clara: la hipoacusia no tratada no solo acompaña a la demencia, sino que contribuye a su desarrollo y acelera su progresión. Por ello, la evaluación auditiva debería integrarse a las estrategias preventivas cognitivas, al igual que el control de hipertensión o diabetes.
Audífonos, neuroplasticidad y la oportunidad de cambiar el final
El cerebro mantiene plasticidad a lo largo de la vida y responde positivamente cuando recupera estímulos auditivos de calidad. Estudios muestran que el uso constante de audífonos puede revertir parte de la “invasión” visual en la corteza temporal y normalizar patrones de activación cerebral.
La evidencia clínica es sólida: metaanálisis indican que quienes usan ayudas auditivas (audífonos o implantes) experimentan alrededor de un 9% menos de deterioro cognitivo a largo plazo. El ensayo ACHIEVE, en adultos mayores con riesgo elevado, demostró que la intervención auditiva (audífonos + rehabilitación) ralentizó el declive cognitivo en un 48% durante tres años en el subgrupo más vulnerable.
Otros trabajos observacionales confirman menor prevalencia de demencia entre usuarios de audífonos, incluso con pérdidas similares. Además, la satisfacción con estos dispositivos ha crecido notablemente: hoy son más discretos, conectados al móvil y con algoritmos avanzados de reducción de ruido e IA, lo que reduce el estigma y los convierte en herramientas de salud cotidiana.

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Cambiar el relato social de la sordera en la vejez
La presbiacusia impacta no solo la cognición, sino también la salud mental y la autonomía. Vivir con tinnitus, aislamiento o fatiga extrema al conversar no es “normal” después de los 60 años. Se asocia con mayor riesgo de caídas, ansiedad, depresión, trastornos del sueño e incluso ideación suicida en casos severos de tinnitus. Muchas de estas consecuencias mejoran con tratamiento y apoyo.
Los especialistas recomiendan chequeos auditivos regulares desde la mediana edad, sobre todo con factores de riesgo como hipertensión, diabetes, ruido laboral o antecedentes familiares. Detectar temprano permite intervenir cuando la reserva cerebral es mayor.
El abordaje va más allá del audífono: dieta equilibrada, ejercicio, manejo del estrés, sueño adecuado y vida social activa potencian la salud cerebral y auditiva. Cada consulta audiológica se convierte en oportunidad para hablar de envejecimiento saludable, involucrando a médicos de familia, neurólogos, psicólogos y cuidadores.
Escuchar mejor para vivir mejor
El vínculo entre presbiacusia y cerebro obliga a replantear creencias arraigadas. Cuando alguien sube el volumen del televisor, se retira de conversaciones o se cansa al socializar, la pregunta no debe limitarse a “¿qué tal oye?”, sino incluir “¿qué necesita su cerebro?”.
Si la pérdida auditiva explica un porcentaje significativo de demencias prevenibles, cada intervención a tiempo preserva memoria, identidad y vínculos afectivos. Usar audífonos no es derrota, sino autocuidado: reduce el riesgo cognitivo y permite seguir disfrutando conversaciones, música y proyectos.
El desafío es colectivo: familias que normalizan el problema, entornos laborales menos ruidosos, sistemas de salud con chequeos rutinarios y medios que difundan la información pueden cambiar el curso.
Porque escuchar bien es mantener despierto al cerebro, sostener la capacidad de decidir y preservar la propia historia hasta edades avanzadas. En un mundo que envejece, cuidar la audición es una de las decisiones más simples y poderosas para envejecer con lucidez y dignidad.
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