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SORDERA DEL GOBIERNO DA LARGAS A SOLUCIONES Y NO OCULTA DISPOSICIÓN A SALIDA VIOLENTA

DOSSIER:
OPINIÓN
1. La causa principal de todo es este gobierno infame
2. La sordera del gobierno
3. Torpe y terco… ¿qué hacer?
4. Una crisis de lo público
5. Este país que es otro
6. Palabras de un joven universitario detenido en estas marchas

Cuántos muertos más tiene que haber para que los que están al mando entiendan que es hora de poner en el centro de la discusión los problemas estructurales?
No puede subestimarse la capacidad de resistencia de los jóvenes en las calles. Duque los está ninguneando, y ellos tienen una fuerza enorme, mucha más de la que les atribuyen
Así le contesta un ama de casa a las camisas blancas Uribistas

1. La causa principal de todo es este gobierno infame
El gobierno nacional, estúpidamente, le está dando largas a la negociación y no oculta su disposición a la salida violenta

Por: Gabriel Ángel
 
Los reclamos se relacionan directamente con la situación económica y social de las familias, agravada por la forma con la que Duque trató la pandemia

El miércoles en la tarde asistí al portal de las Américas, con el propósito de ver con mis propios ojos lo que ocurría en aquella hermosa plaza, ahora llamada portal de la Resistencia por los jóvenes que se concentran allí diariamente. Lo que vi trajo a mi mente una serie de reflexiones. Quizás la mejor manera de permitirles fluir sea hablando de Yamil, un vecino de infancia.

Había crecido paralelamente con nosotros, aunque era un par de años menor que yo. Desde pequeño fue grueso, pero no de obesidad propiamente. Su naturaleza era la de un muchacho fornido y pesado. Alguna vez, siendo grandecitos, me puse unos guantes de boxeo con él. Yo había aprendido a imitar a Mohamed Alí, el ídolo de nuestra niñez, y me movía con agilidad para propinarle mis jabs de derecha. De pronto sentí como un garrotazo en la cabeza.

Casi me desplomo por el golpe, aunque logré mantenerme en pie y disimular su efecto. Comprendí que estaba enfrentando a un muchacho con una fuerza muy superior a la mía. Un minuto después esgrimí algún pretexto para dar por terminada la pelea. Un diciembre, uno de mis hermanos mayores se propuso emborracharlo. Y los demás le seguimos la idea. Suministrábamos trago tras trago de aguardiente a Yamile, quien los bebía con tranquilidad sorprendente.

La tarea resultó imposible. Su contextura le permitía, como a un Hércules, resistir todo el licor que le dábamos. Lo que vi en el Portal de la Resistencia me hizo recordarlo. Una aglomeración enérgica de jóvenes, hombres y mujeres, algunos apenas adolescentes, otros frisando la mayoría de edad. Vibrando con energía y alegría incesantes. Interpretando unos tras otros coros y consignas, envueltos en banderas de Colombia y decididos a cambiar este país con su lucha.

Los acompañaban mujeres y hombres de mayor edad, aunque en menor número. Contagiados por completo de la rebeldía juvenil. La inmensa mayoría de los presentes portaba carteles, casi todos escritos a mano en trozos de cartón o cartulina. Su contenido repudiaba de la manera más ingeniosa al gobierno actual, al que sin vacilación calificaban de criminal y asesino. Centenares, miles de caricaturas criticaban al presidente Duque y exigían su salida.

El ambiente general era de alegría desbordante, rayano en la fraternidad. Todos se sentían hermanos y recibían con cariño a quienes se les acercaran. Sin dificultad pasaban a explicar qué los congregaba. Manifestar su indignación con el gobierno nacional, al que evidentemente desprecian. Escuché sus razones, hallando plena coherencia y convencimiento en su discurso.

