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¿EL TIEMPO DEL SINDICALISMO?

Y siendo la inequidad el origen de todos los males económicos cercenando los sueños de millones, está en los sindicatos, más que en los gobiernos, la fuente de poder para producir la más necesaria transformación: la justa repartición de la riqueza en el lugar de trabajo

La acumulación de riqueza en un polo es, por lo tanto, al mismo tiempo acumulación de miseria, agonía del trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental, en el polo opuesto, es decir, del lado de la clase que produce su producto en forma de capital”.

Karl Marx



Las sociedades se resisten siempre a los cambios, incluso de ser necesarios. Son siempre unos actores, en particulares condiciones, los capacitados para inducir las trasformaciones precisadas para avanzar. Ha sido la historia de la evolución humana una constante apuesta entre los beneficios prometidos por adquirir nuevos modelos de desarrollo o permanecer impasible por miedo a perder lo consagrado.

La sabiduría humana se resguarda en la historia y su estudio ofrece perspectivas más aclaradoras. En la década de los setenta del siglo pasado el sector corporativo internacional hallaba en las restricciones de la posguerra unas cadenas aprisionando su afán de lucro. Dos elementos limitaban sus deseos expansionistas: el patrón oro-dólar y la industrialización en Asia y América Latina. La banca, siempre inquieta con el dinero, encontraba en la restricción monetaria una muralla impidiendo su paso a desaforadas apuestas, pues al atar el dólar a la cantidad de oro disponible se confinaba la impresión privada a través de los depósitos. Para el sector real, su razón para la preocupación era la indetenible caída de la tasa de rentabilidad, acorde a lo enseñado por Michael Roberts. Y, en un mercado mundial de un único productor, los Estados Unidos, la posición natural de monopolista era envidiable; pero, con Europa recuperándose de los rezagos de las Guerras Mundiales y Asía avanzando con sus políticas de la industria naciente, la teoría económica habría de hacerse realidad: la competencia empequeñeció aún más los beneficios.

Michael Roberts

La banca se percató de que los dólares depositados en las cuentas europeas reposaban allende a las fronteras de las jurisdicciones bancarias del Viejo Continente, y, por ende, podrían operar con ellos a su antojo, encontrando el espacio donde cultivar la especulación y la financiarización, según Mariana Mazzucato. El sector industrial, sin posibilidades reales de expansión, vislumbró en los servicios públicos estatales el nuevo horizonte para sus capitales. El intercambio de un monopolio público por uno privado producía ingentes cantidades a ser resguardadas en el sector especulativo, liderado por la banca americana y europea. Con el estallido de la crisis del petróleo y su exponencial subida de los precios desde 1973, las divisas de las monarquías árabes y de Venezuela se transformarían en cuentas corrientes en bancos occidentales. Con recursos en demasía, los ejecutivos de las grandes marcas bancarias tentaron a las economías latinoamericanas con deuda a bajo costo, pero tasa variable.

En 1979, producto de una inflación galopante en los Estados Unidos, Paul Volcker, mandamás de la Federal Reserve (ente encargado de la política monetaria) incrementaría las tasas de interés súbita y aceleradamente, convirtiendo los pagos por los créditos recibidos en América Latina unos imposibles de honrar. La crisis de la deuda estalló a lo largo y ancho de todo el continente y, el único medio posible para adquirir los dólares para su cancelación era privatizando las empresas estatales. Las finanzas y el sector corporativo encontraban en América Latina El Dorado. Empresas oficiales, rentables, intercambiadas por papeles de deuda a transnacionales para sufragar el pago de la deuda externa ha sido el mayor robo jamás perpetrado; pero, una operación masiva de propaganda convenció a millones de estar presenciando el aterrizaje de la modernidad en estos lares.

Mariana Mazzucato

Con las finanzas libres de toda atadura y las privatizaciones ejecutadas, una diana marcaría las espaldas de la clase trabajadora y los sindicatos. El primer dardo se lanzó con la firma del N.A.F.T.A. (North American Free Trade Agreement) entre Estados Unidos, Canadá y México. Este último no sólo consiguió acceso al mercado de sus poderosos vecinos, sino además ser invitado a su barrio: antes de la firma se escribía Méjico (no México, como ahora) y se consideraba un país centroamericano (no norteamericano, como hoy). Una andanada de regulaciones laborales desfavorables al trabajo y del deseo de las grandes multinacionales se instauraría en todos los códigos laborales.

