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HACIA UN MAPA DE LA “BATALLA CULTURAL” (EL OTRO NOMBRE DE LA GUERRA COGNITIVA)

Esta batalla cultural nuestra no es sólo una lucha de ideas, sino como una actividad práctica que busca transformar las condiciones materiales y simbólicas de opresión
Ahora el término “derecha” se ha complejizado y lejos de desaparecer, como pretenden algunos con el concepto de izquierda, adquiere protagonismo cada día más corporativo, mediocre e iletrado que, pese a eso, enorgullece mucho a sus patrocinadores y feligreses
Por Fernando Buen Abad
3 Enero

La batalla cultural sigue siendo esencial para construir una hegemonía contra-hegemónica. Foto: Cortesía Telesur

Ya que no queremos la dictadura del mercado y, por el contrario, queremos un humanismo de nuevo género, enfrentamos un escenario de combate en el que identificamos tres víctimas cruciales: 1. El cerebro de las personas 2. Los espacios de la cotidianidad. 3. Todos los símbolos de prestigio. En sus delirios hegemónicos la ideología de la clase dominante perpetra una ofensiva contra-civilizatoria que ellos disfrazan como “libertad”, basada en la pretensión de que liderarán una “batalla cultural”. La vieja cantaleta del “libre mercado” inyectado con odio de clase histérico, con ridiculez y cursilería burguesa. Se hacen llamar outsiders de la política quienes han sido siempre vividores del Estado. Es la lógica de la emboscada elevada a la potencia del cinismo de clase sólo que hoy barnizado con tonito doctoral para que parezca teoría profunda. Un anchuroso océano de banalidades con un centímetro de profundidad.

Ahora el término “derecha” se ha complejizado y lejos de desaparecer, como pretenden algunos con el concepto de izquierda, adquiere protagonismo cada día más corporativo, mediocre e iletrado que, pese a eso, enorgullece mucho a sus patrocinadores y feligreses. Subsume a muy diversas corrientes de distorsión intelectual (todo idealismo, conservadurismo, liberalismo clásico, nacionalismo, nacional-socialismo etc. Y todas sus iglesias), y a los intelectuales serviles que defienden un menú de baratijas retrógradas y clasistas como si fuesen una tradición natural de la familia, la patria, la explotación, la propiedad privada, la superioridad de clase y raza, meritocracias, la jerarquía, el orden o la libertad económica. La batalla cultural es, también, una batalla de significados, y en ella los pueblos tienen el derecho y la responsabilidad de descolonizar sus mentes.

Atacarán con un diccionario meticuloso de distorsiones, ambigüedades e imprecisión, comenzando con la palabra “libertad”. Con ese diccionario confeccionarán eslóganes tendientes a fijar su dominio sobre la “grandeza”, el “cambio” o la “honestidad” burguesa. Harán de con sus fachadas personales, altares de ridiculez elegantemente mal vestidas y con serios dilemas capilares. Ocultarán eso con histrionismos variopintos basados en vociferaciones, gesticulaciones innecesarias e insultos carentes de creatividad y credibilidad. Mientras tanto atacarán el frente militar, el frente financiero-bancario, el frente opiáceo-religioso y el frente mediático, fake news y farandulero. Todo en simultáneo e interconectado.

Sus escenarios de combate se superponen e interconectan. Cuentan con “video juegos”, telenovelas, cancioneros, centros de investigación, universidades, oficinas de gobierno, centrales de espionaje, redes sociales, “bots”, “trolls” y toda clase de “influencers” predicadores y “estandoperos” de baja estofa intelectual, moral y ética. Todo permeado con baratijas y palabrerío “técnico”. Una revoltura de plataformas donde importa sólo posicionar su mercancía ideológica consistente en comprar complicidades mentales y materiales para que no se derrumbe el sistema de corrupción histórica más descomunal y descontrolado: el capitalismo mismo.

Una de sus victorias consiste en ganar la inmovilidad de todo, la desorganización del enemigo de clase, la desmoralización inducida, la resolución de todo con idealismo e individualismo, la mercantilización de la existencia y el secuestro de todo bienestar para los miembros del club de saqueadores y explotadores. O, dicho de otro modo, lo mismo de siempre, pero con más cinismo. Eso es lo que entienden ellos por “cultural”. Además, quieren que nosotros se los agradezcamos, que aceptemos que ellos siempre han tenido razón en maltratarnos y que eso es la mejor herencia que podemos dejar a nuestra prole.

