Sin una garantía vinculante de EEUU de “no agresión y no amenaza”, ningún acuerdo para poner fin a la guerra con Irán podrá avanzar
HispanTV
22 de agosto de 2026 10:02
Tras la guerra de 40 días de Ramadán —la agresión conjunta, no provocada e ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán, del 28 de febrero al 8 de abril de 2026— ambas partes, con la mediación de Pakistán, abordaron los términos de un posible acuerdo para poner fin a la tercera guerra impuesta.
En Islamabad se firmó un Memorando de Entendimiento (MdE) que establecía un marco para poner fin a las hostilidades de Estados Unidos e Israel en todos los frentes, levantar las sanciones estadounidenses ilegales y draconianas, retirar las fuerzas de ocupación estadounidenses de las inmediaciones de Irán y abordar otras cuestiones pendientes.
Sobre el papel, el documento contemplaba un alto el fuego integral en todos los frentes, el desmantelamiento de la infraestructura militar estadounidense en la región y un paquete de reconstrucción de varios miles de millones de dólares.
Sin embargo, una vez expirado el plazo de 60 días previsto para las negociaciones finales, las perspectivas de una paz sostenible se han vuelto peligrosamente frágiles, principalmente porque la parte estadounidense se ha negado hasta ahora a cumplir sus compromisos, que en la práctica equivalen a reconocer su derrota en la guerra y la creciente desesperación por las pérdidas sufridas.
Irán ha sostenido que cualquier acuerdo para poner fin a la guerra que no contemple el cese definitivo de todos los actos de agresión contra Irán y sus aliados en la región, así como garantías firmes contra futuras agresiones o amenazas, está condenado al fracaso.
Lección de la guerra: la seguridad no puede negociarse bajo el fuego
La guerra de Ramadán dejó más de 3.500 civiles iraníes muertos, entre ellos más de 270 escolares. El atroz ataque terrorista contra la escuela femenina Shajareh Tayyebeh, en Minab, donde más de 168 estudiantes murieron el primer día de la guerra, se convirtió en un símbolo de la brutalidad de esta agresión no provocada e injustificada.
En palabras de funcionarios iraníes, esta atrocidad “no puede justificarse ni siquiera bajo los estándares más bárbaros”. La guerra demostró, de la manera más contundente, que Estados Unidos y sus aliados están dispuestos a atacar en cualquier lugar y en cualquier momento para alcanzar sus objetivos siniestros.
Que la maquinaria bélica estadounidense no lograra ninguno de sus objetivos declarados, sufriera pérdidas humanas y materiales catastróficas y finalmente se viera obligada a proponer un alto el fuego mediante mediadores paquistaníes es otra cuestión.
Para Teherán, esta experiencia cristalizó una conclusión estratégica: cualquier acuerdo para poner fin a la guerra que no incluya garantías de seguridad suficientes resulta insuficiente. El MdE podía prometer el fin de las “operaciones militares”, pero pocas semanas después de su firma, las fuerzas estadounidenses atacaron embarcaciones iraníes cerca del estrecho de Ormuz y llevaron a cabo una serie de ataques aéreos contra zonas civiles del sur de Irán.
Las Fuerzas Armadas iraníes también respondieron atacando activos estadounidenses en toda la región y advirtieron que se reservan el derecho “legítimo y definitivo” a responder ante cualquier violación del alto el fuego.
Este patrón —altos el fuego seguidos de nuevas agresiones— no constituye una anomalía. Refleja un problema más profundo, a saber, que Estados Unidos ha tratado las negociaciones como una herramienta para gestionar la guerra en lugar de resolverla. Cualquier escalada militar refuerza el temor de que Washington vuelva a incumplir o abandonar futuros acuerdos, como ya hizo anteriormente con el acuerdo nuclear.
