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LA PERVERSIDAD DEL MAL

 La perversidad del mal se vuelve rutinaria...
La perversidad del mal se impone a través de los medios hegemónicos con su manipulación ideológica, emocional, que construye enemigos y magnifica el dolor, el irrespeto, el miedo

Carlos Fajardo Fajardo*
eldiplo.info

En 1963 Hannah Arendt publicó el libro, “Eichmann en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal”. En él reflexionó sobre cómo el mal se banaliza debido a obligaciones ideológicas, instrumentales, burocráticas y existenciales de ciertos individuos obnubilados por la obediencia y sumisos a las órdenes de sus superiores. Esa deshumanización, llevada a cabo por regímenes autoritarios, la analizó también en su libro de 1951, Los orígenes del totalitarismo, donde expone cómo estos regímenes logran aniquilar, tanto a sus opositores, como la capacidad de análisis y de crítica de los ciudadanos, normalizando el mal y su accionar.

En 1961, con el juicio al nazi Adolf Eichmann, quien había organizado toda la logística de muerte del holocausto, y quien, desde su puesto de mando, planeó el engranaje de trenes que conducían a los campos de concentración a los prisioneros, Arendt estructuró este concepto, sobre todo, ante la inquietante respuesta de Eichmann al ser interrogado: “Yo sólo seguía órdenes”. No había en él ningún monstruo, ni un asesino intencional, ni un fanático, ni su cara manifestaba odio, sólo banalidad, mediocridad. Era un hombre sin autonomía crítica, sin conciencia de sus actos; un personaje anclado a la máquina, sin interrogarse, sin dudas, sin más preocupaciones que la de cumplir con eficiencia las órdenes que le habían sido dadas. “La incapacidad de pensar es lo que hizo posible el mal”, argumenta Arendt.

Verdugo y víctima del sistema totalitario, Eichmann glorificaba, veneraba, la obediencia a la gran totalidad. El castigo y la culpa de no cumplir las órdenes lo atormentaban. Kafka ya lo había consignado en sus cuentos y novelas. Un no al pensamiento individual, un sí al cumplimiento del deber sacrifical. Responsabilidad ante la orden del poderío en detrimento de su propia dignidad. No otra cosa es la banalidad del mal: indiferencia ante los otros, sumisión ante la ley del poderoso, obediencia total sin medir ni importar sus consecuencias, imposición de una obediencia burocratizada y mediocre; derrota del pensamiento crítico, analítico, creativo. “Eichmann era un hombre que no pensaba”, escribe Arendt en su libro.

La desconexión ética del sentido de alteridad, y la incapacidad de pensar por sí mismo y de ponerse en el lugar de los otros arrastra a resultados catastróficos. El banalizado por el mal no se pregunta jamás por las consecuencias de sus acciones, y lo peor es que las acepta con la ceguera que le impone su ideología, su creencia, su dogma, su deber, su jefe y su tirano. Despojado de la responsabilidad ética los individuos son pistones, “hombres huecos”, alienados, como los denomina en su poema T.S. Eliot:

Somos los hombres huecos /somos los hombres rellenos/ apoyados uno en otro/ la mollera llena de paja. ¡Ay! / Nuestras voces resecas, cuando / susurramos juntos/ son tranquilas y sin significado/ como viento en hierba seca/ o patas de ratas sobre cristal roto/ en la bodega seca de nuestras provisiones… (De Los Hombres Huecos, trad. José María Valverde.)

Hoy, además de esa deplorable y banal condición, también vivimos y soportamos una perversidad malvada, esta sí consciente y autoconsciente, planeada, organizada y sistemáticamente llevada a cabo ya no solo por funcionarios obedientes, sino por mandos altos y medios y por los dueños del establishment. He aquí lo altamente peligroso: perversos y entendidos del daño que ocasionan; cínicos conocedores del mal que infunden; malvados profesionales, sabedores de su accionar y de las ganancias que con ello logran. Eso es lo que llamamos la perversidad del mal.

