¿Puede un proceso conservar sus símbolos mientras cambia profundamente su rumbo económico y político?
Porque algo puede conservar durante mucho tiempo su nombre y, sin embargo, estar recorriendo un camino diferente
JORDI RUIZ
canarias-semanal.org/01/09/
Los grandes cambios no siempre llegan con una ruptura espectacular. A veces avanzan lentamente, mediante decisiones que parecen aisladas y que solo adquieren sentido cuando se observan juntas. Venezuela ofrece un ejemplo especialmente revelador: durante años fueron apareciendo señales económicas, laborales y políticas que apuntaban a una transformación del proceso bolivariano. La pregunta no es solo qué cambió, sino por qué a no pocos les costó tanto verlo.
Hay cambios que vemos inmediatamente porque llegan haciendo ruido. Una empresa cierra, un gobierno cae, una pareja se separa, una guerra comienza. El acontecimiento tiene fecha y resulta fácil señalarlo. Pero existen otros cambios mucho más difíciles de ser percibidos. No suceden un martes a las cinco de la tarde. Se van formando lentamente, mediante pequeñas modificaciones que, observadas una a una, parecen insuficientes para decir que algo fundamental ha cambiado.
Lo comprobamos en cosas muy sencillas. Nos miramos diariamente al espejo y apenas percibimos cómo envejecemos, pero encontramos una fotografía de hace quince años y la transformación resulta evidente.

Lo mismo sucede con un barrio. Cierra una tienda, aumenta un alquiler, aparece un apartamento turístico, desaparece una familia que llevaba allí enraizada treinta años. Ningún episodio parece transformar el barrio. Diez años después, sin embargo, alguien regresa y descubre que el lugar que conocía prácticamente ha desaparecido.
Hay detrás de todo esto una idea bastante sencilla: la realidad se mueve continuamente, aunque nosotros necesitemos imaginarla como si estuviera quieta. Hay un ejemplo elemental que podría ayudarnos en esta reflexión. Un automóvil que acaba de recorrer mil kilómetros continúa siendo “el mismo coche”, pero sus neumáticos, su motor y sus piezas ya no están exactamente como al comenzar el viaje. Lo llamamos igual porque necesitamos hacerlo, aunque materialmente se haya ido transformando.
Esta dificultad para percibir los procesos puede convertirse en un problema gigantesco cuando dejamos de hablar de automóviles y empezamos a hablar de sociedades.
Venezuela constituye un caso especialmente interesante que podría ilustrarnos. Porque una de las preguntas que merece la pena hacerse sobre la evolución del proceso bolivariano no debe consistir solamente en qué tipo de decisiones fueron las que se tomaron allí durante los últimos años. Hay, además, otra pregunta previa: ¿por qué determinadas señales de cambio pudieron aparecer delante de nuestros ojos sin que una parte importante de quienes simpatizaban con aquel proceso modificara la imagen que tenía de él?
UNA FOTOGRAFÍA TOMADA HACE VEINTE AÑOS
Para entenderlo, debemos recordar qué fotografía habíamos tomado de aquel proceso político.

Durante los primeros años del proceso bolivariano, Venezuela quedó asociada para una buena parte de la izquierda internacional a unas determinadas ideas: recuperación de soberanía sobre recursos estratégicos, enfrentamiento con las antiguas élites económicas que hegemonizaban el poder en ese país, expansión de programas sociales, participación popular, integración latinoamericana y proclamación de un todavía indefinido horizonte socialista.
Aquella imagen no era una fantasía. Respondía a hechos y conflictos concretos de una determinada etapa histórica. Precisamente por eso adquirió tanta fuerza. El problema aparece cuando aquella instantánea fotográfica que fue correcta, en un momento determinado, comienza a utilizarse para interpretar indefinidamente todo lo que sucede después.
Porque un proceso político no es su nombre. Tampoco es su bandera, sus canciones, sus aniversarios, ni siquiera las palabras que utilizan sus dirigentes. Un proceso es también la dirección en la que se mueven los salarios, quiénes son los que detentan la propiedad, las condiciones laborales, las relaciones entre el Estado y los empresarios, la capacidad de organización de los trabajadores y la distribución real de los sacrificios y de la riqueza.
Y esas cosas pueden cambiar sin que cambie inmediatamente el vocabulario.
La cuestión empezó a hacerse especialmente visible durante los últimos años. El Partido Comunista de Venezuela, que había acompañado durante mucho tiempo el proceso bolivariano, rompió con la coalición gubernamental en 2020 y comenzó a denunciar una orientación económica que consideraba cada vez más alejada de los intereses de los trabajadores. La ruptura no surgió de la noche a la mañana. Fue acumulándose mediante desacuerdos económicos, laborales y políticos hasta convertirse en un enfrentamiento abierto.
