Las cifras del sarampión
El virus que creímos derrotado vuelve a recordarnos que la inmunidad colectiva no es un logro permanente, sino un equilibrio frágil que solo se mantiene cuando la vacunación no deja huecos
El virus del sarampión es capaz de contagiar a 18 personas, hospitalizar a 2.000 por cada 10.000 casos y borrar la memoria inmunitaria durante años. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez
Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica/
muyinteresante.okdiario.com/16.02.2026
Durante décadas, el sarampión fue el ejemplo clásico de victoria sanitaria. En 1963 se aprobó la primera vacuna eficaz. En 1968 se perfeccionó. En los años noventa, la introducción sistemática de la segunda dosis elevó la protección individual hasta el 97 %. En el año 2000, Estados Unidos declaró eliminada la transmisión endémica. En 2016, la Región de las Américas celebró el mismo logro. España también alcanzó ese estatus tras años de vigilancia y altas coberturas.
Pero la eliminación no es erradicación. El virus nunca dejó de circular en otras regiones del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, se estima que en 2024 se produjeron 95.000 muertes por sarampión en todo el mundo, en su mayoría niños menores de cinco años no vacunados o sin la pauta completa. Y el virus tiene una característica que lo convierte en un enemigo implacable: su capacidad de transmisión.
El catedrático de Parasitología de la Universidad de Valencia, Rafael Toledo, lo explica con claridad técnica y contundencia epidemiológica: “lo que caracteriza al virus del sarampión y que lo diferencia de otros es, fundamentalmente, su capacidad de transmisión. Es decir, tiene un número básico de reproducción, de un R₀, entre 12 y 18. Es el virus que se conoce con mayor capacidad para transmitirse; una persona infectada puede infectar hasta 18 inicialmente. Eso hace que aparezca de forma explosiva, sobre todo en forma de brotes.”
Ese dato —un R₀ de hasta 18— no es una cifra abstracta. Significa que el sarampión necesita coberturas vacunales altísimas para no propagarse. El umbral se sitúa en torno al 95 % de la población inmunizada con dos dosis. Por debajo, la inmunidad colectiva se resquebraja.
La Asociación Española de Vacunología refuerza esta idea al recordar que se trata de una enfermedad con una capacidad de contagio que puede alcanzar o incluso superar el 90 % entre personas susceptibles, lo que obliga a mantener niveles de inmunización iguales o superiores al 95 % para cortar la transmisión y evitar que el virus se consolide en la comunidad. Los datos actuales respaldan ese planteamiento: la mayoría de los casos confirmados se concentra en personas no vacunadas o con la pauta incompleta.
Y eso es exactamente lo que empieza a verse.

Con un R₀ de hasta 18, el sarampión supera ampliamente a gripe, COVID inicial o varicela en capacidad de contagio. Gráfico de Eugenio M. Fernández Aguilar
De la eliminación al retroceso: las cifras que marcan el cambio
En 2023, España registró 11 casos confirmados de sarampión. En 2024 fueron 227. En 2025, hasta finales de diciembre, la cifra ascendió a 397. El salto no es anecdótico. La Organización Mundial de la Salud ha estimado que no se ha logrado interrumpir la transmisión durante 12 meses consecutivos, lo que abre la puerta a considerar restablecida la transmisión endémica. De hecho, como ya comentamos anteriormente, España ha perdido recientemente el estatus de país libre de sarampión, lo que ha llevado al Ministerio de Sanidad a comunicar que, junto con el Instituto de Salud Carlos III y las comunidades autónomas, está revisando y actualizando su plan estratégico para la eliminación del sarampión y la rubeola, cuya estrategia pasa por reforzar la vacunación, especialmente en la segunda dosis, intensificar la vigilancia epidemiológica y aumentar la sensibilización de la población.
Pero, ¿qué significa eso exactamente?
El pediatra y colaborador del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría, Ángel Hernández-Merino, lo detalla con precisión técnica: “Un país o región ha eliminado el sarampión cuando cumple estas tres condiciones: Se interrumpe la cadena de transmisión tras un caso o brote durante al menos 12 meses consecutivos. O dicho de otra forma, no se detectan nuevos casos asociados al caso índice o a cualquier caso de un brote durante al menos 12 meses. Esta situación se mantiene -y verifica- durante tres años consecutivos. Todo ello en presencia de un sistema de vigilancia epidemiológica eficaz y estable.”
