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miércoles, 28 de junio de 2017

CRECIENTES EMISIONES DE DICLOROMETANO PONEN EN PELIGRO RECUPERACIÓN DE LA CAPA DE OZONO

La sustancia química que vuelve a poner en peligro la capa de ozono


 El agujero de la capa de ozono es más grande sobre Antártica. Derechos de autor de la imagen NASA Image caption.
BBC Mundo
Ciencia

La recuperación de la capa de ozono podría demorarse varias décadas más de lo previsto si no se frenan las crecientes emisiones de diclorometano, una sustancia química utilizada como disolvente de pintura y para preparar compuestos químicos para refrigeradores y aires acondicionados, reveló una nueva investigación.

El agujero de la capa de ozono, descubierto en los años 80, comenzó a recuperarse gracia a la prohibición del uso de los clorofluorocarbonos (CFC), presentes en muchos productos de limpieza domésticos.

Estas sustancias químicas fueron abandonadas tras la introducción del protocolo de Montreal, en 1987, cuando se descubrió que permanecían demasiado tiempo en el ambiente, y su acumulación provocaba daños en la capa de ozono.

Esta capa es vital para protegernos de los rayos dañinos del Sol.

Sin embargo, el diclorometano -conocido también como cloruro de metileno- no fue incluido en el protocolo, debido a que tiene una vida corta (es decir, se descompone al cabo de cerca de cinco meses).

No obstante, libera cloro que puede llegar a destruir el ozono, si llega a la capa de ozono que está en la estratosfera.

La ventaja de su corta duración es que, si se recortan sus emisiones, los beneficios podrán notarse al poco tiempo.

Fin de siglo

Según el estudio, publicado en la revista Nature Communications, los niveles de diclorometano en la atmósfera se incrementaron en un 8% por año entre 2004 y 2014.

 La capa de ozono nos protege de los rayos más dañinos del sol. Derechos de autor de la imagen GETTY IMAGES Image caption.

Si esta tendencia continúa, los modelos computarizados muestran que la recuperación de la capa de ozono, prevista originalmente para 2065 (sin tomar en cuenta las emisiones de esta sustancia) podría demorarse en 30 años.

Es decir, la recuperación no se completaría sino hasta 2095.

"Es importante recordar que la disminución del ozono es un fenómeno global y que si bien el pico se produjo hace una década, es un problema ambiental persistente, y esperamos que el camino hacia su recuperación sea largo y repleto de obstáculos", afirmó Ryan Hossaini, investigador de la Universidad de Lancaster, en Reino Unido, y autor principal de la investigación.
Origen

¿Pero por qué están aumentando las emisiones y quién contribuye a que así sea?

Según el estudio, el crecimiento de las emisiones está vinculado al rol cada vez más importante de esta sustancia en la fabricación de hidrofluorocarburos, unos compuestos químicos utilizados par sustituir a los otros gases que tienen efecto invernadero.

 Científicos creen que se debería expandir el protocolo de Montreal para incluir otras sustancias químicas dañinas. Derechos de autor de la imagen GETTY IMAGES Image caption.

Hossaini dice que aún no está claro qué regiones del mundo contribuyen en mayor medida a esta problema. Pero una de las zonas que ha causado preocupación en este sentido en Asia, donde se utiliza en sistemas de refrigeración.

Una muestra de aire tomada en el límite inferior de la estratosfera mostro niveles particularmente altos de cloruro de metileno sobre el subcontinente indio y el sureste asiático durante la temporada de los monzones.

Además de esta sustancia, también hay otros gases de corta vida que contienen cloro y destruyen la capa de ozono. Pero no se han hecho mediciones para evaluar su concentración en la atmósfera.

Científicos creen que los resultados de este último estudio ponen de relieve la importancia de observar en el largo plazo los gases que dañan la capa de ozono y la necesidad de expandir el protocolo de Montreal para mitigar estas amenazas.

http://www.bbc.com/mundo/noticias-40430840

martes, 27 de junio de 2017

LA PENSIÓN EN COLOMBIA, UNA ILUSIÓN DIFÍCIL DE MATERIALIZAR


La pensión: una ilusión de difícil materalización en Colombia



En Chile ya hizo agua, en otros países da señales de lo mismo, y Colombia no es la excepción: allí donde se privatizó el sistema de pensiones, los Fondos creados para tal fin amasan fortuna mientras los trabajadores cotizantes escasamente acceden a una pensión. Desventajas de un negocio que no debe existir. 

César Giraldo*

La realidad colombiana en detalle

No cesan en su exigencia. Desde hace 7 años, con el inicio del primer gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2014), el poder financiero demanda una reforma al régimen pensional vigente en Colombia. El entonces ministro de trabajo, Rafael Pardo Rueda, dio respuesta a la demanda con una propuesta llamada de pilares: primer pilar, sistema público (reparto) hasta un salario mínimo, de ahí para arriba, un segundo pilar basado en el ahorro individual y administrado por Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Los banqueros, que eran los dueños de las AFP no estuvieron de acuerdo: querían que el sistema público se acabara del todo.

Desacuerdo congelado por la coyuntura nacional y los afanes gubernamentales, donde el protagonismo lo copó, en un primer tiempo las negociaciones de paz con las Farc y luego la urgencia de la reforma tributaria. Pero superados tales “escollos” los banqueros de nuevo exigien la aplazada reforma pensional. Así lo enfatizaron en reciente foro organizado por su gremio, realizado los días 20-21 de abril y que tuvo por sede a la ciudad de Cartagena. Santos respondió que sí, pero que primero habría que crear una Misión. Es obvio que la intención del mandatario es dejarle este espinoso problema al próximo gobierno.

Pero, ¿cuál es el afán de los banqueros? Están preocupados con su negocio pues desde hace un tiempo para acá es inocultable la desbandada que sufre el sistema privado de pensiones, cuyos afiliados se percataron del fraude que viven. No es para menos, les ofrecieron oro y ahora ni cobre reciben: a pesar de cotizar de manera regular durante todas las semanas correspondientes, más de la mitad de ellos no logra pensionarse. Aquellos que acceden a pensión logran, en el mejor de los casos, sólo un pago equivalente a la cuarta parte del ingreso sobre el que cotizaron, el que más adelante se reducirá a una renta vitalicia de un salario mínimo. Casi doscientos mil afiliados se trasladaron a lo largo del 2016 a Colpensiones, como se puede apreciar en la gráfica adjunta.


Sin escrúpulo ni ánimo social alguno. Los grupos económicos, a través de los diferentes gremios que representan al sector financiero (Asofondos, Anif, Asobancaria y Fasecolda), ante su incapacidad para atraer y conservar un número creciente de trabajadores cotizantes y por tanto, ante la reducción de sus ganancias, exigen marchitar el sistema público de pensiones, o lo que es lo mismo, que éste no reciba más afiliaciones. Según su despropóstio, de ahora en adelante todos los cotizantes deben ir al sistema privado. Porque según ellos el alto costo fiscal y los privilegios del sistema público son insostenibles. El eco para su demanda llega a través de los medios de comunicación, que repiten tal discurso, bien porque son propiedad de estos grupos económicos, o bien porque les pagan la pauta publicitaria.

Argumentos falsos. El alto costo fiscal es culpa de las AFP, y en el sistema público los privilegiados no es la nota preponderante ya que el 92 por ciento de los pensionados están por debajo de cuatro salarios mínimos. Pero en realidad este no es el principal problema del sistema pensional colombiano –lo que retomo más adelante–, el problema vital es que en Colombia la mayoría de su población trabajadora no logrará pensionarse.

Para la muestra un botón. En la actualidad sólo el 23 por ciento de la población de más de 65 años está pensionada, cobertura que era mayor antes de expedir la ley 100 de 1993, la cual privatizó el sistema de pensiones. Para colmo, las proyecciones señalan que de mantenerse las tendencias actuales la cobertura se reducirá al 9 por ciento en el largo plazo. Valga resaltar que un escaso 31 por ciento de la Población Económicamente Activa es cotizante y de esa proporción solo el 30 por ciento se pensionará.

La caída en la cobertura, es claro, no es un efecto de la reforma de las pensiones en sí, sino que refleja con toda claridad el debilitamiento del vínculo salarial, proceso estimulado por una serie de normas que flexibilizaron en Colombia el contrato laboral. La ecuación es sencilla: la cotización nace del salario. Realidad que al principio los neoliberales no comprendieron o simplemente no aceptaron, fuera de toda realidad soñaban con una cotización desligada de la relación salarial. Ha transcurrido más de un cuarto siglo desde el inicio del proceso de desregularización laboral (Ley 50 de 1990), y es posible verificar la disminución de la fidelidad a la cotización. De acuerdo con los datos de la Superintendencia Financiera a diciembre del 2016 solo el 39,6 por ciento de los afilados al sistema eran considerados como cotizantes activos, es decir con una mora de menos de 6 meses. Hay que recordar que antes de la ley 100 más del 90 por ciento de los afiliados eran cotizantes activos.

Ahora los representantes del sistema financiero privado reconcocen, así no les guste, que el principal problema para el régimen pensional es la informalidad laboral, como lo expresa el presidente de Asofondos, Santiago Montenegro**. Otro problema acá es que los negociantes del ahorro pensional consideran que la formalización del trabajo se logra flexibilizando más el mercado laboral, por lo que piden, en concreto, que continúe el desmonte de las prestaciones sociales y la reducción del salario mínimo.

El costo fiscal

Un cuestionamiento falso. Los negociantes de la vida de las personas mayores que logran pensionarse ocultan, al momento de controvertir el sistema público de pensiones, que mientras la carga de los pensionados está en sistema púbico, los activos financieros están en el privado: las obligaciones están en un lado y el ahorro financiero en el otro. Las cifras al finalizar el 2016 son las siguientes: 1) El 92 por ciento de los pensionados estaban en el régimen de prima media (1.3 millones), mientras los fondos privados sólo tenían el 8 por ciento restante (0.12 millones). 2) Los privados concentraban activos financieros por $196 billones (22% del PIB), y tenía afiliada a la población joven en etapa de cotización, mientras que el régimen público presentaba agotamiento de reservas y tenía afiliada población en edades superiores a los 40 años.

Contradicción que es necesario superar. No es sostenible un sistema integrado por un esquema de regímenes en competencia, donde uno es el que recibe y gestiona las contribuciones en la mayor parte de la etapa de aportes, mientras que el otro es el que se hace cargo del pago de pensiones. Esto necesariamente tiene que generar un costo fiscal.

Existen otros costos fiscales, causados por los Fondos Privados, que generalmente no se mencionan. De un lado, el Presupuesto Nacional deberá asumir: la garantía de la pensión mínima, completarles a las aseguradoras el ajuste del salario mínimo realizado por encima de la inflación, y pagar el valor de los bonos pensionales. De otro lado, a finales del 2016, $77 billones de los activos de los Fondos privados estaban colocados en bonos de deuda pública (internos y externos), que en el futuro el Fisco tendrá que redimir para pagar las pensiones. Este sí se es un pasivo pensional exigible al cien por ciento, mientras que el pasivo del sistema público está suponiendo que todos los afiliados se van a pensionar, lo cual no va a suceder.

En cuanto a los privilegios del sistema público, el 76 por ciento de las pensiones están por debajo de dos salarios mínimos y el 92 por ciento por debajo de cuatro. Mientras que las pensiones por encima de veinte salarios mínimos son el 0.4 por ciento, es decir cuatro milésimas. Este es el caso de las pensiones de los magistrados y los miembros de Congreso, que si bien se trata de pensiones aberrantes, es un problema altamente simbólico, pero no es la causa estructural del sistema. En el debate se toman estos casos y se generaliza para criticar el sistema en su conjunto. Pero el 99.6 por ciento de los pensionados del sistema público cotizaron, y dieron su vida produciendo la riqueza social de la cual disfrutamos, y es justo que tengan su pensión. Ellos no son el problema, el problema es la gran mayoría de colombianos que no están pensionados o no lograran pensionarse.

Finalmente, afiliarse a un Fondo Privado de Pensiones resulta ser una mala decisión. En estos, en el mejor de los casos, la pensión que se recibe no alcanza a ser el 25 por ciento del ingreso sobre el que se cotiza (tasa de reemplazo), y si la persona es longeva, al final recibirá a través de una compañía de seguros una renta vitalicia de un salario mínimo, así la cotización se hubiere hecho sobre ingresos altos. Un salario mínimo cuando las limitaciones físicas serán mayores y las demandas de atención aumentarán de manera exponencial.

Una privatización en el régimen pensional que deja una estela de amarguras en numerosos hogares. Hasta la fecha hay más devoluciones que pensionados: confirma la Superintendencia Financiera (por requerimiento realizado), que desde marzo de 2011 hasta abril de 2016, alrededor del 55 por ciento de las solicitudes de pensión fueron negadas, con derecho a devolución de saldos, porcentaje que es igual a 90.814 afiliados a quienes los Fondos Privados han devuelto sus saldos sin alcanzar su derecho a pensión. Es decir, son más las personas a quienes les han devuelto saldos que aquellas que han obtenido alguna renta de jubilación, que para la misma fecha eran 84.970. ¿Qué significa esto? Que las personas que reciben las devoluciones perdieron para siempre el derecho a la pensión, porque en la etapa final de su vida productiva quedan con cero semanas de cotizaciones y cero ahorros.

Estamos ante una realidad que no puede pasar indemne. La devolución de saldos plantea fuertes cuestionamientos sobre la capacidad del régimen privado de cumplir su objetivo para el que fue creado. En este sentido, sorprende que se haya convertido en un factor de mercadeo de las Administradoras frente a los afiliados al exaltar que los saldos se devuelvan con capitalización de intereses, lo cual se debería llamar sistema de ahorro con grandes descuentos, y no un sistema de pensión. A la cuenta de ahorro sólo va entre el 63 y el 71 por ciento de los aportes que efectúa cada afiliado, y cuando éste no puede hacer los aportes, en los meses que carece de trabajo, le sacan comisión de administración de lo que ya tiene ahorrado.

Realidad que debe sensibilizar a la sociedad colombiana para que exija, en primera instancia, transparencia, acceso a toda la información, apertura y explicación del proceso vivido, junto con sus resultados, en este cuarto siglo de privatización del régimen pensional en Colombia, así como revisión de otros modelos de pensión exitosos y fracasados por todo el mundo. Que no se escuchen solamente las voces del poder financiero, que sin reparar en las consecuencias de su voraz apetito de ganancias, compra a la tecnocracia y a los medios de comunicación.

Así debe ser porque se trata de un debate que concierne a toda la sociedad en tanto en ello está en juego su futuro.