Si algo los tiene furiosos es la represión con la que se ha respondido su protesta. Me atrevo a pensar que sin los abusos, violencias desproporcionadas, abaleos, detenciones, asesinatos, lesiones y desapariciones ocasionadas por la Policía Nacional y los civiles que mezclados con ella agreden sin disimulo a los marchantes, el paro nacional se hubiera podido detener pocos días después de iniciado. La brutalidad oficial tiene que ver mucho con su prolongación.
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No puede subestimarse la capacidad de resistencia de los jóvenes en las calles. Duque los está ninguneando, y ellos tienen una fuerza enorme, mucha más de la que les atribuyen

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Creo que fue eso lo que me hizo recordar a Yamil. Mientras el presidente Duque, sus ministros y comandantes de Policía y Ejército insistan en la táctica que idearon para aplacar el paro, solamente enfrentarán más fracasos. No puede subestimarse la capacidad de resistencia de los jóvenes en las calles. Duque los está ninguneando, y ellos tienen una fuerza enorme, mucha más de la que les atribuyen. Los crecientes enfrentamientos con el Esmad lo demuestran.

Los jóvenes, muchachas y muchachos con los que intercambié, son muy claros. Sus reclamos se relacionan directamente con la situación económica y social de sus familias, agravada por la forma con la que Duque trató la pandemia. Empleo, salud, educación, oportunidades, esos son sus reclamos básicos. A ellos se añadió el de la reforma a la Policía y el fin del Esmad. Este último, que ahora casi se torna en principal, crece con cada agresión o disparo.

Quizás unos tres mil jóvenes expresaban allí su aborrecimiento por Duque, Uribe y su partido. Pacíficamente, porque como explicaban muchos, querían con su presencia desvirtuar aquello de que la protesta carecía de sentido o era obra de vándalos. Simultáneamente otros tantos manifestaban igual en diferentes sectores de la ciudad, en otras ciudades, plazas, pueblos, campos, carreteras y veredas de Colombia. La cuestión no es despreciable y deben tomarla en serio.

El gobierno nacional, estúpidamente, le está dando largas a la negociación y no oculta su disposición a la salida violenta. Comete una grave equivocación. Únicamente echará más leña al fuego. Además ha emprendido una ruidosa campaña mediática para deslegitimar la protesta, intentando echarle encima la gente con el argumento de que los marchantes no dejan trabajar ni producir. Esto puede tener algo de verdad, pero evade la responsabilidad principal.

La de que este gobierno infame es la causa principal de todo lo que pasa. Es bueno que se vaya.

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2. La sordera del gobierno

¿Cuántos muertos más tiene que haber para que los que están al mando entiendan que es hora de poner en el centro de la discusión los problemas estructurales?

Por: Pierina Ponce

Foto: Twitter @infopresidencia

Sin la Copa América el gobierno se quedó sin el distractor perfecto para diluir las manifestaciones que ya por varias semanas se toman las principales ciudades del país y que han conseguido la renuncia de ministros y el retiro de proyectos de ley, importantes para el gobierno, pero nocivos para la ciudadanía. Además, tumbaron la candidatura presidencial de la vicepresidenta y han logrado captar la atención de medios y organizaciones internacionales que denuncian el excesivo uso de la fuerza policial y militar. Por desgracia, como es ley en un país violento, la rebelión se paga con muertos, que siempre los pone el pueblo.

Ahora sin cortinas de humo que desvíen la atención a otros temas, el gobierno apelará al desgaste de las manifestaciones pacíficas, a que la gente se aburra y los de la primera línea pierdan lentamente el apoyo ciudadano por físico agotamiento, mientras sigue con su discurso de culpar del descontento al castrochavismo, las disidencias, Maduro, la izquierda y todos esos agitadores que ya conocemos; desconociendo que este estallido que hoy experimenta el país no le pertenece a ningún político, no son los partidos los que están en la calle, es la gente de a pie, la que se cansó y la que ya no tiene miedo, porque por la falta de oportunidades existente en Colombia no tienen nada que perder.

