El cara a cara entre Gustavo Petro y Donald Trump es de alto riesgo. La agenda del encuentro no va a pasar por declaraciones grandilocuentes, sino por una lista corta y áspera de temas sensibles
Gustavo Petro (Chepa Beltran / Vwpics / Zuma Press / ContactoPhoto) y Donald Trump (Robin Rayne / Zuma Press / Europa Press)
Diana Carolina Alfonso
02/02/26 |10:00
Este 3 de febrero, en Washington, los presidentes de Colombia, Gustavo Petro, y de Estados Unidos, Donald Trump, se sentarán a conversar en una reunión organizada a contrarreloj y saturada de extorsiones geopolíticas.
El encuentro llega después de semanas de amenazas públicas, sanciones en borrador y el secuestro de Nicolás Maduro, con quien Trump había sostenido diálogos “cordiales” días antes del bombardeo a territorio venezolano. La cita entre el mandatario colombiano y su homólogo surgió en el marco de la movilización nacional por la soberanía, convocada el 7 de enero, en respuesta a la escalada militar estadounidense y al intento de disciplinamiento político de la Casa Blanca contra la región.
El presidente Petro llega a este escenario cargando el peso de una relación claramente asimétrica, signada por el desprecio de Estados Unidos hacia el orden multilateral y por un cinismo abierto frente al derecho internacional. En lo que va de su mandato, Trump ha emplazado a Petro de manera reiterada en el lugar del enemigo. En menos de un año lo tildó de “líder malísimo” y de “matón”; sin mediar investigación alguna, lo incluyó en la lista negra de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), más conocida como Lista Clinton; insinuó que Colombia es una “guarida de drogas”; y descertificó al país, aun cuando las cifras oficiales muestran los mejores índices de erradicación de cultivos ilícitos, captura de grandes narcotraficantes y descenso en los niveles de exportación de estupefacientes.
El presidente Petro llega a este escenario cargando el peso de una relación claramente asimétrica, signada por el desprecio de Estados Unidos hacia el orden multilateral y por un cinismo abierto frente al derecho internacional.
Trump también amagó con imponer aranceles del 25% al 50%, retiró visas a altos funcionarios del gobierno colombiano y decretó la suspensión de la cooperación bilateral. En paralelo, el gobierno colombiano respondió a la escalada militar en el Caribe con acciones jurídicas internacionales por los pescadores asesinados durante bombardeos estadounidenses contra supuestas “narcolanchas”. El propio Ejército de Estados Unidos reconoció, hasta el momento, 126 asesinatos. La mayoría de las víctimas eran lancheros pobres, sin capacidad alguna de mover las grandes cantidades de cocaína que alimentan las rutas del narcotráfico internacional. Quedaron convertidos en el daño colateral de una guerra que no es la suya, mientras los grandes buques bananeros vinculados a la familia del presidente ecuatoriano Daniel Noboa continúan señalados por transportar droga sin enfrentar consecuencias equivalentes.
Hay analistas que, aun así, venden el encuentro como “una oportunidad”, “mejor hablar que chocar”, “Trump negocia duro, pero escucha” dicen en las mesas editoriales de la prensa derechista. El problema es el antecedente inmediato. Nicolás Maduro sostuvo diálogos “cordiales” con Washington y eso no impidió su secuestro, el bombardeo sobre Caracas ni la apropiación del petróleo venezolano. En la experiencia reciente, la cordialidad con Trump no blinda a nadie pero la sumisión tampoco.
¿Conflicto personal y político?
El narcotráfico es una constante que atraviesa las relaciones entre Estados Unidos y Colombia desde la firma del Acuerdo de Cooperación para la Supresión del Tráfico Ilícito de Estupefacientes en 1974. Sin embargo, las administraciones de la Casa Blanca no tratan por igual a todos los presidentes colombianos. Con Juan Manuel Santos, Trump mantuvo una relación ambivalente. Durante sus visitas a Washington, el estadounidense lo trató como aliado estratégico y llegó incluso a elogiar el proceso de paz. Las críticas existieron, pero quedaron circunscritas a castigos discursivos menores vinculados al tema de las drogas. A Iván Duque, en cambio, no le dijo prácticamente nada, pese a los vínculos explícitos con el narcotráfico que pesaban sobre él y su entorno. ¿Por qué? Porque Duque fue funcional. Sirvió como alfil regional para operaciones encubiertas, despliegues de mercenarios y aventuras de desestabilización, desde la Operación Gedeón hasta la política de cerco sistemático contra Venezuela.
Nicolás Maduro sostuvo diálogos “cordiales” con Washington y eso no impidió su secuestro, el bombardeo sobre Caracas ni la apropiación del petróleo venezolano. En la experiencia reciente, la cordialidad con Trump no blinda a nadie pero la sumisión tampoco.
Con Petro el tono cambió radicalmente. Y puede que el factor ideológico pese, sí, pero también la competencia contra el poder de China en un momento de crisis interna estadounidense, lo que torna a la política exterior de la potencia norteña mucho más agresiva. En su segundo mandato, Trump volvió a la Oficina Oval con objetivos mucho más restrictivos, entre los que se encuentran la imposición del unilateralismo, militarización y punitivismo financiero.
Dos matrices políticas que no encajan
Mientras Petro apuesta por un Estado social, paz negociada, transición energética y multilateralismo, Trump encarna el transnacionalismo más autoritario de la historia contemporánea, centrado en la economía de coerción, la militarización y ocupación de fronteras sensibles, y la expansión de un sin fin de guerras permanentes desde Venezuela hasta Yemen. Es comprensible que los ámbitos de la soberanía central y periférica se conviertan en catalizadores de la beligerancia o la resistencia.