Para comprimir aún más

La Ocde presentó el estudio económico sobre Colombia en mayo pasado (http://www.oecd.org/eco/surveys/Colombia-2017-OECD-economic-survey-overview-spanish.pdf), y allí no habla de aumentar la edad de las pensiones. Quien así opina, con amplio eco en los medios de comunicación oficiosos, es un funcionario de un organismo financiado por la entidad. Lo que se señala en el estudio es continuar flexibilizando el mercado laboral reduciendo beneficios a los trabajadores. Ahora se pide restringir los beneficios del subsidio familiar canalizado a través de las Cajas de Compensación Familiar, y moderar el aumento del salario mínimo. Lo que resulta extraño de estas recomendaciones es que en la gran mayoría de los países de la Ocde, que supuestamente se caracterizan por buenas prácticas económicas, tienen subsidios familiares más generosos de los que existen en Colombia, y un salario mínimo mayor.

Con seguridad, estas “recomendaciones”, además de las opiniones del funcionario en cuestión, alimentarán de nuevo presiones por concretar reformas de diverso tipo con la supuesta bondad de mejorar el desempeño económico del país. Sus afectados directos e indirectos no debieran permanecer pasivos.

Le Monde diplomatique edición Colombia, N°167, junio de 2017, p.4
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*Economista, profesor universitario.

https://www.desdeabajo.info/colombia/31828-la-pension-una-ilusion-de-dificil-materalizacion-en-colombia.html

CATÁSTROFE CLIMÁTICA YA ESTÁ AQUÍ, 92% DE LOS DESASTRES NATURALES FUERON CAUSADOS POR EL CAMBIO CLIMÁTICO

Comienza la cuenta atrás de la catástrofe climática
El calentamiento global acorta el tiempo para la destrucción de la humanidad

La escalada de la temperatura de la Tierra es imparable y no da tregua, precipitando el deshielo y la subida de los océanos. También aumenta el riesgo de que el CO2 y el metano almacenados en los fondos marinos y en el permafrost suban a la atmósfera y den el golpe de gracia al calentamiento global, convertido en la principal amenaza para la supervivencia de nuestra especie en el horizonte de 2020, según el Pentágono.

Eduardo Martínez de la Fe*

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“Ni la sociedad, ni el hombre, ni ninguna otra cosa deben sobrepasar los límites establecidos por la naturaleza”. (Hipócrates, siglo V a.C. - Siglo IV a. C.) 
El calentamiento en el sistema climático de la Tierra es inequívoco, va a perdurar más allá del año 2100 y es irreversible durante siglos o milenios, a no ser que se produzca una abundante remoción neta de CO2 de la atmósfera durante un período de tiempo prolongado, advierte el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). 

Desde la década de 1950, la atmósfera y el océano se han calentado, los volúmenes de nieve y hielo han disminuido y el nivel del mar se ha elevado. La influencia humana en el sistema climático es evidente y está relacionada con las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero, que son las más altas de la historia. 

Estos cambios climáticos han tenido impactos generalizados en los sistemas humanos y naturales que nos acercan a lo que puede ser una catástrofe planetaria. Los científicos advierten que, como consecuencia de la evolución del clima y de la escasa reacción política, estamos a dos minutos y medio de la media noche humana, que según el Bulletin of the Atomic Scientists, significa la "destrucción total y catastrófica" de la Humanidad. 

Creado en 1947 por un panel de científicos entre los que figuran 15 Premios Nobel, el así llamado Reloj del Apocalipsis ha medido en este tiempo el nivel de riesgo planetario como consecuencia de una hipotética guerra nuclear. 

Sin embargo, desde 2007 la amenaza climática ha emergido en la valoración del riesgo de destrucción total. En virtud del calentamiento global y de sus potenciales catastróficas consecuencias, el reloj, que estaba a 3 minutos del apocalipsis el 7 de enero, adelantó en medio minuto la posibilidad de una catástrofe el día 20 del mismo mes. 

La toma de posesión, ese mismo día, del nuevo presidente norteamericano, Donald Trump, que aumenta el riesgo de catástrofe climática por sus erráticas políticas ambientales, contribuyó al adelanto de la hora del Apocalipsis. La cuenta atrás de la catástrofe climática ha comenzado. 

Calor letal 

Una de las señales más alarmantes del cambio climático es el aumento de la temperatura global. Según el IPCC, las tres últimas décadas han sido las más cálidas desde 1850. El período transcurrido entre 1983 y 2012 ha sido el más caluroso de los últimos 1.400 años en el hemisferio norte. 

Entre 1880 y 2012, la temperatura de la superficie terrestre y oceánica ha subido una media de 0,85ºC. El calentamiento de los océanos domina el incremento de calor almacenado en el sistema climático global, y representa el 90% del calor acumulado entre 1971 y 2010, según el IPCC, frente al 1% de calor almacenado en la atmósfera en el mismo período. 

Más recientemente, la escalada de calor se va manifestando. Este mes de mayo ha sido el segundo más cálido de los últimos 137 años, con una temperatura de 0.88ºC superior a la temperatura media de registrada entre mayo de 1951 y mayo de 1980, señala la OMM. Esta primavera (en el hemisferio norte) ha sido la más cálida jamás registrada, añade. 

A su vez, 2016 ha sido el más caluroso desde 1880, alcanzando la temperatura global 1,1ºC por encima de la que existía en nuestro planeta antes de la Revolución Industrial, según la OMM.

Desde el año 2000, la Tierra ha vivido cinco años récord de calor: 2005, 2010, 2014, 2015 y 2016. Ya no hay años de tregua: las marcas se baten año tras año en una carrera imparable hacia la catástrofe calórica. Vamos camino de alcanzar una temperatura terrestre de más de 3ºC antes del año 2100. 

La OMM ya ha advertido que este año 2017 será también excepcionalmente caluroso. Y otras investigaciones, tal como hemos señalado en otro artículo, indican que el 30% de la población humana está afectada ya por olas de calor letales, que llegan cada vez más lejos, duran más tiempo y son más frecuentes. Este porcentaje de población llegará al 74% en el año 2100.

Menos hielo, más agua

El aumento de las temperaturas tiene un impacto directo sobre el casquete polar, la gran masa de hielo que cubre tierra, islas y mares tanto en el Ártico (Polo Norte) como en la Antártida (Polo Sur). 

Según el IPCC, entre 1992 y 2011 los mantos de hielo de Groenlandia y la Antártida han ido perdiendo masa, un proceso que se ha acelerado entre 2002 y 2011. La banquisa ártica ha perdido alrededor del 4% de su superficie por década entre 1979 y 2012. 

Aunque en la Antártida la extensión media anual de hielo aumentó entre un 1,2% y un 1,8% entre 1979 y 2012, el IPCC considera que la extensión de hielo aumenta en algunas regiones y disminuye en otras. 

La situación de los glaciares, que ocupan un 10% de la superficie del planeta (en el pasado geológico reciente ocupaban el 30%) y acumulan más del 75% del agua dulce del mundo, está cambiando también por efecto del calentamiento global. 

La Antártida acapara el 91% del volumen de los glaciares del globo y el 84% de la superficie que ocupan. Groenlandia acapara el 8% del volumen de agua y el 14% de la superficie. Los demás glaciares repartidos por diferentes zonas geográficas representan menos del 1% del volumen total de agua y el 4% de la superficie ocupada. 

Según el IPCC, los glaciares están menguando en casi todo el mundo. En las últimas décadas han perdido tanto masa como superficie (salvo el período 1940-1980), si bien el proceso se ha acelerado desde 1995. En el caso de los Alpes, han perdido dos terceras partes de su superficie en los últimos 150 años. 

La catástrofe acecha en este aspecto porque la pérdida de los glaciares puede ocurrir rápidamente, posiblemente en un siglo, pero recuperarlos necesitará muchos milenios. Si ahora quisiéramos empezar a recuperarlos, tendríamos que reducir mucho más la emisión de gases de efecto invernadero, porque es más fácil mantener el hielo que recrearlo. 

“Si Groenlandia se derrite, estaríamos asados por milenios”, advierte al respecto Marten Scheffer, catedrático de la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos, en declaraciones a El País. 

Otra consecuencia del calentamiento de los océanos es la subida del nivel del mar, que según el IPCC se elevó 0,19 metros entre 1901 y 2010. Desde mediados del siglo pasado, la subida de los océanos ha sido superior a la media de los dos milenios anteriores y esta tendencia continuará durante el siglo XXI, probablemente a un ritmo más rápido que el observado entre 1971 y 2010. 

El IPCC estima que entre 2081 y 2100 el mar subirá entre 0,26 metros y 0,55 metros, pudiendo alcanzar 0,45 metros y 0,82 metros en el escenario más dramático. Afectará a más del 95% de las zonas oceánicas y alrededor del 70% de las costas de todo el mundo vivirán un cambio del nivel del mar que estará alrededor del 20% de la subida media global, según el IPCC. 

Es probable que los niveles del mar extremos (por ejemplo, los que se producen con las mareas meteorológicas) hayan aumentado desde 1970, principalmente como consecuencia del aumento del nivel medio del mar, señala el IPCC.

La vida de las plantas en los océanos del mundo se ha vuelto menos productiva desde principios de los años ochenta, absorbiendo menos carbono, lo que a su vez puede afectar el ciclo de carbono de la Tierra. Fuente: Earth Observatory

Océanos más cálidos y acidificados 

A escala global, los océanos se están calentando más cerca de la superficie. Según el IPCC, por encima de los 75 metros de profundidad, la temperatura del mar ha subido de media 0,11ºC entre 1970 y 2010, arrastrando previsiblemente un aumento anterior de la temperatura oceánica que se remonta a 1870. 

Como consecuencia, durante el período comprendido entre 1901 y 2010, el nivel medio global del mar se elevó 0,19 m y desde mediados del siglo XIX, el ritmo de la elevación del nivel del mar ha sido superior a la media de los dos milenios anteriores, según el IPCC. 

Desde el comienzo de la era industrial, el aumento de CO2 no sólo ha calentado los océanos, sino que también los ha acidificado: el pH del agua del océano superficial ha disminuido en 0,1, lo que equivale a un 26% de aumento de acidez, medida como concentración de iones de hidrógeno. 

Esta acidificación altera el equilibrio que rige la vida en los diferentes ecosistemas marinos, dificulta que los organismos oceánicos conserven sus conchas calcáreas y aumenta el estrés de los corales, precipitando su muerte y la de las especies que dependen de ellos. 

La catástrofe acecha también en los océanos porque, si el mar sigue aumentando de temperatura, el proceso de liberación de metano podría incrementarse considerablemente debido a una liberación repentina de este gas desde los depósitos de clatrato de metano situados en los fondos oceánicos. 

El metano es un potente gas de efecto invernadero. Su impacto sobre el calentamiento climático es de 25 a 30 veces más importante que el del dióxido de carbono, el temido CO2. El metano está presente en grandes cantidades en los subsuelos oceánicos del Ártico y, debido a las variaciones climáticas, se escapa hacia la superficie y a continuación a la atmósfera. 

Si el metano se liberara de sus actuales depósitos como consecuencia del calentamiento global, provocaría una alteración del medio ambiente de los océanos y de la atmósfera de la Tierra similar a la que originó una extinción masiva hace aproximadamente 250 millones de años, o similar también al brusco cambio climático que marcó el fin del Paleoceno y el inicio del Eoceno, hace 55,8 millones de años.


La amenaza del permafrost 

Según el IPCC, el permafrost, que es la capa de suelo permanentemente congelado —pero no cubierto de hielo o nieve— de las regiones muy frías, disminuirá también por efecto del calentamiento global.
En la actualidad, el permafrost cubre una quinta parte de la superficie terrestre, principalmente de Groenlandia, Alaska, Canadá y Rusia. En total, el IPCC calcula que se perderá entre el 37% y el 81% del permafrost actual por efecto del calentamiento global. 

Una investigación de la Universidad de Estocolmo ha descubierto que el permafrost situado debajo del Ártico siberiano está perdiendo 14 centímetros por año, una velocidad superior al permafrost terrestre, lo que puede acelerar el calentamiento por la liberación de metano a la atmósfera. 

Esta previsible pérdida de permafrost representa una amenaza añadida para la temida catástrofe climática, ya que desde hace cientos de miles de años, sólo el permafrost del ártico ha acumulado casi 2 billones de toneladas de carbono orgánico, prácticamente la mitad de todo el carbono orgánico que se encuentra almacenado en los suelos de la Tierra. 

El carbono orgánico se ha acumulado como residuos de plantas y animales, que se han descompuesto por la congelación del terreno y las glaciaciones. Esta materia orgánica descompuesta se libera en forma de dióxido de carbono y metano, los dos principales gases de efecto invernadero. 

La mayor parte del carbono del Ártico se encuentra a 3 metros bajo la superficie, por lo que es vulnerable al deshielo. La Nasa llama al permafrost el gigante dormido del cambio climático. 

Se estima que del 10% al 15% del carbono acumulado en el permafrost podría incorporarse a la atmósfera durante este siglo, acelerando el calentamiento global, ya que incorporaría a la atmósfera entre 130.000 y 160.000 millones de toneladas de carbono, según Scientific American

El impacto de la liberación del carbono sobre el clima sería considerable, ya que puede aumentar las concentraciones, tanto de metano como de CO2 en la atmósfera, y empujar aún más el aumento de las temperaturas. 

Esta capa de hielo se está calentando más rápidamente que la temperatura del aire del Ártico, estimándose que la escalada ha sido de 1,5 grados a 2,5 grados en los últimos 30 años. Un reciente estudio ha establecido que las emisiones de CO2 a la atmósfera desde los suelos de Alaska han aumentado un 73% desde 1975. 

La catástrofe ya está aquí 

Según la Cruz Roja, el 92% de las catástrofes naturales que se registraron en 2015 estuvieron relacionadas con el cambio climático, confirmándose una tendencia de 20 años en la que los desastres relacionados con el clima superan a aquellos de origen geofísico en los 10 países más afectados por desastres del mundo. 

Naciones Unidas realiza una estimación aún más acusada: Los grandes desastres ocurridos durante los últimos 20 años han sido causados en el 90% de los casos por inundaciones, tormentas, olas de calor, sequías y otros fenómenos relacionados con el clima. 

El estudio de la ONU añade que desde la celebración de la primera Conferencia sobre Cambio Climático, en 1995, han muerto unas 606.000 personas y 4.100 millones han resultado heridas o damnificadas como resultado de los desastres relacionados con el clima. 

Una investigación desarrollada en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, calcula que en el año 2100 habrá 2.000 millones de refugiados climáticos en el mundo, debido al aumento del nivel del mar y a la pérdida de territorios hoy habitados por densos núcleos de población. 

El Pentágono ya lo había visto venir en 2004, destaca The Guardian. En un informe, advierte de una catástrofe climática en 2020 que provocará serios conflictos sociales e internacionales. Una previsión que, a la vista de la evolución de los acontecimientos, se vuelve más plausible y convierte al cambio climático en la principal amenaza para la supervivencia de nuestra especie.