Eso ya debería haber llamado nuestra atención. Cuando una organización con su historia, que durante años había estado situada dentro del campo que apoyaba una experiencia, comienza a advertir que algo esencial está cambiando, pueden ocurrir dos cosas: que su análisis sea equivocado o que haya detectado una transformación que otros todavía no perciben. Lo que no parece razonable es descartar automáticamente la señal porque contradice la instantánea fotográfica que todavía conservábamos.
CUANDO LAS EXCEPCIONES EMPIEZAN A FORMAR UN PATRÓN

En octubre de 2020 apareció uno de esos elementos que posteriormente adquirieron mayor importancia: la llamada Ley Antibloqueo. Desde posiciones críticas situadas a la izquierda del Gobierno se advirtió que aquella legislación ampliaba considerablemente la capacidad del Ejecutivo para establecer acuerdos económicos y modificar la gestión de determinados activos estatales. El Gobierno presentó la medida como un instrumento extraordinario para enfrentarse al bloqueo y a las sanciones; sus críticos vieron en ella la apertura de un camino hacia una mayor presencia del capital privado y extranjero. Para ser justos, con el digital en el que hoy escribimos, Canarias Semanal recogió posteriormente los detalles de esa controversia y las denuncias sobre el cambio de orientación económica.
Aquí aparece el mecanismo que nos interesa. Una medida aislada puede explicarse por una emergencia. Y Venezuela vivía realmente circunstancias extraordinarias. Las sanciones internacionales, el hundimiento previamente deliberado de una buena parte de su economía, la caída de la producción petrolera, la inflación y la escasez proporcionaban razones poderosas para adoptar decisiones excepcionales. Sería absurdo analizar lo ocurrido ignorando esas brutales condiciones externas.
Pero es precisamente ahí donde aparece la pregunta difícil: ¿cuánto tiempo puede seguir llamándose excepcional una política que empieza a repetirse y a integrarse en el funcionamiento normal de la economía?
Desde 2019 el Gobierno fue relajando algunas restricciones al sector privado y tolerando una dolarización informal que contribuyó a estabilizar determinados espacios económicos, aunque también produjo fuertes diferencias entre quienes tenían acceso a divisas y quienes dependían de ingresos en bolívares. Algunos comentaristas políticos y económicos denunciaron esa liberalización parcial y la creciente utilización del dólar como elementos centrales del nuevo paisaje económico venezolano.
Por separado, cada decisión podía tener una explicación. Pero juntas empezaban a contar una historia.
Eso es precisamente lo difícil de los procesos. Imaginemos que calentamos agua. A 40 grados continúa siendo agua. A 60 también. A 80 sigue pareciendo esencialmente la misma. Sin embargo, la acumulación de pequeñas variaciones conduce finalmente a un cambio de estado. Este ejemplo puede ser tomado como punto de partida para explicar que una suma de modificaciones graduales puede terminar produciendo una realidad cualitativamente distinta.
En política ocurre algo parecido, aunque naturalmente no exista un termómetro que nos indique cuándo hemos llegado a los cien grados.
MIRAR LOS SALARIOS EN VEZ DE LOS DISCURSOS
Por eso quizá el error consistió en seguir mirando principalmente al discurso cuando había que empezar a mirar otras cosas. Una de ellas era el salario.
En mayo de 2024 el salario mínimo oficial venezolano continuaba fijado en 130 bolívares, sin modificación desde marzo de 2022, y equivalía aproximadamente a 3,5 dólares mensuales al tipo de cambio de aquel momento. Los empleados públicos recibían además bonos que elevaban sus ingresos, pero esos complementos no funcionaban igual que el salario base para todos los efectos laborales. Los sindicatos de docentes, sanitarios y empleados universitarios reclamaban aumentos mientras el Gobierno afirmaba que intentaba recuperar progresivamente el poder adquisitivo sin reactivar la inflación.
Este dato resulta mucho más útil para comprender la dirección de un proceso que cien discursos. Porque las palabras pueden engañar. Las relaciones materiales, no.
Cuando una experiencia política que se definía mediante la protección de las clases populares atraviesa durante años una situación en la que el salario pierde una parte enorme de su capacidad para garantizar la vida cotidiana, resulta inevitable preguntar quiénes son los que están soportando el coste de la crisis. La respuesta no puede buscarse exclusivamente en las intenciones declaradas del Gobierno. Hay que observar lo que sucede realmente con trabajadores, empresarios, propietarios, pensionistas y sectores que reciben ingresos en divisas.
Las organizaciones críticas comenzaron precisamente a plantear la cuestión en esos términos. Hablaron de flexibilización laboral, dolarización, apertura al capital privado y deterioro del salario. En enero de 2024, este mismo digital ya recogía expresamente la impresión de que subrepticiamente se estaba produciendo un “timonazo derechista y neoliberal” ya anunciado por los comunistas venezolanos. En agosto de ese mismo año ya había publicado artículos en los que se desarrollaban con mayor amplitud los desacuerdos sobre política económica y Ley Antibloqueo.