En el caso español, la OMS ha estimado que en 2024 no se cumplió ese criterio de interrupción sostenida durante 12 meses. Si la situación persiste, España podría pasar a considerarse formalmente país endémico, como ya ocurre con Alemania, Francia o Italia.
Sin embargo, Hernández-Merino introduce un matiz importante: “los datos indican que la cobertura vacunal en España sigue siendo buena en general (en 2024: primera dosis ≥95% y para la segunda ≥90%, pero sin olvidar que en algunas comunidades autónomas esta segunda dosis está por debajo del 90%) y que la gran mayoría de los casos detectados ocurren en personas no vacunadas. Esto permite concluir en que el riesgo para las personas vacunadas es muy bajo.”
Es decir: la protección individual funciona. El problema no está en la vacuna, sino en los huecos.

Los casos confirmados pasan de 11 en 2023 a 397 en 2025 (provisional), un incremento que refleja la reactivación de la transmisión. Gráfico de Eugenio M. Fernández Aguilar
Las bolsas invisibles: cuando la media engaña
Las medias nacionales pueden resultar tranquilizadoras. Pero el sarampión no se mueve en promedios, sino en contactos concretos.
En 2024, el 70 % de los casos en España se produjo en personas no vacunadas y un 10 % adicional en personas con una sola dosis. Existen comunidades autónomas donde la segunda dosis cae por debajo del 90 %. Hernández-Merino enumera algunos ejemplos: “cobertura vacunal de la segunda dosis: Ceuta 70,4%, Cantabria 82,1%, Aragón 83,6%, Baleares 88%, Canarias 89% y Comunidad Valenciana, Extremadura y La Rioja entre 90,8 y 91,5%.”
El objetivo no es el 90 %, sino el 95 %. Cada punto porcentual por debajo amplía el margen de maniobra del virus.
Además, casi un cuarto de los casos españoles en 2024 fueron importados, principalmente desde Rumanía y Marruecos, países con alta incidencia y lazos migratorios estrechos con España. Otro porcentaje similar estuvo relacionado directamente con esos casos. Pero un 32 % no pudo vincularse a una cadena clara, lo que apunta a transmisión local prolongada.
Rafael Toledo insiste en que, por ahora, la situación no es de transmisión descontrolada: “Es difícil que estemos subestimando posibles cadenas de transmisión a nivel urbano… España tiene unos niveles no ideales pero sí razonablemente buenos de vacunación contra el sarampión y… es una infección bastante aparente.”
Pero introduce una advertencia clave: “de seguir esta dinámica y si bajan los niveles de vacunación, evidentemente podemos pasar de la transmisión autóctona pero relacionada directamente con casos importados a una transmisión endémica más sostenida.”
Y añade con claridad: “Realmente ahora mismo el riesgo de que el sarampión sea endémico en España es bajo. Pero es bajo porque tenemos unas tasas de vacunación muy altas. En el momento en el que esas tasas de vacunación bajen, el riesgo de que sea endémico va a aumentar porque la probabilidad de que aparezcan casos va a ser mucho mayor.”
No es un sarpullido: las complicaciones que se olvidan
Uno de los problemas del sarampión en el siglo XXI es la amnesia colectiva. Con esta vacuna se cumple una paradoja conocida, que ya he mencionado en otras ocasiones: las vacunas han sido víctimas de su propio éxito. En el caso del sarampión, el hecho es evidente: la mayoría de los padres actuales nunca han visto una sala hospitalaria llena de niños con complicaciones respiratorias provocadas por el virus.
Antes de la vacuna, miles de personas morían cada año en países desarrollados. En Estados Unidos, incluso en los años cincuenta, con mejor atención médica, el virus causaba entre 400 y 500 muertes anuales. El gran brote de 1989-1991 dejó más de 55.000 casos y 123 fallecidos.
