Asistimos a un incremento sustancial de deportaciones y de formas de criminalización de los migrantes
Durante mucho tiempo las colombianas y los colombianos hemos vivido resignados a mirar al Norte en busca de condiciones de vida digna.
Pero cuando las naciones del Sur global tomamos el destino en nuestras manos se demuestra que es posible mejorar las condiciones para el buen vivir en nuestros propios territorios.
Mujeres colombianas en Cartagena. (Vía Wikimedia Commons)
Yolanda Villavicencio
jacobinlat.com/20/02/2026
Mientras escribo este artículo se encuentra en medio del Atlántico un vuelo de deportados colombianos provenientes de Madrid, dirigiéndose a Bogotá. Estoy segura de que muchas de estas personas tenían su vida allá. Habían conseguido trabajo y alojamiento en un bonito barrio europeo. Sin embargo, de un día para el otro, todo cambió. ¿Por qué la estabilidad de estos deportados pendía de un hilo? ¿Qué fue lo que hizo que, de un momento a otro, estas personas terminaran detenidas por agentes de Migración para posteriormente dejar a un lado una vida en otro país?
Este es solo un ejemplo de los acontecimientos con los que me encuentro diariamente en mi trabajo como Canciller de Colombia. Sin embargo, me gustaría ser enfática y decir que, cuando muchos connacionales toman la decisión de migrar a otro país de modo irregular, ocurren dos cosas. En primer lugar, un colombiano o una colombiana que abandona su país está renunciando al goce efectivo de su ciudadanía. Como lo demostró la gran pensadora del siglo XX Hannah Arendt, ser ciudadano o ciudadana de un Estado-nación no es una mera formalidad. La ciudadanía es el vínculo jurídico que le permite a una persona pertenecer a una comunidad que velará por su bienestar, por su dignidad y por su libertad. Sin este vínculo, esa persona pierde de modo efectivo su «derecho a tener derechos», su derecho a permanecer en un lugar en este mundo.
En el caso de los colombianos deportados se puede ver esta pérdida de ciudadanía porque su permanencia en una nación —en este caso la española— no estaba asegurada por ningún aparato jurídico, por ninguna institución con la fuerza y la legitimidad de un Estado-nación. Su pertenencia a un territorio, a un barrio, a una ciudad y a una comunidad no estaba, en suma, asegurada. Si comenzamos a ser más conscientes de ese vínculo jurídico que nos liga a un Estado-nación y de los derechos que obtenemos por el simple hecho de nacer en Colombia, los movimientos migratorios hacia otras latitudes comenzarán a decrecer.
Sin embargo, hay un segundo aspecto que me gustaría resaltar en este proceso de abandono de Colombia de parte de nuestros connacionales. En las condiciones del capitalismo actual, no hay nada más valioso que la fuerza de trabajo. Las actividades de nuestras manos y de nuestra mente han sido fundamentales para el auge económico de todas las naciones, incluyendo los países que han recibido de modo masivo a las personas colombianas (y, por supuesto, cualquier tipo de migración del Sur al Norte global).
Muchas y muchos de nuestros connacionales han contribuido al auge económico de los países del Norte global con su trabajo de cuidado, con su entereza para ganarse los medios de subsistencia, en suma, con su tiempo de vida. La gran injusticia de nuestro tiempo ha sido la criminalización del hecho de habitar irregularmente en un territorio cuando ese trabajo de los migrantes es fundamental para el crecimiento económico de las naciones que no los acogen eficazmente.
Muchos dirán que existen condiciones estructurales que fuerzan estos flujos migratorios. También se puede decir que, en cierto modo, en el Norte global es posible encontrar cierto bienestar económico inmediato que no se encontraría en Colombia. Sin embargo, esta lectura es incompleta porque descuida que las naciones del Sur global también pueden tomar el destino en sus manos y mejorar las condiciones para el buen vivir de sus ciudadanías. Algunos veían imposible que los ingresos de la clase trabajadora en Colombia dejen de ser mínimos y se conviertan en vitales; sin embargo, el Gobierno del Cambio ha logrado realizar esta vida digna para los más de dos millones de trabajadores que hoy obtienen un salario que asciende por encima de los 500 dólares mensuales.
En los últimos años hemos logrado asegurar lugares dignos para los colombianos con una titulación de tierras que ningún gobierno anterior había logrado. Durante mucho tiempo hemos vivido resignadas y resignados a tener que mirar al Norte para buscar condiciones de vida digna. Sin embargo, no debemos descuidar que la riqueza social y la estabilidad económica de una nación depende de esas vidas migrantes que las políticas antimigratorias del Norte global desprecian.
En la Cancillería que tengo a mi cargo hemos abierto las puertas de un retorno seguro a Colombia. Hemos creado el Viceministerio de Asuntos Migratorios con el fin de garantizar este retorno y lograr una migración cero. Nuestro objetivo es hacer posible que no haya más colombianos y colombianas que arriesguen sus vidas en búsqueda de sueños que muchas veces terminan siendo espejismos.
No olvidemos que vivimos en momentos de crisis e incertidumbre. Hemos visto cómo medidas unilaterales de grandes potencias del Norte global condicionan, de modos inesperados e indeterminados, el comercio internacional. También asistimos a un incremento sustancial de deportaciones y de formas de criminalización de los migrantes que residen de modo irregular en el Norte global. A todo esto se le suma el desplome del sistema internacional de la posguerra en el medio de genocidios y agresiones contra naciones muy débiles y ya fracturadas por medidas históricas de embargos y sanciones económicas.
Todo esto nos permite reiterar que el retorno a Colombia no es una regresión. Retornar a Colombia y mantener nuestros sueños en este país nos protege eficazmente de la incertidumbre que trae consigo el perder el vínculo jurídico que nos une con una nación. Y, reitero: ese vínculo no es solamente una formalidad, sino un hecho material que protege a las personas de las injusticias que pueden llegar a cometer aparatos represivos migratorios y de aduanas que han retenido a decenas de miles de personas y las han mantenido desprotegidas de todos sus derechos y dignidad.
Quizá ha llegado el momento de dar un mayor privilegio al cuidado, a la estabilidad y a la tranquilidad de permanecer en un lugar en el mundo en lugar de dejarnos tentar por el consumo inmediato y las formas de bienestar efímeras con las que nos podemos llegar a encontrar en esos países que expulsan a las personas migrantes de modos cada vez más crueles. Los colombianos y las colombianas que están en la diáspora mantienen en todo caso ese vínculo jurídico que los liga con el Estado colombiano. Las embajadas y las direcciones consulares están a su disposición para garantizar este retorno seguro. Y para quienes decidan permanecer en esas condiciones, recuerden que existen leyes colombianas que los protegen, que aseguran su participación política y el goce de los derechos que, en medio de la distancia, podemos garantizar.
Yolanda Villavicencio
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