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*Eduardo Martínez de la Fe, es el Editor de Tendencias21. Saber más del autor

http://www.tendencias21.net/Comienza-la-cuenta-atras-de-la-catastrofe-climatica_a44047.html

VENEZUELA CON LA QUINTA MAYOR RESERVA DE TORIO DEL MUNDO

Este país latinoamericano podría albergar la quinta mayor reserva de torio del mundo


"El torio es el futuro energético del mundo"
El torio (Th) es un elemento químico radiactivo definido como un 'combustible nuclear limpio'

Este elemento químico nuclear, catalogado por los expertos como un combustible 'verde alternativo', podría ser utilizado en la generación de energía eléctrica en el país.

David W Cerny / Reuters

"Venezuela podría estar en el quinto lugar del mundo con mayores reservas de torio", declaró a RT el presidente de la Sociedad Nuclear de Venezuela (SNV), Leancy Clemente, quien basa su afirmación en estudios previos realizados en el país.

Este ingeniero con maestría en Ciencias en Ingeniería Nuclear por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) explica que esas reservas podrían utilizarse en reactores nucleares de torio durante al menos 300 años.

El torio (Th) es un elemento químico radiactivo definido como un 'combustible nuclear limpio'.
El torio, un combustible nuclear alternativo

El estudio citado por Clemente está dirigido por el experto venezolano en física nuclear Eduardo Greaves, quien afirma que la cantidad de torio existente en el Cerro Impacto, en el sureño estado de Bolívar, posicionaría a Venezuela como el quinto país con mayor reservas de este elemento en el mundo, según el portal de noticias de la Universidad Simón Bolivar (USB), el centro donde lleva a cabo sus investigaciones.

Greaves define a este mineral como una "fuente de energía limpia y segura" que "permitiría la independencia energética de Venezuela".

Un poco de historia

En 1978, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) recomendó al Gobierno venezolano recurrir a la energía nuclear, reseña la agencia estatal AVN en un artículo publicado en 2010.

Esta organización hizo esta recomendación tras realizar diversos estudios sobre la energía producida por el agua (hidroeléctrica) y los combustibles fósiles (termoeléctrica) en Venezuela que preveían su posible disminución en los años venideros.

En la nación suramericana, el 70% de la generación eléctrica proviene de sus centrales hidroeléctricas, por lo que el cambio climático podría afectar a su suministro, refiere otra nota de AVN. El 30% restante se produce con combustibles fósiles.

En 2006, una ponencia de los profesores Eduardo D. Greaves y Haydn Barros, pertenecientes al departamento de Física Nuclear de la USB, situaba el torio entre los "principales prospectos uraníferos" de Venezuela.

Este elemento químico se evidenció en Cojedes, en la región del centronoroeste, y en otras partes del país.

En El Baúl, estado Cojedes, también hay presencia de torio. / wikipedia.org

"Se consiguieron manifestaciones interesantes en El Baúl, en Cojedes y en el Cerro Impacto, en el norte de Bolívar", recuerda Clemente.

En el municipio Cedeño del estado Bolívar se encuentra el Cerro Impacto, donde existen manifestaciones de torio. / wikipedia.org

Tras esos hallazgos, agrega, no se pasó a la siguiente fase, que consistía en hacer "grandes inversiones" para ir a los sitios donde se encuentran las posibles reservas y determinar si eran "comercialmente explotables".

Propuestas

Actualmente, la energía nuclear del país es importada y se utiliza en áreas como la construcción, el petróleo, la medicina, la metalmecánica o la industria.

En opinión de Clemente, en Venezuela debería haber una ley que regulara temas como el ingreso, transporte, manipulación, desechos y exposición a los materiales radiactivos.

Al ser consultado sobre las instancias donde ha planteado el uso del elemento químico, expresa que ha llevado la propuesta a la Asamblea Nacional.
Usos del torio

Este mineral, al no tener que enriquecerlo, como es el caso del uranio, produce menos radiactividad, "que es la consecuencia negativa de los reactores nucleares", aclara Clemente.

pixabay / SnapLaunch

Este elemento "no puede ser utilizado para bombas nucleares, por no tener que enriquecerlo", por lo que su uso se reduce a fines pacíficos.

La energía eléctrica se produce al mezclar el Th con sal derretida en los reactores nucleares.

"Cuando la sal se enfría, se solidifica y atrapa el material radiactivo. Es fácilmente transportable y se minimiza el riesgo de contaminación ambiental", explica Clemente.

En su opinión, la producción de electricidad debe diversificarse. Esta puede ser eólica, "costosa y con poca eficiencia", solar, "posible solo en áreas con un clima permanentemente soleado" o hidroeléctrica, dependiente de los fenómenos climáticos.

"El torio es el futuro energético del mundo", afirma el físico nuclear, que considera que el planeta debe mermar el uso de plantas de producción que generen altas cantidades de dióxido de carbono.

Nathali Gómez

https://actualidad.rt.com/actualidad/242620-venezuela-podria-quinto-lugar-mundial-reservas-torio

lunes, 26 de junio de 2017

FRACASÓ SISTEMA DE CAMBIO FLEXIBLE, POLÍTICA DE AUSTERIDAD Y DÉFICIT FISCAL EN COLOMBIA

Hora de rectificaciones

Eduardo Sarmiento
tvnoticias.com.co

La economía ha entrado en un estado crítico; las cifras más recientes señalan caídas de 5 y 2 % en la industria y el comercio. El sistema se encuentra en un estado de tasa de crecimiento de menos de 1 % y cada vez más cerca de la recesión. Al mismo tiempo, se observa que el déficit en cuenta corriente se encuentra en 3,7 % del PIB y el déficit fiscal en 4 %.

Las tres cifras revelan un sistema inconsistente que se salió de cauce y va a la deriva. Las proyecciones de los organismos oficiales, los centros de estudios cercanos, el FMI y las firmas calificadoras de riesgo se han vuelto una fuente de confusión. Por lo general, se presentan diciendo que la economía tocó fondo y que la tendencia se revertirá en los meses siguientes, y a los pocos días los hechos las obligan a rectificar y repetir el cuento.

No es fácil entender cómo en un período de reducción del déficit en cuenta corriente y aumento del déficit fiscal se desploma la producción. Al parecer, ambos elementos se lograron a cambio de introducir factores contractivos como la reducción de la inversión y el recorte del crédito privado. Se configuró un esquema de ingreso-gasto perverso. Los efectos directos sobre el gasto de la reducción del déficit en cuenta corriente y el aumento del déficit fiscal fueron compensados por los efectos indirectos de la colocación de títulos TES y la reducción de las importaciones.

Tal como se ha reiterado en esta columna, la economía se encuentra en un estado de ingreso nacional superior al gasto, definido como la suma del consumo, la inversión y el superávit de la balanza de pagos, que se autorrefuerza y tiene su manifestación más clara en la extinción de la liquidez representada en los índices negativos de la base monetaria, los medios de pago y el crédito. No se cumplen las condiciones clásicas de equilibrio del mercado monetario que inspiraron la independencia del banco central. El crecimiento económico cae en forma persistente y genera fuerzas que lo acentúan.

El descuadre se acrecienta por la caída de las cotizaciones internacionales de petróleo, que ha sido un desacierto persistente de los expertos gubernamentales. No se ha entendido que no es posible mantener el precio de un producto por encima de los costos sin un cartel organizado. Como era fácil de imaginar, luego de un proceso de gran inestabilidad de alzas y bajas, la cotización terminó en desplome.

Lo cierto es que la economía se ha quedado sin instrumentos. Mientras el déficit fiscal se mantenga en 4 % del PIB, la política de inflación objetivo de bajar la tasa de interés es inefectiva. Los bancos y los agentes privados prefieren mantener sus excedentes de liquidez en TES que entregarlos a sus competidores y al Banco de la República. Por su parte, la ampliación del déficit fiscal es infructuosa mientras se financie con TES, porque causa congestión al comprimir el crédito y la inversión privada.

Estamos ante el fracaso del sistema de cambio flexible, austeridad fiscal y autonomía monetaria. El escaso debate gira en torno de los responsables del error histórico, que no van más allá de increparse entre ellos y demandar más austeridad monetaria. A estas alturas no hay un diagnóstico sobre las causas estructurales del derrumbe.

El país debe entender que el déficit en cuenta corriente, el déficit fiscal y el crecimiento del producto revelan un cuadro inviable. La recuperación de la producción y la estabilidad de la balanza de pagos no se podrán conseguir con el procedimiento de inflación objetivo y déficit fiscal de 4 % del PIB financiado con títulos de ahorro. La solución de fondo requiere un sistema macroeconómico que intervenga el tipo de cambio, acepte la emisión coordinada para el déficit fiscal y sustituya la tasa de interés de referencia por el control directo del crédito y la tasa de colocación.

http://www.elespectador.com/opinion/hora-de-rectificaciones-columna-699979

domingo, 25 de junio de 2017

LOS IGNORADOS EFECTOS DEL CRIMINAL BLOQUEO DE EE.UU A CUBA

Efectos del bloqueo a Cuba

Guillermo Almeyra


Desde el primer día, el bloqueo de Estados Unidos a Cuba tiene el mismo objetivo: crear condiciones más favorables para una nueva invasión a la isla, sin la cual Washington no podría recoger los resultados de su acción unilateral e ilegal que viola la legislación internacional y los derechos de todos los países a comerciar con Cuba.

Mediante el sabotaje a la economía cubana impidiéndole encontrar los suministros y las divisas necesarios para una vida normal y con las amenazas de agresiones militares el gobierno de Estados Unidos obliga a Cuba a destinar a su defensa una parte desproporcionadamente grande de su potencial fuerza de trabajo y una cantidad de medios desmesurada en tiempos de paz. En efecto, sobre una población adulta de siete millones de personas, hay 100 mil que integran las fuerzas armadas, que cuentan con equipamiento moderno (blindados, artillería) importados a costa de la reducción de otras importaciones vitales para mantener una industria que, tras tener que cambiar a la tecnología soviética, se vio obligada nuevamente a adoptar la de Estados Unidos y otros países industrializados o funciona mediante parches ingeniosos pero poco productivos.

La alimentación, deficiente desde hace poco más de dos décadas, depende casi por completo de las importaciones pues la agroganadería era antes de la revolución la de un país de monocultivo cañero con algunos enclaves tabacaleros y no se pudo recuperar nunca del aumento brusco del consumo después de la revolución y después, de los sabotajes contrarrevolucionarios así como de los terribles efectos del fracasado intento voluntarista en 1970 de obtener una zafra azucarera de 10 millones de toneladas que desorganizó toda la economía de la isla y tampoco de los errores burocráticos posteriores. Esa maltrecha agricultura cubana, duramente afectada por los cambios climáticos que traen aparejadas inundación y sequías y huracanes cada vez más destructivos, antes de mucho tiempo no estará en condiciones de alimentar a una población de 11.5 millones de personas con consumos postergados y de dar alimentos de calidad a otros cuatro millones de turistas, que, aunque aportan divisas al país, consumen buena cantidad de alimentos y bebidas caros que deben ser importados.

Las medidas de Donald Trump, como las de sus antecesores, reducen los viajes y las remesas y golpean así un sector relativamente privilegiado que recibe dólares o que vive del turismo y también a los exportadores estadunidenses de alimentos y forrajes o de carne de cerdo, los cuales habían multiplicado sus ganancias con Obama, y que ahora protestan. Pero, sobre todo, las restricciones brutales impuestas por el bloqueo van dirigidas contra el sector estatal de la economía. O sea, contra los militares porque el capitalismo de Estado en Cuba se basa sobre el control militar de más de 70 por ciento de la economía. El Estado, en efecto, se ha identificado con el Partido Comunista Cubano, le impuso su lógica, se lo tragó y el país es dirigido por una casta reducida de militares-políticos que goza de privilegios y se cierra ante la sociedad apoyándose en una vasta capa burocrática.

Ésta, decía Trotsky, nace del atraso y de la escasez porque cuando falta el pan, se necesita un policía para controlar la fila ante la panadería y ese policía, naturalmente, come pan. Pero se desarrolla y prospera al reducirse la participación de la población sobre la vida política y las decisiones.

Ahora bien, el bloqueo y la permanente amenaza de invasión de la pequeña Cuba por el más poderoso imperialismo jamás existido así como la marcha de éste hacia la preparación de una guerra planetaria, refuerzan poderosamente a la burocracia cubana y tornan muy difíciles aperturas políticas y la democratización que eviten la asfixia de Cuba la transformación de la isla en un pequeño y miserable gueto sitiado militarmente por los nuevos nazis.

Aumentarán las dificultades diarias para los trabajadores cubanos, escasearán las divisas indispensables para importar insumos y alimentos y también nuevas armas, los servicios (educación y salud, que eran ejemplares) seguirán decayendo. La exigencia de poner fin al bloqueo hecha desde hace décadas por el gobierno cubano no sólo responde a la necesidad de defender la legalidad internacional y los derechos de las pequeñas naciones sino que también es una necesidad vital para Cuba, a la que el bloqueo le costó ya más de 120 mil millones de dólares (dos años enteros de producción pues su Producto Interno Bruto anual asciende a 77 mil millones de dólares).

El bloqueo empezó en los sesenta en una situación favorable para la revolución cubana. Washington había sido derrotado entonces en la guerra de Corea y estaba ya empantanado en Vietnam, de donde debería huir vencido. Tras un primer desconcierto, los pueblos latinoamericanos sentían gran simpatía por la revolución cubana triunfante en 1959 y Guatemala había emprendido el camino de su liberación. Argelia se había independizado y cundía el nacionalismo árabe apoyado por el Egipto de Nasser.

Este recrudecimiento del bloqueo con Trump, en cambio, golpea a Cuba en un momento de debilidad. No sólo por la muerte de Fidel Castro y la entrega del poder por Raúl Castro en febrero próximo a manos más jóvenes sino, sobre todo, por los golpes sufridos en nuestro continente por los sectores antimperialistas y, particularmente, por los trabajadores. El apoyo a Cuba es mucho más débil, las amplias masas juveniles que luchan no sienten atracción política cuando piensan en Cuba, el gobierno venezolano lucha por sobrevivir y Venezuela no puede ya aportar el mismo apoyo a Cuba que brindaba en tiempos del comandante Chávez. La juventud cubana misma está desinformada, despolitizada, harta ya de décadas de pobreza.

El bloqueo de Trump busca favorecer a los conservadores de La Habana e impedir una alternativa de izquierda a su gobierno. Por eso hay que romper urgentemente ese bloqueo, por Cuba y por la paz mundial.


http://www.jornada.unam.mx/2017/06/25/opinion/015a1pol

FIN DE CICLO PROGRESISTA O PROCESO POR OLEADAS REVOLUCIONARIAS

DEBATE: 
¿Fin de ciclo progresista o proceso por oleadas revolucionarias?