Las cifras clínicas siguen siendo elocuentes. Por cada 10.000 personas que contraen sarampión, alrededor de 2.000 requieren hospitalización; unas 500 desarrollan neumonía, que continúa siendo la causa más frecuente de muerte asociada a la enfermedad; entre 10 y 30 niños pueden fallecer por complicaciones respiratorias o neurológicas; y aproximadamente 10 desarrollan encefalitis, una inflamación cerebral que puede dejar secuelas permanentes como sordera o discapacidad intelectual. Además, se registran aproximadamente 1.000 infecciones de oído en niños, algunas con riesgo de pérdida auditiva permanente. También pueden aparecer trastornos de la coagulación en más de 3 casos por cada 10.000 infectados.
A esto se suma la llamada amnesia inmunitaria. Un estudio publicado en Science encontró que niños no vacunados que superan el sarampión pueden perder entre el 11 % y el 73 % de sus anticuerpos frente a otros patógenos. Por su parte, otro estudio publicado en Science Immunology ayudó a comprender por qué muchos niños que superan el sarampión terminan enfermando de otras infecciones en los meses o años posteriores. Investigadores del Instituto Wellcome Sanger, en Reino Unido, junto con la Universidad de Ámsterdam, demostraron que el virus no se limita a provocar una enfermedad aguda, sino que altera profundamente el sistema inmunitario. En concreto, comprobaron que el sarampión elimina parte de la memoria inmune previamente adquirida, borrando defensas que el organismo había construido frente a otros patógenos.
Pero el hallazgo fue aún más inquietante. El equipo constató que, tras la infección, el sistema inmunitario puede quedar “reiniciado”, regresando a un estado funcional similar al de la primera infancia. En la práctica, esto significa que el cuerpo pierde parte de su capacidad para reconocer y responder con eficacia a infecciones nuevas o ya conocidas, como si hubiera olvidado aprendizajes inmunes acumulados durante años. Dicho de otra forma, el sistema inmunitario queda debilitado durante dos o tres años, aumentando el riesgo de neumonías, gripes e infecciones bacterianas.
Existe además la panencefalitis esclerosante subaguda (SSPE), una complicación neurológica mortal que puede aparecer años después de la infección. Un análisis de casos en California estimó que afectó a uno de cada 1.367 niños no vacunados menores de cinco años que habían contraído sarampión.
Frente a estas cifras, los efectos adversos graves de la vacuna triple vírica son extraordinariamente infrecuentes: reacciones alérgicas graves entre 1 y 3,5 por cada millón de dosis. Las convulsiones febriles asociadas a la vacunación no dejan secuelas y son menos frecuentes que las convulsiones provocadas por la propia enfermedad.
Cuando el virus encuentra a una persona sin vacunar: la probabilidad es casi total
Hay un dato que rara vez se menciona con la claridad que merece y que ayuda a entender por qué el sarampión no admite medias tintas: cuando una persona no vacunada entra en contacto con el virus, alrededor del 90 % desarrollará la enfermedad. No hablamos de una posibilidad remota ni de una probabilidad baja. Hablamos de nueve de cada diez. En términos epidemiológicos, eso convierte al sarampión en una infección prácticamente inevitable para quien no esté inmunizado y se exponga al virus en un entorno cercano.
Esta cifra es coherente con su extraordinaria capacidad de transmisión. No es simplemente “muy contagioso”; es uno de los virus más contagiosos que conocemos. Y eso implica que, en un aula, en un hogar o en un entorno comunitario, la exposición suele traducirse en infección si no existe protección previa.
La situación es radicalmente distinta en personas correctamente vacunadas con dos dosis. Aunque ninguna vacuna ofrece protección absoluta, la probabilidad de enfermar desciende de forma drástica y, cuando se producen infecciones en vacunados, suelen cursar de forma más leve y con menor capacidad de transmisión. Es decir, la vacuna no solo reduce el riesgo de contraer la enfermedad, sino también la intensidad con la que se manifiesta.
Este contraste explica por qué, en los brotes recientes, la gran mayoría de los casos se concentran en personas no vacunadas. No es una casualidad estadística, sino el reflejo directo de cómo funciona la inmunidad.
