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LA HONESTIDAD INSTITUCIONAL, CONFIRMA LA CIENCIA, ES UNA CONQUISTA CULTURAL QUE DEBE RENOVARSE EN CADA GENERACIÓN

Cómo afrontan los niños el soborno
Mientras que la aversión a la desigualdad nos sale de las entrañas, la integridad institucional es un músculo que debe entrenarse conscientemente...
Un estudio revela que la aversión al soborno se aprende, mientras el rechazo a la desigualdad es innato
  
Un niño rechaza un regalo que busca inclinar una decisión: la integridad institucional no aparece tan pronto como el sentido de la igualdad, sino que se aprende y se afianza con la edad y el entorno cultural. / IA/T21

El estudio destaca que la lucha contra la corrupción implica un desarrollo cognitivo, ya que rechazar un soborno requiere habilidades mentales sofisticadas

EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21
epe.es/Madrid 16 FEB 2026 11:18

Un nuevo estudio transcultural revela que, mientras el rechazo a la desigualdad es casi innato, la aversión al soborno es una competencia tardía que debe ser enseñada, desafiando nuestra biología evolutiva de la reciprocidad.

La corrupción suele analizarse desde la óptica del fallo moral o la debilidad institucional, como si fuera una mancha que aparece en la edad adulta. Sin embargo, la psicología evolutiva sugiere que la semilla de la corrupción podría estar entrelazada con nuestras virtudes sociales más básicas.

Un nuevo estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B ha puesto a prueba esta hipótesis examinando a casi 700 niños en cuatro países distintos, y sus conclusiones desvelan un aspecto desconocido de nuestra naturaleza: nacemos con un fuerte sentido de la igualdad, pero la capacidad para rechazar un soborno no viene de fábrica; es una construcción cultural compleja que tarda años en madurar.

El conflicto entre ser agradecido y ser imparcial

El equipo de investigadores, liderado por Bolívar Reyes-Jáquez y sus colegas de universidades en Estados Unidos, Noruega y Japón, diseñó un experimento para separar dos conceptos que a menudo confundimos: la aversión a la inequidad y la aversión al soborno. Los científicos plantearon a niños de entre 3 y 11 años situaciones donde debían repartir caramelos o juzgar un concurso de dibujo bajo la influencia de un "regalo" entregado por uno de los participantes.

Para entender bien esta investigación hay que aclarar que desigualdad e inequidad no son sinónimos en sentido estricto: desigualdad describe una diferencia de resultados, mientras que inequidad añade la idea de injusticia. En el estudio se habla de aversión a la inequidad en un sentido experimental: se mide si los niños rechazan un reparto desigual de recursos (por ejemplo, 3 caramelos frente a 2), como indicador de sensibilidad a lo que perciben como trato no equitativo, sin entrar necesariamente en una valoración moral elaborada.

Brújula moral infantil

Los resultados mostraron una disociación clara. Desde los tres años, los niños de todas las culturas (Noruega, Japón, Estados Unidos e Italia) rechazaban instintivamente los repartos desiguales de golosinas. La justicia distributiva parece ser un imperativo biológico temprano.

Sin embargo, cuando se trataba de aceptar un regalo a cambio de favorecer a un concursante (es decir, aceptar un soborno), la brújula moral de los más pequeños se desorientaba. La inmensa mayoría de los preescolares aceptaba el regalo y favorecía al sobornador. No lo hacían por malicia, sino impulsados por un mecanismo evolutivo ancestral: la reciprocidad.

En la mente del niño, y en la historia profunda de nuestra especie, devolver un favor es la base de la cooperación. En la mente de los adultos, el problema surge cuando esa reciprocidad personal choca con una institución moderna que exige imparcialidad. Para un niño pequeño, rechazar un regalo no es un acto de integridad, es una falta de educación.

La geografía de la ética

Lo que hace que este estudio sea particularmente relevante para comprender las dinámicas sociales actuales es cómo evoluciona esta tendencia con la edad. A medida que los niños crecen, comienzan a desarrollar lo que los autores denominan "aversión a la aceptación de sobornos", aunque este desarrollo no es uniforme.

Aquí es donde la cultura entra en juego. Hacia los diez años, los niños empiezan a comprender que aceptar ese regalo compromete su papel de juez imparcial, pero la intensidad de este rechazo varía drásticamente según el país.

Los datos revelaron que los niños noruegos mostraron el rechazo más temprano y estricto hacia el soborno, distanciándose significativamente de sus pares en otras naciones. Esto sugiere que vivir en una sociedad con bajos niveles de corrupción y alta confianza institucional no solo afecta a los adultos, sino que permea la cognición infantil desde temprano.

En contraste, en entornos donde las relaciones interpersonales y la interdependencia tienen un peso cultural enorme, el conflicto entre "ser un buen amigo" (aceptar el regalo) y "ser un buen juez" (rechazarlo) es mucho más difícil de resolver. La cultura, por tanto, actúa como un sistema operativo que debe sobrescribir el software básico de la reciprocidad para instalar la norma de la imparcialidad.

La difícil arquitectura de la integridad

Este hallazgo tiene implicaciones profundas para la educación y el diseño de políticas públicas. Nos dice que la lucha contra la corrupción no es simplemente una cuestión de vigilancia y castigo, sino de desarrollo cognitivo. Rechazar un soborno requiere habilidades mentales sofisticadas que van más allá de la simple empatía: exige control inhibitorio para no aceptar la ganancia inmediata, toma de perspectiva para entender el daño a terceros y, sobre todo, la capacidad de priorizar una regla abstracta (la justicia procesal) sobre un vínculo social concreto (el regalo).

El estudio nos recuerda que las instituciones imparciales son una invención humana frágil y antinatural, en el sentido de que van en contra de nuestros instintos gregarios de favorecer a quienes nos favorecen.

Eso signitica que, mientras que la aversión a la desigualdad nos sale de las entrañas, la integridad institucional es un músculo que debe entrenarse conscientemente. No nacemos corruptos, pero tampoco nacemos inmunes a la corrupción; nacemos recíprocos, y en un mundo complejo, esa reciprocidad mal canalizada es la puerta de entrada al soborno.

La honestidad institucional, parece confirmar la ciencia, es una conquista cultural que debe renovarse en cada generación.

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Referencia

The development of bribe-taking aversion in four societies Open Access. Bolivar Reyes-Jaquez. Proc Biol Sci (2026) 293 (2064): 20252523 . DOI:https://doi.org/10.1098/rspb.2025.2523

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Fuente:

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