Álvaro García Linera

El continente está viviendo un momento de inflexión histórica. Ciertamente, después de diez años continuos de expansivas victorias políticas de las fuerzas revolucionarias y progresistas en Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador, Nicaragua y El Salvador, existe un estancamiento de esta irradiación e incluso un retroceso territorial. Es así que a la conspiración política conservadora en Honduras, Paraguay, Venezuela y Brasil, le ha seguido la derrota electoral en Argentina. En los últimos dos años, de un espíritu general de época caracterizado por la ofensiva hemos pasado a la defensiva política y electoral.

A través de vías electorales, en ocasiones acompañadas por acciones de movilización colectiva, sumadas a sistemáticas agresiones económicas y a una inocultable conspiración externa, las fuerzas conservadoras han asumido en el último año el control de varios gobiernos del continente. Numerosas conquistas sociales, logradas años atrás, han sido eliminadas y hay un esfuerzo ideológico-mediático por pontificar un supuesto “fin de ciclo” que estaría mostrando la inevitable derrota de los gobiernos progresistas en el continente.

Si hace 25 años se hablaba del “fin de la historia” [2] , como metarrelato conservador que predecía el fin de los grandes relatos heroicos anticolonialistas y anticapitalistas que habían caracterizado el siglo XX, hoy, el “fin de ciclo” constituye el aborto ideológico de esa teleolología histórica que pretende hacer creer que las sociedades se mueven impulsadas por leyes independientes y por encima de las propias sociedades, a modo de principios cuasireligiosos que pretenden explicar la dinámica del mundo. Se trata, ciertamente, de un intento por anular a la sociedad y al ser humano como fuentes explicativas de sí mismos y de su devenir.

Al colocar el “fin de ciclo” como algo ineluctable e irreversible se busca mutilar la praxis humana como motor del propio devenir humano y fuente explicativa de la historia, arrojando a la sociedad a la impotencia de una contemplación derrotista frente a unos acontecimientos que, supuestamente, se despliegan al margen de la propia acción humana. Esto implica no solo un retroceso, mediocre y tartamudo, a concepciones ideológicas prerrenacentistas sino un esfuerzo deliberado por extirpar cualquier atisbo de autodeterminación social como principio fundador del mundo social.

Sin embargo, el combate intelectual contra estas pseudoexplicaciones mistificadoras de la realidad no elude el análisis frío, el “análisis de plaza”, como decía Lenin en terminología militar, sobre el despliegue de acciones sociales (económicas, políticas, culturales, militares y simbólicas) que han permitido, en cada caso concreto, que las clases sociales menesterosas y los gobiernos progresistas y revolucionarios perdieran terreno, política y temporalmente, o cedieran la iniciativa.

Claramente, las fuerzas de derecha y las potencias imperiales han hecho, hacen y continuarán haciendo todo lo posible, a través de todos los medios legales e ilegales, por detener cualquier proceso emancipativo de los pueblos. Esa es su razón social y la energía de su existencia. Pase lo que pase en el mundo, nunca, en lo absoluto, cambiarán de actitud antagónica hacia los gobiernos de izquierda y los procesos de emancipación social. No obstante, esas acciones concretas y cambiantes de contrainsurgencia perpetua podrán volverse eficaces, dar sentido a la historia o arrebatar el protagonismo popular solamente en función de lo que las propias clases populares plebeyas hagan o dejen de hacer; en función de lo que las estructuras políticas revolucionarias, sindicales y académicas hagan y piensen en un momento dado. Como lo explicaba un gran sociólogo francés [3] , si alguien arroja una piedra a un vaso y éste se rompe, la “causa” de ello no es la piedra sino que el vaso era rompible (es por eso que la piedra puede quebrarlo); es decir, es la cualidad del vaso la que le otorga la cualidad eficiente a la acción de la piedra.

En política y, en general, en todas las lucha de las clases sociales, las acciones del adversario no son las únicas que explican los resultados finales, a saber, alguna victoria, sino que son nuestras propias acciones o inacciones, las acciones de las clases y los sectores laboriosos, las que convierten las agresivas acciones del adversario en condición eficiente, produciendo un tipo de resultado favorable a unos y contrario a otros. A la comprensión de esta dinámica fluida de las multiformes y multiespaciales luchas sociales, que se asemejan a un gran ajedrez cuyas fichas son a su vez nuevos juegos de ajedrez que están en espacios distintos pero también interconectados, se le denomina análisis de las correlaciones de fuerzas . 

Gramscialización de las estrategias de contrainsurgencia imperial

En este sentido, lo que ahora deseo plantear son las principales características de los procesos progresistas y revolucionarios, y las debilidades e insuficiencias temporales que tienen y que deben ser superadas de la manera más rápida posible, para impedir que los sistemáticos ataques de los poderes fácticos planetarios y de las fuerzas conservadoras locales adquieran la calidad de condición eficiente capaz de provocar un mayor repliegue territorial o un retroceso estratégico de las fuerzas revolucionarias y progresistas de Latinoamérica.

Existen excelentes estudios sobre las nuevas acciones imperiales desplegadas en el continente en estos últimos años [4] , y está claro que asistimos a una agresión concéntrica que combina boicots económicos, ataques políticos internacionales, financiación de partidos políticos de derecha locales, carteles mediáticos de difamación y mentiras, con movilización social.

Es importante comprender esto. La actual contraofensiva imperial en América Latina tiene una forma diferente a la que vivimos en los años 60, 70 u 80 del siglo pasado. Antes se privilegiaba el uso desnudo de la fuerza, que articulaba tras de sí a políticos y empresarios que sostenían por detrás el tutelaje dictatorial-militar sobre la sociedad. Ahora la punta de lanza es mediática, económica, social y cultural y, solo después –llegado el caso–, de confrontación social, con posibilidades de recurrir a la fuerza armada. Hoy, las principales herramientas de ataque brutal se concentran en el debilitamiento económico de los países (caída de los precios de materias primas), en el boicot económico (cierre de fuentes de financiamiento, ocultamiento de mercancías, fuga de capitales) y también en un asedio ideológico-cultural contra los gobiernos y fuerzas sociales revolucionarias.

Carteles mediáticos mafiosos, capaces de “asesinar” a diario la imparcialidad y la verdad en el altar de la infamia, la mentira noticiosa, han sido articulados. Asimismo, hay una campaña multimillonaria de ablandamiento cultural de contrainsurgencia a través de la promoción de infinidad de foros, clubes, redes sociales, seminarios, becas y “encuentros ciudadanos”, que irradian un discurso liberal, moralizante y de escarnio en contra de todo aquello que huela a popular (el “anti-populismo”), y que busca erosionar las bases de credibilidad y producción de sentido de los Estados progresistas y revolucionarios. Así como hace tres décadas las Fuerzas Armadas norteamericanas tuvieron que introducir, en su currículo, las lecturas de Sun Tzu (su famoso libro El arte de la guerra ) para enfrentar la oleada guerrillera mundial, hoy, el departamento de Estado introduce, como lectura obligatoria de sus estrategas de contrainsurgencia, los textos gramscianos, debido a la preponderancia de las batallas culturales en este nuevo escenario de disputa del poder continental. Todo esto para focalizar el ataque concéntrico hacia lo que podemos considerar como la década dorada o la década virtuosa de América Latina.

Por más de diez años, desde los inicios del nuevo siglo, el continente ha vivido, de manera plural y diversa, el período de mayor autonomía y de mayor construcción de soberanía que uno recuerda desde la fundación de nuestros Estados en el siglo XIX, en procesos unos más radicales que otros, algunos más urbanos y otros más rurales, con distintos lenguajes, pero de una manera muy convergente. 

La década virtuosa de la soberanía continental. Cuatro logros históricos

Cuatro son las conquistas históricas que definen la primera década del siglo XXI como una década virtuosa para el continente latinoamericano.

1. Ampliación de la democracia política

Desde la retirada de los militares como comando político armado de los intereses geopolíticos imperiales, la democracia representó para las clases subalternas la vigencia de garantías constitucionales, la libertad de opinión, la libre transitabilidad, la posibilidad de votar en elecciones, la vigencia de derechos humanos elementales y, en menor medida, la libertad de asociación sindical. Sin embargo, bajo ninguna circunstancia, la democracia posdictatorial significó la participación de las clases menesterosas en la toma de decisiones políticas y en el manejo del aparato de Estado. Fue, entonces, un tipo de democracia de derechos , mas no así de participación decisional en el Estado.

El siglo XXI se inicia en el continente con un poderoso ascenso político de las clases sociales y fuerzas populares de izquierda que, de manera directa, vía sindical, de movimientos sociales o partidarios, asumen el control del poder del Estado . Con esto, no solo se tiene la victoria electoral de las fuerzas populares y de izquierda, anteriormente excluidas de las estructuras de gobierno, sino que además se supera, de manera práctica, el debate iniciado en los momentos del repliegue popular mundial después de la caída del muro de Berlín y del debilitamiento del ideario socialista referido a la posibilidad de “cambiar el mundo sin tomar el poder” [5] , consigna que hacía eco del derrotismo popular generalizado y pedía abandonar las grandes batallas políticas por el poder en aras de una transformación “corpuscular”, casi individual, de las condiciones de vida.

Frente a esta mirada contemplativa de las estructuras de poder real del mundo y, en particular, del Estado como relación social desdoblada de la sociedad, precisamente por el abandono de la sociedad sobre sus propios asuntos políticos, los sectores populares, obreros, trabajadores, campesinos, indígenas, de mujeres y clases subalternas, han superado ese debate de una manera práctica: asumiendo las tareas de control del Estado se volvieron diputados, asambleístas y senadores; asumiendo la gestión pública se movilizaron, hicieron retroceder las políticas neoliberales, modificaron las políticas públicas y los presupuestos. Y así en diez años asistimos a lo que podría denominarse como una presencia de lo popular, de lo plebeyo, en sus diversas clases sociales, en la gestión del Estado y, con ello, a la resignificación de la democracia ejercida como poder plebeyo y como decisión popular de efecto estatal.

De manera paralela, en esta década asistimos a un fortalecimiento de la sociedad civil . Sindicatos obreros, sindicatos campesinos, comunidades indígenas, gremios, pobladores, vecinos, estudiantes y asociaciones juveniles comenzaron a fortalecerse, irradiarse, diversificarse y proliferar en distintos ámbitos, y, lo central, a politizarse, es decir, a involucrarse en la deliberación y gestión de los asuntos comunes, a asumirse como poder estatal. La noche neoliberal de apatía, de simulación democrática, se rompió para recrear una sociedad civil potente que asume un conjunto de tareas de orden político y económico que afectan el desempeño de la totalidad de los Estados latinoamericanos. 

2. Redistribución de la riqueza común y ampliación de la igualdad social

En segundo lugar, en lo social, en Brasil, Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Uruguay, Nicaragua y El Salvador, asistimos a una extraordinaria redistribución de la riqueza social que comenzó a cerrar las puntas de las tijeras de la generación de la riqueza y la desigualdad, que en las últimas décadas se habían abierto de tal manera que la distancia entre una respecto a la otra se acercaba a los 180 grados.

Frente a las políticas neoliberales de ultra-concentración de la riqueza que habían convertido a nuestro continente en uno de los más injustos del mundo, desde los años 2000 y a la cabeza de gobiernos progresistas y revolucionarios, asistimos a un poderoso proceso de redistribución de la riqueza común, que mejora notablemente las condiciones de vida de la clase trabajadora sacando a millones de latinoamericanos de la extrema pobreza, y crea para las clases medias opciones objetivas de ascenso social.

Pero esta redistribución de la riqueza lleva también a una ampliación de las clases medias, no en el sentido sociológico-político del término sino de su capacidad de consumo. Se amplía la capacidad de consumo de los trabajadores, de los campesinos, de los indígenas, de los distintos sectores sociales subalternos.

Igualmente, en poco más de una década, la reducción de las desigualdades sociales alcanza records históricos que no habían podido obtenerse en los últimos cien años . La diferencia entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre que, en la década de los 90, arrojaba cifras de más de 100, 150 o 200 veces, al finalizar la primera década del siglo XXI se reduce a 80, 60 o 40, de una manera que amplía la participación e igualdad de los sectores sociales. 

3. Formas posneoliberales de gestión de la economía y de administración de la riqueza

En tercer lugar, en la gestión de lo económico, con mayor o menor intensidad, cada uno de los gobiernos de estos Estados va a ensayar propuestas posneoliberales. No estamos hablando todavía de propuestas postcapitalistas, pues estas solo podrán prosperar a escala universal; nos estamos refiriendo a propuestas posneoliberales que permiten que el Estado retome un fuerte protagonismo en la producción de la riqueza y en el ordenamiento de la gestión económica, priorizando los intereses nacionales y a las clases populares.

Algunos países llevaron adelante procesos de nacionalización de empresas privadas o de creación de empresas públicas, otros optaron por una ampliación de la participación del Estado en la economía, en la administración del excedente social, en la elevación de los salarios de los obreros o en la transferencia de recursos a los sectores más desfavorecidos, en el impulso de formas de intercambio no basadas exclusivamente en el valor de cambio, etcétera. Pero está claro que todos ellos han ensayado formas posneoliberales de la gestión de la economía recuperando la importancia del mercado interno, del Estado como distribuidor de la riqueza, de la participación del Estado en áreas estratégicas de la economía.

En este sentido, la experiencia latinoamericana marcará un punto de inflexión en la trayectoria mundial del neoliberalismo. A partir de estas experiencias en el continente, el neoliberalismo ya no será nunca más el “único mundo posible”. Hoy surgen otras posibilidades de gestión de la economía y de la administración de la riqueza, otros horizontes viables que muestran al neoliberalismo como un régimen anquilosado, desgastado, decadente, sin brillo y sin entusiasmo.

A pesar de las dificultades de la experiencia latinoamericana, los países del sur dejan una señal imborrable y definitiva: de manera práctica, le muestran a los pueblos del mundo que hay otros mundos posibles, que el neoliberalismo no es el fin de la historia –de hecho, su continuidad es la fosilización de la historia–, que se puede producir la riqueza de otra manera, que es viable distribuir la riqueza de otra manera, de tal forma que las clases populares sean sus más directas beneficiarias. 

4. Construcción de una Internacional latinoamericana progresista y soberana

En cuarto lugar, el despertar del siglo XXI latinoamericano también está caracterizado por la producción –por primera vez, desde la fundación de los Estados nacionales– de una política externa continental soberana y autodeterminativa.