Ángel Hernández-Merino subraya precisamente esta diferencia de riesgo al recordar que “la gran mayoría de los casos detectados ocurren en personas no vacunadas. Esto permite concluir en que el riesgo para las personas vacunadas es muy bajo.” Esa asimetría es el eje del debate, dado que la exposición no tiene las mismas consecuencias para todos.
En términos prácticos, la vacunación transforma una probabilidad cercana a la certeza en una eventualidad poco frecuente y, generalmente, mucho menos grave. Esa es la verdadera dimensión del beneficio. De hecho, antes de que la vacuna estuviera disponible, a comienzos de los años sesenta, el sarampión formaba parte casi inevitable de la infancia. La mayoría de los niños y niñas contraían la enfermedad tarde o temprano, simplemente porque el virus circulaba de forma constante y encontraba población susceptible generación tras generación. La introducción de la vacunación cambió radicalmente ese panorama. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, entre 2000 y 2017 los casos mundiales de sarampión se redujeron en torno a un 80 %, y se estima que gracias a la inmunización se evitaron aproximadamente 21,1 millones de muertes en ese periodo. Un informe posterior, con cifras actualizadas hasta 2024, concluyó que, desde el año 2000, la vacunación ha salvado la vida a casi 59 millones de personas y reducido las muertes por sarampión un 88 %.
Se trata de uno de los mayores impactos preventivos logrados por una vacuna en la historia reciente de la salud pública.

El 70 % de los casos se concentra en personas no vacunadas, mientras que solo el 20 % corresponde a quienes habían recibido dos dosis. Gráfico de Eugenio M. Fernández Aguilar
Estados Unidos y la lección de las exenciones
En Estados Unidos, el repunte reciente se ha vinculado al aumento de exenciones personales o religiosas a los requisitos de vacunación escolar. Entre 2011 y 2016, las exenciones por creencias personales crecieron del 1,75 % al 2,25 %. Puede parecer un aumento pequeño, pero concentrado en determinadas comunidades ha sido suficiente para desencadenar brotes.
El brote vinculado a Disneyland en 2015 —147 casos— marcó un punto de inflexión en California, que eliminó las exenciones no médicas. La cobertura aumentó y se redujeron los condados por debajo del umbral de inmunidad colectiva.
Pero si hay un laboratorio en tiempo real para entender qué ocurre cuando las coberturas descienden, ese es Estados Unidos. Y es que el país registró en 2025 la cifra más alta de casos en más de tres décadas. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades confirmaron 2.267 infecciones el pasado año, una magnitud que no se veía desde 1991.
El incremento no fue puntual. Se documentaron 49 brotes en 2025, frente a 16 en 2024. Tres personas murieron, entre ellas dos niñas (no vacunadas). El epicentro inicial se situó en el oeste de Texas, en febrero de 2025, pero posteriormente surgieron focos en la frontera entre Utah y Arizona, en Carolina del Sur y en otros estados. En el condado rural de Gaines, Texas, el brote alcanzó 762 casos confirmados, con sospechas de un subregistro significativo.
El problema no se ha contenido del todo. En las primeras semanas de 2026 ya se han notificado más de 900 casos, lo que sitúa al año en curso entre los tres peores desde el 2000. Solo en la primera semana completa del año se reportaron 279 nuevas infecciones. Las autoridades internacionales han anunciado que revisarán si Estados Unidos ha mantenido el criterio técnico de eliminación, que exige la interrupción de una cadena de transmisión durante al menos doce meses consecutivos.
La discusión, sin embargo, trasciende la semántica epidemiológica. El país se enfrenta a un descenso sostenido de la vacunación infantil. La cobertura nacional frente al sarampión se sitúa en torno al 92,5 %, por debajo del 95 % necesario para asegurar inmunidad colectiva. Y ese porcentaje medio oculta comunidades muy por debajo de ese umbral.
En este contexto, la llegada de la nueva administración de Donald Trump ha añadido un componente político a la crisis sanitaria. El actual secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., conocido por su historial de posicionamientos críticos con las vacunas, ha insistido públicamente en que la decisión de vacunarse es una elección personal, aunque su departamento mantiene oficialmente que la vacunación es la mejor herramienta preventiva. Paralelamente, se han producido recortes en financiación destinada a programas locales de salud pública orientados a mejorar las tasas de inmunización.
