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LA VACUNACIÓN HERRAMIENTA DE PREVENCIÓN CARDIOVASCULAR INTEGRAL EN MAYORES CON (ECV)

La vacunación se consolida como una herramienta de prevención cardiovascular en los adultos mayores con enfermedad cardiovascular
Un consenso de expertos destaca el papel de las vacunas frente a la gripe, COVID-19, neumococo, VRS y herpes zóster para reducir infecciones, hospitalizaciones y, en algunos casos, eventos cardiovasculares mayores


ANDREA RIVERO GARCíA
Gacetamedica.com/ 02/10/2026

La vacunación debería formar parte de la estrategia de prevención cardiovascular integral en las personas mayores con enfermedad cardiovascular (ECV). Esta es una de las principales conclusiones de un nuevo consenso de expertos que revisa la evidencia disponible sobre el impacto de la inmunización frente a la gripe, COVID-19, enfermedad neumocócica, virus respiratorio sincitial (VRS) y herpes zóster (HZ) en este grupo de pacientes.

El documento, denominado 'Prevención cardiovascular integral: el papel de la vacunación en el adulto mayor con enfermedad cardiovascular. Documento de consenso de expertos', parte de una premisa cada vez más respaldada por la evidencia: las infecciones respiratorias no son un problema exclusivamente pulmonar para los pacientes cardiovasculares. La respuesta inflamatoria que desencadenan puede favorecer la disfunción endotelial, la hipercoagulabilidad y la activación plaquetaria, además de incrementar el consumo de oxígeno del miocardio. Estos mecanismos pueden contribuir a desestabilizar placas ateroscleróticas y precipitar infartos, ictus, insuficiencia cardiaca (IC) o arritmias.

La infección también puede actuar como desencadenante de una descompensación de una enfermedad cardiovascular ya existente. De hecho, según el consenso, las infecciones respiratorias constituyen el factor precipitante más frecuente de la insuficiencia cardiaca aguda en España y pueden estar detrás de hasta el 60% de los episodios de descompensación.

La gripe, la evidencia cardiovascular más sólida

De todas las vacunas analizadas, la antigripal es la que dispone de una evidencia más consistente sobre la reducción de eventos cardiovasculares. Un metaanálisis de ensayos clínicos publicado en 2022 encontró que la vacunación frente a la gripe reducía un 37% el riesgo de eventos cardiovasculares adversos mayores (MACE) en personas con ECV.

Otro metaanálisis, publicado en 2023 y que reunió seis ensayos clínicos en pacientes con cardiopatía isquémica o insuficiencia cardiaca previa, observó una reducción del 26% en el evento combinado principal, del 37% en la mortalidad cardiovascular y del 28% en la mortalidad por cualquier causa. El beneficio adquiere especial relevancia después de un infarto agudo de miocardio (IAM), donde la vacunación precoz, antes del alta hospitalaria, ha mostrado resultados favorables.

El consenso también recoge los resultados de los estudios DANFLU-2, GALFLU y del análisis agrupado FLUNITY-HD, que han aportado evidencia sobre las vacunas antigripales de alta dosis en personas de 60 años o más. GALFLU y FLUNITY-HD observaron reducciones estadísticamente significativas del ingreso hospitalario por gripe o neumonía, mientras que los tres estudios encontraron reducciones en las hospitalizaciones cardiorrespiratorias. No se observaron diferencias en mortalidad total y el perfil de seguridad fue similar al de las vacunas de dosis estándar.

COVID-19: menos eventos cardiovasculares

La vacunación frente al SARS-CoV-2 también se ha relacionado con una menor incidencia de acontecimientos cardiovasculares. El seguimiento de 45 millones de personas en Reino Unido entre diciembre de 2020 y enero de 2022 encontró un menor riesgo de infarto, ictus y tromboembolismo pulmonar entre las personas vacunadas. Otro estudio realizado en ocho millones de personas en Suecia observó una reducción del riesgo de infarto, insuficiencia cardiaca, ictus y fibrilación auricular a partir de la tercera dosis.

Sin embargo, el propio consenso introduce una precisión relevante: no existen ensayos prospectivos aleatorizados que permitan establecer con el mismo grado de certeza que en la gripe un efecto cardiovascular directo de la vacunación frente a COVID-19. Los resultados disponibles proceden fundamentalmente de estudios observacionales realizados en periodos próximos a la fase crítica de la pandemia, por lo que su extrapolación al escenario epidemiológico actual debe hacerse con cautela.

El documento también aborda los acontecimientos cardiovasculares asociados a la vacunación. En el caso de las vacunas de ARN mensajero se ha descrito un incremento muy poco frecuente de miopericarditis, fundamentalmente en varones jóvenes. La revisión citada por el consenso registró 887 casos entre 53 millones de personas vacunadas. El documento señala, no obstante, que el riesgo de complicaciones cardiovasculares es mayor tras la infección por SARS-CoV-2 que tras la vacunación.

Neumococo: una protección cardiovascular que todavía debe confirmarse

La vacunación antineumocócica también podría aportar beneficios cardiovasculares, aunque en este caso la evidencia directa es considerablemente más limitada.