Desde el siglo XIX, los grandes diseños de política externa en el continente están tutelados, primero por el imperio inglés, luego por el imperio norteamericano, de los que dependen los créditos, las tarifas arancelarias, las transferencias tecnológicas, las emisiones discursivas, la estabilidad gubernamental y, por tanto, la organización de la política continental. Toda la política exterior latinoamericana (absolutamente toda) se encuentra delineada en función de las estrategias geopolíticas conducidas por las potencias del norte: alineamiento durante la Guerra Fría, modelos económicos, apertura política, regímenes dictatoriales, votaciones en Naciones Unidas, entrega de recursos naturales.

Sin embargo, durante la primera década del siglo XXI esto se derrumba. Tras la victoria de los gobiernos populares se constituye lo que podríamos denominar, de manera informal, una Internacional progresista y revolucionaria a nivel continental. Y si bien no existe un Comité (como en la Internacional comunista), de alguna forma los presidentes Lula, Kirchner, Correa, Evo, Chávez y Ortega, asumen lo que podríamos llamar una especie de Comité central de una Internacional latinoamericana, que permitirá pasos gigantescos en la constitución de decisiones continentales soberanas y en la planificación del futuro de nuestras naciones.

En esta década, la OEA, que anteriormente decidía los destinos de nuestro continente bajo la batuta de Estados Unidos y que llega a legitimar la invasión de países latinoamericanos, pasa a convertirse en una institución irrelevante. Al fin surgirá una institucionalidad continental, Unasur y la CELAC, sin la presencia norteamericana, cosa que centrará el debate y la construcción del destino de los latinoamericanos en sus propias manos, cuando 100 o 50 años atrás esto era impensable. Desde la sostenibilidad de las políticas crediticias, hasta el financiamiento del salario del portero de cualquier institución continental, todo dependía de los Estados Unidos y por eso teníamos instituciones que servían de coartada a los intereses norteamericanos en América Latina.

Está claro que no puede existir soberanía política sin soberanía económica, que representa la base material de cualquier soberanía posible. Y justamente eso es lo que ha logrado el continente en esta década virtuosa: emancipación de las dependencias crediticias y apertura a otros mercados, como el asiático y el europeo, que diversificaron las fuentes de obtención de recursos; todo esto clave a fin de construir una estructura política latinoamericana propia para comenzar a debatir el futuro compartido.

Pero esto también permite algo que parecía imposible tiempo atrás: la solidaridad entre países hermanos para resolver internamente conflictividades políticas extremas que anteriormente habrían requerido por lo menos la intervención militar del país del norte. Ese es el caso, en 2002, del golpe de Estado en contra del comandante Chávez en Venezuela o, en 2008, del golpe civil en contra del presidente Evo.

En los meses de agosto y septiembre de 2008, ni el presidente Evo ni yo, su vicepresidente, podíamos aterrizar en los departamentos controlados políticamente por las fuerzas de la derecha fascista. El gobierno democrático había perdido el control de la gestión estatal que había sido asumido, de facto, por bandas paramilitares que promovían una especie de “poder dual” regional, desconociendo la autoridad nacional, democráticamente elegida, e instigando el estallido de una guerra civil.

Sin embargo, fue la presencia de la Unasur, de los presidentes Kirchner, Chávez, Correa, Lula, lo que ayudó a restablecer el orden democrático, a desconocer cualquier tipo de legitimidad a esas bandas de fascistas y a retomar la iniciativa política por parte del gobierno nacional.

Entonces, en conjunto, en esta década virtuosa el continente lleva adelante cambios políticos (la participación del pueblo en la construcción de un Estado de nuevo tipo), cambios sociales (la redistribución de la riqueza y reducción de las desigualdades), cambios económicos (la participación activa del Estado en la economía, la ampliación del mercado interno y la creación de nuevas clases medias) y, en lo internacional, la articulación política latinoamericana sin la presencia norteamericana. Todo esto no es poca cosa. Desde el siglo XIX, estos últimos diez años se constituyen como los más importantes de nuestro continente en cuanto a integración regional, a soberanía latinoamericanista e independencia.

Las fragilidades de la década. Cinco tareas inmediatas

No obstante –y es necesario asumir con objetividad y frialdad antártica el debate al respecto–, en los últimos meses este proceso de irradiación territorial de los gobiernos progresistas y revolucionarios, se ha estancado .

En algunos países importantes y decisivos del continente, hay un regreso de los sectores arcaicos de la derecha y, en otros, existe la amenaza de que la derecha reciclada retome el control. Aquí debemos preguntarnos ¿por qué?, ¿qué es lo que ha sucedido para que hayamos llegado a esta situación? Está claro que las fuerzas conservadoras y del partido de los privilegios privados intentarán, una y mil veces, retomar el poder estatal y utilizar todos los medios, legales e ilegales a su alcance, a fin de buscar retomar el uso de lo público para el disfrute privado de un puñado de oligarquías y empresas extranjeras.

Evidentemente, el Departamento de Estado norteamericano y los bloques conservadores locales siempre buscarán sabotear los procesos progresistas. Es una cuestión de control del excedente económico existente en la región, de sobrevivencia de las oligarquías dependientes y de obstrucción a la propagación mundial de lo que consideran un “mal ejemplo” para los otros pueblos del mundo. Por ello, está claro que la derecha continental siempre atacará, boicoteará, devaluará, desvirtuará y buscará hacer fracasar cualquier proyecto popular y revolucionario. Este es un hecho incontrastable de la realidad. Pero –y aquí volvemos a la imagen del vaso rompible o de las condiciones de eficacia de la acción del adversario– los revolucionarios, los intelectuales, las organizaciones sociales y los gobernantes debemos saber reconocer, con meridiana claridad, qué cosas hemos hecho deficientemente, qué acciones no hemos emprendido y qué datos de la realidad hemos soslayado que, en conjunto, han favorecido para que la conspiración conservadora haya comenzado a tener resultados favorables hasta el punto que no solo se detuviera la expansión de la oleada revolucionaria, sino que las fuerzas conservadoras retomen, nuevamente, el control del poder estatal en la mayor parte de los países de América Latina.

Esta tarea de comprensión de la realidad, en sus dimensiones multicausales, es también una acción revolucionaria porque únicamente entendiendo dónde están nuestras debilidades y cuáles son nuestros errores podremos superarlos inmediatamente y reducir el campo de eficacia de las acciones de las fuerzas conservadoras.

Acá señalaría cinco límites o contradicciones que se han hecho presentes y han aflorado en esta década virtuosa continental y que están siendo utilizadas por las fuerzas contrarrevolucionarias para retomar la iniciativa política inmediata. No las mencionaré por orden de importancia sino por orden lógico. 

1. Crecimiento y estabilidad económica: base material de la justicia y la fortaleza política.

Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios [6] , y estaba en lo correcto porque, al final, las armas y las tropas en el fragor del campo de batalla solo cumplen designios políticos, defienden y logran o pierden intereses políticos. Lenin, el gran revolucionario ruso, argumentaba con mayor sabiduría que la política es economía concentrada [7] , es decir que detrás de toda decisión política, incluida la más extrema que es una guerra, lo que está en juego son proyectos, intereses y recursos económicos de tal o cual clase social, tal o cual país, tal o cual sector.

Esta incomprensión de la relación entre la política y la economía no solo constituye un error de las corrientes liberales que han creado un microcosmos conceptual para estudiar las prácticas políticas, que pareciera sostenerse únicamente sobre las argucias de la voluntad o el engaño; constituye también el error de cierto “post marxismo” [8] que le atribuye a los significados y a los relatos construidos una cualidad mágica, capaz de inventar el mundo y a los sujetos históricos con capacidad de transformar la política. Evidentemente, el discurso, la voluntad, el marketing y la narrativa tienen un carácter performativo, es decir, son creadoras de realidad social. Pero las palabras, ideas y narraciones adquieren ese carácter “creador” si y solo si existen condiciones materiales de disponibilidad social, de eficacia simbólica, de eficacia asociativa y condiciones sociales de acción colectiva. Todas estas condiciones de posibilidad se sostienen y emergen a partir de la manera en que las personas acceden o están impedidas de acceder a determinados bienes materiales socialmente disponibles o necesarios, comenzando por los económicos.

Los sujetos de la política no se arman a voluntad e ingenio, como si la gente representara las líneas de un plano elaborado por un creativo arquitecto de sujetos, porque si así fuera tendríamos tantos sujetos históricos con capacidad de movilización política en cada país como ingeniosos creadores de discursos en una sociedad. La performatividad [9] del discurso político no actúa en cualquier momento ni sobre cualquier agrupación o exigencia. El discurso político, la narrativa mediática o cívica solo son capaces de producir realidad colectiva allí donde existe una disposición social hacia nuevas narrativas (por el agotamiento de las antiguas), en caso de una ausencia social (material o simbólica) capaz de generar un estado de agregación, o en caso de un peligro que acecha a la vida o a una posesión común y frente a la cual la asociatividad movilizada se presenta como una defensa imprescindible.

En cualquier caso, la disposición de los bienes sociales (dinero, propiedades, educación, servicios básicos, medios de trabajo, lenguaje, etcétera), la forma de acceso y distancia a ellos, es lo que estructura bloques o franjas sociales objetivas que dan lugar a experiencias colectivas, a memorias sedimentadas, a sensibilidades y disposiciones capaces de ser gatilladas de una manera u otra, con una intensidad u otra, con unos aliados u otros, dependiendo del tipo de discurso emitido.

El discurso político tiene capacidad performativa solo cuando existe en proceso una cualidad formativa de la sociedad, cuando hay una potencialidad formativa de la sociedad. Y eso no siempre sucede; es más, constituye una excepcionalidad histórica que depende de los cauces fluidos de la disponibilidad o de la carencia de medios materiales. En cierta medida, el discurso político lo que hace es resaltar, trazar un espacio de subjetivación política a partir de las “líneas de nivel” de la geografía social, sobre la topología social resultante de las estructuras de propiedad, gestión y distribución de los recursos económicos de una sociedad.

Cuando se está en el Estado, cuando el bloque popular ha adquirido el poder de Estado, la importancia de la fuerza material de la economía es aun más decisiva y visible, porque el Estado, en tiempos revolucionarios, está llamado a desempeñar un papel propietario, productivo y organizador de la producción nacional. Si bien el Estado es, como dijimos en otra ocasión, una relación social en la que la mitad de sus acciones son idea (esquemas morales y lógicos de organización de la vida diaria [10] ) y la otra mitad, materia (instituciones, recursos, coerción); el lugar más idealista del mundo donde la “idea” (una iniciativa gubernamental) deviene inmediatamente en “materia” (decretos, leyes, procedimientos administrativos, recursos, ejecución, etcétera); todo ese papel performativo de la idea, de las decisiones gubernamentales, tiene eficacia, es creíble, reproducible y organizador si, a la vez, ayuda a generar las condiciones de bienestar social, de distribución sostenible de la riqueza y de crecimiento económico. Si un proceso revolucionario no logra esto, es altamente probable que se presente un incremento del malestar social, una pérdida de apoyo al gobierno progresista y revolucionario, y que las propuestas políticas conservadoras en el interior de las propias clases sociales plebeyas se fortalezcan.

Entonces, una primera debilidad que algunos de los gobiernos progresistas y revolucionarios están afrontando es precisamente el de la gestión económica. Es como si se le hubiera dado poca importancia al tema de la gestión económica, cuando en realidad no existe posibilidad de continuidad revolucionaria si no se resuelve, en primer lugar, la gestión y la mejora de condiciones económicas del pueblo trabajador. ¡Claro!, cuando el bloque nacional-popular es el opositor político no gestiona la economía del país, lo que hace es estudiar los problemas que tiene la nación, elaborar una propuesta económica basada en los intereses de los sectores populares, irradiar y buscar movilizar en torno a esa propuesta a la sociedad, sin gestionarla aún. Su convocatoria hacia el pueblo está en función de una propuesta, de iniciativas y proyectos, pero aún no en función de la gestión.

En esos momentos, cuando se está en la resistencia enfrentando la gestión neoliberal, lo más importante es la política, el discurso, la organización, las ideas, la movilización, acompañadas de propuestas de gestión económica creíbles, capaces de resolver los problemas de la sociedad laboriosa. En esos momentos, la política está en el puesto de mando y el discurso adquiere la capacidad de articular a un sujeto social movilizable.

Pero una vez que uno se encuentra en gestión de gobierno, cuando uno se vuelve Estado, la economía se convierte en decisiva y asume el mando. No obstante, los gobiernos progresistas y líderes revolucionarios no siempre asumen esa importancia decisiva de la economía estando en el Estado. Acostumbrados a la acción política y educados en la acción revolucionaria que, por definición, es esencialmente política, la confianza en el discurso, en su eficacia y su labor performativa, puede conducirnos, equivocadamente, a seguir actuando exclusivamente de esa manera cuando ya se está en la gestión estatal.

Evidentemente, los procesos revolucionarios tienen en la acción colectiva, el discurso y la narrativa movilizadora, el principal motor de producción de convocatoria, apoyo y credibilidad. Pero eso dura mientras la gente está movilizada, en estado de catarsis colectiva [11] o de universalidad de las nuevas clases dirigentes. Mas, a diferencia de lo que creen los trotskistas, la realidad nos muestra que la sociedad no se moviliza de manera permanente. Sí es capaz de los mayores heroísmos que registra la historia, de los más grandes sacrificios de tiempo, recursos e incluso de vida para luchar por lo que cree necesario para su familia, sus compañeros y el país pero, después de un tiempo, se necesita volver a la vida cotidiana: llevar a los niños al colegio, ahorrar para pagar las deudas bancarias, participar con los vecinos en una actividad cultural, etcétera.

De ahí que las revoluciones se presentan no como líneas ascendentes infinitas sino como oleadas (Marx) con flujos y reflujos, con momentos excepcionales de universalismo en la acción colectiva, y largos períodos de reflujo, de corporativismo, de cotidianidad desmovilizada. En esos momentos, el ideal, el discurso, la narrativa y la propuesta ya no son suficientes para mantener la adhesión social al proyecto enunciativo. Lo que ahora cuenta es la economía, la mejora de las condiciones de la vida cotidiana del pueblo. Por eso, si el gobierno progresista y revolucionario no logra crear una base material sostenible para esta mejora, la pérdida de apoyo social y la emergencia de propuestas contrarrevolucionarias que hagan creer en un avance a través del retorno de un gobierno de derecha, son inevitables.

La base material de cualquier proceso revolucionario es la economía. Cuidar la economía, ampliar los procesos de redistribución, aumentar el crecimiento, fueron también las preocupaciones de Lenin allá entre 1919 y 1922, cuando después del llamado “comunismo de guerra” tuvo que afrontar la realidad de un país destrozado. Resistió la invasión de siete países, derrotó a la derecha, pero tuvo siete millones de personas que murieron de hambre.

