La forma del próximo conflicto
Atún Oğul
Multipolarpress.com/19 de mayo de 2026
Oğul Tuna explica cómo Pekín determina cada vez más el ritmo y el terreno de la emergente confrontación global, incluso cuando Washington todavía posee un poder inmenso.
La reciente reunión en Pekín entre el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente chino Xi Jinping había sido esperada con gran expectación como un momento "histórico". El trato frío de Xi hacia Trump en octubre de 2025 y el ataque a Irán en febrero de 2026 habían generado dudas sobre si la cumbre siquiera se celebraría.
Sin embargo, al final, el presidente estadounidense aterrizó en Pekín el 13 de mayo. Desde la ceremonia de bienvenida, a la que el propio Xi no asistió, hasta las declaraciones que ambos líderes pronunciaron posteriormente, la cumbre se convirtió en un evento marcado por el simbolismo y la retórica.
Al 17 de mayo, resulta difícil coincidir con los analistas occidentales que describieron la reunión como un caso de "la montaña dando a luz a un ratón". Ciertamente, la cumbre no produjo ningún avance significativo. No se esperaba que dos potencias inmersas en una rivalidad estratégica a largo plazo conciliaran sus intereses en los temas centrales donde chocan fundamentalmente. Sin embargo, la imagen creada por la postura de ambos líderes —especialmente el mensaje contradictorio de la parte estadounidense— reveló algo completamente distinto: Trump y Xi se asemejan a versiones modernas de Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan, moldeadas por las condiciones políticas y sociales actuales. Xi, en particular, marcó la pauta de la era venidera con declaraciones que recordaban la famosa declaración de Reagan: "¡Señor Gorbachov, derribe este muro!". La hegemonía está agotada, China está configurando las condiciones de la confrontación, y la reunión entre ambos líderes representó menos un avance que un simple receso.
“EL HEGEMÓN AGOTADO” EN PEKÍN
Utilizando la frase acuñada por el especialista en política exterior chino Hüseyin Korkmaz, incluso el viaje del "hegemón exhausto" a Pekín tuvo un enorme significado simbólico. Estados Unidos sigue siendo poderoso y quizás aún la fuerza dominante en el mundo, pero ya no puede gestionar las crisis globales por sí solo. Por ello, Washington busca puntos en común con China para aliviar su carga.
Esta postura encierra una contradicción. Al igual que Gorbachov, Trump intentó inicialmente renovar y purificar el imperio para preservarlo. Sus primeros pasos en política exterior reflejaban una tendencia aislacionista y el deseo de replegarse hacia una estrategia continental estadounidense. Después de todo, la principal amenaza residía en el Pacífico, concretamente en la propia China. Sin embargo, para sorpresa de muchos burócratas, diplomáticos y expertos en relaciones internacionales, la administración estadounidense se vio más involucrada en Oriente Medio que en ningún otro momento de su historia, incluso mientras se preparaba para retirarse de la región. Así, mientras se preparaba para la confrontación con China —el verdadero «jefe final» del juego geopolítico—, Washington viajó a Pekín para tratar temas como Irán, Taiwán y la guerra tecnológica.
A lo largo de todo este proceso, Xi actuó de una manera que recordaba al estratega chino Sun Tzu, de hace dos mil quinientos años, y su principio de que «el bando vencedor determina las condiciones de la victoria antes de que comience la guerra». El escenario era Pekín. El ritmo pertenecía a Pekín. Los temas principales de la agenda ya no estaban dictados únicamente por Washington. Incluso antes de que Trump partiera hacia China, las misiones diplomáticas chinas habían estado publicando lemas asociados con la frase de la Guerra Fría «coexistencia pacífica», reflejando precisamente este ambiente. En ese contexto, la imagen que Xi proyectó con Trump —y el comportamiento inusualmente comedido, cortés y respetuoso de la cultura china de Trump— tuvo un significado en todos los sentidos.
TRES DOCUMENTALES: IRÁN, TAIWÁN Y LA TECNOLOGÍA
China no dejó sin respuesta los mensajes más conciliadores de Washington. Sin embargo, tras la imagen amistosa que proyectaba Pekín, se escondían las realidades del estrecho de Ormuz, la cuestión de Taiwán, los elementos de tierras raras, la inteligencia artificial, el espionaje y los conflictos en las cadenas de suministro. Estos problemas demuestran que la rivalidad entre Estados Unidos y China ha trascendido la mera competencia militar o diplomática para convertirse en una lucha por la infraestructura y los sistemas tecnológicos en sí mismos.
