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DE VUELTA AL INFIERNO: CÓMO EL CEREBRO PROCESA EL TRAUMA Y POR QUÉ SE REPITE EN LA MENTE

A menudo, quienes pasan por un suceso terrible reviven ese momento una y otra vez, con síntomas que incluyen ansiedad, depresión, dolor... Repasamos las técnicas más eficaces para borrar estas secuelas.

Sobrevivir a un suceso violento puede dejar cicatrices invisibles que requieren atención especializada. Ilustración artística: DALL-E / Edgary R.

María Borja
Creado: 6.05.2025 

Durante años, Lady Gaga ha vivido con miedo. Ha tenido pesadillas, taquicardias, aterradores flashbacks. Ha reexperimentado una y otra vez una situación dramática ocurrida una década atrás, cuando sufrió una violación a los diecinueve años. Esta agresión sexual no se produjo una sola vez: en su mente ha seguido repitiéndose de forma continua. Es algo que ha mantenido oculto y que solo ahora, gracias a la ayuda médica, psicológica y de su entorno, está empezando a superar. “Tengo una enfermedad mental y lucho con ella a diario. Sufro trastorno de estrés postraumático”, confesó la cantante y actriz estadounidense en una entrevista.

Al pensar en ello, tal vez nos vengan a la mente imágenes de guerras y de combatientes que regresan a casa anímicamente destrozados. Es lógico porque, aunque probablemente este mal sea tan antiguo como la propia humanidad, fueron los veteranos de la guerra de Vietnam (1955- 1975) los que le dieron visibilidad. A su vuelta de una extenuante contienda perdida, muchos de ellos comenzaron a mostrar una serie de síntomas comunes que iban más allá de las secuelas físicas y a los que, en 1980, se les puso etiqueta diagnóstica. Fue entonces cuando el trastorno de estrés postraumático o TEPT se incorporó a los manuales psiquiátricos.

Circunstancias que pueden desencadenar el estrés postraumático

Desde esta primera aproximación se ha afinado mucho su definición, su conocimiento y su tratamiento. Hoy sabemos que, más allá de conflictos bélicos, hay otras muchas circunstancias que pueden desencadenar un cuadro de este tipo.

Como explica José Antonio Clemente Navarro, psicólogo del Servicio de Asistencia Inmediata a Víctimas de los Juzgados de Instrucción de Plaza de Castilla (Madrid), consiste en “un conjunto de reacciones desadaptativas que puede desarrollar una persona expuesta a un acontecimiento de especial violencia. Se considera una enfermedad mental muy grave, a la que algunos teóricos sitúan más cerca de la psicosis que de los trastornos de ansiedad”.

La interpretación del TEPT como una psicosis tiene cierto sentido, pues lo que lo diferencia de un síndrome de ansiedad es “la presencia de reexperimentación en forma de alucinaciones o flashbacks. Es decir, sentir, de forma altamente realista, que el hecho traumático está ocurriendo de nuevo, con el consiguiente impacto emocional para la persona y la reaparición de las reacciones que esta desarrolló durante el acontecimiento original: miedo, horror intenso, palpitaciones, taquicardia, sensación de muerte inminente...”, explica Clemente.

La amígdala cerebral: una pieza clave en el procesamiento del miedo y la emoción que está en el centro de las nuevas terapias. Ilustración artística: DALL-E / Edgary R.

Sobrevivir acontecimientos terribles

No hablamos de escenarios de tristeza o de estrés, consustanciales al mero hecho de vivir, sino de acontecimientos terribles: un acto terrorista, un intento de asesinato, una agresión sexual, una catástrofe natural, un episodio de violencia extrema... Situaciones muy poco habituales que producen una reacción emocional intensa y que nos pueden dejar desarbolados, tanto si somos nosotros quienes recibimos directamente la agresión, como si somos testigos.

“Conviene diferenciar las circunstancias estresantes de las traumáticas. Ante un problema cotidiano, contamos con mecanismos para que el cuerpo genere una respuesta rápida y contundente; puede que suframos un pico de ansiedad, pero no va más allá. En cambio, cuando corre peligro nuestra vida, o la de los demás, se activa el miedo, una reacción muy potente que se antepone a los procesos cognitivos. Es un mecanismo que nos permite actuar de inmediato. El problema es que acierta en la inmediatez, pero falla en la finura”, afirma Antonio Cano, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS).

Pero ¿a qué se refiere el profesor Cano cuando habla de “falta de finura”? A que ese miedo, muy útil para que podamos desarrollar una respuesta adecuada de enfrentamiento o de huida, debería desactivarse una vez termina la amenaza. No cabe duda de que la gran mayoría de las personas que sufren un episodio de esta naturaleza quedan marcadas de por vida por su recuerdo, pero solo algunas de ellas continúan reexperimentándola una y otra vez.