Los ejes del debate
El conflicto entre Petro y Trump tiene múltiples aristas. En el plano económico, Trump apela a la coerción lisa y llana, para lo cual se sirve de aranceles y sanciones financieras para torcer decisiones soberanas. Frente a eso, Petro ha respondido que, aun sin la llamada “ayuda” estadounidense, Colombia no se derrumbará, y que buena parte de esa cooperación ha terminado beneficiando a ONGs y contratistas de Estados Unidos, más que al propio Estado colombiano.
En materia migratoria, la grieta es todavía más visible. En enero de 2025, cuando Trump impulsó las deportaciones en aviones militares con migrantes encadenados, el mandatario colombiano plantó bandera, se negó a recibir vuelos en esas condiciones y ofreció retornos dignos en aviones civiles, incluso poniendo a disposición el avión presidencial. “Nunca haría una redada para devolver estadounidenses encadenados”, escribió en su cuenta de X. Semanas antes, Petro ya había salido a defender a Haití frente a los dichos deshumanizantes de Trump, que llegó a tildar a su población de “animales”. Esa postura, asumida en pleno auge de la guerra contra la migración, marcó una posición más soberana que la adoptada por países como Brasil o México.
El cruce más explosivo pasa por el modelo de desarrollo. Petro confronta el extractivismo fósil y el negacionismo climático de Trump, mientras Washington presiona por llevar a niveles cada vez más altos la producción de minerales raros, carbón y petróleo. En distintos ámbitos multilaterales, como la COP, Colombia ha empujado el debate sobre la transición energética y la protección de los grandes pulmones ecológicos del planeta, en particular la selva amazónica. Son dos ideas de futuro que no encajan, y no se trata de simples matices.
Petro denunció las violaciones graves y el genocidio del pueblo palestino por parte del Estado de Israel, tomó decisiones diplomáticas concretas y cuestionó el peso del lobby sionista en la política estadounidense, mientras Trump lo refuerza y castiga a quienes lo desafían
Algo parecido ocurre con los escenarios de la paz y la guerra. Petro viene cuestionando la lógica armamentista que atraviesa conflictos de raíz neocolonial como los de Ucrania, Palestina, Yemen, Irán, Somalia, Malí, Níger, Cuba o Venezuela, y fue tajante tras los ataques en el Caribe al afirmar que Colombia no colabora en crímenes de lesa humanidad. Trump, en cambio, habló de ataques en tierra sobre rutas consideradas sensibles y amplió la lógica de la “guerra preventiva”, potenciada a escala global desde 2002, tras los atentados contra las Torres Gemelas.
En política internacional, la distancia es todavía más profunda. Petro denunció las violaciones graves y el genocidio del pueblo palestino por parte del Estado de Israel, tomó decisiones diplomáticas concretas y cuestionó el peso del lobby sionista en la política estadounidense, mientras Trump lo refuerza y castiga a quienes lo desafían. La situación en Palestina sintetiza esa diferencia: mientras Trump proyecta un resort sobre el territorio devastado por el genocidio en Gaza, Petro viene realizando denuncias internacionales, e incluso promovió acciones ante el tribunal de La Haya y rompió relaciones con Israel. Esta situación ejemplifíca el choque entre multilateralismo y unilateralismo. El presidente colombiano critica y presiona por la renovación de la ONU, el fortalecimiento del derecho internacional y la cooperación regional; Trump gobierna a fuerza de memorandos presidenciales y músculo militar, usando los foros multilaterales como una moneda de cuero.
El capítulo de las drogas termina de cerrar la antinomia. Mientras Trump acusa, amenaza y deja en libertad a importantes narcos como Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, Petro responde con política pública, cifras concretas y una crítica estructural. Bajo su gobierno se destruyeron más de 10.000 laboratorios de estupefacientes. Para este año, reportes oficiales sugieren reducción del ritmo de expansión de los cultivos ilícitos del -57 %. Esta situación pone sobre la mesa una verdad incómoda: la guerra contra las drogas dejó alrededor de un millón de latinoamericanos muertos sin resolver el problema central, que sigue siendo la demanda en Estados Unidos. En el fondo, el choque no es solo entre políticas puntuales, sino entre dos concepciones de poder apuestas. De un lado, un liberalismo autoritario heredero de una tradición anglosajona esclavista, pirata y comerciante; del otro, un socialismo institucionalista que pone en el centro los derechos, la integración y la soberanía, en sintonía con el ideario bolivariano.
Una reunión de alto riesgo
El cara a cara entre Petro y Trump es de alto riesgo. La agenda del encuentro no va a pasar por declaraciones grandilocuentes, sino por una lista corta y áspera de temas sensibles. Sobre la mesa van a estar, en primer lugar, las amenazas comerciales y la presión arancelaria como herramienta de disciplinamiento político; después, el conflicto por la política antidrogas, con Trump insistiendo en descertificaciones, sanciones y salidas militares, y Petro llevando cifras de erradicación, destrucción de laboratorios y una crítica frontal a la guerra contra el narcotráfico. También va a pesar fuerte el tema migratorio, junto con la escalada militar en el Caribe y las acciones jurídicas internacionales que impulsa Colombia. El escenario de la reunión va más allá de la Oficina Oval: se trata de ponerle un límite al unilateralismo estadounidense en su propia cancha. En un mundo de extorsiones, la seguridad de Colombia —y la de su presidente— aparece como una urgencia de primer orden.
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