Los ejemplos circundan y nos desbordan: el sionismo del Estado de Israel contra Palestina e Irán, su genocidio, limpieza étnica y crímenes intencionales, de forma deliberada contra la población civil de Gaza; Trump y su política xenófoba en contra de los inmigrantes, de la autonomía de las universidades e imponiendo sus políticas arancelarias; la Otan y su sometimiento al imperio e hipocresía bélica; la Unión Europea y su neofascismo desbordante; Javier Milei y su política de motosierra en Argentina; las mafias del narcotráfico y su las violaciones de todos los tratados internacionales, de convenios y resoluciones, por parte de los Estados de corte totalitario, colocando primero sus intereses sin importar las consecuencias; la falta de sanciones internacionales por la violación de los convenios de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Todo ello se gestiona con el mismo guion, aprobando la perversidad como guía y liquidando a sus antagonistas políticos e ideológicos.

El odio se agencia, se construye, se alimenta y se propaga de forma racional y sistemática, de igual forma que la violencia, la rabia, el rechazo, la venganza. Todas estas acciones son generadas con conocimiento de causa, unidas a la emocracia sensacionalista, clasista, xenófoba que linda con el neofascismo de última hora.

La perversidad del mal se impone a través de los medios hegemónicos con su manipulación ideológica, emocional, que construye enemigos y magnifica el dolor, el irrespeto, el miedo. No es casual, ni tampoco improvisada. Se planea, se organiza, se estudia para ponerla a funcionar entre las multitudes ciudadanas. Se calcula para dar el golpe permanente y constante de siniestro odio. Se vuelve excusa para excluir, silenciar al diferente, para negarlo y hasta liquidarlo. La violencia es su slogan malevo; la muerte, tanto real como simbólica, su sino perpetuo.

De modo que la perversidad del mal se vuelve rutinaria. Es un asunto que se legaliza y normaliza. Lo excepcional es su no existencia; la costumbre es su activa presencia en la cotidianidad. Si no existiera nos faltarían el odio, la corrupción, la venganza legitimada, aceptada, sistemática y racional, a la vez que pasional. Vaya paradoja.

Alimentada por las redes sociales digitales, construida a lo largo del tiempo con paciencia; procesada con fake news, a través de la desinformación, impulsada por los refundadores de la patria, del Estado Social de Derecho, de lo público y de las certezas históricas, es como se mantiene activa esta perversidad maleva. Los que la impulsan saben muy bien lo que se proponen, conocen sus fines, apuntan muy bien al blanco a donde deben dar. Y, lo peor, es que se presentan como “salvadores de la patria”, mártires mesiánicos para sacarnos del abismo. Son instrumentadores de la perversidad que se permea, con sus múltiples tentáculos, en todas las fibras sensibles y racionales de una comunidad donde la maldad hace catarsis en contra del que piensa diferente, de lo que no está en su campo de acción y de poder. Todo ello para fragmentar, destrozar los tejidos sociales y facilitar la imposición autoritaria.

Al contrario de la banalidad del mal, en esta perversidad sus gestores y actores cargan una responsabilidad ética, una intencionalidad, un saber de lo que hacen y por qué lo hacen. Hay cinismo en su acción al conocer las consecuencias de sus actos deshumanizantes y al no importarles. Alienación y conocimiento se funden paradójicamente en esta “máquina que tritura los sueños”. Con ello, se fragmenta al individuo y se le despoja de responsabilidad, de otredad y alteridad, conduciéndolo a la apatía, al desinterés por lo comunitario. Todo vale en esta perversidad del mal, todo es apto, todo es posible y se acepta. De allí al aniquilamiento y al fascismo solo hay un paso. En un momento dado se unifican la banalidad y la perversidad del mal. La primera, por la obediencia de los sumisos a los amos y a las ideologías sin conocimiento de causa; la segunda, por una maldad intencionada, consciente de sus resultados y llevada a cabo con el cinismo de los perversos.

Se trata, entonces, a la luz de lo enseñado por la historia de los años 30 y 40 del siglo XX, y la reciente historia de políticas sociales, culturales, económicas, en marcha, de afianzar nuestra autonomía crítica-creativa, las capacidades de discernir, dudar, de recuperar el sentido humanista y las responsabilidades éticas, venciendo los miedos, el conformismo, la obediencia, valorando a los otros, sin dejar de cuestionar, para afianzar nuestras iniciativas de resistir con ideas y acciones a la poderosa perversidad del mal. 

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*Poeta y ensayista colombiano.
2 julio, 2025


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