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LA GUERRA CONTINÚA

Trump no “gobierna” Venezuela. Tampoco controla el petróleo. Es falso. Sigue, pues, la guerra. No hay campo de paz, sino sólo apariencia
Tras el ciberataque y la consumación del secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores, la segunda fase de la guerra de agresión imperialista que continúa hasta nuestros días fue la disputa por el control del relato...

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Carlos Fazio
jornada.com.mx/02/02/2026

Con las inherentes asimetrías de poder y más allá de algunas declaraciones oficiales de ambas partes permeadas por los señuelos sicológicos propagandísticos sembrados y dosificados por la administración Trump como fines de distracción, a un mes dela flagrante agresión militar del Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) contra Venezuela, la niebla de la guerra no permite identificar con precisión y certeza los datos de la realidad sobre el terreno. Existen muchas lagunas y las informaciones proporcionadas son subjetivas, fragmentadas e imprecisas, y se entremezclan con fake news y una amplia gama de desinformación tóxica propulsada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, lo que no permite monitorizar de forma fiable cómo se ejecutó la operación y de qué manera han evolucionado los hechos hasta el presente.

De manera preliminar se pueden identificar algunos elementos centrales del ataque imperial del 3 de enero de 2026 contra Venezuela. Todo indica que no fue únicamente un episodio militar convencional, sino una acción de dominación multidominio (tierra, aire, mar, espacio, ciberespacio), donde la fuerza física, el ciberespacio, el espectro electromagnético y una campaña de manipulación desinformativa de saturación operaron como armas para desorganizar las capacidades de defensa estatales, condicionar la percepción pública y reducir los costos políticos de la agresión.

A partir de las declaraciones del presidente Trump y del jefe del Estado Mayor Conjunto, general John Daniel Caine, la mañana del 3 de enero, el “apagón” provocado en Caracas previo al ataque armado fue parte de un diseño de guerra operativizado por los Comandos Espacial y Cibernético de Estados Unidos, dirigido a dañar la infraestructura crítica (energía, telecomunicaciones y digital, incluidos servidores/equipos en instalaciones científicas) y degradar la conectividad vía el despliegue de unidades especializadas para la interferencia de señal ( jamming). Fue un mecanismo de asfixia táctica dirigido a cortar, segmentar, confundir y paralizar temporalmente a la población venezolana. En términos militares, la operación fue diseñada para “abrir un corredor” para el Ejército (comandos Delta y otras fuerzas), disminuir la resistencia local y limitar la capacidad de mando, control y comunicación del Estado venezolano. A lo que se sumó el factor Starlink −el internet satelital de SpaceX, la empresa de Elon Musk−, que en un contexto de ciberataque y disrupción de conectividad (igual que ocurrió recientemente en la desestabilización de Irán operada por la CIA y el Mossad israelí), ofreció servicio “gratuito” de banda ancha a quienes dispongan de las terminales correspondientes en Venezuela hasta el 3 de febrero.

Como ha reseñado el Observatorio de Medios de Cubadebate, tras el ciberataque y la consumación del secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores, la segunda fase de la guerra de agresión imperialista que continúa hasta nuestros días fue la disputa por el control del relato a través de narrativas contradictorias, conspirativas y material manipulado, que, usando estrategias de saturación throw spaghetti at the wall (arrojan espaguetis a la pared) y memes, incluidos insumos generados con inteligencia artificial, buscó instalar una versión confabulatoria de la realidad y generar un “caos orgánico” en los usuarios de las redes digitales y aplicaciones de mensajería. Se trata de técnicas, herramientas o vectores de ataque diferentes −a menudo poco refinados con la esperanza de que uno “se pegue” y viole con éxito las defensas de un objetivo, especialmente común en la etapa inicial de un ciberataque−, utilizados con frecuencia por el Ejército de Estados Unidos en sus operaciones sicológicas (PSYOP) para dificultar la atribución de fuentes y erosionar la confianza del enemigo.

En definitiva, asistimos a una campaña de influencia político-ideológica que combina la guerra mediática con la guerra cognitiva (la mente y la conciencia humanas como teatro de operaciones), estructurada con eje en la siembra de desinformación, reciclaje audiovisual y contenidos sintéticos descontextualizados, engañosos y/o ultrafalsos ( deepfake), dirigida a saturar el entorno informativo del gobierno de Venezuela y, por extensión, a contaminar las “noticias” difundidas por los medios hegemónicos ( The New York Times, The Guardian, AP, Reuters y sus papagayos urbi et orbi), cuyo fin es sembrar ambivalencia y confusión, con el objetivo de deslegitimar y dividir al alto mando político-militar-comunal-popular bolivariano.

Mediante una narrativa de “conspiración” y “traición” al más alto nivel del chavismo con base en fuentes anónimas y sin ningún tipo de constatación fáctica, el blanco de la acción sicológica de Estados Unidos está centrado ahora en la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien encarna al “comunicador llave”: la persona de mayor popularidad y representatividad institucional productora de significados (una especie de “superyo” colectivo), que debe ser alcanzada para controlarla, desviarla de su poder (mediante la coacción, el chantaje, la corrupción o el soborno) o destruida. Trump no “gobierna” Venezuela. Tampoco controla el petróleo. Es falso. Sigue, pues, la guerra. No hay campo de paz, sino sólo apariencia de tal mientras busca vencer y dominar a Rodríguez de otro modo, y si éste fracasa se recurrirá a los medios físicos, como ya amenazó. A otro nivel, también se trata de minar la moral y eficiencia de un enemigo en resistencia; apoyar las operaciones encubiertas y de engaño tácticos de la CIA y el Pentágono; incitar y coordinar la subversión interna, y apoyar otras medidas (políticas, económicas, sociales) que coadyuven al logro del objetivo: destruir la revolución bolivariana y apoderarse del petróleo y otros minerales geoestratégicos.

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