¿Qué hace que, ante una misma catástrofe, unos sufran TEPT y otros no?

Según Rafaela Santos, presidenta de la Asociación Española de Estrés Postraumático, cada persona es un mundo. “Pensemos, por ejemplo, en los atentados del 11-M. Cada una de las víctimas reaccionó de un modo distinto. ¿De qué depende? De la estructura de tu personalidad, de si eres inseguro, miedoso, de si has vivido con sobreprotección o si te percibes como vulnerable... y también de las experiencias anteriores de tu propia vida”.

Sin embargo, nos engañaríamos si nos quedamos con la idea de que quienes padecen TEPT son personas más débiles o vulnerables. Pensemos en los veteranos de guerra, en soldados curtidos en mil y una batallas. ¿Por qué unos se rompen y otros no? “En muchos de esos casos, lo que sucede es que, en el momento, se bloquean emocionalmente. Aparentemente, reaccionan bien in situ, pero vuelven a la vida normal y se encuentran desplazados”, apunta Santos.

Y aún hay más matices. Tanto en Irak como en Vietnam, al horror de la guerra se sumó el de la humillación: no volvieron como héroes. “Los veteranos no se sentían orgullosos de su papel. Para prevenir el TEPT es muy importante contar lo que te ha pasado, lo que has vivido. Pero ellos sentían vergüenza, se veían como perdedores, no podían hablar de esas experiencias ni con su familia ni con sus vecinos. Eran una olla a presión”, añade la experta.

Sigamos componiendo el puzle

“La gravedad de los síntomas es mayor cuanto más inesperado es el acontecimiento”, apostilla Clemente, quien aventura el TEPT que pudo sufrir Jackie Kennedy al presenciar de cerca el asesinato de su marido John, presidente de Estados Unidos: “Que un marine luchando en una cruenta batalla de la guerra del Golfo reciba un disparo es más esperable que ver morir a tu marido de forma violenta mientras paseas tranquilamente en coche”.

Como refleja el DSM V, el manual de enfermedades mentales de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, también pueden ser víctimas de TEPT quienes sufren una exposición repetida o extrema a detalles repulsivos del suceso traumático. Experiencias que duran más tiempo, aunque sean menos dramáticas, pueden tener un impacto similar. Estas incluyen el abuso físico o sexual continuo en el hogar, los malos tratos en las cárceles y la tortura. Puede ser también el caso de miembros de equipos de rescate que recogen restos humanos o de policías repetidamente expuestos a detalles del maltrato infantil.

En este sentido, es llamativa la denuncia de Henry Soto y Greg Blauert, dos antiguos empleados de Microsoft, que han demandado a la empresa por no haberles dado suficiente apoyo psicológico en su trabajo. El empleo consistía en filtrar los resultados de los buscadores de la compañía para supervisar todo lo que subían los usuarios. Ello les obligaba a ver vídeos de pornografía infantil, asesinatos... Tras años de desempeñar esta labor, ambos han sido diagnosticados de TEPT.

Revivir el horror: las víctimas de TEPT experimentan flashbacks, ansiedad extrema y dificultades para reintegrarse a la vida cotidiana. Ilustración artística: DALL-E / ERR

Estrategias terapéuticas

A medida que este trastorno ha ido despertando el interés de los investigadores, se han perfilado distintas estrategias terapéuticas. Una de las más empleadas –aunque hoy se cuestione su utilidad– es la de la intervención precoz. Puesto que conocemos los sucesos que pueden desencadenar esta alteración psicológica, se trataría de actuar sobre la población vulnerable para intentar evitar que llegue a sufrirla.

Su origen lo encontramos en los trabajos de Jeffrey Mitchell, un bombero que, tras sufrir un espeluznante accidente, descubrió que se sentía aliviado después de haberlo contado. En 1983, Mitchell describió sus siete pasos para el CISD –siglas en inglés de desactivación del estrés de un incidente crítico– y desarrolló la idea de que, tras una experiencia traumática, nos interesa hablar de ella lo antes posible para evitar una represión que termine provocando el síndrome.

Desde entonces, el método CISD se suele seguir en la consulta. Así, Cano expone que “la intervención temprana en víctimas de vivencias terribles es eficaz y previene la aparición de síntomas. Estas personas necesitan apoyo social de su entorno, que vuelva a fluir la comunicación, ventilar sus pensamientos, imágenes, emociones... Precisan reelaborar todo ese material. En la medida en que se lleve a cabo bien o mal esta reelaboración, así será la gravedad de los síntomas después del trauma”.