Lo que muestran los datos es claro: el virus ha encontrado de nuevo terreno fértil. En 2025, el sarampión se infiltró en escuelas, guarderías, iglesias, salas de espera hospitalarias e incluso centros de detención. Nuevo México superó el centenar de casos y registró una muerte adulta. Kansas dedicó siete meses a contener un brote que afectó a casi 90 personas en diez condados. Ohio confirmó 40 casos. Montana, Dakota del Norte y Wisconsin registraron varias decenas cada uno.
La secuenciación genética ha identificado la misma cepa circulando en Texas, Nuevo México, Utah, Arizona, Carolina del Sur, Canadá y México, lo que refleja la dimensión transfronteriza del problema. México, de hecho, también se encuentra bajo revisión internacional tras haber registrado más de 6.000 casos vinculados en parte a la cadena inicial de Texas.
El trasfondo es conocido: cuando las coberturas descienden, aunque sea ligeramente, el sarampión reaparece con rapidez. En una enfermedad capaz de infectar a nueve de cada diez personas susceptibles tras la exposición, el margen de error es mínimo. Cada punto porcentual perdido en vacunación no es una cifra abstracta: es un espacio que el virus puede ocupar.
Estados Unidos, que hace un cuarto de siglo celebraba la eliminación del sarampión como uno de sus mayores logros sanitarios, se enfrenta ahora a la posibilidad real de perder ese estatus. Más allá del símbolo, la lección es epidemiológica: el virus no desaparece; simplemente espera.
La paradoja europea: menos casos que en 2024, pero el doble que en 2023
Europa vive una situación que, a primera vista, podría parecer alentadora y, sin embargo, resulta profundamente inquietante. Los datos preliminares de 2025 muestran una caída significativa de los casos de sarampión en la Unión Europea y el Espacio Económico Europeo respecto al año anterior. Pero esa mejora relativa es engañosa: las cifras siguen siendo casi el doble de las registradas en 2023.
Entre enero y diciembre de 2025 se notificaron 7.655 casos en 30 países europeos, según el último informe consolidado del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC). Ocho personas murieron a consecuencia de la infección: cuatro en Francia, tres en Rumanía y una en Países Bajos. Aunque el contraste con los más de 35.000 casos registrados en 2024 es evidente, la comparación histórica es menos tranquilizadora, dado que la transmisión sigue muy por encima de los niveles previos al gran repunte.
Lo más revelador no es solo el número total, sino la naturaleza de la transmisión. La mayoría de los casos diagnosticados en 2025 fueron adquiridos localmente, a través de transmisión comunitaria dentro de los propios países notificantes. No se trata ya únicamente de contagios importados que se extinguen rápidamente, sino de circulación sostenida en comunidades concretas.
La vacunación continúa siendo el punto crítico. Al igual que ocurrió en 2024, ocho de cada diez personas que enfermaron de sarampión en 2025 no estaban vacunadas. El patrón se repite con una regularidad que deja poco margen para interpretaciones alternativas: el virus encuentra con facilidad a quienes no tienen protección previa.
La distribución por edades añade otra capa de preocupación. Los menores de cinco años representaron el 40 % de los casos notificados en 2025, con 3.072 infecciones registradas en ese grupo. Son niños que, en muchos casos, no habían completado la pauta vacunal o eran demasiado pequeños para haber recibido ambas dosis. Pero el sarampión no distingue generaciones: entre adolescentes y adultos con estado vacunal conocido, la mayoría tampoco había recibido ninguna dosis de vacuna frente al sarampión.
Otro buen ejemplo lo encontramos en Reino Unido. Recientemente hemos sabido que, en enero de 2026, al menos 34 niños se contagiaron en un brote de rápida propagación en varios colegios del norte de Londres, según confirmó la UK Health Security Agency. Los casos, concentrados en al menos siete centros educativos de Enfield y Haringey, representaron más de un tercio de los 96 registrados en toda Inglaterra en el primer mes del año. Un centro de salud local señaló que uno de cada cinco menores infectados requirió ingreso hospitalario y que todos ellos no estaban completamente inmunizados. El contexto nacional ayuda a entender la vulnerabilidad: en 2024-25 solo el 84,4 % de los niños británicos había recibido las dos dosis de la triple vírica a los cinco años, muy por debajo del 95 % recomendado. La Organización Mundial de la Salud ya anunció en enero, de hecho, que el Reino Unido había perdido su estatus de eliminación tras los brotes registrados en 2024.