Ante la sordera del gobierno, que está mas enfocado en inventar enemigos que en escuchar lo que la calle grita, cabe preguntarse: ¿qué más se necesita?, ¿cuántos muertos más tiene que haber para que de una buena vez los que están al mando entiendan que es hora de poner en el centro de la discusión pública los problemas estructurales que afectan a los colombianos (como la corrupción, la desigualdad, la pobreza, la falta de accesos a servicios básicos y de oportunidades, los asesinatos, el abandono del Estado en algunas zonas del país, entre muchos otros)?

Está claro que estos problemas que venimos arrastrando por décadas no se solucionan de un día para otro. Pero esta es una oportunidad para que la sociedad se organice en torno a sus legítimas demandas y tome un rol activo en la democracia. De nada sirve que hoy marchen y en las elecciones no voten o peor aún vendan el voto. Aunque parezcan obviedades y suene a disco rayado, si seguimos eligiendo gobernantes que solo aparecen cuando están en campaña, que no representan y no conocen la realidad de la mayoría de los colombianos, las brechas sociales continuarán profundizándose, habrá razones de sobra para protestar y los estallidos sociales serán una constante.

3. Torpe y terco… ¿qué hacer?

Si no se presenta la renuncia del presidente, una salida sería que él forme unos equipos que lo ayuden a no hundirse más y no hundir más el país en el caos actual

Por: Juan Manuel López 

La dimensión que ha tomado la crisis (o el gobierno le ha dado) se ha concentrado alrededor del ‘vandalismo’. Foto: Twitter/Iván Duque

El problema más apremiante del momento es el cómo salir del impasse alrededor del paro y los bloqueos. Pero la dimensión que este ha tomado (o el gobierno le ha dado) se ha concentrado alrededor del ‘vandalismo’.

El primer paso para enfrentar el tema es entender y coincidir en un diagnóstico, y en que este sea acertado. Y no tiene sentido discutir sobre soluciones sin un consenso sobre lo que caracteriza el problema.

Varios elementos son claros, no sujetos a debate:

La suspensión de las manifestaciones (levantamiento del paro) es una solución, aunque seguramente transitoria.

Sí existen uno promotores de ese vandalismo. Exista o no una ‘revolución molecular’ y sea de derecha o de izquierda, hay una intención y algo de organización detrás.

Esa organización y esos promotores no son los organizadores de las manifestaciones.

Esos promotores no tienen control sobre esos ‘vándalos’.

Una gran mayoría de quienes en eso se convierten responden a diferentes razones, principalmente desesperación, rabia, necesidad, oportunismo u otras que no implican que sea su naturaleza ser delincuentes.

Esas causas son reales y no se han reconocido o no se ha mostrado debidamente la intención de darles solución.

La posición de Duque ha sido la de ‘yo solo cumplo el mandato bajo el cual fui elegido’; es decir ha asumido que es el mandatario de quienes lo eligieron y no el presidente de todos los colombianos.

En ese sentido inicialmente se vio como si ‘el que diga Uribe’ pareciera significar ‘para lo que diga Uribe’. Así pensaron muchas personas, entre ellas el Centro Democrático, la oposición, y tal vez el mismo Duque.

El error de oponerse al proceso de paz con la presentación de las objeciones ante el Congreso parece haberle permitido entender que como presidente tenía poder y autonomía -además del deber- de ejercer él mismo el cargo para el cual fue elegido.

Se rodeó desde entonces de personas caracterizadas por su cercanía con él o por la valoración que él hacía personalmente de ellos, más que por su trayectoria, representatividad o capacidad de colaborar y formar parte de un equipo donde participarán diversas formas de pensar.

Es decir, reprodujo la respuesta simple de ‘uno nombra es a sus amigos no a sus enemigos’, como si quienes piensan diferente entrarán en una categoría de ‘quien no está conmigo, está contra mí’.

Ha sido característica el ‘demasiado tarde y demasiado poco’ en la toma de decisiones para corregir situaciones.

Sucedió con el manejo de la pandemia, tarde en la compra de las vacunas y poco en la asignación de recursos; el retiro de la reforma tributaria y la salida de Carrasquilla; él gota a gota de los relevos ministeriales; el hacerlo solo con enroques entre funcionarios del gobierno; la demora en invitar a una mesa de diálogo y el presentarlo como respuesta a una orden de la Corte y no a las exigencias de los manifestantes.