Pero este método comienza a cuestionarse

Algunos estudios sugieren que recordar algo traumático puede resultar incluso contraproducente, debido a que transforma el recuerdo y lo modifica según nuestras vivencias y creencias del momento actual.

Más allá de la prevención y de la intervención precoz, ¿qué puede hacerse con quienes ya han desarrollado el estrés postraumático? La primera opción, entendida como un cortafuegos inicial que palíe el sufrimiento del paciente, suele ser la de prescribir ansiolíticos y antidepresivos. Pero queda un muy largo camino por delante.

“El tratamiento pasa por hacer una reestructuración cognitiva de lo sucedido para poner en orden y asimilar toda esa carga emocional y vivencial”, señala Santos. Tal acercamiento es útil para tratar tanto los problemas de ansiedad como el embotamiento, con la finalidad de que las víctimas puedan exponerse a los pensamientos sobre lo sucedido sin sufrir la psicobiología del trauma.

Y aquí damos con una de las claves que está permitiendo afinar más la cura. Se trata de identificar qué es lo que el miedo provoca a nivel químico en el cerebro. En principio, se sabe que se genera una alteración de los sistemas de neurotransmisores, normalmente adrenalina y dopamina, y que esa alteración es responsable de la activación de las emociones, incluso en ausencia del estímulo. Pero en el cerebro existe otra estructura que juega un papel fundamental en la activación del miedo: la amígdala.
Betabloqueadores

Vayámonos unas décadas atrás, al momento en el que James McGaugh, líder en el campo de la neurobiología de la memoria, demostró que las personas que tenían dañada la amígdala eran incapaces de procesar las emociones. Si a esos individuos se les leía un relato con fuerte carga emotiva, cuando recordaban la historia lo hacían en un tono neutro, despojado de cualquier atisbo conmovedor. McGaugh fue un paso más allá y comprobó que la administración del betabloqueante propranolol –comercialmente conocido como Sumial– podía provocar un efecto similar. Quienes recibían este medicamento tampoco revivían la carga emocional del relato.

Surgió así la idea de un fármaco capaz de ‘desactivar’ una emoción. Ahora pensemos en que hay dos momentos en los que nuestra memoria a largo plazo es vulnerable: uno de ellos es cuando almacenamos el recuerdo; el otro, cuando lo evocamos. ¿Qué sucedería si se administrara ese fármaco justo en ese instante? Ese es el eje sobre el que se está trabajando.

En los ensayos clínicos con víctimas de estrés postraumático, se les pide que recuerden el momento del trauma en un entorno relajado y seguro, con niveles mínimos de angustia. Mientras lo evocan, se les inyecta propranolol con el fin de bloquear la amígdala y, en consecuencia, las emociones. De esta manera, se va modificando el recuerdo, despojándolo de su intensidad emocional. Una cosa debe quedar clara: en estos trabajos, la persona no olvida lo sucedido, no pierde el recuerdo del acontecimiento traumático. Lo que sí puede borrar es la carga negativa asociada que le sigue torturando. Estas intervenciones todavía están en fase experimental y no se aplican de forma generalizada.

Realidad virtual y trauma: nuevas tecnologías permiten abordar el miedo mediante entornos simbólicos personalizados. Ilustración artística: DALL-E / ERR.

Realidad virtual

También en una etapa inicial, y con muy prometedores resultados, se encuentra el uso de la realidad virtual. Como nos explica la doctora Santos, “la psicoterapia habitual para un paciente de TEPT incluye técnicas de exposición al recuerdo. El paciente debe afrontarlo e ir enfrentándose a él para tratar de amortiguar y controlar sus reacciones. Hasta ahora, se ha trabajado esta técnica exclusivamente con la imaginación, pero estamos empezando a utilizar también la realidad virtual”.

Esta opción puede ser útil para solventar algunas limitaciones de los fármacos. Por ejemplo, existen pacientes para los que la memoria del acontecimiento traumático resulta tan repugnante que activan estrategias cognitivas para no rememorarlo. Otros, sencillamente, tienen poca capacidad de imaginar. Ambos problemas se minimizan mediante el empleo de esta tecnología.

En este campo trabaja la doctora Cristina Botella Arbona, del Departamento de Psicología de la Universidad Jaime I de Castellón. En sus palabras, “el objetivo no es el realismo, sino utilizar distintos elementos que simbolicen el trauma, con el fin de acceder a la estructura del miedo, y corregir la información para que se produzca el adecuado procesamieto de lo que la persona ha vivido”. Su escenario es una habitación abierta, a la que denominan El mundo de Emma, donde se pueden reflejar las emociones mediante paisajes, incorporar elementos que simbolicen aspectos de esa experiencia terrible… En definitiva, un lugar “donde personalizar los detalles para cada paciente y circunstancia concreta”.

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