Europa cuenta con sistemas de vigilancia robustos, recursos técnicos y una vacuna segura y altamente eficaz. Sin embargo, la inmunidad colectiva requiere que al menos el 95 % de la población elegible haya recibido dos dosis. Cuando ese umbral no se alcanza de forma homogénea, aparecen grietas por las que el virus se abre paso.
Existe además un factor estacional que añade urgencia. El sarampión tiende a alcanzar su pico a finales del invierno y comienzos de la primavera. Las autoridades europeas han insistido en que el momento para revisar el estado vacunal no es cuando el brote ya está en marcha, sino antes. La vacuna triple vírica necesita al menos dos semanas para generar una protección eficaz, lo que resulta especialmente relevante para quienes planean viajar, dado que la circulación del virus puede variar entre países.
La paradoja europea es clara: el continente dispone de herramientas científicas y logísticas suficientes para eliminar el sarampión, pero la transmisión comunitaria demuestra que no basta con tener la vacuna; es imprescindible que llegue a todos. La reducción respecto a 2024 no debe interpretarse como una victoria definitiva, sino como un recordatorio de que el equilibrio sigue siendo frágil.

Por debajo del 95 % de cobertura con dos dosis, el riesgo de transmisión sostenida aumenta de forma exponencial. Gráfico de Eugenio M. Fernández Aguilar
¿Quiénes están en el punto crítico?
Hernández-Merino identifica grupos prioritarios: “Adultos nacidos desde 1978, especialmente los nacidos en los años siguientes a la fecha indicada”, personas migrantes procedentes de países con alta incidencia y “los niños menores de 12 meses”, que aún no han recibido la primera dosis. También subraya que en caso de duda sobre el estado vacunal es preferible vacunar: la administración en personas ya inmunizadas no añade riesgos significativos.
En cuanto a la respuesta sanitaria, propone medidas claras: “Reforzar los procedimientos y protocolos para la identificación precoz de casos sospechosos…”, “reforzar el cumplimiento de la vacunación… comenzando -sin demora injustificada- a la edad de los 12 meses” y la “búsqueda activa de bolsas de población e individuos susceptibles.”
La Atención Primaria, los servicios de urgencias y los hospitales juegan un papel decisivo en la detección temprana, el aislamiento y el estudio de contactos.
La falsa relación entre la triple vírica y el autismo: dos décadas de evidencia científica
Si hay un argumento que ha erosionado la confianza en la vacunación frente al sarampión en los últimos 25 años, ha sido la supuesta relación entre la vacuna triple vírica (sarampión, rubeola y paperas) y el autismo. Es una idea persistente, emocionalmente poderosa y científicamente desmontada en repetidas ocasiones.
Para abordar esta cuestión hemos preguntado al Dr. Peter Hotez, médico-científico estadounidense, experto en enfermedades infecciosas y desarrollo de vacunas, conocido por su trabajo en salud global y su defensa de la vacunación, quien nos ha comentado que “contamos con evidencia epidemiológica contundente de que la vacuna triple vírica no causa autismo, pero también consideramos que dicha asociación es inverosímil, dado que el autismo se produce a través de docenas de genes que operan en el desarrollo cerebral fetal temprano”.
Hotez no habla solo como investigador, sino también desde la experiencia personal. Nos recuerda que este argumento ya fue ampliamente detallado en uno de sus libros, donde relata también su experiencia como padre de una hija con autismo. Su postura combina evidencia científica y vivencia directa: no existe base biológica ni epidemiológica que sostenga esa asociación.
Y los datos acumulados durante más de dos décadas son contundentes.
En 2002, un estudio danés que incluyó a más de 500.000 niños ya descartó cualquier vínculo entre la vacuna triple vírica (MMR) y el autismo. En 2019, otro estudio danés aún mayor, con más de 650.000 niños, llegó exactamente a la misma conclusión. En 2014, un metaanálisis que analizaba datos de más de 1,2 millones de niños confirmó que las vacunas no aumentan el riesgo de autismo.