El ejercicio histórico revela una realidad trascendental: la sociedad habitada, sus inequidades, injusticias y peligros existenciales, son producto de un diseño humano. Un sector de la nación global modeló e instauró el modelo económico, político y cultural en vigor. Pero todo diagnóstico entrega una salida al mal agobiando. Y la esperanza se vislumbra al saber que no es la primera vez que un cambio de esta magnitud se aplica y, por ende, nada indica sea imposible repetirlo. Si los burgueses barrieron de la historia las estructuras feudales para instituir un modelo político con centro en la democracia y uno económico con el capitalismo como médula; si el sector corporativo implantó el neoliberalismo, con multinacionales avasallando Estados enteros; entonces es tiempo para que otro actor supere las carencias del mundo moderno y funde una nueva sociedad, una más justa, incluyente e igualitaria. Y puede ser sea el sindicalismo, influido por el marxismo, quien encarne ese papel.

Karl Marx

En la década de los años ochenta el movimiento sindical se enfrentó a fuertes amenazas, consecuencia de las enormes transformaciones. La andanada neoliberal iba destruyendo las estructuras del modelo de desarrollo liderado por el Estado, enfocado en la industrialización por sustitución de importaciones de las economías regionales y los Estados de Bienestar en las potencias occidentales. La gran afectada habría de ser la clase trabajadora ahora enfrentada, en América Latina, a los procesos de producción de los polos de desarrollo internacional de alta productividad y, en Estados Unidos y Europa, a los bajos precios del trabajo en Asía.

Y esto, Marx lo había advertido ya. El filósofo profetizó cómo la presión entre empresarios por acumular capital en condiciones de competencia y decrecimiento de la tasa de rentabilidad forzaría un aumento violento de la productividad y una presión por bajar los salarios, apropiándose en mayores cantidades de la riqueza producida. La consecuencia evidente sería una aberrante inequidad a favor de los poseedores del capital y una absurda concentración empresarial: a mayor miseria del salario, mayor rentabilidad corporativa y creciente capacidad de adquisición de competidores, formando una economía de monopolio forzante de precios aún más altos y salarios aún más escasos. En los ochenta y “los felices noventa” las palabras del crítico del capitalismo por excelencia actuaron como un mandato de la providencia escuchado por fanáticos religiosos quienes las ejecutaron con total fidelidad y celeridad.

BlackRock, el epítome del capitalismo monopólico.

La crisis de la deuda externa convirtió a los Estados latinos en meros saqueadores de la nación, deseosos de cumplir a cabalidad el pago de las acreencias y desligándolo de cualquier impulso a la economía. El problema, como explicó un gran ejecutivo colombiano en aquella época, es que cuando un producto de un país se enfrenta en el mercado internacional con otro producto de otro país, en el precio de cada uno se representa toda la política económica de ambos Estados. Sin inversiones en educación, infraestructura, ciencia y tecnología, la competencia internacional condenaría a las economías de la región a retornar al modelo mono exportador, destruyendo trabajos industriales vitales para el desarrollo e intercambiándolos por unos de mano de obra no calificada y poca compensación.

Todo disminuiría la clase trabajadora y debilitaría al sindicalismo. La propaganda mediática habría de incluso desprestigiarlos: el trabajador era un vago abusivo, el emprendedor un bonachón creador de empleos. La consecuencia no podía ser distinta: el panorama del trabajo es hoy espantoso. Un informe de la OIT sobre las condiciones laborales es tan aterrador como un pasaje de Dickens. Frente a la dantesca situación se debe contrastar la propaganda: ¿por qué los creadores de empleos no crean los empleos? Porque no está en su poder hacerlo. He aquí una obviedad: existe más capacidad de creación de trabajos en el consumo de la clase trabajadora, hoy disminuido, del poseído por la contratación empresarial, hoy magnificada.

Larry Fink, CEO de BlackRock. «El CEO de los CEO».

Y se explaya ahí la razón más poderosa para incentivar al sindicalismo a situarse como el actor que lidere la constitución de una nueva sociedad. El nuevo hombre consentido del neoliberalismo internacional, Branko Milanovic, ha decretado el fin de cualquier iniciativa socialista, dada la inexistencia de una clase trabajadora consolidada, capaz o si quiera deseosa por insertar un programa alternativo. Mentes más poderosas han sido rebatidas por los hechos de la historia y pareciera ser que, el economista serbo-estadounidense será una víctima más. Que sean los hechos quienes lo rebatan.