En general no entendió la lógica de evitar la oposición a las medidas tomándolas de acuerdo con quienes las pedían y serían sus beneficiarios. Por el contrario, el aislamiento, tal vez la soberbia o si no la torpeza de mantener la posición del soberano que está al mando del país, tomando las medidas de 0 matrícula, o el nuevo plan de empleo para jóvenes como concesiones graciosas de iniciativa del Gobierno en vez de conciliaciones con las pretensiones de los protestarlos, generaron más molestia.

En fin, el presidente ha sido torpe, terco y en alguna forma mañoso con manejos que han sido combustible para la situación que vivimos.

Si no se presenta la renuncia del presidente (lo que no se excluye, pero que no necesariamente sería la mejor solución), la condición que podría posiblemente ofrecer una salida sería que el presidente forme unos equipos que lo ayuden a no hundirse más y no hundir más el país en el caos actual:

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Un gabinete ministerial de confluencia entre quienes tiene la capacidad de movilizar fuerzas y corrientes que busquen concertar con otras una salida consensual al agotamiento del modelo

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Un gabinete ministerial de confluencia entre quienes tiene la capacidad de movilizar fuerzas y corrientes que busquen concertar con otras una salida consensual al agotamiento del modelo o sistema que ha generado los problemas detectados y manifestados con los movimientos populares, gabinete que parezca tener suficiente credibilidad para dar esperanzas de solución y motivos para una tregua de las manifestaciones.

Y un ampliado y ‘empoderado’ Gran Consejo de Seguridad para estudiar cómo responder al ‘vandalismo’, no con los que ven como enemigos a los vándalos y solo conciben la posibilidad de más represión, sino con quienes pueden tener alguna comprensión, empatía, ascendencia o influencia sobre esas masas necesitadas, rabiosas y en búsqueda de oportunidades y de cambios.
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Fuentes:

4. Una crisis de lo público

Por: Jorge Iván Cuervo R.

Lo que pasa en Colombia es también una crisis de lo público. Si bien es cierto que no hay una sola causa para explicar el estallido social, a medida que pasa el tiempo, es necesario identificar las piezas de un rompecabezas que debemos rehacer entre todos. Por lo pronto, sabemos que tenemos una sociedad rota, un pacto constitucional que las instituciones no han logrado consolidar y mucha rabia contra el establecimiento, que la pandemia ha ahondado. La respuesta estatal, con una reacción desmedida y desproporcionada de la Policía, y lentitud y desconexión del gobierno para atender las demandas, no ha hecho sino agravar la crisis y el descontento, en un paro que ya cumple un mes – un hecho sin precedentes en la historia reciente – y que amenaza con llevar al país a una situación de tensión social y crisis institucional con desenlaces imprevisibles y dolorosos.

Los colombianos no hemos podido encontrar un espacio común para resolver nuestras diferencias políticas e ideológicas y las inequidades sociales y económicas, y ese es un fracaso que puede atribuirse especialmente a las élites políticas que han hecho del Estado un lugar ajeno a los fines de la prosperidad general. Si algo ha quedado claro en esta coyuntura, es que esa prosperidad no es la misma para todos – ni en intensidad, ni en ritmo- y que las condiciones institucionales facilitan un escenario de exclusión que la gente ya no resiste más.

Y lejos de considerarse esto una lectura marxista de la realidad, pienso más en la tesis de las instituciones extractivas de Daron Acemoglu y James Robinson, quienes señalan en su texto ¿Por qué fracasan los países? que en muchas sociedades las reglas del juego económico se articulan con instituciones políticas extractivas para garantizar la concentración de poder en favor de una élite político – económica. Señalan estos autores que “solo con un sistema político inclusivo que distribuya el poder dentro de una sociedad es posible que las naciones logren la prosperidad. La combinación de instituciones políticas y económicas inclusivas configuran los incentivos adecuados para que una sociedad prospere”.