Por ello, sin garantías vinculantes y exigibles contra futuras agresiones, cualquier acuerdo no sería más que una pausa en las hostilidades, una calma antes de la tormenta. Estados Unidos y sus aliados deben comprometerse a no violar las fronteras terrestres, marítimas y aéreas de Irán y a no utilizar el territorio o las bases de países de la región para llevar a cabo agresiones militares contra la República Islámica.
La visión de seguridad integrada: una guerra en un frente es una guerra en todos
Para comprender por qué Irán insiste en que cualquier acuerdo de paz debe abordar todos los frentes de agresión —desde Líbano hasta Yemen y desde Irak hasta Palestina— es necesario entender la lógica del Eje de la Resistencia. No se trata de una alianza circunstancial y flexible, sino de una asociación estratégica basada en intereses comunes.
La estructura de esta red se ha construido durante décadas. Desde la creación de Hezbolá en Líbano en la década de 1980 hasta la integración de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak (Al-Hashad Al-Shabi, en árabe), Ansarolá de Yemen y los grupos de Resistencia palestinos, se ha establecido una red defensiva multifrontal que opera de manera coordinada, pero conserva capacidad de acción independiente.
Esta integración no es meramente militar, sino también estratégica. Como han dejado claro funcionarios iraníes, la seguridad regional es una realidad interconectada. Una paz separada en un frente mientras continúa la agresión en otro constituye una trampa. Para Irán, la seguridad del Golfo Pérsico no puede separarse de la seguridad del Líbano, del mismo modo que la seguridad del Líbano no puede separarse de la seguridad de Palestina.
Irán ha dejado absolutamente clara su posición y el mundo haría bien en escucharla. El fin de la guerra contra Irán debe significar el fin de la guerra en todos los frentes del Eje de la Resistencia. Un acto de agresión contra uno de los componentes de este eje equivale a un acto de agresión contra todos ellos, desde Irán hasta Líbano, Yemen, Irak y Palestina.
No puede haber un alto el fuego en el Golfo Pérsico mientras continúe cualquier forma o manifestación de agresión contra Líbano, Palestina, Irak o Yemen. Esta es una doctrina estratégica establecida claramente por la República Islámica tras las dos guerras recientes impuestas por Estados Unidos e Israel.
Estados Unidos e Israel han seguido una estrategia de fragmentación, tratando de aislar Gaza del Líbano, separar a Ansarolá de Hezbolá y abrir una brecha entre Irak e Irán. La reciente guerra acercó aún más al Eje de la Resistencia. En lugar de fragmentar la Resistencia, la agresión estadounidense e israelí forjó una alianza más cohesionada y con una coordinación operativa más clara.
Estados Unidos también ha ejercido lo que denomina “presión diplomática” sobre Irak para desarmar a sus facciones de la resistencia y ha llevado a cabo ataques de falsa bandera en el Kurdistán iraquí. En Líbano, los persistentes llamamientos al desarme de Hezbolá no son expresiones de preocupación por la estabilidad libanesa, sino una maniobra destinada a dejar al país expuesto a la agresión sionista sin capacidad de resistencia. En Yemen, la coalición liderada por Arabia Saudí y respaldada por Estados Unidos ha bombardeado escuelas, hospitales y mercados mientras mantiene un bloqueo paralizante. Cada uno de estos actos de agresión forma parte de una campaña más amplia destinada a debilitar a toda la red de resistencia.
El precio de una paz real: poner fin a todas las agresiones y amenazas
El MdE firmado en Islamabad reflejaba el reconocimiento de que la paz requiere algo más que un alto el fuego. El documento incluye disposiciones para poner fin a las agresiones en todos los frentes, ofrecer garantías de no agresión, eliminar el bloqueo naval ilegal de Estados Unidos, retirar las fuerzas de ocupación estadounidenses de las inmediaciones de Irán, establecer reparaciones de guerra y levantar todas las sanciones, incluidas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y todas las medidas unilaterales estadounidenses.
Sin embargo, mientras las negociaciones finales permanecen estancadas, Irán ha dejado claro que no esperará indefinidamente a que Estados Unidos cumpla sus compromisos. Ante cualquier nueva agresión, la respuesta iraní será severa. Irán ha pasado de una postura defensiva a una postura ofensiva.