“Batalla cultural” es otro nombre de la Guerra Cognitiva como concepto central para imponer las estrategias burguesas orientadas a consolidar y eternizar la hegemonía económica e ideológica del capitalismo. Perpetuar las relaciones de poder dominantes al imponer valores, creencias y comportamientos que legitiman al sistema. Estas estratagemas no son accidentales; están diseñadas y ejecutadas por corporaciones, agencias publicitarias, iglesias, centros de inteligencia, organismos internacionales y “think tanks” para alienar la conciencia colectiva en favor de la burguesía. Sus frentes más consolidados son los “medios de comunicación” contra las masas que forman parte del aparato ideológico que genera su “sentido común” en torno a las instituciones burguesas. Corporaciones mediáticas como Disney, Comcast, News Corp, y AT&T dominan la dictadura cultural global al imponer ideologías de consumo y meritocracia. “La hegemonía se sustenta no solo en la coerción, sino en la dirección intelectual y moral que las clases dominantes ejercen sobre el conjunto de la sociedad.” (Gramsci, Cuadernos de la cárcel).

También la “educación”, nutrida por la ideología de la clase dominante, es un frente clave para perpetuar al capitalismo. Instituciones privadas, currículos diseñados por “think tanks” como The Heritage Foundation y organismos como la OCDE impulsan una narrativa centrada en el individualismo y la competencia, preparando a las personas para adorar al libre mercado en lugar de cuestionarlo. Se mezclan con la industria del entretenimiento, liderada por empresas como Netflix, Sony y Warner Bros, que presentan bastiones de conocimiento esclavizado, que normalizan el consumo, el éxito individual y la acumulación de riqueza. Esto se refuerza a través de productos culturales como películas, series y música, que glorifican los valores capitalistas.

Se apoyan en instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial que han sido actores cruciales de financiamiento en la difusión global de la ideología neoliberal. Pagan políticas de “ajuste” estructural y condicionamientos, imponen modelos económicos que favorecen al capital y moldean el discurso público sobre “desarrollo” y “modernización” y tienen sus ejércitos de consenso en las agencias publicitarias como Ogilvy, McCann Erickson y Publicis Groupe que diseñan campañas globales y mercancías emocionales para excitar la ilusión de satisfacción personal a través del consumo, alienando a las masas con sus anestesias materiales de existencia. “La publicidad refuerza la integración del individuo al sistema al crear necesidades que perpetúan su esclavitud.” Herbert Marcuse (El hombre unidimensional).

Anestesian a los pueblos con logísticas de cooptación y se camuflan con discursos “progresistas” también. Corporaciones como Nike y Coca-Cola han adoptado mascaradas de inclusión y sostenibilidad como estrategia de mercadotecnia. Ese ataque conocido como “lavado progresista,” se financia para neutralizar críticas al capitalismo mientras infiltra la desmoralización inducida sobre causas sociales. Además, despliega ataques desde las empresas tecnológicas como Google, Meta (Facebook) y Twitter que secuestran la información, segmentan audiencias y manipulan algoritmos para reforzar discursos hegemónicos. Este control refuerza las burbujas ideológicas, limitando el pensamiento crítico y la disidencia. Y, por colmo, cuentan con burocracias como la Organización Mundial del Comercio (OMC) que promueven tratados internacionales que protegen los intereses del capital, asegurando la imposición de políticas económicas y culturales favorables al capitalismo global y a sus burguesías nacionales.

Con los acuerdos de Bretton Woods (1944) establecieron el FMI y el Banco Mundial como guardianes del orden económico capitalista que conecta redes muy complejas con la agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible que más allá de sus disfraces progresistas, se caracteriza por priorizar soluciones neoliberales y mantener el poder en las élites corporativas. Participa World Economic Forum (WEF) que es una plataforma para promover discursos de innovación tecnológica y sostenibilidad, utilizados como fachada para perpetuar la acumulación capitalista. Toda la “batalla cultural” o Guerra Cognitiva (según la OTAN) es una agresión multifacética y profundamente integrada en las instituciones burguesas de la sociedad moderna secuestrada por el capitalismo. Su objetivo es consolidar la explotación de los seres humanos y la destrucción impune del planeta como sistema incuestionable e irrenunciable. Por eso, entender estos frentes y estrategias permite identificar puntos de resistencia y construir alternativas hacia un cambio estructural económico e intelectual: la Revolución de las Conciencias.

