El deshielo del permafrost, los incendios forestales y los cambios en los océanos podrían movilizar el mercurio acumulado y favorecer su entrada en la cadena alimentaria
El mercurio acumulado en el ambiente puede afectar al ser humano al incorporarse a la cadena alimentaria, por ejemplo mediante el consumo de pescado. / Crédito: karl muscat en Unsplash.
Pablo Javier Piacente
levante-emv.com/09 OCT 2026
La reducción de las emisiones de mercurio no garantiza que disminuya al mismo ritmo la exposición de las personas a este contaminante. Mientras las medidas de control han contribuido a reducir las emisiones humanas en distintas regiones del mundo, el cambio climático amenaza con reactivar parte del mercurio que se ha ido acumulando durante siglos en los suelos, los océanos, los sedimentos y los terrenos permanentemente helados o permafrost. Esta reserva histórica, conocida como "mercurio legado", podría convertirse en una fuente adicional de contaminación con consecuencias para los ecosistemas y la salud pública.
La advertencia procede de un artículo de perspectiva publicado en la revista Science, elaborado por investigadores del Instituto de Química Física Blas Cabrera del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en España. El trabajo analiza cómo el calentamiento global puede alterar el ciclo natural del mercurio y dificultar los avances conseguidos mediante las políticas de reducción de emisiones.
Un contaminante que vuelve a circular
El mercurio es un elemento químico persistente que puede permanecer durante largos períodos en el medioambiente. Aunque una parte procede de fuentes naturales, las actividades humanas han contribuido a su dispersión a través de procesos industriales, la combustión de combustibles fósiles y determinadas prácticas mineras.
Las restricciones a estas emisiones han dado resultados: las emisiones humanas han disminuido desde 1990 en Europa y Norteamérica, y desde 2010 en Asia oriental. Sin embargo, el mercurio liberado en el pasado no desaparece necesariamente cuando se reduce la contaminación actual: puede quedar almacenado en distintos compartimentos ambientales y volver a movilizarse cuando cambian las condiciones físicas, químicas y biológicas.
El aumento de las temperaturas, los incendios forestales, la modificación de las precipitaciones y el deshielo del permafrost son algunos de los procesos que pueden alterar esa dinámica. También los cambios en la circulación atmosférica y oceánica pueden modificar el transporte y la distribución del contaminante.
El deshielo de los suelos congelados resulta especialmente relevante, porque estas superficies han retenido mercurio durante miles de años. Al descongelarse, la materia orgánica se degrada y puede liberar sustancias que habían permanecido inmovilizadas. Parte de ese mercurio puede pasar al agua, al suelo o a la atmósfera y reincorporarse a los ciclos naturales.
El peligro del metilmercurio
La principal preocupación sanitaria no reside únicamente en la cantidad total de mercurio que vuelve al medioambiente, sino también en su transformación química. En determinadas condiciones, los microorganismos pueden convertir el mercurio inorgánico en metilmercurio, una forma especialmente tóxica capaz de acumularse en los organismos vivos.
A medida que avanza por la cadena alimentaria, su concentración puede aumentar. Los peces pequeños incorporan el contaminante y los depredadores de mayor tamaño pueden acumular cantidades superiores tras alimentarse de numerosas presas. Este proceso, conocido como biomagnificación, hace que el consumo de determinados pescados y mariscos constituya una de las principales vías de exposición humana al metilmercurio.
La exposición a este compuesto preocupa especialmente por sus efectos sobre el sistema nervioso. El desarrollo cerebral del feto y de los niños pequeños es particularmente vulnerable, por lo que una mayor presencia del contaminante en los alimentos podría agravar riesgos ya conocidos.
Las consecuencias no se distribuirían por igual entre todas las poblaciones. Las comunidades que dependen estrechamente de la pesca para alimentarse podrían afrontar una exposición mayor, entre ellas pueblos indígenas de regiones árticas y comunidades amazónicas afectadas por la minería artesanal del oro.

Los océanos y sus producciones se ven especialmente afectados por la liberación de mercurio. / Crédito: Mega Caesaria en Unsplash.
Un riesgo que todavía presenta incertidumbres
Los expertos coinciden en la relevancia del problema, aunque advierten de que todavía existen lagunas científicas. Miguel Motas, catedrático de Toxicología de la Universidad de Murcia, considera que el análisis pone el foco en un reservorio histórico cuya importancia puede aumentar a medida que el calentamiento modifica los procesos ambientales, según indicó a Science Media Centre. También señala que algunos mecanismos siguen siendo inciertos y que los modelos disponibles no reproducen por completo las interacciones entre la atmósfera, los océanos, los suelos y los ecosistemas.
Joan O. Grimalt, investigador del CSIC, también destaca que el calentamiento puede favorecer la reemisión de contaminantes previamente retenidos por las bajas temperaturas. No obstante, cuestiona algunas hipótesis concretas sobre el comportamiento del mercurio en océanos más cálidos, lo que subraya la necesidad de interpretar con cautela las distintas vías de movilización.
La falta de series temporales suficientes para medir la evolución del mercurio en suelos, aguas y organismos vivos dificulta, además, establecer con precisión la magnitud de los efectos futuros.
Reducir emisiones y vigilar las reservas
El desafío consiste en mantener las políticas de control de las emisiones y, al mismo tiempo, comprender cómo responde el mercurio ya acumulado al cambio climático. El Convenio de Minamata, un acuerdo internacional destinado a proteger la salud humana y el medioambiente frente a este metal, constituye una herramienta fundamental, pero sus beneficios podrían verse limitados si aumenta la movilización de las reservas históricas.
Los investigadores consideran necesario mejorar la vigilancia ambiental, ampliar las mediciones de mercurio y metilmercurio y perfeccionar los modelos que permiten anticipar su circulación. También resulta esencial identificar las zonas donde el deshielo, las inundaciones o los incendios pueden favorecer la liberación del contaminante.
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