Los metaanálisis disponibles han encontrado asociaciones entre la vacunación y una menor incidencia de enfermedad cardiovascular, infarto de miocardio y mortalidad global. Sin embargo, buena parte de estos datos procede de estudios observacionales y de investigaciones realizadas con la vacuna polisacárida de 23 serotipos (PPSV23), por lo que la evidencia específica sobre las vacunas conjugadas actualmente utilizadas en adultos es todavía escasa.

De hecho, un ensayo clínico aleatorizado que comparó PPSV23 con placebo en adultos con alto riesgo cardiovascular o ECV establecida no encontró una reducción estadísticamente significativa del principal evento cardiovascular estudiado. El consenso apunta que el tamaño de la muestra y el número de eventos podrían haber limitado la capacidad del estudio para detectar diferencias.

El documento destaca que las estrategias actuales han evolucionado hacia vacunas conjugadas de mayor valencia, entre ellas las de 15, 20 y 21 serotipos. La evidencia sobre su posible efecto cardiovascular directo, sin embargo, sigue siendo limitada.

VRS: una amenaza cardiovascular que va más allá de los pulmones

El virus respiratorio sincitial emerge en el consenso como otro patógeno de especial interés para los adultos mayores con enfermedad cardiovascular. En un estudio español citado en el documento, más del 80% de los mayores de 60 años hospitalizados por VRS presentaban alguna enfermedad cardiovascular.

La infección puede desencadenar infarto, insuficiencia cardiaca y arritmias. Se estima que entre el 14% y el 22% de los adultos hospitalizados por VRS experimentan algún evento cardiaco agudo, siendo la insuficiencia cardiaca el más frecuente. Además, estudios recientes apuntan a que el exceso de riesgo cardiovascular puede mantenerse hasta un año después de la infección.

La vacunación frente al VRS ha mostrado una elevada eficacia para prevenir la enfermedad respiratoria de vías bajas en adultos mayores y personas con determinadas enfermedades cardiorrespiratorias. El documento recoge además datos de efectividad de RSVpreF3 presentados en 2026, procedentes de un estudio con más de 2,5 millones de personas, en el que la efectividad frente a eventos cardiovasculares adversos mayores relacionados con el VRS fue del 63,1%.

Pero aquí también resulta importante la cautela científica. El ensayo DAN-RSV, realizado en mayores de 60 años, sí encontró una reducción significativa de las hospitalizaciones cardiorrespiratorias, pero no demostró una reducción estadísticamente significativa de las hospitalizaciones cardiovasculares ni de eventos concretos como ictus, infarto, insuficiencia cardiaca o fibrilación auricular.

Por tanto, según el documento, el principal argumento para la vacunación frente al VRS en este grupo sigue siendo la prevención de la enfermedad respiratoria y sus complicaciones, dentro de una estrategia preventiva que puede tener también repercusiones cardiovasculares.

Herpes zóster y riesgo de infarto e ictus

Aunque el herpes zóster suele abordarse desde el ámbito de las enfermedades infecciosas y neurológicas, el consenso incorpora también su relación con la salud cardiovascular. La reactivación del virus varicela-zóster genera un proceso inflamatorio que puede acompañarse de alteraciones vasculares y aumento del tono simpático. Diferentes estudios han descrito un incremento de los eventos cardiovasculares y cerebrovasculares después de un episodio de HZ.

En estudios de vida real realizados en mayores de 50 años, la vacunación con dos dosis de la vacuna recombinante frente al HZ se asoció con una reducción del 28% del riesgo de infarto de miocardio con ingreso y del 42,5% del riesgo de ictus. Un metaanálisis citado por el consenso encontró, asimismo, una reducción del riesgo combinado de infarto e ictus entre las personas vacunadas.

La vacuna recombinante presenta además una eficacia superior al 90% frente al herpes zóster en los ensayos ZOE-50 y ZOE-70. En cuanto a seguridad cardiovascular, el documento señala que no se ha observado un incremento de eventos cardiovasculares graves tras la vacunación.

Una cuestión de prevención y también de organización sanitaria

Más allá de los resultados concretos de cada vacuna, el consenso pone el foco en un problema de implementación: la cobertura vacunal de los adultos con enfermedad cardiovascular continúa siendo insuficiente.

Los autores plantean reforzar la recomendación activa de la vacunación y establecer circuitos compartidos entre cardiología, Atención Primaria y salud pública. El objetivo es que la inmunización deje de aparecer como una intervención independiente y pase a integrarse en el seguimiento habitual del paciente cardiovascular. Esta estrategia resulta especialmente relevante en los adultos mayores, en quienes confluyen edad avanzada, multimorbilidad, fragilidad y menor reserva cardiopulmonar. En este contexto, una infección respiratoria puede convertirse rápidamente en un factor desencadenante de una descompensación cardiovascular.

La evidencia disponible no es homogénea para todas las vacunas. La gripe es la que cuenta con un respaldo más sólido en términos de reducción de eventos cardiovasculares, mientras que para neumococo, COVID-19, VRS y herpes zóster buena parte de la evidencia cardiovascular procede de estudios observacionales o de resultados indirectos relacionados con la reducción de infecciones y hospitalizaciones.

ANDREA RIVERO GARCíA

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