Si Estados Unidos persiste en su deriva agresiva… ¿podrían más países optar por la vía norcoreana?
Una transmisión de noticias de 24 horas de Yonhap en la estación de tren de Seúl muestra el lanzamiento de un misil hipersónico en un lugar no revelado en Corea del Norte - Kim Jae-Hwan / Zuma Press / Europa Press
Eduardo García Granado
diario-red.com/26/04/26 |6:00
En muchas ocasiones, los debates en torno a la proliferación nuclear han operado, antes que nada, como justificaciones de estrategias de presión y asfixia contra determinados gobiernos. Los programas nucleares —militares o no— han fungido como excusa para el establecimiento de sanciones y para la condena de países enteros al ostracismo mundial… A pesar de que las armas nucleares solo se han empleado una vez en la historia, y no fue ningún país del Sur Global.
No son pocos los casos en los que los programas nucleares nacionales han respondido paradójicamente a la necesidad de defenderse militarmente de Estados Unidos y sus aliados. En varias ocasiones, han sido las pretensiones de dominio global, cuando no directamente las amenazas abiertas de una eventual agresión o invasión, las que han empujado a gobiernos a desarrollar sus propias capacidades de disuasión nuclear o a, por lo menos, dejar la puerta abierta a hacerlo eventualmente. Tales son los casos de Corea del Norte e Irán, respectivamente.
En cualquier caso, y pese a la complejidad del asunto, el análisis de las armas nucleares suele abordarse desde una premisa general que, aun siendo correcta, resulta insuficiente si no se matiza: que todas ellas forman parte de la categoría de armas de destrucción masiva y, desde su empleo por parte de Estados Unidos contra Japón en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, ningún actor ha vuelto a utilizarlas en combate. Este hecho, lejos de ser anecdótico, refleja la consolidación de una lógica de contención basada en los riesgos inherentes a su uso.
Dicha contención se explica, en buena medida, por la existencia de un conjunto de costes potenciales difícilmente asumibles. Entre ellos, la ruptura del denominado “tabú nuclear”, la posibilidad de desencadenar una dinámica de proliferación más intensa, o el riesgo de una escalada incontrolada hacia un escenario de destrucción absoluta. A ello se añade una consecuencia de carácter político: el probable aislamiento internacional del actor que decida recurrir a este tipo de armamento. La combinación de estos factores ha operado, hasta la fecha, como un mecanismo disuasorio suficientemente eficaz.
Hay armas y armas…
Ahora bien, esta aproximación general no debe ocultar una cuestión fundamental: las armas nucleares no son un todo homogéneo. Existen diferencias sustanciales entre ellas en términos de potencia, alcance, capacidad destructiva y, sobre todo, función dentro de un conflicto. En este sentido, la distinción más relevante es la que separa las armas nucleares estratégicas de las tácticas, una categorización que no responde únicamente a criterios técnicos, sino, ante todo, a su lógica de empleo.
La distinción más relevante es la que separa las armas nucleares estratégicas de las tácticas
Las armas nucleares estratégicas se conciben como instrumentos orientados a producir efectos a gran escala. Su finalidad no es meramente operativa, sino decisiva en tiempos de guerra: buscan alterar de forma estructural la capacidad del adversario para sostener el conflicto. Esto puede traducirse en la destrucción de grandes núcleos urbanos, complejos industriales enteros, infraestructuras críticas o instalaciones militares de alto valor, incluidos centros vinculados al propio arsenal nuclear del enemigo.
Desde una perspectiva técnica, este tipo de armamento ha experimentado una evolución significativa. Si los ataques sobre Hiroshima y Nagasaki implicaron dispositivos con una potencia estimada de entre 10 y 20 kilotones —cantidades que, en la actualidad, tienden a asociarse al armamento táctico—, las armas estratégicas contemporáneas suelen superar ampliamente los 100 kilotones.
A esta mayor capacidad destructiva se suma un incremento en el alcance, lo que permite su integración en sistemas como los misiles balísticos intercontinentales, diseñados para proyectar fuerza a largas distancias y golpear objetivos situados en territorio enemigo con un impacto de carácter decisivo.
El fundamento de su empleo se articula en torno a una lógica de disuasión que combina capacidad y credibilidad. No se trata únicamente de poseer un potencial destructivo elevado, sino de que el adversario perciba tanto esa capacidad como la voluntad de utilizarla. Bajo este principio, la expectativa de una respuesta equivalente —y, por tanto, de una escalada hacia la destrucción mutua— debería conducir al enemigo a evitar el enfrentamiento directo o, en un escenario extremo, a aceptar concesiones estratégicas. Este razonamiento encuentra un precedente evidente en Japón en 1945.