¿Qué hace un revolucionario? ¿Qué hizo Lenin? Priorizar la economía. Todos sus textos después del “comunismo de guerra” son resultado del esfuerzo teórico y práctico por restablecer la confianza de los sectores populares, obreros y campesinos, en su gobierno, a partir de la gestión económica, del desarrollo de la producción, de la distribución de la riqueza, del despliegue de iniciativas autónomas de campesinos, obreros y pequeños empresarios –incluso de empresarios– para garantizar una base económica que le diera estabilidad y bienestar a la población [12] .

Ante la imposibilidad de construir el comunismo desde un solo país y comprendiendo que el mercado mundial y la moneda que regulan las relaciones internacionales de intercambio, de tecnología y productos, no desaparecen por decreto, que la moneda y el mercado no desaparecen estatizando los medios de producción, que la economía social y comunitaria solamente podrá surgir, de forma gradual, por iniciativa y experiencia autónoma de la propia sociedad, cada revolución emergente y cada país, al tiempo de mantener el poder revolucionario, debe crear las condiciones materiales para la expansión de las iniciativas comunitarias de la propia sociedad y apuntalar las condiciones de una revolución mundial para resistir, en este largo período de lucha entre capitalismo decadente, pero dominante, y socialismo fragmentado, débil, pero ascendente. Eso requiere mejorar las condiciones de vida de la población y crear las condiciones básicas de su bienestar aunque, eso sí, manteniendo el poder político en manos de los trabajadores. En el fondo ese es el significado histórico de la NEP [13] . Se pueden hacer concesiones y dialogar con quien sea que permita apoyar el crecimiento económico, pero siempre garantizando el poder político en manos de los trabajadores, los revolucionarios y el bloque de poder popular.

En este largo período, la economía es decisiva . Los procesos progresistas y revolucionarios se juegan el destino en la economía. Sin los satisfactores básicos para la población el discurso no cuenta. El discurso es eficaz, crea expectativas y esperanzas colectivas a partir de una base material de satisfacción mínima de condiciones necesarias. Sin esas condiciones, cualquier discurso, por muy seductor o esperanzador que sea, se diluye ante el deterioro de la base económica de las familias trabajadoras.

Toda esta experiencia histórica y nuestra propia experiencia en esta década, nos enseñan que el proyecto posneoliberal, como alternativa real al neoliberalismo, tiene que ser sostenible en el tiempo, producir mejoras sustanciales en la vida de las personas, crear una plataforma de estabilidad y confiabilidad sobre la cual la sociedad puede animarse a nuevas audacias históricas, a nuevas experiencias, comunitarias y socialistas, de apropiación de bienes que vayan apuntalando con mayor profundidad lo común y lo comunitario. Ningún avance hacia el socialismo será posible sin una mayor democracia, pero tampoco sin las condiciones mínimas de bienestar, de mejoras económicas de la sociedad, que mantengan la confianza en su gobierno y la preparen para nuevos y más grandes “asaltos al cielo”.

Aquí es necesario hacer un desdoblamiento. Si bien estamos afirmando que debemos hacer todos los esfuerzos para garantizar el crecimiento económico, éste será revolucionario si, y solo, tiene por objetivo la mejora de las condiciones de existencia de todos los sectores populares, es decir, si genera mayor justicia e igualdad. Para un gobierno progresista y revolucionario, el crecimiento y la estabilidad económica no son un fin en sí mismo, sino solo un medio para mejorar las condiciones de vida de la sociedad, en particular y siempre, de las clases menesterosas. Por ello, el tomar medidas que, en nuestra búsqueda por el “crecimiento económico”, afecten al bloque popular beneficiando al bloque conservador, va en contrasentido al fortalecimiento de los procesos progresistas del continente.

Afectar los ingresos del pueblo para aumentar las ganancias de las élites empresariales no solo está en contra de los fundamentos de los procesos revolucionarios, que existen por y para favorecer al pueblo (a los trabajadores), sino que, además, peca de una ingenuidad política catastrófica. Las élites empresariales nunca sostendrán ni defenderán un proyecto popular. Efectivamente, pueden ser neutralizadas temporalmente, pueden adherirse, individualmente, a tal o cual decisión, pero su presencia subordinada dentro del proyecto revolucionario solo será posible en tanto el bloque popular tenga la fuerza política, electoral y de movilización. Porque apenas el bloque nacional-popular comience a mostrar síntomas de debilidad, lo más seguro es que esas clases sociales, inmediatamente, se pasen al bando contrario o definitivamente se pongan a conspirar en contra del gobierno revolucionario.

En la toma de decisiones, los gobiernos progresistas y revolucionarios deben orientar sus medidas, cualesquiera que sean estas, siempre en función de los beneficios colectivos y el potenciamiento de las condiciones de vida y de la asociatividad de las clases menesterosas; pues, al final, solo ellas serán las que defiendan en las calles el proceso revolucionario.

Ciertamente, un gobierno debe gobernar para todos, o mejor, la clase dirigente debe mostrar que sus intereses son los que mejor unifican y representan los intereses de todos. Esa es la clave de la dirección del Estado porque el Estado es el monopolio de lo universal. Ahí radica su fuerza y su poderío, en representar lo universal, sabiendo que ese universal es lo particular irradiado y articulante al resto de los sectores.

Pero gobernar para todos no significa entregar los recursos o tomar decisiones que, por satisfacer a todos, debiliten a la base social que le ha dado vida al gobierno, que le ha dado sustento y que será, al fin y al cabo, la única que saldrá a las calles cuando las cosas se pongan difíciles.

¿ Cómo moverse en esa dualidad? Gobernar para todos, teniendo en cuenta a todos, pero, en primer lugar y por siempre, como dice la iglesia católica de base, tomando una opción preferencial y prioritaria por los trabajadores, los pobladores, los campesinos y los humildes. Ningún tipo de política económica revolucionaria puede dejar de lado a lo popular pues cuando lo popular, la justicia y la redistribución, a corto y largo plazo, dejan de ser el norte orientador de la acciones gubernamentales y se busca priorizar solo el “crecimiento”, el proceso se desnaturaliza y, con seguridad, aquellos que se beneficien exclusivamente del crecimiento sin justicia ni redistribución, tarde o temprano, buscarán un gobierno propio que haga lo mismo, solo que de manera mucho más confiable y rápida.

Hay quienes sostienen, desde el lado de una supuesta izquierda más “radical”, que el problema es que los gobiernos progresistas no tomaron ni están tomando medidas más duras de socialización que acaben con el mercado mundial, la división internacional del trabajo e instauren inmediatamente medidas comunistas de propiedad y producción.

Ingenuos chapuceros e izquierdistas “deslactosados” que dilucidan los grandes problemas prácticos de una revolución removiendo una cucharilla de café, olvidando que no existe decreto que pueda sustituir el largo aprendizaje de masas y que ningún voluntarismo gubernamental reemplaza la fuerza de la realidad capitalista mundial.

Si fuera un tema de voluntad y de decreto, podría sacarse uno que diga que ya no hay mercado. Y, sin embargo, el mercado seguirá y la gente, aquí y allá, continuará intercambiando sus productos de acuerdo al esfuerzo social depositado en ellos.

Se pueden emitir todos los decretos necesarios para estatizar los medios de producción, pero eso no significa socialismo porque la sociedad no es la que asume la gestión directa de esos medios de producción. Se pueden emitir leyes que digan que ya no hay compañías extranjeras, no obstante, las herramientas para los celulares y las máquinas seguirán requiriendo de la técnica y el conocimiento planetario-universal que los envuelve a todos.

Un país no puede volverse autárquico. ¡Eso no es socialismo, sino el regreso a la edad de piedra! Ninguna revolución ha aguantado ni sobreviviría en la autarquía o en el aislamiento. La revolución es mundial y continental, o es una caricatura de revolución. Por tanto, la superación del mercado mundial será, de la misma forma, un hecho mundial. La construcción del comunismo como nuevo modo de producción que sustituya al capitalismo como modo de producción universal, no puede menos que ser también mundial, planetario. Lo que los gobiernos progresistas y revolucionarios pueden y deben hacer, es crear las mejores condiciones de democratización de la riqueza y ayudar al fortalecimiento de las organizaciones sociales, al aprendizaje práctico de las experiencias de socialización de la producción y de las formas de gestión colectiva, no estatal, de la riqueza. Pueden hacer todo ello, pero jamás sustituir a la sociedad laboriosa en la paulatina y ascendente creación de la nueva producción, de la nueva administración comunitaria de la riqueza. Esa es justamente la enseñanza que nos deja el fracaso de los denominados “socialismos realmente existentes”.

Cualquier poder político o bloque social de poder no podrá ser duradero si no viene acompañado, lo más pronto posible, de un poder económico que objetive, en el ámbito de la gestión económica, lo logrado inicialmente en el ámbito del Estado. ¿Cómo? No existe recetario ni libreto a seguir. Cada país y cada revolución deben resolver este tema en la práctica. Pero el nuevo poder político revolucionario tiene que ir acompañado del poder económico estatal, general, y del poder económico del bloque social que representa. De otro modo, se presentará la siguiente dualidad: por un lado, el poder político en manos de los trabajadores; por otro, el poder económico en manos de los empresarios.

Unificados los espacios clasistas del poder social, con la política y economía en manos de la nueva estructura estatal, se garantiza la estabilidad del proceso revolucionario y las mejoras reales en las condiciones de vida del pueblo, que es la forma en la que el mismo pueblo insurrecto mide y valora los resultados efectivos de su revolución en la vida cotidiana. Luego, con el tiempo, se podrá pasar a una segunda etapa histórica en que ese poder político, concentrado en el Estado, y ese poder económico, igualmente acumulado por el Estado, vayan gradualmente desprendiéndose del poder concentrado mediante una reasunción, por parte de la propia sociedad, de los mismos. Se trata de la emergencia de inéditas formas de democratización/disolución del Estado y de disolución de poder económico en los sectores subalternos, que son capaces de crear modos de trabajo, de gestión y distribución comunitarios/universales de la riqueza. En esta capacidad autodeterminativa de la propia sociedad, y ya no del Estado, se encuentra la clave que decidirá, a futuro, la posibilidad del paso del posneoliberalismo al poscapitalismo .

2. Una revolución cultural permanente

La experiencia revolucionaria boliviana, con sus extraordinarias acciones colectivas y tendencias preinsurreccionales, se ha convertido en un laboratorio excepcional de la intensidad de la lucha de las clases y de sus enseñanzas, en términos de teoría política. Un elemento decisivo en la conquista del poder político, por parte del bloque social revolucionario, fue la victoria previa a los grandes combates sociales, a las grandes marchas y sublevaciones que definieron el destino victorioso de la revolución, en el ámbito de las ideas-fuerzas, en la lucha por el sentido común de la época.

Al ideario y horizonte neoliberal triunfante de fines del siglo XX, no solo se lo debilitó, criticó o denunció como falso, sino que se supo levantar, frente a él, otro horizonte colectivo creíble, palpable y realizable, capaz de contener las expectativas y las ansias individuales y colectivas de las clases populares. Es decir, se supo sumar la acción de demostración de la falacia del ideario neoliberal, con la lucha por la instauración de un nuevo horizonte posible de sociedad. La sumatoria de estas dos tenazas discursivas dio, por un lado, la escenificación del agotamiento y de la decadencia del ideario neoliberal, y el posicionamiento de un principio de esperanza colectiva con capacidad de movilización de expectativas, de sueños y acciones colectivas.

Esto permitió transformar, sobre la marcha, la acción de protesta colectiva en contra del mal gobierno en una acción de conquista de la nueva sociedad, de la esperanza. Porque al fin y al cabo, el pueblo no lucha únicamente debido a que tiene carencias –estas siempre son parte de la condición popular de vida–, sino, ante todo, cuando entiende que su lucha puede tener un resultado efectivo, cuando sabe que es posible obtener lo que se propugna y se siente portador de una fuerza moral de justicia detrás de todo lo que hace. Es decir, cuando tiene una esperanza, un horizonte probable.

Esto significa que antes de las victorias políticas y militares de todo proceso revolucionario, existe, primero, una victoria cultural, una victoria de significados y esquemas interpretativos- orientadores del futuro inmediato, una victoria moral sobre el adversario, que convierte la carencia social, la frustración colectiva y la necesidad diaria, en una voluntad general que apunta a un horizonte que se apodera de las pasiones del pueblo. Entonces, las victorias políticas y militares solo cumplen, en el tiempo, lo que de inicio ya constituye una victoria moral sobre el viejo régimen.

En los momentos más intensos de la lucha de clases la política, incluso bajo formas de lucha militar, se pondrá en el puesto de mando y ella dirimirá en definitiva la victoria o la derrota de la revolución. A esto es lo que hemos denominado el punto de bifurcación de la acción colectiva. Y de triunfar la revolución, en democracia, el adversario derrotado deberá ser incorporado, de manera dispersa y desorganizada, en el conjunto de las iniciativas, decisiones y acuerdos que asuma el nuevo bloque de poder dirigente. La formula entonces será derrotar al adversario culturalmente (Gramsci); derrotar al adversario política y militarmente (Lenin); e incorporar al adversario derrotado de manera dominada en el conjunto de iniciativas y acuerdos del nuevo poder. Porque de no hacerlo, y al dejar al adversario sin camino, tarde o temprano él buscará antagonizar contra el nuevo poder, tratando de crear a la larga un proyecto de poder alternativo.

Sin embargo, en todo ello la lucha por las ideas nunca cesa después de la toma del poder por el bloque social revolucionario; de hecho, es el escenario primordial de todas las luchas, incluidas las económicas que, como dijimos antes, son las decisivas. Esto, porque la sociedad asume sus problemas políticos, organizativos y también económicos, a través de significantes, de esquemas mentales explicativos del mundo. Así como en la física las partículas elementales son los “ladrillos” con los que se constituye toda la materia que vemos a nuestro alrededor, los significantes y representaciones simbólicas son los “ladrillos” sociales con los que se constituyen todos los campos de la actividad social de las personas: el de la actividad económica, la acción política, la vida cotidiana, la familiar, etc. Por ello, antes y durante los procesos revolucionarios, esta lucha por los significantes que explican y orientan en el mundo a las personas, representa una lucha permanente mediante la cual se define el destino de las revoluciones. Por eso un revolucionario es, en primer lugar y para siempre, un subversivo cultural que no puede bajar la guardia ni un solo instante en este escenario de lucha perpetuo y decisivo.

Ahí es donde se están presentando un segundo grupo de problemas para los procesos progresistas y revolucionarios del continente. Así como a veces tendemos a soslayar el fundamento económico de la continuidad de toda revolución, también tendemos a bajar los brazos en la batalla cultural una vez que hemos conquistado el poder político, cuando en realidad se trata del momento en que esta se va a intensificar más y, a la larga, de perdernos ahí, podremos perder en los otros escenarios, dando pie a una contrarrevolución victoriosa.

