Por culpa de una babosa marina los ojos de un ratón casi pueden hacer la fotosíntesis
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Daniel Pellicer Roig, Biotecnólogo especializado en biomedicina y enfermedades raras
Nationalgeographic.com.es/19 de mayo de 2026
En más de una ocasión hemos escrito acerca de un animal fascinante conocido como la oveja de mar (Costasiella kuroshimae). Esta minúscula babosa marina de entre 3 y 10 milímetros de longitud cuenta con una característica inusual en el mundo de los animales. Al igual que las plantas y las algas, puede hacer la fotosíntesis y “comer de la energía solar”. Para ello emplea un truco de la naturaleza llamada cleptoplastia, es decir, cuando come algas les “roba” sus cloroplastos y los incorpora a su cuerpo. Estos orgánulos, presentes en los vegetales, son los que se encargan de tomar CO₂ del aire y transformarlo en azúcares gracias a la luz solar.
Así, la pequeña oveja de mar puede alimentarse cuando los rayos de sol penetran las aguas superficiales que habita, una característica muy cómoda para asegurar que no escasea la comida. Aunque no es la única, otros gasterópodos del superorden de los Sacoglossa también tienen esta sorprendente capacidad que ha llamado la atención de los científicos, y más concretamente de Kuoran Xing, de la Universidad Nacional de Singapur.
Según relata antes de comenzar el experimento que publicaría en Cell, Xing fue al supermercado local y compró una bolsa de espinacas. Como él ya sabía, las espinacas (Spinacia oleraceae) son de las especies de plantas que tienen mayor número de cloroplastos en sus hojas, así que eran la candidata ideal para una esa idea que le rondaba la mente. Si las ovejas de mar podían robar y utilizar los cloroplastos, ¿por qué otros animales no?
iStockVista microscópica de los cloroplastos, los cuales contienen la clorofila, presentes en una hoja de planta.
Un trasplante singular
Tras romper las células vegetales los cloroplastos empiezan a degradarse, aunque aguantan un tiempo haciendo su función. Este hecho es un remanente de cuando los orgánulos eran organismos de vida libre, antes de que hace cientos de millones de años, una célula más grande los incorporara en su interior, dando lugar a la célula eucariota vegetal.
Xing logró replicar este mismo sistema cubriendo los cloroplastos con nanopartículas. De este modo, las células que tenía en cultivo en una placa detectaban la presencia de los cloroplastos y las introducían en su interior. Una vez dentro, los cloroplastos seguían produciendo azúcares durante varias horas antes de degradarse. Por tanto, durante un tiempo las células podían recrear la primera parte de la fotosíntesis, porque no producían azúcar como tal, pero sí ATP y NADPH, dos moléculas que las células utilizan normalmente como fuente de energía. Y entonces llegaron los ratones.
Espinacas para combatir el síndrome de ojos secos
NADPH, además de producir energía, también es una molécula muy útil para eliminar especies reactivas de oxígeno. Estas moléculas, denominadas ROS por sus siglas en inglés, producen daño oxidativo en los tejidos, y están relacionadas con procesos perjudiciales para el organismo, como el envejecimiento o casos de inflamación crónica. Por ello, el cuerpo posee distintos mecanismos con los que eliminar las ROS. Pero con algunas enfermedades, como el síndrome de ojos secos, el alcance del daño es tal que se necesita un extra de antioxidantes para que el órgano pueda funcionar correctamente.
Por ello, Xing, tras comprobar que las células aceptaban los cloroplastos y que aumentaban la concentración de NADPH, pensó que sería buena idea explorar el potencial de los cloroplastos para tratar el síndrome. Y eso hizo. Creó una solución salina en la que disolvió los cloroplastos recubiertos de nanopartículas y les administró las gotas a unos ratones modificados para que manifestasen signos de la enfermedad. Los resultados fueron prácticamente inmediatos, los niveles de ROS cayeron hasta los que se encuentran en las células sanas tanto en la córnea como en el tejido circundante.
Sin duda, la idea parece bastante radical, pero con los últimos avances en ciencia, los investigadores del mundo de la biomedicina están viendo cómo las plantas guardan algunos trucos bajo la manga que pueden ser muy útiles en el futuro. Hace ya casi 10 años, investigadores del Instituto Politécnico Worcester también utilizaron espinacas para, en este caso, sembrar células cardíacas. Gracias al sistema vascular de la planta consiguieron que los nutrientes se repartiesen de forma adecuada y las células cardíacas comenzaran a latir.
En este caso, la aplicación puede ser mucho más directa que la de Worcester, ya que el siguiente paso que quieren dar en el grupo es plantear un ensayo clínico con el que encontrar una solución útil para los pacientes. En una entrevista para la revista Nature, el coautor del estudio, David Tai Leong, afirma que “este estudio está ampliando los límites de lo que es la medicina. Es muy emocionante, aunque por ahora parezca un poco descabellado”.
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