La crisis civilizatoria revela las contradicciones del capitalismo entre desigualdad, deterioro ambiental, poder económico y lucha por un cambio social
Fernando Buen Abad
Almaplus.tv/31/08/2026
¿Qué entendemos por “crisis civilizatoria”?
“Crisis civilizatoria” designa aquí una fase histórica en la que las contradicciones estructurales del capitalismo, que organiza la vida social, alcanzan tal magnitud destructora que comprometen simultáneamente las bases materiales, culturales, políticas, económicas, científicas, ambientales y simbólicas de la vida colectiva. No alude a una perturbación coyuntural ni a una dificultad transitoria dentro de un orden estable.
Remite, por el contrario, a un agotamiento profundo de las formas burguesas dominantes para producir riqueza, administrar el poder, distribuir los recursos, construir conocimiento y definir los horizontes de sentido que orientan la existencia humana.
Se trata de una situación en la cual los mecanismos que durante largos períodos garantizaron la continuidad de un modelo histórico comienzan a operar como factores de descomposición, generando tensiones que atraviesan todos los ámbitos de la experiencia social.
Es tal la gravedad del fenómeno que destruye las capacidades técnicas acumuladas por la humanidad, que su toxicidad ya alcanza niveles sin precedentes al mismo tiempo que se expanden formas extremas de desigualdad, precarización y exclusión.
Nunca resultó tan elevado el potencial productivo de las fuerzas del trabajo humano; jamás fueron tan sofisticados los sistemas de comunicación, transporte, investigación y automatización. Sin embargo, esa formidable potencia creadora convive con la concentración creciente de la riqueza, la mercantilización de dimensiones cada vez más amplias de la vida y la subordinación de necesidades colectivas a imperativos de acumulación privada.
La contradicción adquiere así una dimensión histórica decisiva: cuanto más se desarrollan las capacidades objetivas para garantizar condiciones dignas de existencia para todos, más evidentes se vuelven los obstáculos impuestos por relaciones sociales que privilegian la rentabilidad sobre la satisfacción de las necesidades humanas.
Hoy la crisis civilizatoria se manifiesta también en el deterioro de la relación metabólica entre sociedad y naturaleza. El régimen de producción dominante transforma ecosistemas completos en reservas de explotación intensiva, convierte bienes comunes en mercancías y somete los ciclos naturales a exigencias de valorización incompatibles con los ritmos de regeneración del planeta. La devastación ambiental no constituye un accidente externo al funcionamiento del sistema; expresa una lógica histórica que mide el mundo según criterios de utilidad económica inmediata. De ese modo, la expansión de la riqueza abstracta avanza paralelamente a la destrucción de las condiciones materiales que hacen posible la vida.

La crisis civilizatoria profundiza la desigualdad social
Junto con estas contradicciones emerge una crisis de legitimidad. Amplios sectores sociales perciben que las instituciones encargadas de representar intereses colectivos operan crecientemente en favor de grupos privilegiados. La distancia entre las promesas formales de igualdad y la experiencia concreta de millones de personas genera desencanto, desconfianza y fragmentación.
Las estructuras políticas conservan procedimientos democráticos mientras vastas decisiones estratégicas permanecen sometidas al poder de conglomerados económicos capaces de influir sobre gobiernos, sistemas financieros, plataformas tecnológicas y circuitos globales de información. Tal configuración debilita la soberanía popular y reduce la participación ciudadana a márgenes cada vez más estrechos.
En el terreno cultural, la crisis se expresa mediante la expansión de formas de alienación que colonizan la sensibilidad, la memoria y la imaginación social. La industria simbólica transforma deseos, emociones y aspiraciones en objetos de consumo, promoviendo identidades fragmentadas que dificultan la comprensión de las causas estructurales de los conflictos. El individuo aparece aislado frente a problemas cuya génesis es colectiva. Las angustias derivadas de la explotación, la incertidumbre laboral o la exclusión social se reinterpretan como fracasos personales.
De esta manera, las contradicciones históricas se desplazan desde el ámbito de las relaciones sociales hacia la esfera psicológica, ocultando los mecanismos que las producen. Y la dimensión comunicacional ocupa un lugar central.
La concentración de los medios de producción simbólica permite a grupos dominantes intervenir sobre la construcción de consensos, jerarquizar narrativas funcionales a sus intereses y naturalizar relaciones de poder históricamente determinadas. Bajo tales condiciones, la disputa por la conciencia social adquiere relevancia estratégica. Ninguna transformación profunda puede desarrollarse sin una comprensión crítica de las estructuras que organizan la dominación.
Allí donde prevalece la fragmentación, la dominación encuentra terreno fértil; allí donde se construye conciencia histórica, aparecen posibilidades de emancipación. La lucha de clases constituye el núcleo dinámico que permite comprender la crisis civilizatoria en toda su complejidad. No se trata únicamente de conflictos salariales o disputas sectoriales.

Capitalismo y crisis ambiental ponen en riesgo la vida
Se encuentra presente en las controversias por el acceso al conocimiento, en los enfrentamientos por los bienes comunes, en las batallas culturales, en la organización del trabajo, en la distribución del tiempo social y en la definición misma de los fines que orientan el desarrollo histórico.
Cada avance tecnológico, cada innovación científica y cada transformación institucional plantean interrogantes acerca de quién controla sus beneficios y con qué propósito se utilizan. La crisis civilizatoria revela, en consecuencia, una incompatibilidad creciente entre el extraordinario desarrollo alcanzado por las capacidades humanas y las relaciones sociales que restringen su aprovechamiento colectivo. Su desenlace no está predeterminado.
Toda época de agotamiento histórico contiene simultáneamente tendencias regresivas y potencialidades transformadoras. El incremento de la explotación, el autoritarismo y la concentración del poder constituyen respuestas posibles de las clases dominantes frente a la pérdida de legitimidad de su orden.

La lucha de clases frente a la crisis del capitalismo
Del otro lado, la ampliación de la conciencia crítica, la organización popular y la construcción de formas superiores de cooperación social abren caminos orientados hacia una sociedad fundada en la justicia, la igualdad sustantiva, la participación democrática y la realización plena de las capacidades humanas.
Ese horizonte, la crisis deja de ser únicamente una expresión de decadencia para convertirse también en la manifestación de una transición histórica cuyo resultado dependerá de la capacidad de los pueblos para comprender las contradicciones de su tiempo y actuar colectivamente sobre ellas.
Fernando Buen Abad*
Autor de esta publicación
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*Intelectual y escritor mexicano. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Master en Filosofía Política y Doctor en Filosofía.
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