Si aspiramos a salir de este momento -que constituye un verdadero punto de quiebre- no basta con dos o tres programas sociales en favor de los jóvenes, o aumentar las transferencias monetarias o gratuidad en la educación pública; se necesita una revisión a fondo del diseño institucional del Estado y, especialmente, de las relaciones entre el sistema político, el sistema económico y las condiciones de reproducción de la desigualdad. En la Constitución política de 1991 están las bases para ello, el Acuerdo de paz contribuyó a que se pudieran crear las condiciones para el desarrollo rural, una de las piezas claves del desarreglo, pero se necesita más, y quizás sea necesario pensar en una serie de reformas que ameriten cambios constitucionales importantes, para lo cual se precisa de todo el compromiso y responsabilidad de esa misma clase política. Si esto no se hace por la vía ordinaria del Congreso en los próximos años, con una agenda que surja del dialogo con todos los actores y que trascienda el período de este gobierno que languidece con indignidad, no puede descartarse un escenario constituyente acotado, uno de los temas centrales del próximo debate electoral.

La justicia debe ser la primera virtud de las instituciones sociales, decía Rawls, y si estas son injustas, han de ser reformadas o abolidas. Si el sistema político no reacciona y realiza las reformas necesarias para asegurar unas reglas de juego más inclusivas – más allá de las razonables diferencias sobre el contenido y alcance de las mismas-, la crisis social y la violencia asociada pueden extenderse hasta un punto de no retorno, en el que ya no haya instituciones para defender.

La quema del palacio de justicia de Tuluá es solo un símbolo que prefigura lo que puede venir.

@cuervoji

5. Este país que es otro

Arturo Guerrero

Este país parece otro. Por arriba, en las nubes del poder, nunca ha habido mayor desprestigio. Por abajo, en las calles caminadas, el empuje de las gentes está imparable. Hacia el futuro puede abrirse lo anheladamente nuevo. Hasta aquí fue Colombia. De ahora en adelante siguen muchas colombias.

No se trata de un borrón y cuenta nueva. Es más bien una reconstrucción. Por eso los brazos los ponen los jóvenes, que tienen las energías al ciento por ciento. En cambio, las viejas castas perfumadas están que ya no dan más. Dan sus últimos resuellos y cada nombramiento, cada orden, cada declaración las acaba de tumbar como si fueran estatuas de Belalcázar.

No hay que ser politólogo ni haber escrito tres libros con estadísticas y citas, para percibir el olor a muerte de un régimen. Por supuesto, es el momento más peligroso. El aparato, desesperado, afila sus garras e intenta aplicar las tácticas enmohecidas. Todavía se puede llevar por delante a muchos Dylan y Lucas.

Lo que se ha llamado instituciones o estado de derecho o, en una palabra, democracia, no significa nada para quienes se definen como hijos de la nada. Generaciones diezmadas y engañadas han puesto suficientes cadáveres y amarguras, para que ahora los funcionarios pretendan engatusar a sus descendientes con anuncios paliativos.

En el flanco de las calles hay rudimentos de pliegos de peticiones, líderes con poca experiencia, comités improvisados para algunos asuntos. Sucede que la racionalidad y los conductos regulares han cedido lugar al frenesí y a las ollas de las madres de primera línea. Hay buen oxígeno y una combustión que nadie sabe cuanto durará.

Este fuego conforta la esperanza, alumbra la perspectiva de corregir el caminado general y por consiguiente el porvenir individual. Los especialistas en leyes de la historia se cogen la cabeza y lamentan lo que consideran anarquía. Olvidan que esta palabra es precisamente la ausencia de una única cabeza. No conciben que el raciocinio pueda ser complementado y en ocasiones reemplazado por el instinto, el fervor y la generosidad.

De modo que este país es otro. No solo se va a cambiar a sí mismo, sino trocará hacia afuera los modos de pastorear los asuntos públicos. Aquí se vive un cruce de miradas incompatibles. El régimen cuatro veces repetido, de los últimos veinte años, fue la consolidación histórica de proyectos y modales ávidos y pandilleros. Los muchachos del paro son la respuesta desde la dignidad y la conciencia.