La mayor expectativa de Trump respecto a Xi era, sin duda, la ayuda en relación con Irán y la reactivación de la economía global. Esto evidenció claramente que Estados Unidos ya no puede resolver todas las crisis por sí solo, especialmente aquellas capaces de generar graves repercusiones, como la de Irán. Sin embargo, China no desea actuar como subcontratista de Estados Unidos ni de ningún otro actor. Pekín busca, en cambio, preservar su papel como promotor del orden.
El mensaje más duro de las conversaciones —uno que nadie anticipó— provino del propio Xi. El líder del Partido Comunista Chino, conocido por su tono sereno, mesurado y constructivo, invocó el concepto de la «Trampa de Tucídides», generando debate en innumerables artículos e idiomas. Este concepto, que toma su nombre del antiguo estratega griego Tucídides, describe el riesgo de guerra que surge cuando una potencia emergente comienza a amenazar a una hegemonía establecida. Sin embargo, en la cumbre Trump-Xi, la frase apuntaba menos a una guerra inevitable que a la cuestión de cómo se gestionará la competencia misma. China no busca ni una escalada inmediata ni una confrontación directa con Estados Unidos. Más bien, Pekín desea llevar a cabo esta rivalidad a su propio ritmo, dentro de un marco donde se reconozcan sus líneas rojas y donde prevalezca lo que denomina «estabilidad estratégica constructiva».
A pesar de su lenguaje constructivo, Pekín también parece estar adaptando la doctrina de la "guerra prolongada", desarrollada por el fundador de la República Popular China, Mao Zedong, a las condiciones modernas. Una vez más, la máxima de Sun Tzu de que "el arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin luchar" sirve como principio rector. China no intenta derrotar a Estados Unidos mediante una confrontación militar directa. En cambio, busca crear un entorno que restrinja gradualmente la libertad de acción de Estados Unidos, desde los minerales de tierras raras hasta los estándares de IA, desde el Golfo Pérsico hasta el Mar de China Meridional. El énfasis de Mao en la lucha prolongada y la voluntad política complementa esta estrategia. Desde la perspectiva de China, la cuestión clave no es si Estados Unidos posee poder, sino cuánto tiempo podrá Washington mantener ese poder simultáneamente en Irán, Taiwán, la competencia tecnológica y la política interna.
En este sentido, la estrategia de Xi no consiste en desafiar abiertamente a Estados Unidos para provocar una guerra, sino en ganar terreno discretamente en aquellas áreas que agravan los problemas de capacidad, voluntad política y tiempo de Estados Unidos.
NO ES UNA TRAMPA, SINO INESTABILIDAD CONTROLADA
Como sugieren algunos analistas, la advertencia de Xi sobre la «trampa de Tucídides» no significa que China tema la guerra. Más bien, demuestra el deseo de China de integrar la competencia en un marco a largo plazo, controlado y manejable que le sea favorable. Mientras tanto, las alarmas ya resuenan en Taiwán. Una sola chispa allí este otoño podría sumir al mundo entero en llamas.
Independientemente de las exigencias de Estados Unidos, China no busca poner fin a la rivalidad. Lo que Pekín desea es una competencia mesurada, manejable y respetuosa de las líneas rojas de China. Los funcionarios chinos advierten que un mal manejo del tema de Taiwán podría conducir a un conflicto e incluso a una guerra, mientras que la parte estadounidense insiste en que su política permanece inalterada e intenta mantener un perfil bajo al respecto. La declaración de Trump del 15 de mayo —«Saben, se supone que debemos viajar 15.289 km para librar una guerra [contra Taiwán]. No busco eso. Quiero que se calmen. Quiero que China se calme»— reflejó precisamente esta dinámica. Sin embargo, también hay que recordar la famosa observación de Sun Tzu: «Toda guerra se basa en el engaño».
Al final, la cumbre de Pekín no produjo ni paz ni reconciliación, sino un nuevo conjunto de reglas para la competencia. China no considera que evitar la confrontación directa sea una debilidad. Busca, en cambio, utilizar el tiempo, la geografía y el ritmo de la crisis a su favor. Lo mismo, por supuesto, se aplica a Estados Unidos. Sin embargo, la realidad actual revela a una «potencia hegemónica agotada» que se enfrenta a una potencia emergente que señala los bloqueos actuales y, en efecto, declara: «¡Derriben estos muros!».
(Traducido del turco)
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