En el “santoral” de sus horizontes ideológicos (de pura falsa conciencia) hoy deformados y distorsionados, por la derecha misma, que escasamente los conoce, como Edmund Burke. Joseph de Maistre. Alexis de Tocqueville. Oswald Spengler. Carl Schmitt. Friedrich Hayek. G. K. Chesterton, T. S. Eliot. Ludwig von Mises. Milton Friedman. Arnold J. Toynbee. Samuel Huntington. John Henry Newman. José Antonio Primo de Rivera. Gabriele D’Annunzio. Carl Schmitt. José Ortega y Gasset. Francisco Franco Bahamonde. Roger Scruton. Juan Pablo J II (Karol Wojtyła).

Mientras tanto, nosotros tenemos, y conocemos, la raíz y la dialéctica de los pueblos y de líderes como Nezahualcóyotl, Moctezuma, José Martí, Benito Juárez, Simón Bolívar, José de San Martin, Belgrano, Morazán, Francisco Villa, Emiliano Zapata. Ernesto Guevara, Fidel Castro, Hugo Chávez. A Marx, a Engels, a Lenin y a Trotsky. Tenemos una herencia revolucionaria basada en la gran reforma agraria continental, nuestro-americana, para recuperar las tierras, inmensas y generosas, los lagos, las montañas, los ríos, los mares, las minas y los cielos que usurparon los muy diversos tipos de latifundistas y terratenientes criminales que nos han amargado la Historia a mansalva. Tenemos la herencia de las revoluciones de independencia y la “artillería del pensamiento” que fecunda el pensar de los seres humanos independientes y antiimperialistas. Tenemos la herencia de las grandes revoluciones sociales del siglo XX y del XXI. Tenemos el humanismo en revolución permanente, tenemos la razón, tenemos la mayoría y tenemos futuro.

Un mapa de nuestras fuerzas revolucionarias latinoamericanas para la batalla cultural requiere comprender a fondo la dialéctica de los movimientos, las figuras y las corrientes ideológicas que han influido en el desarrollo de las luchas emancipadoras, específicamente desde una perspectiva descolonizadora, anticapitalista y pro-humanista. Nuestra posición en la batalla cultural en América Latina atada a nuestra identidad de clase, tiene sus raíces en la resistencia anticolonial, antiimperialista y anticapitalista de los movimientos de liberación que buscan derrotar a los imaginarios impuestos por las élites criollas y el colonialismo cultural. Intelectuales y militantes han entendido la cultura como un campo de lucha, donde las ideologías se enfrentan por la hegemonía. “El fundamento de toda hegemonía es la dirección cultural”. Antonio Gramsci

Otra semiótica es posible. Esta vez emancipada y emancipadora. Esta vez decidida a combatir, significativamente, a la ideología de la clase dominante, a los valores burgueses, a su ética y su estética; a su ciencia mercantilizada, a sus mercados y sus mercachifles… a su base económica y a su producción de miseria, humillación y desesperanza para la humanidad. Esta vez una semiótica en combate para la demolición definitiva de todas las falacias consustanciales del capitalismo en crisis. Para construir un sentido humanista nuevo, un punto dinámico de no retorno. “Si la forma de expresión aparente y la esencia de las cosas coincidieran de una manera inmediata, toda ciencia sería superflua” (Marx, El Capital, Libro III).