La importancia de estas informaciones no consiste en convertir a una publicación en protagonista de la historia ni en aceptar automáticamente cada una de sus interpretaciones. Consiste en comprobar algo mucho más interesante: las alertas existían antes de que la discusión sobre la orientación del proceso alcanzara la dimensión que iba a adquirir después.
UNA SEÑAL QUE YA NO ERA ECONÓMICA
Y entonces apareció otra señal, esta vez difícil de reducir a una discusión sobre política económica.
El 11 de agosto de 2023 la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia intervino la dirección del Partido Comunista de Venezuela y nombró una junta directiva ad hoc. La sentencia 1.160 justificó la decisión por la necesidad de organizar procesos internos que garantizaran los derechos de participación de los asociados. La dirección desplazada del PCV denunció, por el contrario, una operación para arrebatarle el control de su organización. El hecho mismo de la intervención judicial está documentado en la sentencia y fue recogido por numerosos medios.
Días antes, más de 300 activistas, sindicalistas e intelectuales de distintos países habían reclamado que se respetara la autonomía del partido ante el temor de que pudiera producirse precisamente una intervención de ese tipo. Canarias Semanal publicó aquella alerta el 3 de agosto de 2023.
Aquí la pregunta adquiere otra dimensión. Un desacuerdo salarial puede considerarse un error económico. Una apertura al capital privado puede explicarse como una concesión temporal. Una flexibilización puede atribuirse a una emergencia. Pero cuando las señales económicas empiezan a coincidir con conflictos crecientes con organizaciones obreras o de izquierda, tenemos la obligación de observar el conjunto de lo que está sucediendo.
No porque una sola señal demuestre toda una tesis. Sino porque varias señales relacionadas pueden empezar a describir una tendencia.
¿POR QUÉ COSTÓ TANTO VERLO?
Pero, por qué la mayor parte de la izquierda internacional se mostró incapaz de admitir que pudiera estar produciéndose esta nueva tendencia. Probablemente porque la antigua fotografía continuaba funcionando. El Gobierno venezolano seguía enfrentado a Estados Unidos, continuaba utilizando los símbolos y las referencias procedentes del proceso bolivariano y mantenía un discurso radicalmente distinto al de la derecha tradicional venezolana. Frente a una oposición que durante años había respaldado sanciones, los intentos de desestabilización e incluso las tentativas militares de golpes de estado o intervenciones exteriores procedentes del gran vecino del Norte, resultaba fácil pensar que cualquier crítica al Gobierno terminaba favoreciendo al adversario.
Ahí se abrió la posibilidad de una trampa poderosísima: comparar permanentemente al Gobierno con la derecha impedía compararlo consigo mismo.
Pero son comparaciones diferentes. Que un gobierno continúe siendo distinto de sus enemigos es un hecho que no demuestra por sí mismo que siga siendo igual a lo que fue diez o quince años antes.
Para descubrir una transformación no basta con preguntar: “¿Sigue enfrentado a la derecha?”. Hay que formular también otro tipo de preguntas: ¿qué ocurre con los salarios?, ¿qué sectores económicos están ganando la correlación de fuerzas?, ¿cómo están cambiando las relaciones con el capital privado?, ¿qué derechos laborales retroceden?, ¿qué espacio conservan las organizaciones populares realmente independientes?, ¿qué clase social es la que paga la crisis?
Solo cuando nos formulamos esas preguntas, la fotografía empieza a moverse. Y quizá esa sea la lección más útil que ofrece Venezuela: los procesos históricos no suelen avisarnos cuando cambian de dirección. Conservan nombres, símbolos y recuerdos que pertenecieron realmente a otra etapa. Mientras tanto, debajo de ellos pueden ir cambiando las relaciones concretas que daban sentido a aquellos nombres.
El error no consiste en haberse equivocado al tomar la primera fotografía. El error consiste en negarse a tomar una segunda.
CUANDO LO MISMO YA NO ES LO MISMO
Quizá durante demasiado tiempo preguntamos si Venezuela “seguía siendo” bolivariana, vagamente socialista o revolucionaria, como si la respuesta pudiera encontrarse comprobando el nombre colocado sobre la puerta.
Pero la pregunta más útil era otra: ¿hacia dónde se estaba moviendo?
Porque algo puede conservar durante mucho tiempo su nombre y, sin embargo, estar recorriendo un camino diferente. Y cuando finalmente percibimos la distancia entre el punto de partida y el lugar al que hemos llegado, sentimos la misma sorpresa que al encontrar aquella vieja fotografía nuestra en un cajón. Creíamos estar mirando lo mismo. Pero llevaba años cambiando delante de nuestras propias narices.
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