Un equipo de la Agencia Espacial Europea identificó un sistema en el que cuatro planetas desafían la noción clásica de formación planetaria
Representación artística de LHS 1903ESAESA
Juan Scaliter
larazon.es/12.02.2026 20:00
Durante décadas hemos pensado que el Universo, al menos en lo que respecta a los sistemas planetarios, seguía un patrón bastante claro. Al igual que en nuestro sistema solar, los mundos rocosos (Mercurio, Venus, la Tierra y Marte) orbitan cerca del Sol. Más allá aparecen los gigantes gaseosos, como Júpiter y Saturno, y, aún más lejos, los gigantes helados Urano y Neptuno. Roca primero, gas después. Ese esquema no solo describe nuestra vecindad cósmica: se repite con sorprendente frecuencia en la Vía Láctea. O se repetía.
Un equipo internacional liderado por Thomas Wilson de la Universidad de Warwick ha descubierto, gracias al telescopio espacial CHEOPS de la Agencia Espacial Europea (ESA), un sistema planetario que rompe por completo ese orden. Al estudiar la estrella LHS 1903 (una enana roja a 116 años luz de la Tierra), el equipo de Wilson identificó cuatro planetas cuya arquitectura desafía los modelos clásicos de formación planetaria. Los resultados han sido publicados en Science.
En LHS 1903, los tres primeros planetas encajan con lo esperado: un mundo rocoso muy cercano a la estrella, seguido de dos planetas gaseosos. Pero el cuarto planeta, el más lejano, es la auténtica sorpresa: también es rocoso. En otras palabras, el sistema empieza como el nuestro… y termina justo al contrario de lo que debería.
“Este extraño desorden lo convierte en un sistema único, del revés —afirma Wilson—. Los planetas rocosos no suelen formarse lejos de su estrella, más allá de los mundos gaseosos”.
Según los modelos tradicionales, la radiación estelar barre las atmósferas de gas de los planetas cercanos, dejando tras de sí núcleos densos y sólidos. Más lejos, donde las temperaturas son menores, el gas puede acumularse y los planetas pueden retenerlo, dando lugar a gigantes gaseosos. Pero en LHS 1903, el planeta exterior parece no haber seguido ese guion. La teoría es que, o bien perdió su atmósfera, o nunca llegó a formarla. El equipo de Thomas consideró varias posibilidades. Tal vez los planetas intercambiaron posiciones tras interacciones gravitatorias. O quizá el planeta rocoso perdió su atmósfera en una colisión violenta. Sin embargo, esas hipótesis no encajaban con los datos.
En su lugar, los autores del estudio encontraron indicios de que los cuatro planetas no nacieron simultáneamente, como suele suponerse, sino uno tras otro en un proceso conocido como formación planetaria de dentro hacia fuera. En este escenario, el planeta más interno se forma primero y va “barriendo” el material disponible a su alrededor. Luego se forma el siguiente, y así sucesivamente. Cada nuevo planeta nace en un entorno ya modificado por los anteriores.
“Cuando este último planeta exterior se formó, el sistema podría haberse quedado ya sin gas, que se considera vital para la formación planetaria –añade Wilson–. Y, sin embargo, aquí tenemos un pequeño mundo rocoso que desafía las expectativas. Parece que hemos encontrado la primera evidencia de un planeta que se formó en un entorno pobre en gas”.
Si esta interpretación es correcta, estaríamos ante algo más profundo que una simple rareza: una pista de que los sistemas planetarios pueden evolucionar de formas mucho más diversas de lo que imaginábamos. Durante mucho tiempo, las teorías sobre la formación de planetas han estado fuertemente influenciadas por un único ejemplo: el nuestro.
“Históricamente, nuestras teorías de formación planetaria se basan en lo que vemos y conocemos sobre nuestro sistema solar –afirma Isabel Rebollido, científica de la Agencia Espacial Europea-. A medida que observamos cada vez más sistemas exoplanetarios distintos, estamos empezando a revisar esas teorías”.
La diversidad detectada en los últimos años (supertierras abrasadas, mundos oceánicos, planetas gigantes en órbitas imposibles) ya había empezado a erosionar la idea de que el sistema solar era el molde universal. LHS 1903 va un paso más allá: su arquitectura no es simplemente exótica, sino estructuralmente opuesta al patrón dominante.
Para Maximilian Günther, científico del proyecto CHEOPS en la ESA, este tipo de hallazgos es precisamente la razón de ser de la misión: “Gran parte de cómo se forman y evolucionan los planetas sigue siendo un misterio. Encontrar pistas como esta para resolver el rompecabezas es exactamente lo que CHEOPS se propuso hacer”.
La gran pregunta ahora es si LHS 1903 es una anomalía aislada o el primer miembro de una nueva clase de sistemas planetarios. Si existen más mundos rocosos exteriores formados en entornos pobres en gas, los modelos actuales deberán ampliarse para incorporar esta vía alternativa de formación. Eso implicaría reconsiderar cuándo, dónde y cómo se ensamblan los planetas, y en qué condiciones pueden surgir mundos sólidos en regiones que creíamos reservadas a los gigantes gaseosos. En el fondo, cada nuevo sistema descubierto es un recordatorio de algo fundamental en ciencia: el Universo no tiene obligación de ajustarse a nuestras expectativas o experiencias.
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