A medida que avanza el movimiento de grafitis y tambores, arrecian los clamores de los relegados de la tierra. Y este suelo los acoge, pasa del miedo a la intrepidez, del tropel estudiantil a la cuchi-marcha. Ni la enfermedad mundial del virus arredra a las multitudes.

En el pico máximo del contagio las encuestas indican que la balanza viró la inclinación de los platos de siempre. Hoy pesa más la confianza de que las cosas no seguirán como venían, porque hay una extendida convicción de que esas cosas pertenecían a la prehistoria de lo humano.
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Fuente:

6. Palabras de un joven universitario detenido en estas marchas

Vie, 28/05/2021 - 06:45

Se me acusa de haber marchado en las calles, como otros miles y miles de estudiantes y obreros, pobres como yo, y que no tenía derecho de hacerlo. Si esto es un delito creo que, cuanto menos, deben indicarme exactamente a cuál de los delitos corresponde mi conducta en el código penal.

Estoy arrestado hace días sin poder comparecer ante una autoridad competente y no veo en esta audiencia tampoco nada de justicia. Invoco ante ustedes justicia, señor juez y señor fiscal. Nada de cuanto he hecho va contra la ley penal ni la moral pública.

No soy leguleyo ni estudié leyes lo que no falta para saber dónde acaba la ley y donde es la violencia institucional la que se hace cargo de lo demás. Ser estudiante marchante no es solo ya un indicio de culpabilidad de cien delitos sino la prueba reina para ser golpeado, encerrado, maltratado y silenciado en esta sala. Todos los esfuerzos que haga yo o mi abogado serán en vano y no me devolverán los maltratos de que he sido víctima. No solo soy inocente sino impotente. En esta sala no se juzga a todos por igual, repito, no creo en mi acto criminal y solo sostengo que hay una venganza por marchar. No he estado nunca armado y he escogido un camino erróneo al confiar en ustedes.

Todo esto es más que un engaño del poder que arrastra a miles de nosotros, como pobres estudiantes y pobres obreros, a la misma comedia, al teatro que escenifican los poderosos frente a los débiles. Ustedes arrastran a miles de nosotros a una justicia sin rostro, sin alma; nos llevan a un matadero que sacrifica primero nuestros derechos elementales, luego nuestra dignidad con los peores de los tratos y luego hasta nuestra vida. Ustedes no comprenden, o se hacen los ciegos o sordos, ante nuestros sufrimientos y los de nuestros familiares, madres y hermanos, amigos, hijos, novias. Ustedes nos arruinan la honra y destruyen nuestras esperanzas de un mejor mañana. Con este régimen del terror policiaco y carcelario, matan la Colombia mejor. Nos acusan en estas bancas que sentimos como sillas eléctricas, como atados y silenciados por una mordaza.

Esto es, si quieren, como una revuelta de los esclavos de Colombia, pero no para destruir sino para construir todo de nuevo, desde las bases de la justicia, el amor, la comprensión, la equidad y la vida común. Son millones más los que estamos en estos socavones, en esta otra orilla de los desempleados, sobrexplotados. Hay una línea divisoria nítida entre el Palacio de gobierno, los brutales gremios de Fedegán, Asobancaria, Fenalco, Caracol, RCN, Semana (que se escribe con esvástica) y nosotros. Ustedes señores jueces, son los instrumentos de la venganza contra los pobres, los empobrecidos de esta pandemia, los miserables de ahora y de siempre. Por eso marchamos en las calles, por eso protestamos, por eso alzamos la voz de la indignación: contra los grandes y poderosos e intocables poseedores que no bajan a las calles ni si quiera, por cobardía y comodidad, a decirnos que somos unos envidiosos, llenos de rencor. Para eso los tienen a ustedes, para inocularnos, por medio de esta audiencia de legalización de la detención, el antídoto contra el perro rabioso.

JOSÉ HERNÁN CASTILLA MARTÍNEZ
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Fuente:

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