En total, un nuevo estudio identificó 42 de estas sustancias químicas vinculadas a problemas de desarrollo y en el sistema inmune
Las sustancias se encontraron en el cordón umbilicallarazon
larazon.es/18.02.2026 14:00
Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras la industria química buscaba materiales capaces de resistir calor extremo y corrosión, surgió una familia de compuestos que parecía casi milagrosa. Eran resistentes al agua, a la grasa, al fuego y al tiempo.
Desde entonces se incorporaron a miles de productos cotidianos: sartenes antiadherentes, envases de comida rápida, tejidos impermeables, alfombras antimanchas, espumas contra incendios. Su estructura química, basada en enlaces carbono-flúor extraordinariamente fuertes, les otorga una estabilidad casi indestructible.
Tan estables son que nada parecía degradarlos, pero la virtud técnica del pasado es el problema del presente. Se los conoce como PFAS, siglas en inglés de sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, y también como “químicos para siempre” porque, literalmente, pueden permanecer décadas en el entorno. Y en nuestro cuerpo.
De hecho, desde comienzos del siglo XXI, los científicos han ido descubriendo que esa persistencia tiene consecuencias. Diversos estudios han vinculado la exposición a ciertos PFAS con bajo peso al nacer, parto prematuro, alteraciones inmunológicas (incluida una menor respuesta a vacunas), cambios metabólicos y posibles efectos hormonales. Aunque no todos los compuestos de esta enorme familia (más de 4.500) han sido estudiados con el mismo detalle, la preocupación ha crecido hasta el punto de que el Colegio Estadounidense de Obstetras y Ginecólogos ha señalado la reducción de la exposición a sustancias ambientales tóxicas como los PFAS como un área crítica de intervención.
Ahora, un nuevo estudio publicado en Environmental Science & Technology añade una pieza inquietante al rompecabezas: los bebés nacidos entre 2003 y 2006 estuvieron expuestos en el útero a muchos más PFAS de lo que se pensaba hasta ahora. El trabajo, liderado por Shelley H. Liu, es el primero en aplicar un método basado en ciencia de datos para estimar la exposición total de un recién nacido a estos compuestos, utilizando análisis químicos avanzados en sangre de cordón umbilical.
El equipo de Liu analizó muestras archivadas de 120 bebés del estudio HOME. Mirar dos décadas atrás no es un detalle menor: permite relacionar esa exposición prenatal con posibles efectos en la salud de los participantes, que hoy son adolescentes, una línea de investigación que los autores planean desarrollar en el futuro.
La novedad no radica solo en volver sobre muestras antiguas, sino en cómo se analizaron. En lugar de utilizar métodos tradicionales que buscan una lista limitada y predefinida de compuestos, los autores del estudio aplicaron un enfoque “no dirigido”, capaz de escanear simultáneamente cientos o miles de sustancias químicas. El resultado fue revelador: identificaron 42 PFAS confirmados en la sangre del cordón umbilical. Muchos de ellos no suelen incluirse en los paneles estándar de análisis y sus efectos sobre la salud son prácticamente desconocidos.
Los hallazgos muestran que los fetos estuvieron expuestos antes de nacer a una mezcla amplia y diversa de compuestos perfluorados, polifluorados y fluorotelómeros. Para sintetizar esa complejidad, el equipo de Liu desarrolló lo que denominaron “PFAS-omics burden scores”, una puntuación que resume la carga total de exposición en un momento determinado mediante técnicas estadísticas de teoría de respuesta al ítem. En términos sencillos, se trata de una fotografía cuantitativa de la exposición global de cada bebé.
Uno de los resultados más llamativos es que, al utilizar este tipo de análisis, el equipo de Liu no observó diferencias en la exposición entre bebés de madres primerizas y aquellos nacidos de mujeres con embarazos previos. Estudios anteriores, basados en paneles más limitados, sí habían detectado variaciones.
“Nuestros hallazgos sugieren que la forma en que medimos los PFAS realmente importa – señala Liu -. Cuando analizamos de manera más completa, vemos que los bebés están expuestos a muchos más PFAS antes de nacer de lo que habíamos comprendido, y algunos de los patrones que creíamos entender pueden cambiar”.
Esto es importante porque el embarazo es un periodo de especial vulnerabilidad biológica. Durante esos meses se forman órganos, sistemas inmunológicos y circuitos metabólicos que marcarán la salud de por vida. Si la exposición a PFAS es más amplia y compleja de lo que se pensaba, también lo es el desafío de evaluar sus riesgos.
“Nuestro estudio ayuda a mostrar que la exposición prenatal a PFAS es más compleja y extendida de lo que sugerían investigaciones anteriores – añade Liu -. Comprender el panorama completo es esencial si queremos proteger la salud infantil y reducir riesgos ambientales prevenibles”.
Por ahora, la exposición a PFAS se mide de manera rutinaria en consultas prenatales, a pesar de la creciente evidencia de que estos compuestos pueden influir en múltiples aspectos de la salud. Sin embargo, el nuevo enfoque propuesto por el equipo podría, en el futuro, facilitar la identificación de personas con mayor carga de exposición y orientar estrategias de prevención más tempranas, especialmente en ventanas críticas como el embarazo.
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