Cuando se comprende el capitalismo como la dicotomía entre un empleado y un empleador, se puede alegar que, dentro de Starbucks, la poderosa multinacional del café, se consagraba una fase evolucionada del sistema. Acorde a su fundador y consejero delegado, Howard Schultz, en su compañía los empleados no tenían lugar; a su mando habían “socios”. Así, la inexistencia de los sindicatos provenía de unas condiciones de trabajo que, proveídas por la compañía, eran insuperables. Era él, hasta 2020, el paradigma de lo bautizado por Davos como “capitalismo consciente” (stakeholder capitalism), sistema interesado en satisfacer a los stakeholders (todos los grupos sociales relacionados con la empresa) y no en exclusivo a los shareholders (accionistas).

Klaus Schwab, con una copia de su libro «Stakeholder Capitalism».

Pero la desnudez del rey comenzó a notarse en 2020. Schultz, especulando que su talento empresarial (uno innegable) sumado a su conciencia social (una exagerada) le garantizarían la nominación presidencial del Partido Demócrata, cedió a las tentaciones de exhibición contraídas por la carrera electoral. Pero las luces y flashes de la farándula política algunas veces brillan, algunas veces queman. Un artículo en “Politico” sería suficiente para destruir sus aspiraciones. Entre las excavaciones a su pasado una se hace relevante acá: los beneficios laborales ofrecidos por Starbucks. Si la sociedad de consumo es el nuevo fascismo, como aleccionaba Passolini, el mercadeo y las relaciones públicas son la nueva propaganda.

Schultz tuvo una visión sobre el negocio del café después de un viaje a Italia. A su regreso adquirió en Seattle una pequeña empresa cafetera conocida como Starbucks. En su compra, los trabajadores le informaron al nuevo dueño de su pertenencia al Sindicato Internacional de Trabajadores de Alimentos y Comercio, el que los dotaba de fuertes protecciones. El directivo encontró la situación insoportable y enfocó su esfuerzo en cercenar esos beneficios. No debería sorprender, ningún capitalista ha dotado a sus empleados de derechos unilateralmente, la justicia en el lugar de trabajo es un triunfo del sindicalismo y la lucha de las bases. Las celebradas Bean Stocks (acciones otorgadas a cada empleado de Starbucks), por presentar un ejemplo, nunca fueron más que parafernalia: sin derecho a voto, su máximo precio alcanzado fue inferior a 100 USD. ¿Socios?

Howard Schultz

Las injusticias, soportables en tiempos normales, transmutaron a inaguantables en la pandemia. La corporación ordenó seguir sirviendo tasas de café sin dotar a sus empleados de los equipos médicos necesarios para evitar los contagios. Jugar con la vida de los “socios” fue la gota que colmó la copa. En diciembre de 2021 los trabajadores de una tienda en Búfalo, Nueva York, ganaron las elecciones y fundaron el primer sindicato de Starbucks en su historia. Fue una chispa que desató un incendio: hoy hay más de 200 tiendas sindicalizadas en el Starbucks Workers United. Y parece es solo el comienzo: las grandes marcas sufren al ver idénticos movimientos: Apple, Amazon, Tesla, Target, Google, Chipotle… Hay problemas en el paraíso del capital. Sectores enteros, profesores, enfermeras, ferroviarios, han visto levantamientos de trabajadores listos a luchar por mejorar condiciones en un país en el que, desde 1968, el salario real no ha visto incremento alguno.

Son tiempos para soñar. En agosto de 2021 Gallup indicaba que los sindicatos obtenían un apoyo del 68% entre sus encuestados: nivel no visto en Estados Unidos desde 1965, siendo la única institución cuya aprobación no se desplomó durante la emergencia sanitaria. Más razones para la ilusión: la Junta Nacional de Relaciones Laborales (NLRB, por sus siglas en inglés) indicó que las peticiones para efectuar elecciones sindicales han sido 1.892 en 2022, un incremento del 58% con respecto al año anterior. Hay un trasfondo: Thomas Piketty sostuvo que la tasa de retorno del capital es mucho mayor a la de la economía. Ignacio Ramonet, años antes, lo explicó más claro: hoy solo el dinero produce dinero. Los movimientos de trabajadores en Estados Unidos no solo traerán una mejora en el salario de los empleados, sino que vienen con el potencial de hacer renacer el valor del trabajo en la economía.

