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El pedagogo debe ser un partero, pero no falta quien nazca mal

Profe, ¿qué puede hacer por mí?

Por: Reinaldo Spitaletta

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Vanidad, según el maestro de Otraparte, significa falta de sustancia, apariencia vacía. Se denomina así al acto realizado para tener importancia social, para ser considerado en sociedad. Vacuidad. Nada. La vanidad no es para los solitarios. Es un constructo del mundo exterior, de los noveleros y simuladores. “Aparentar es el fin del vanidoso”, decía (dice) Fernando González en Los Negroides.

La vanidad y el poder, por ejemplo, son caras de la misma moneda. Falsa moneda. Don Fernando, que no sé si era profesor (maestro, sí) advertía de ciertos actos vanidosos, como la de ciertas señoras filantrópicas, de aquellas que se daban a la “gota de leche” o regalaban sobras de sus vestidos, o daban limosnas, como hecho público. Por posar. Pura vitrina. Para que los otros dijeran: “qué dama tan caritativa”. Decía el de Envigado que si no hubieran tísicos, o niños hambrientos, o ancianos desamparados, aquellas señoras ricas morirían de tristeza. Porque su gloria está asentada en el dolor ajeno.

Aquel hombre que cuestionó el complejo de bastardía de los sudamericanos, se moriría hoy de rabia, o más bien de risa, al saber que el estudio se ha vuelto parte de la vanidad. Y si bien, como él también lo promovió, nadie enseña nada, cada uno va encontrando su propio camino, no pasa ahora entre determinados estudiantes que, al final del semestre, cuando pierden alguna asignatura, van a buscar al profesor a “ver qué puede hacer” por ellos, pues perderán la beca, o resulta que tal materia de “relleno” era la única que les faltaba para completar sus créditos, en fin.

Y todos estos preliminares se asoman aquí porque acabo de leer un artículo del profesor norteamericano Kurt Wiesenfeld, publicado por la revista de la Universidad Eafit, número 156, de 2009, sobre el asunto. Su historia comienza cuando, un día después de haber puesto las notas finales, se apareció un estudiante de física a su oficina y le preguntó qué podía hacer para mejorar su calificación. Luego, otros volvieron con cuentos parecidos. Habían perdido el curso y le pedían al profesor una nueva oportunidad. Los más “tímidos” le escribían correos electrónicos.

El profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets, de la Universidad de Berkeley y otros establecimientos, aterrado, advertía que hubo un tiempo en que el alumno recibía una nota y esa era. “Podíamos gemir y quejarnos, pero se aceptaba como el resultado de los esfuerzos o como la falta de ellos”. Hoy, según el mismo profesor, algunos estudiantes han desarrollado la tendencia de comportarse como un consumidor descontento. No ven la calificación como el producto de un esfuerzo intelectual, de una disciplina permanente de conocimiento e interés por el saber, sino como si estuvieran comprando un artículo y pudieran cambiarlo a última hora.

Antes, incluso, había talento hasta para “pasteliar”. Hoy, algunos que no muestran ninguna inclinación hacia el estudio y el aprendizaje, esperan al final, cuando ya todo está consumado, que el profesor les dé otra oportunidad como premio a su mediocridad. O a su pereza mental. Es el estar en una universidad por pose, por vanidad, porque hay que tener un título en algo, porque es otro modo del consumo y la mercancía. Es carecer de sed por el saber, es no tener pasión por los elementos y mecanismos del aprender.

Dice Wiesenfeld que estos educandos deberían tomarse en serio ellos mismos porque después, lo que vendrá, es una actitud “no solo autodestructiva sino socialmente destructiva”. Él, que es profesor de alumnos de posgrado de ciencia e ingenierías, está preocupado porque a este tipo de “estudiantes” después se les puede caer el puente (y hasta una acera) o sus medicamentos no darán resultado. Y esto vale para cualquier campo del saber.

Por estos lados también sucede. Y tal vez más de lo esperado. Y todo por el desprecio a la pregunta (o porque, otra vez como decía González, quien tiene preguntas no se aburre en los caminos), porque lo que se estila es aparentar. “La emoción del conocimiento es lo que embellece” y este aserto a algunos les importa un carajo. Ah, sí, claro, el pedagogo debe ser un partero, pero no falta quien nazca mal. Qué vaina.

Elespectador.com

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