No se trata de investigaciones aisladas. Estudios realizados en Reino Unido, California (2001), Atlanta (2001), Japón (2005) y otros trabajos publicados en 2007 han evaluado la hipótesis desde distintos enfoques metodológicos y poblacionales, siempre con el mismo resultado: no hay relación causal.
La revisión más amplia hasta la fecha la publicó la Colaboración Cochrane en 2020. Analizó 138 estudios que incluían datos de más de 23 millones de niños. La conclusión fue clara: no existe evidencia de que la vacunación infantil, incluida la triple vírica, tenga relación alguna con el autismo.
Incluso uno de los argumentos colaterales más repetidos —la presencia de aluminio como adyuvante vacunal— ha sido evaluado específicamente. Un estudio danés publicado en 2025, que analizó datos de 1,2 millones de niños, no encontró asociación entre la cantidad de aluminio recibida a través de vacunas y el desarrollo de autismo u otros trastornos neurológicos.

El sarampión es una de las enfermedades más contagiosas conocidas y puede provocar complicaciones graves, especialmente en niños pequeños. Foto: Istock/Christian Pérez
Frente a esta acumulación de evidencia, la hipótesis vacuna-autismo no solo carece de sustento, sino que ignora lo que hoy sabemos sobre el origen del autismo en sí. Investigaciones recientes han identificado más de un centenar de genes relacionados con el riesgo de desarrollo de autismo, la mayoría de ellos expresados en fases tempranas del desarrollo prenatal. En 2024, un estudio publicado en Nature describió cómo determinadas alteraciones proteicas durante el desarrollo embrionario podrían explicar casos de autismo idiopático, reforzando la hipótesis de un origen principalmente genético y prenatal.
Es decir, cuando el niño recibe la primera dosis de la triple vírica, el proceso neurobiológico relacionado con el autismo —cuando existe— ya está en marcha desde fases muy precoces del embarazo. En este sentido debemos tener claro que el aumento de diagnósticos de autismo en las últimas décadas no responde a una supuesta “epidemia” provocada por factores externos, sino a una transformación en los criterios clínicos y en la capacidad de detección. Un estudio reciente publicado en Autism Research muestra que el crecimiento se concentra sobre todo en formas más leves del trastorno, mientras que los casos más graves se mantienen relativamente estables, lo que sugiere una ampliación del espectro diagnóstico más que un incremento real de la prevalencia.
En la misma línea, otro estudio reciente publicado en JAMA Psychiatry y analizado por el bioestadístico Jeffrey S. Morris, de la Universidad de Pensilvania, quien nos ha señalado que los nuevos diagnósticos corresponden, en promedio, a perfiles con sintomatología menos intensa que en décadas anteriores. En otras palabras, hoy se identifican casos que antes habrían pasado desapercibidos o no habrían encajado en definiciones más restrictivas del trastorno.
El problema de mantener viva esta falsa asociación no es solo conceptual. Tiene consecuencias medibles. Cuando la vacunación desciende, el sarampión reaparece. Y cuando reaparece, afecta sobre todo a quienes no están protegidos.
En el contexto actual, donde la pérdida del estatus de eliminación en España ha encendido señales de alerta, mantener la claridad científica es una responsabilidad colectiva. La evidencia acumulada no deja espacio para la ambigüedad.
El equilibrio frágil del 95 %
El sarampión nos recuerda una verdad incómoda: la salud pública es un equilibrio colectivo. Mientras la vacunación se mantenga alta, el riesgo es bajo. Pero el virus no necesita mayorías, necesita grietas.
Como resume Rafael Toledo, el virus no es endémico en España ahora mismo porque no ha circulado durante más de doce meses consecutivos. Pero si las tasas bajan, la probabilidad de que eso ocurra aumenta.
Las cifras no son un ejercicio estadístico. Son una advertencia histórica. El sarampión fue controlado gracias a una de las mayores conquistas científicas del siglo XX. Mantenerlo a raya exige algo menos espectacular, pero igual de decisivo: continuidad, confianza y responsabilidad colectiva.
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