En gestión de gobierno a veces priorizamos la acción política contra las fuerzas opositoras, la mera gestión administrativa o incluso la búsqueda de éxitos económicos para los procesos. Pero si todo ello lo hacemos sin una batalla cultural, politización social o impulso de una significación lógica y moral del mundo que se está construyendo, la buena gestión política, administrativa e incluso económica se traducirá en un debilitamiento del gobierno, un alejamiento de los sectores populares y un crecimiento de la resignificación conservadora en las explicaciones del mundo, en la percepción popular.

Precisamente ese es uno de los problemas más importantes por los que están atravesando los gobiernos progresistas y revolucionarios: redistribución de la riqueza sin politización social. ¿Qué significa eso? Que la mayor parte de las medidas que se están implementando favorecen a las clases subalternas, pero el sentido común que se construye en torno a esta redistribución de la riqueza no necesariamente lleva la impronta de hechos políticos, de conquistas políticas revolucionarias, de derechos producto de la lucha.

En el caso de Bolivia, en menos de diez años, el 20 por ciento de los bolivianos ha pasado a la clase media, en términos de consumo. Hay un crecimiento de los sectores medios de la sociedad, una ampliación de la capacidad de consumo de los trabajadores, un desarrollo de derechos que materializan la democratización política en democratización económica. Cosas similares están sucediendo en otros países del continente. Pero si esta ampliación de la capacidad de consumo, de la capacidad de justicia social, no viene acompañada con la politización social revolucionaria, con la consolidación de una narrativa cultural, con la victoria de un orden lógico y moral del mundo, producidos por el propio proceso revolucionario, no se está ganando el sentido común dominante. Lo que se habrá logrado es crear una nueva clase media con capacidad de consumo, con capacidad de satisfacción, pero portadora del viejo sentido común conservador.

El gran reto, que todo proceso revolucionario duradero tiene, es acompañar la redistribución de la riqueza, la ampliación de la capacidad de consumo, la ampliación de la satisfacción material de los trabajadores, con un nuevo sentido común y con una nueva manera cotidiana de representar, orientar y actuar en el mundo, que renueve los valores de la lucha colectiva, la solidaridad y lo común como patrimonio moral. Y ese sentido común no son más que los preceptos íntimos, morales y lógicos con los que la gente organiza su vida, la manera en que se asume subjetivamente lo bueno y lo malo, lo deseable y lo indeseable, lo positivo y lo negativo de la vida y de las acciones humanas No se trata de un tema de discursos susceptible de ser inculcado con grandes dosis de seminarios o lecturas. Es un tema de orden simbólico de la individualidad, que resulta de una larga sedimentación de acciones y narrativas prácticas que se inscriben en el cuerpo y en la memoria profunda de las personas y que, con el tiempo, se vuelven innatas, obvias, “naturales”.

En este sentido, lo cultural, lo ideológico, la arquitectura de los símbolos con los que las personas se orientan en el mundo cotidiano se vuelven decisivos para la solidez y la continuidad de un proceso revolucionario . No existe revolución verdadera ni consolidación de un proceso revolucionario, si no se tiene una profunda revolución cultural, ética y lógica con la que las personas organicen su ubicación el mundo.

Hay un tiempo de insurgencia colectiva, de “democracia espasmódica”, de catarsis colectiva como diría Gramsci [14] , o de “acontecimiento” como diría Badiou [15] , en el que las personas asociadas, comunitarizadas, construyen con sus manos el mundo, inventan y redefinen el curso de la sociedad. Se trata del momento de la comunidad en acción y de la universalidad de las clases plebeyas; sin embargo, luego cada cual regresa a la casa, al trabajo, a la actividad cotidiana, a la escuela, a la universidad y, de no darse una perpetua revolución cultural/simbólica, vuelve a reproducir los viejos esquemas morales y lógicos de cómo organizar el mundo.

Ahí es donde los procesos progresistas y revolucionarios están débiles y, hasta cierto punto, atrasados. En este terreno, el mundo cultural, el sentido común y el orden lógico y moral conservador de la derecha, labrado y sedimentado a lo largo de décadas y siglos, no solo tiene la ventaja por su larga historia inscrita en los cuerpos de cada persona, sino que ahora también está tomando la iniciativa, a través de los medios de comunicación, de las universidades, fundaciones, editoriales, redes sociales, publicaciones, en fin, a través del conjunto de formas de constitución de sentido común contemporáneas.

¿Cómo retomar la iniciativa en este campo de lucha decisivo? Jerarquizando la lucha ideológico/simbólica como la más importante de las luchas políticas del proceso revolucionario que ya es Estado y gobierno.

Muchas veces, compañeros que son dirigentes sindicales, estudiantiles o profesores universitarios, se esfuerzan, en una especie de justa carrera de ascenso social, por llegar a ser parlamentarios o miembros de la administración pública en ministerios, gobiernos locales, etc. Se trata de un hecho de justicia que precisamente visibiliza la democratización del Estado y el cambio de la composición social estatal. Luego de haber sido marginados del poder político, el que las clases plebeyas se sientan ahora con el justo derecho a participar directamente en la administración del Estado, habla del espesor de la acción revolucionaria de la sociedad. Y está bien que se dé. Pero, en ocasiones, es más importante ser un dirigente de barrio, de la universidad, ser un dirigente de base, un comentarista de radio, tener un programa de televisión, escribir, hacer teatro o ser organizador social, que ser autoridad o funcionario público, porque en ese trabajo cotidiano con la base social, en los barrios, las fábricas, las radios y programas de televisión, en las representaciones culturales, es donde uno gesta la construcción del nuevo sentido común. Y cuando vemos oleadas enteras de compañeros de sectores sociales populares que abandonan la organización, el barrio, el campo mediático o académico para incursionar en la administración estatal, también vemos que dejan detrás de sí un gran vacío cultural, un vacío de construcción simbólica que puede ser inmediatamente llenado por la mediocridad y el sedimento del viejo sentido común conservador que comienza a revitalizarse creando las condiciones ideológicas y culturales para la restauración conservadora.

Entonces, es posible que tengamos un buen ministro o parlamentario, pero a costa de la ausencia de un gran sindicalista obrero revolucionario, de un buen catedrático universitario, de la ausencia de un comentarista televisivo visto por cientos de personas. Es decir, puede haber un buen gestor pero a costa de un retroceso cultural. Y este es un tema muy sensible en cuanto a la distribución de las tareas en un proceso revolucionario. La voluntad de poder de un bloque popular que construye Estado no puede depositar toda su energía, todos sus recursos y todos sus mejores cuadros políticos en la gestión de gobierno. Eso sería olvidar que se llegó a donde se llegó porque se construyó poder (cultural, político) desde la sociedad, y que la manera de garantizar el control del propio poder del Estado es garantizando la construcción de poder desde la sociedad, en la propia sociedad: en los medios de comunicación, en los sindicatos obreros y campesinos, en los barrios, en la cultura. Cuando uno está en gestión de gobierno es tan importante un buen ministro o parlamentario, como un buen dirigente revolucionario sindical, barrial, estudiantil, porque ahí radica, en definitiva, la vitalidad del proceso revolucionario. 

3. Reforma moral e incorruptibilidad

La tercera debilidad que están presentando los gobiernos progresistas y revolucionarios es una débil reforma moral. Claramente, la corrupción es un cáncer que corroe la sociedad, no ahora, sino desde hace 20, 50 o 100 años.

El neoliberalismo es un ejemplo de corrupción institucionalizada, pues monopolizó los recursos públicos acumulados por dos generaciones convirtiéndolos en recursos privados. La privatización fue el ejemplo más escandaloso, inmoral, indecente y obsceno de corrupción generalizada. Contra ello se rebeló la sociedad, siendo la primera labor de los gobiernos progresistas y revolucionarios, con mayor intensidad en unos casos frente a otros, la recuperación de los recursos privatizados para ampliar el patrimonio de los recursos comunes de la sociedad vía nacionalización. Pero aquello no bastó ni fue suficiente.

Así como se dio el ejemplo de restituir la res pública , los recursos o bienes públicos como recursos de todos, es también importante, en lo personal, en lo individual, que cada compañero que se encuentre en la función pública (presidente, vicepresidente, ministro, director, parlamentario, gerente) nunca abandone la humildad, sencillez, austeridad, transparencia e incorruptibilidad en su comportamiento diario, en su forma de ser. Una revolución es una voluntad general dirigida a construir una nueva sociedad que supere todos los males que atormentan a la actual, entre ellos la corrupción. Por eso, cada dirigente, cada autoridad representativa tiene que incorporar en su vida, en su cuerpo, no solo la realidad de la nueva sociedad que se está construyendo sino que, además, debe mostrar en su vida cotidiana la diferencia sustancial con los personajes del viejo régimen que en el pasado se enriquecieron a costa del erario público. Hoy, más que nunca, es necesario trabajar en la capacidad de demostrar con el cuerpo, el comportamiento y en la vida cotidiana, lo que propugnamos. No se puede separar el pensamiento de la acción, lo que somos de lo que decimos.

Frente al moralismo hipócrita de los medios de comunicación de la derecha, debemos luchar, una y otra vez, por una moral revolucionaria de dignificación de la gestión de lo público a través de un sacrificio transparente por lo común, de la entrega del ser y el desprendimiento de uno para servir a los demás. 

4. Continuidad de los liderazgos históricos

Un cuarto elemento que complejiza los procesos es la continuidad de los liderazgos en los regímenes revolucionarios hechos en democracia.

Cuando triunfa una revolución armada, la cosa es más fácil porque dicha revolución logra someter, mediante la coerción, a los sectores conservadores. Sin embargo, en las revoluciones democráticas, el nuevo poder revolucionario tiene que convivir con el adversario, que ha sido derrotado electoralmente, culturalmente y políticamente, pero aún sigue en el campo de lucha. Es parte de la democracia, y las constituciones imponen límites de cinco, diez, quince años para la elección de una autoridad.

¿Cómo dar continuidad al proceso revolucionario y al liderazgo cuando se tienen esos límites? Es un tema del que no se ocuparon otras revoluciones porque pudo resolverse al principio. En cambio, los nuevos procesos progresistas y revolucionarios tienen que afrontarlo de acuerdo a los límites constitucionales de mandato.

¿Cómo resolver el tema de la continuidad del liderazgo? No faltan las críticas que sostienen que los “populistas” y socialistas son caudillistas. Mas, ¿qué revolución verdadera no personifica el espíritu de la época en personas? Si todo dependiera de instituciones, es decir, de normas y procedimientos rutinarios, ya no sería una revolución. Las instituciones no hacen las revoluciones, las revoluciones las hacen las personas, las subjetividades, las clases sociales, los individuos, precisamente en contra de la asfixia de determinadas instituciones y colectividades privilegiadas.

No existe, en el mundo, una verdadera revolución sin líderes y sin caudillos, porque una revolución es justamente el desborde creativo y heroico de la subjetividad de las personas que desborda instituciones, suprime rutinas, anula destinos preestablecidos e inventa un mundo nuevo allí donde el mundo parecía estar acabado. Entonces, una revolución, que es un hecho colectivo, es producto de subjetividades de carne y hueso, de personas que se sobreponen a las normas y a las rutinas, y que hallan, en el encuentro personal, en el valor del sujeto de carne y hueso con nombre y apellido, en la comunidad libre de las acciones conjuntas, el espacio de su creatividad histórica.

En cambio, cuando las instituciones son las que regulan la vida de un país, nos encontramos frente al mando de la rutina, de la norma, de la repetición y ya no de la revolución. Y cuando esto se apodera de la participación en los temas comunes, estamos ante democracias fósiles, tan características de los países con instituciones liberales y en decadencia. Cuando la subjetividad de las personas y la fuerza de las personalidades es la que define el destino de un país, estamos frente a verdaderos procesos de revolución. Y, por lo general, ese poderoso hecho colectivo de la historia, que reconfigura el destino de los pueblos, se personifica en individuos, se simboliza en personas cuyo carácter y discurso emblematiza la gran obra colectiva.

El líder histórico no sustituye la acción colectiva como suprema creedora de vida social, pero es su emblema identificante y cohesionador. En este caso, la cuestión es ¿cómo dar continuidad al proceso teniendo en cuenta que existen límites constitucionales para el ejercicio en el gobierno de un líder, de una persona? Se trata del gran debate contemporáneo de los procesos progresistas en tiempos de democracia representativa, que no será fácil de resolver.

Alguien podría argumentar que no se deberían tener líderes tan fuertes cuya sustitución, en la gestión gubernamental y en las candidaturas electorales, provoque retrocesos políticos. Es posible. Pero eso no depende ni del líder ni de los académicos. En caso de darse, será un dato objetivo de la realidad colectiva que no es posible prever por adelantado, porque depende de cómo las clases subalternas internalicen su experiencia de lucha y representen los logros de su acción revolucionaria. Tal vez la importancia esté en promover y trabajar liderazgos colectivos que permitan mayores posibilidades de elección, en el ámbito democrático, para la continuidad de los procesos. Pero incluso a veces ni eso es suficiente. Es una de las preocupaciones que deberá ser resuelta en el debate político. ¿Cómo se brinda continuidad subjetiva a los liderazgos revolucionarios a fin de que los procesos no se trunquen ni se limiten y puedan tener continuidad en perspectiva histórica? 

5. Estado continental plurinacional

Por último, una quinta debilidad que es necesario mencionar de manera autocrítica pero propositiva, es la débil integración económica continental. En los últimos diez años, el continente ha avanzado de manera extraordinaria en la articulación política. L os bolivianos somos los primeros en agradecer la solidaridad de Argentina, Brasil, Ecuador, Venezuela, Cuba, cuando tuvimos que enfrentar problemas políticos para nuestra continuidad democrática; ha sido esta solidaridad continental la que ha ayudado a contener golpes de Estado y a preservar la continuidad democrática en nuestros Estados.

Sin embargo, en relación con la integración económica, no se ha podido avanzar de manera sustancial. Se han tenido grandes iniciativas como la del Sucre, la creación de empresas grannacionales y la articulación de empresas nacionales para asumir conjuntamente la presencia en otros mercados, pero se ha avanzado muy poco en esas iniciativas y, al final, están quedando en nada. La construcción de la integración económica se torna mucho más difícil pues cada gobierno enmarca su visión en su propio espacio geográfico, su economía, su mercado y aquí se trata de ver los otros mercados, espacios geográficos y economías. Ahí surgen las limitaciones de la propia mentalidad de las sociedades.