Requerimos de una Ciencia al servicio de los pueblos, además, para desactivar el desarrollo y las consecuencias de la guerra psicológica desatada para intoxicar la mente con dispositivos ideológicos esclavizantes. Miedos, anti-política, odios, banalidades, vulgaridades, mentiras, complejos, adicciones…Ciencia parida por la Filosofía de la Praxis (Sánchez Vázquez). Explicación objetiva del universo, sus formas y procesos, sus enlaces internos y sus conexiones, sus acciones recíprocas y la intervención humana posible en las condiciones y medios necesarios. (Eli de Gortari). Necesitamos una Semiótica emancipada y para la emancipación, que entienda que la base económica no determina mecánicamente a la superestructura pero que son indisociables y eso importa mucho porque la vida simbólica de la sociedad, sometida a los procesos acelerados de monopolización de “medios” y de “relatos”, ha convertido las cabezas humanas en millones de campos de batalla. La Guerra Simbólica. “Tendría poca o ninguna importancia que Bretón hubiese declarado tal adhesión al método de Marx si no fuese porque esa definición, que molesta a tantos, contiene la idea revolucionaria de que la ética sea la estética del futuro”.

Nuestras fuerzas semióticas revolucionarias enfrentan desafíos como la globalización cultural, el control de medios digitales por corporaciones y el auge de la extrema derecha. No obstante, iniciativas como la resistencia indígena, las radios comunitarias y los colectivos artísticos son fundamentales para mantener viva la lucha. Nuestro aporte a la batalla cultural en América Latina es un proceso continuo que requiere tanto de teoría como de praxis. Nuestras herramientas y métodos tanto como nuestros combatientes ofrecen luchas teórico-prácticas y ejemplos concretos para avanzar hacia una emancipación cultural integral. Nosotros tenemos un continente de pueblos originarios, de resistencias y rebeliones. Tenemos artistas de caballetes y de murales, de salones y de calles, de partituras y de conciertos. De ortografías y cinematografías. Del dicho al hecho. Revolucionarios de la ciencia y de la conciencia. De sabios y de investigadores. Nos falta sólo la unidad no la uniformidad.

Desde nuestra perspectiva, la cultura no es un fenómeno aislado, sino una construcción social determinada por la praxis humana y eso incluye tanto la producción material como la simbólica. Es un terreno de confrontación entre las clases sociales, ahí se disputa la hegemonía del sentido. Refleja los intereses de las clases dominantes contra la cultura de las bases que expresa las aspiraciones de los oprimidos. “La cultura no es un simple reflejo pasivo de la realidad social; es también un espacio de lucha en el que los oprimidos pueden transformar esa realidad.” (Las ideas estéticas de Marx, 1965).

Esta batalla cultural nuestra no es sólo una lucha de ideas, sino como una actividad práctica que busca transformar las condiciones materiales y simbólicas de opresión. Esto nos exige un esfuerzo consciente por desarrollar una contracultura revolucionaria, basada en la crítica al capitalismo y en la construcción de nuevos valores y significados. “Toda praxis transformadora es, al mismo tiempo, una praxis cultural que cuestiona y recrea los valores hegemónicos.” (Filosofía de la praxis, 1967). Debemos combatir el dogmatismo y convertirnos en militancia permanente con herramientas de crítica y liberación. “El arte revolucionario no puede reducirse a propaganda; debe ser expresión auténtica de la experiencia humana y de su transformación.” (Arte y sociedad, 1973).

Nuestra batalla cultural emancipadora en América Latina, y en buena parte del planeta, tiene un carácter particular, vinculado a la resistencia y a la derrota del colonialismo y el imperialismo económico e ideológico. Nuestra lucha requiere beneficiarse del método de Marx, también, y de las tradiciones culturales emancipadoras. “El marxismo en América Latina no puede ser calco ni copia; debe integrarse a las luchas concretas de los pueblos, incluyendo su dimensión cultural.” (El marxismo y la realidad latinoamericana, 1980).

En el contexto actual, intoxicado por la globalización neoliberal y el control de los imaginarios sociales con las armas de destrucción “mass media” sabemos que la batalla cultural sigue siendo esencial para construir una hegemonía contra-hegemónica. Sabemos que debemos cultivarnos y educarnos con las fuerzas análisis crítico realizado como praxis transformadora que abarque tanto la producción material como simbólica. Nuestra batalla cultural emancipadora no es un ámbito secundario, sino una parte fundamental de la lucha revolucionaria. Solo mediante la transformación de las prácticas culturales, junto y en simultáneo con las estructuras económicas y políticas, se puede avanzar hacia una sociedad más justa y libre de la dominación burguesa. Una sociedad realmente Humanista.

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