El problema es que Estados Unidos e Israel han exigido sistemáticamente que Irán abandone a sus aliados, desmantele su capacidad de disuasión y acepte un orden regional diseñado por sus adversarios y para beneficio de estos. Irán no puede, por un lado, comprometerse con la contención y la desescalada y, por otro, contemplar la concentración de buques de guerra, cazas, bombarderos e infraestructura militar estadounidenses a lo largo de sus fronteras y en toda la región.
Desde la perspectiva de Teherán, una verdadera desescalada debe ir acompañada del fin de la postura militar amenazante de Estados Unidos y de una retirada gradual de sus fuerzas de los alrededores de Irán y de la región. La presencia militar extranjera no debe convertirse en una herramienta de cerco, intimidación o preparación de una nueva guerra.
El camino a seguir: un acuerdo sin agresiones ni amenazas
Un acuerdo para poner fin a la guerra requiere algo más que un alto el fuego parcial. Exige el cese definitivo de todos los actos de agresión contra Irán y sus aliados, respaldado por garantías exigibles y un mecanismo claro para abordar cualquier violación.
Estados Unidos debe comprometerse explícitamente a no violar las fronteras terrestres, marítimas y aéreas de Irán y a no utilizar el territorio o las bases de países de la región para llevar a cabo agresiones militares contra la República Islámica y su pueblo. También debe poner fin a la estrategia de fragmentación y reconocer que una guerra en un frente es una guerra en todos.
La Resistencia no será intimidada para que se desarme y se rinda. El pueblo libanés no abandonará a sus aliados de Hezbolá para que hagan frente por sí solos a la agresión israelí. El pueblo yemení no aceptará la continuación de un bloqueo brutal mientras se negocia un alto el fuego en otro lugar.
Y el pueblo palestino no aceptará que su causa pueda separarse de la lucha más amplia por la autodeterminación regional. Estados Unidos y sus aliados deben garantizar que el bloqueo de Yemen y la agresión militar que ha provocado una catástrofe humanitaria terminen de inmediato. También deben garantizar el fin de la agresión israelí contra Líbano y que Hezbolá no sea obligado a desarmarse mientras el régimen sionista siga representando una amenaza.
La elección que tienen ante sí Estados Unidos y sus aliados es clara. Pueden continuar con su política de agresión, fragmentación y presión, en cuyo caso la guerra continuará, aunque no en su forma actual, sino mediante un ciclo de confrontación que involucrará a un número cada vez mayor de actores y devastará cada vez más vidas.
O pueden optar por un acuerdo genuino que respete la soberanía y la integridad territorial de todos los países de la región, ponga fin a todos los actos de agresión y permita a los pueblos de la región decidir su propio futuro sin injerencias extranjeras.
Una de las lecciones más importantes de la guerra es que cualquier acuerdo sin garantías de seguridad resulta insuficiente. Estas garantías deben ir acompañadas de un mecanismo claro para abordar cualquier violación del acuerdo, porque el agresor no puede atacar y simplemente marcharse.
Cualquier acuerdo para poner fin a la guerra que no incluya un cese definitivo de todos los actos de agresión en el futuro y un compromiso vinculante contra cualquier amenaza futura hacia Irán y sus aliados no será un acuerdo aceptable para el pueblo iraní, que lleva más de 160 días en las calles.
La decisión no corresponde únicamente a Irán. Si Estados Unidos y sus aliados quieren que la guerra termine y que el estrecho de Ormuz vuelva a abrirse, deben garantizar que no continúe ningún acto de agresión —militar, económico o de cualquier otra índole— contra Irán o cualquier miembro del Eje de la Resistencia.
Deben ofrecer garantías firmes e inequívocas de que no se formularán nuevas amenazas, no se llevarán a cabo nuevos ataques y no se realizarán nuevos intentos de desestabilizar la región mediante el uso de la fuerza.
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