Starbucks Workers United: «Socios convirtiéndose en socios».

Y hay razones de peso para tomar partido en esta lucha. El profesor Joseph Ramos, en su estudio para la CEPAL, “constata que, en contradicción con la ortodoxia, los sindicatos tienen escasa incidencia negativa en el empleo, pero reducen significativamente las desigualdades salariales”. El profesor sostiene que “el sindicalismo, como es concebido tradicionalmente, llegó a su apogeo como fuerza mayor en la economía poco después de la Segunda Guerra Mundial”. Para él, “en ese entonces incluía a una buena parte de la fuerza de trabajo, ostentaba una potente capacidad negociadora y era un agente de gran influencia en la política nacional”.

Tomadas las calles de San Petersburgo por las hordas hambrientas, los bolcheviques perpetraron la toma del Palacio de Invierno y apostaron por la creación de una nueva sociedad, regida por las enseñanzas de Marx. El que doce años después la Rusia soviética fuera el único territorio del mundo eximido de sufrir los castigos de la Gran Depresión, hizo soñar a muchos que otro mundo era posible. Mientras la crisis arrasaba todos los cimientos de la economía estadounidense, un líder irrepetible encontró el espacio de encuentro para su nación. Franklin Delano Roosevelt apaciguó la revolución en ciernes en su país convenciendo a sus amigos oligarcas de la instalación, en plena crisis estructural del capitalismo, de un ambicioso programa social a ser financiando con impuestos a las clases más pudientes.
Franklin Delano Roosevelt

Su postura amigable con el mundo laboral provenía de una alianza inédita en los Estados Unidos entre fuerzas del Partido Demócrata, el Partido Socialista y el Partido Comunista, aliada a Roosevelt, demandando cambios radicales en la política nacional en mítines políticos cada vez más populosos. El presidente cumplió su palabra e, impulsado por una recién conformada federación de sindicatos, la AFL-CIO, implantó un programa social de gran envergadura: subsidio de desempleo, programa de trabajos del Estado, seguridad social, impuestos al patrimonio. De ahí nacería, posterior a la Segunda Guerra Mundial, lo recordado como la “Época Dorada del Capitalismo”, los treinta mejores años jamás registrados del sistema. Un mundo, verdaderamente mejor, donde, como explica Joseph Stiglitz, los de arriba crecieron, pero los de abajo crecieron mucho más. La distribución de la riqueza, a través de impuestos, pero, sobre todo, a través de mejores salarios, permitió altos estándares de vida para una mayoría de la población. Las ideas de Ricardo, Keynes y Marx, aplicadas en complemento, legaron unos años de ensueño (en términos económicos) para la sociedad.

En alejadas épocas pretéritas la violencia fue la vía más expedita para la justicia social. Gérard Noiriel, en su escrito para Le Monde Diplomatique de su profuso “Historia popular de Francia”, ofrece un recuento histórico inspirador. En sus letras, explica que “La Guerra de los Cien Años” fue un producto de las “rivalidades entre familias reinantes”, sí, pero más de la “grave crisis económica que sacudió a Europa”. La recesión había “reducido los ingresos de los señores”, por lo que “reaccionaron aumentando la carga fiscal”, (¿austeridad, alguien?), lo que contrajo explosiones de violencia intimidantes, siendo el conflicto bélico “su expresión más visible”. Pionera lucha de trabajadores.

Gerard Noriel

¿Es el mundo de hoy la promesa cumplida de los neoliberales o uno adscrito a cada palabra de las aterradoras profecías de Karl Marx? La opresora pobreza vecina de la opulencia liberadora otorga la razón al filósofo alemán. Y siendo la inequidad el origen de todos los males económicos cercenando los sueños de millones, está en los sindicatos, más que en los gobiernos, la fuente de poder para producir la más necesaria transformación: la justa repartición de la riqueza en el lugar de trabajo. Y no se ha escrito un mejor argumento para mejorar las condiciones de los trabajadores que lo legado por el autor de «Das Kapital». Que sean los sindicatos que hoy tenemos los indicados para tan importante misión, es un tema abierto al debate en cada caso; pero es indudable que es en esa institución donde se esconde la fuerza capaz de pasar de esta etapa de la civilización humana a otra mejor.


¿Es el mundo de hoy la promesa cumplida de los neoliberales o uno adscrito a cada palabra de las aterradoras profecías de Karl Marx?

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