Sin embargo, reducir la diferencia entre armas estratégicas y tácticas a una cuestión de potencia resultaría simplista. Aunque, en términos generales, las primeras tienden a ser más destructivas, el elemento verdaderamente definitorio radica en su función dentro del conflicto. Mientras que las armas estratégicas apuntan a objetivos amplios —ya sean poblacionales, económicos o industriales—, las tácticas responden a una lógica mucho más delimitada.
Las armas nucleares tácticas están diseñadas para operar en el ámbito del campo de batalla. Su objetivo no es quebrar la estructura global del adversario, sino infligir daños concretos sobre blancos específicos cuya neutralización pueda generar ventajas operativas inmediatas. En consecuencia, su potencia suele ser menor, situándose habitualmente en el rango de decenas de kilotones, y su despliegue se articula a través de sistemas de menor alcance, como misiles de corto radio, piezas de artillería o incluso torpedos.
Por qué se usaría un arma táctica
La lógica que sustenta su posible empleo difiere, por tanto, de la que rige el uso de armamento estratégico. En principio, las armas tácticas no están concebidas para provocar un colapso generalizado del enemigo ni para forzar su rendición mediante un impacto traumático a gran escala. Su finalidad es más acotada: destruir de forma completa y eficaz objetivos puntuales —una unidad militar, un convoy logístico o una instalación fortificada— sin extender necesariamente los efectos destructivos más allá del área definida como blanco.
Esta concepción implica, al menos en su formulación teórica, un uso limitado y controlado. No obstante, esta misma premisa encierra una paradoja evidente. Aunque su empleo pueda plantearse como puntual, no elimina el riesgo de escalada inherente a cualquier utilización de armamento nuclear. La posibilidad de que un uso táctico desemboque en una respuesta estratégica, y con ello en una cadena de represalias crecientes, ha contribuido de manera decisiva a que estas armas tampoco hayan sido empleadas.
A este factor se suma la evolución de las capacidades convencionales. El desarrollo de armamento no nuclear con altos niveles de precisión y poder destructivo ha reducido, en muchos casos, la necesidad operativa de recurrir a dispositivos nucleares tácticos para alcanzar objetivos específicos. De este modo, la combinación entre riesgo de escalada y disponibilidad de alternativas ha reforzado la tendencia al no uso.
La historia, sin embargo, ofrece múltiples ejemplos de este tipo de armamento, desarrollados por diversas potencias en el marco de la Guerra Fría y en etapas posteriores. Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán o Corea del Norte han diseñado y producido sistemas que encajan, con mayor o menor claridad, dentro de esta categoría. Esta proliferación refleja hasta qué punto la distinción entre lo táctico y lo estratégico ha sido relevante en la planificación militar. En el caso norcoreano, ha sido suficiente hasta el momento para no sufrir el destino de otros gobiernos hostiles a Washington en el mundo.
Con todo, conviene subrayar que dicha distinción no siempre es nítida. Existen sistemas cuya potencia o configuración permite su empleo en ambos niveles, lo que introduce un grado adicional de ambigüedad. Este carácter híbrido complica la clasificación estricta y, al mismo tiempo, plantea interrogantes sobre su papel en un eventual escenario de conflicto.
En última instancia, el análisis de las armas nucleares requiere ir más allá de su mera categorización técnica. La diferencia entre lo estratégico y lo táctico no reside únicamente en la magnitud de la destrucción que pueden causar, sino en la lógica política y militar que orienta su posible uso. Es en esa lógica —y en la percepción de sus implicaciones— donde se encuentra la clave para comprender por qué, a pesar de su existencia, continúan sin ser empleadas.
Si el imperialismo estadounidense sigue inmerso en su particular declive agresivo y militarista, no es descartable que nuevos Estados en el futuro busquen hacerse con su propia arma nuclear
Si el imperialismo estadounidense sigue inmerso en su particular declive agresivo y militarista, no es descartable que nuevos Estados en el futuro busquen hacerse con su propia arma nuclear. El ejemplo de persistencia política y militar de Corea del Norte, a pesar de su relativa inferioridad, y el incierto desenlace de la segunda guerra de agresión lanzada contra Irán en menos de un año, refuerzan la tesis de quienes, desde el Sur Global y las periferias, advierten sobre la necesidad de sus países de unirse al selectísimo club nuclear.
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