Existen propuestas, pero cuando se tienen que ver las compras, la balanza de pagos, las inversiones y la tecnología, las cosas se ralentizan y cada funcionario se apega a su norma, al interés y la rentabilidad nacional inmediata. Ese es el problema. Cada funcionario debe salir del esquema nacional y pensar en clave continental. Además, el mundo está cambiando, es un mundo en el que cada nación, por sí misma –a excepción de dos o tres naciones-continente– es irrelevante y no tiene la fuerza para cambiar el destino del curso actual de la interdependencia mundial. De hecho, en un contexto de globalización, cada nación por sí misma es diariamente triturada por esa globalización dirigida por bloques regionales o Estados continentales y mega corporaciones empresariales. En este siglo XXI, América Latina solo podrá convertirse en dueña de su destino si logra constituirse en una especie de Estado continental plurinacional, que respete las estructuras nacionales pero que, a la vez, a partir de ese respeto de las estructurales locales y culturales de cada país, tenga un segundo piso de instituciones continentales en lo financiero, legal, cultural, político y comercial, capaz de influir y redireccionar el curso de la mundialización económica.

América Latina tiene más de 450 millones de personas, cosa que en términos de demografía y de mercado es ya, en sí mismo, un hecho relevante y decisorio en el contexto mundial. A ello hay que sumar que el continente tiene una de las mayores reservas de minerales estratégicos, de agua dulce y biodiversidad (que son los mayores tesoros de este siglo), de litio, gas y petróleo; y además es una de las zonas de mayor producción agrícola del mundo. Es una región con una amplia población joven, con incremento de su formación profesional, que está incursionando en la fabricación de tecnología y generación de conocimiento. Es un continente que si actúa, no como la suma de países separados, sino como una unidad política y económica, podrá curvar el espacio/tiempo del mundo e influir y redireccionar a favor propio el curso de la economía mundializada.

Posneoliberalismo: horizonte insuperable de esta época

Son tiempos difíciles, interesantes y exigentes para los revolucionarios. Las fuerzas reaccionarias de la derecha quieren retomar la iniciativa política y, en algunos lugares, lo han logrado aprovechando nuestras debilidades. ¿Qué va a pasar? ¿En qué momento nos encontramos? ¿Qué se viene a futuro?

No debemos asustarnos ni ser pesimistas ante el futuro, ante las batallas que se vienen. Cuando Marx analizaba los procesos revolucionarios, en 1848 [16] , siempre hablaba de la revolución como un proceso por oleadas, nunca como un proceso ascendente o continuo, permanentemente en ofensiva. La realidad de entonces y la actual muestran que las clases subalternas organizan sus iniciativas históricas por temporalidades, por oleadas: ascendentes un tiempo, con repliegues temporales después, para luego asumir, nuevamente, grandes iniciativas históricas. Así, una y otra vez, hasta que el curso de la historia y las necesidades colectivas encuentran el cauce de satisfacción para ese descontento y creatividad social.

Es así que a la primera oleada de desborde social, como la que vivimos los diez años anteriores, le está sucediendo un repliegue temporal. Pero más temprano que tarde habrá de sucederle una segunda oleada, que avanzará más allá de lo que lo hizo la primera, y a esta le sucederá una tercera, que la superará.

Me atrevo a pensar que estamos ante el fin de la primera oleada y que estamos viviendo un repliegue cuya duración se extenderá por meses o años. No lo sabemos con precisión. Sin embargo, está claro que como se trata de un proceso, que aún no ha agotado su potencial ni resuelto las causas más profundas que lo llevaron a manifestarse, tendremos una segunda oleada que intentará ser el escenario de resolución de las demandas y necesidades históricas que permitieron el estallido de la primera y que todavía no han sido ni serán satisfechas en el escenario de este repliegue restaurador.

Por tanto, lo que tenemos que hacer es prepararnos para las batallas en este escenario de repliegue temporal de la oleada revolucionaria, debatir abiertamente qué cosas se hicieron mal en la primera oleada, en qué se falló, dónde se cometieron errores y qué faltó hacer a fin de enmendar inmediatamente estas debilidades y comprometerse, de manera práctica y también inmediata, para que cuando se dé la segunda oleada, los procesos revolucionarios continentales puedan llegar mucho más lejos y mucho más arriba de lo que lo hicieron en la primera oleada.

La crítica y la autocrítica deben ser revolucionarias, es decir, no buscar culpables y lavarse las manos de las responsabilidades que cada uno y todos tenemos con la producción del destino que construimos. Este es el proceder típico de la izquierda deslactosada que observó impotente y ajena, desde palco, el despliegue de los procesos revolucionarios y que, ahora, desde el mismo palco –financiado, claro está, por gratificantes remuneraciones externas– divaga impotentemente acerca de lo que otros debieran haber hecho. ¡Eso no sirve para nada! La autocrítica es práctica, sirve para la acción inmediata, porque el momento de repliegue requiere acciones prácticas de resistencia, de reorganización y de búsqueda de nuevas iniciativas por parte de los sectores populares.

Esta segunda oleada continental podrá ir más lejos porque tendrá unos soportes, unos puntos de partida que no se pueden ceder; tendrá a una Cuba, una Bolivia, una Venezuela y un Ecuador firmes, que permitirán avanzar hacia el resto del continente y más allá de su extensión territorial.

Nos tocan tiempos difíciles, pero para un revolucionario los tiempos difíciles son su aire y su alimento; de eso vivimos y nos alimentamos, de los tiempos difíciles. ¿Acaso no venimos de abajo? ¿Acaso no somos los perseguidos, los torturados y los marginados de los tiempos neoliberales?

La década de oro del continente no ha sido un regalo. Han sido las luchas desde abajo, desde los sindicatos, desde las universidades, desde los barrios y desde las comunidades indígenas y campesinas las que han hecho posible este ciclo revolucionario. Esta primera oleada no ha caído del cielo. En nuestros cuerpos están las huellas y heridas de las luchas de los años 70, 80, 90 y de los 2000. Y si hoy, provisionalmente y temporalmente, tenemos que volver a replegarnos a esas luchas, que así sea. Para eso está un revolucionario, para asumir las experiencias, retomar lo que antes se hizo y mejorar lo que se construirá a futuro.

Luchar, vencer, caerse, perder, levantarse; volver a luchar, vencer, caerse y volver a levantarse. Ese es nuestro destino, hasta que terminen nuestras vidas.

Algo que cuenta en nuestro favor es que el tiempo histórico está de nuestro lado. Ellos, las fuerzas reaccionarias –lo decía el profesor Emir Sader–, no tienen alternativa, no son portadoras de un proyecto de superación opuesto al que los procesos progresistas y revolucionarios enarbolaron e hicieron. La derecha simplemente se anida en los errores, los rencores y las envidias del pasado. Son los restauradores del decadente y fallido neoliberalismo. Ya sabemos lo que hicieron con el continente cuando gobernaron (en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador): destruyeron nuestros países convirtiéndolos en miserables, dependientes y asfixiados de vergüenza colectiva.

Esa derecha reciclada, ese neoliberalismo tardío no representa el futuro. Son como zombis o muertos vivientes que, temporalmente, se mueven y caminan dando manotazos ante la historia.

El posneoliberalismo es el futuro y es la esperanza. Lo que los gobiernos progresistas y revolucionarios han hecho, en diez años, por ampliar derechos sociales y construir la soberanía de los países es más de lo que se ha hecho en los cien años anteriores. La derecha restauradora tiene eso en contra: es el pasado, es el retroceso. En cambio, el tiempo histórico está a favor de la revolución.

Pero ahí hay que ser muy cuidadosos y aprender de lo que se vivió en los 80 y 90, cuando todo complotaba contra las fuerzas revolucionarias: acumular y saber acumular fuerzas; entender que cuando uno se lanza a una batalla y la pierde su fuerza se va hacia el enemigo potenciándolo y debilitándonos; darse cuenta que cuando hay que dar una batalla se la tiene que calcular bien; saber obtener legitimidad y explicar a la gente; saber conquistar nuevamente la esperanza, el apoyo, la sensibilidad y el espíritu emotivo de las personas en cada nueva pelea que iniciamos; entender que hay que entrar, nuevamente, en las batallas minúsculas y gigantescas de las ideas, en los grandes medios de comunicación, en los periódicos, en los pequeños panfletos, en la universidad, en los colegios, en lo sindicatos; que hay que volver a reconstruir el nuevo sentido común de la esperanza, del posneoliberalismo. Ideas, organización y movilización.

No sabemos cuánto durará esta batalla, pero hay que prepararse por si dura uno, dos, tres, cuatro o más años. Cuando nos tocó soportar, desde la trinchera, los tiempos neoliberales, soportamos más de veinte años; y aquellos que vienen desde la dictadura, soportaron cuarenta años. Sin embargo, en esos tiempos, la derecha se presentaba como portadora del cambio, mientras que hoy es el pasado que apesta a naftalina. Hoy, la izquierda es la abanderada del cambio.

Es un buen tiempo, cuando hay lucha siempre es un buen tiempo, ya sea en gestión de gobierno o en oposición. El continente está en movimiento y más temprano que tarde dejarán de ser simplemente ocho o diez países, seremos quince, veinte o treinta los que celebraremos esta gran Internacional continental de los pueblos revolucionarios, progresistas, de la democracia, la justicia y la igualdad.El autor es Vice-presidente del Estado plurinacional de Bolivia
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[1] . Documento elaborado en base a la ponencia presentada por el autor en el evento “Restauración conservadora y nuevas resistencias en Latinoamérica”, organizado por la Fundación Germán Abdala y desarrollado en la Universidad de Buenos Aires el 27 de mayo de 2016.

[2] . Con referencia al libro de Francis Fukuyama El fin de la historia, cuya tesis central argumenta que la historia “en su sentido hegeliano y marxista de evolución progresiva de las instituciones políticas y económicas humanas (…) es direccional, progresiva y culmina en el moderno Estado liberal”. Para Fukuyama, al contrario de los marxistas, como él mismo sostiene, “este proceso de evolución histórica no culmina en el socialismo, sino en la democracia y en la economía de mercado”. Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre , Barcelona, Planeta, 1992.

[3] . Pierre Bourdieu, Cosas Dichas , Barcelona, Gedisa, 1996.

[4] . Se pueden revisar los artículos recientes de Atilio Borón (“Asalto al poder en Brasil” o “Venezuela, la tentación de una dictadura parlamentaria”, además de su libro América Latina en la geopolítica del imperialismo, ya en su segunda edición); de Ana Esther Ceceña (“El proceso de ocupación de América Latina en el siglo XXI”), y de Stella Calloni (“Ofensiva imperial”, “La injerencia extranjera es un fraude”, “Los golpes blandos”).

[5] . John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy , Buenos Aires, coedición Ediciones Herramienta y Universidad Autónoma de Puebla, 2002.

[6] . “Vemos, pues, que la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios”. Karl Clausewitz, De la Guerra , capítulo 1 del libro primero Sobre la naturaleza de la guerra , México DF, Ed. Diógenes, 1972. 

[7] . “La política es la expresión concentrada de la economía… La política no puede menos de tener supremacía sobre la economía. Pensar de otro modo significa olvidar el abecé del marxismo”. Lenin, V. I., “Insistiendo sobre los sindicatos, el momento actual y los errores de Trotski y Bujarin”, en Obras Completas, Tomo 34, México DF, Ediciones Salvador Allende.

[8] . Véase Laclau, E. y Ch. Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista. Ha cia una radicalización de la democracia, Madrid, Siglo XXI, 1987.

[9] . Véase Austin, John, Cómo hacer cosas con palabras. Palabras y acciones, Buenos Aires, Paidós, 2008.

[10] . “Pues si, en cualquier coyuntura, los hombres no se entendieran sobre estas ideas esenciales, si no tuvieran una concepción homogénea del tiempo, del espacio, de la causalidad, de la cantidad, etc., todo acuerdo entre las inteli­gencias se haría imposible y, con ello toda vida común. Además, la sociedad no puede abandonar al arbitrio de los particulares las categorías sin abandonarse a sí misma. Para poder vivir, no sólo tiene necesidad de un conformismo moral suficiente; hay un mínimo de conformismo lógico del que tampoco puede prescindir. Por esta razón ejerce el peso de toda su autoridad sobre sus miembros para prevenir las disidencias”. Emile Durkheim, Las formas ele­mentales de la vida religiosa , Madrid, Akal Editor, 1982, p. 15.

[11] . “Se puede emplear el término ‘catarsis’ para indicar el paso del momento meramente económico (o egoísta-pasional) al momento ético-político, o sea la elaboración superior de la estructura en superestructura en la conciencia de los hombres. Esto significa también el paso de lo ‘objetivo a lo subjetivo’ y de la ‘necesidad a la libertad’. La estructura, de fuerza exterior que aplasta al hombre, lo asimila a sí, lo hace pasivo, se transforma en medio de libertad, en instrumento para crear una nueva forma ético-política, en origen de nuevas iniciativas. La fijación del momento ‘catártico’ se convierte así, me parece, en el punto de partida de toda la filosofía de la praxis”. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Tomo 4, México DF, Ediciones Era, 1986, p. 142.

[12] . Véase E. H. Carr, La revolución rusa: de Lenin a Stalin, 1917-1929 , Madrid, Alianza Editorial, 2014.

[13] . “... es necesario saber que la tarea de la NEP [nueva política económica], la tarea principal y decisiva, la que subordina a sí todo lo demás, consiste en establecer una conexión entre la nueva economía, que hemos comenzado a construir (muy mal, muy torpemente, pero que, no obstante, hemos comenzado a construir sobre la base de una economía socialista enteramente nueva, de una producción nueva, de un nueva distribución), y la economía campesina, de la que viven millones y millones de campesinos (…) el desarrollo del capitalismo controlado y regulado por el Estado proletario (es decir, del capitalismo ‘de Estado’ en este sentido de la palabra) es ventajoso y necesario (claro que sólo hasta cierto punto) en un país de pequeños campesinos, extraordinariamente arruinado y atrasado, porque puede acelerar un desarrollo inmediato de la agricultura por los campesinos. Con mayor razón puede decirse lo mismo de las concesiones: sin desnacionalizar, el Estado obrero da en arriendo determinadas minas, bosques, explotaciones petrolíferas, etcétera, a capitalistas extranjeros, para obtener de ellos instrumental y máquinas suplementarias que nos permitan apresurar la restauración de la gran industria soviética”. V.I. Lenin, “Intervención de Lenin en el XI Congreso del PC(b) de Rusia celebrado en Moscú, del 27 de marzo al 2 de abril de 1922”, y “III Congreso de la Internacional Comunista”, en México DF, Obras Completas, Akal Editor/Ediciones de Cultura Popular, Tomo 36, s/año. 

[14] . Ver nota a pie 10.

[15] . Véase Badiou, A., El ser y el acontecimiento , Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1999.

[16] . Véase Carlos Marx y Federico Engels, “Las revoluciones de 1848”. Selección de artículos de la Nueva Gaceta Renana , Obras fundamentales , Tomo 5, México DF, Fondo de Cultura Económica, 1989.

http://www.lahaine.org/mundo.php/ifin-de-ciclo-progresista-o

 
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