Descubre cómo los insectos conquistaron el planeta y qué adaptaciones explican su éxito: una guía fascinante sobre los animales más numerosos
Fernando Cortés-Fossati/Muy Interesante
Área de biodiversidad y Conservación, Universidad Rey Juan Carlos/Creado: 2.10.2026
Conquistaron la Tierra hace millones de años, y aún hoy siguen ganando. Desde los pececillos de plata que nunca tuvieron alas hasta las libélulas que cazan con una eficacia extraordinaria, estos animales esconden hazañas que ningún documental de leones o guepardos puede igualar. Prepárate para descubrir por qué los verdaderos dueños del planeta tienen seis patas.
Pues… ¡ya estamos aquí, con el spin-off de los insectos! ¡Con los artrópodos más exitosos y numerosos! ¡Con algunos de los artrópodos que pueden volar! ¡Con los únicos que…! Espera, espera, que tenemos que empezar con buen pie este artículo. Es cierto que, para generalizar, se dice que los insectos son los únicos artrópodos voladores, aunque también vuelan algunos crustáceos. Pero no todos los insectos vuelan, porque las alas son estructuras que aparecieron en un momento posterior a la aparición de los primeros insectos. Dicho de otra forma: las alas no son un carácter ancestral compartido por todos ellos.
También sin alas
Hablemos, por ejemplo, de los pececillos de plata y bronce, cuyos linajes fueron de los primeros en aparecer de entre todos los insectos. Estos insectos, que pertenecen a los grupos de los arqueognatos y los zigentomos, respectivamente, son muy cercanos en forma al primer insecto que existió, del que derivan casi directamente. Están especializados en comer detritus, no suelen presentar especies mayores de dos centímetros y carecen de alas. Los arqueognatos y los zigentomos son linajes primitivamente ápteros, aunque no los únicos insectos sin alas que quedan en la actualidad: otros grupos también carecen de ellas, a menudo porque las perdieron a lo largo de su historia evolutiva. Sus nombres comunes provienen de la forma de su cuerpo, que recuerda a la de un pez —es fusiforme y acabado en una «colita» formada por unas estructuras de tipo cerda—, así como del brillo, plateado y bronceado respectivamente, que presentan estos animales. Este bonito reflejo metálico se debe al recubrimiento de escamas brillantes que tienen en sus cuerpos. Concretamente, los zigentomos, que muchas veces suelen encontrarse en las casas, en baños o cocinas, son auténticas máquinas de supervivencia, pues son capaces de degradar todo tipo de materiales, como el papel, el pegamento o pieles. Por cierto, para nada son dañinos en los hogares, sino todo lo contrario, pues limpian la porquería de zonas a las que nosotros no podemos acceder por su pequeño tamaño. Suelen habitar en suelos con microambientes húmedos, aunque ciertas especies, especialmente de arqueognatos, son capaces de prosperar en hábitats áridos en los que se alcanzan temperaturas terriblemente altas, e incluso en zonas costeras, como los Petrobius. Además, tienen unas habilidades que recuerdan a sus parientes lejanos, los camarones, pues, como mecanismo defensivo, son capaces de retorcerse y saltar varias veces su tamaño corporal y así alcanzar alturas considerables que les permiten huir de sus depredadores. Esto lo consiguen gracias a fuertes contracciones musculares de su cuerpo. No en vano, en inglés común son conocidos como «jumping bristletails» (‘saltarines de colas con cerdas’). En conclusión: claramente, estos animales son unas joyas que nos muestran el lugar que ocupaban los insectos antes de desarrollar la capacidad de vuelo. Esto ocurrió unos millones de años después, cuando aparecieron los insectos con alas —dos pares de ellas, concretamente—.

Llegados a este punto, seguro que estás despotricando en tu casa y gritando: «¿Cómo que ya no hay más insectos sin alas? ¡Pero si yo he visto otros muchos, además de los pececillos!». Tal vez estés pensando, por ejemplo, en algunas cucarachas o escarabajos ápteros o muchos bichejos que aparecen bajo las piedras que mueves en tu parcela los fines de semana. Sin embargo, estos animales te están engañando: provienen de ancestros que sí tuvieron alas y, a través de la historia evolutiva particular de su linaje, las perdieron de forma secundaria. Insectos como las pulgas o los piojos tuvieron ancestros con alas, a pesar de que ahora no las presenten en su cuerpo. Por otra parte, también puede ocurrir que estés viendo animales inmaduros, pues en muchos insectos las alas solo aparecen en estado adulto. Puede ocurrir también que, en función del sexo —como ocurre con las avispas mutílidas— o de la posición dentro de una colonia —como en las obreras de hormigas o termitas—, algunos individuos no dispongan de alas… pero otros sí. En resumen, hay insectos sin alas que pertenecen a linajes primitivamente ápteros y otros que descienden de antepasados alados.
Los primeros insectos que pudieron volar tenían alas rudimentarias, las cuales no podían plegar sobre su abdomen como hacen los insectos más modernos. Es el caso de los efemerópteros —efímeras— y los odonatos —libélulas—, que han llegado hasta nuestros días casi sin cambios con respecto a sus ancestros más antiguos. A diferencia de una mariquita o una mosca, estos insectos paleópteros —palabra de origen griego que significa ‘alas antiguas’— solo pueden recoger sus alas cuando están posados, pero no plegarlas, un rasgo que aparecería más tarde. Esta circunstancia ni mucho menos hace torpes a estos animales. De hecho, son voladores muy eficientes. De otra forma, no podrían llevar a cabo estas locas hazañas.
Cazadores excepcionales
Por una parte, tenemos las efímeras, llamadas así porque en su estado adulto tienen una vida realmente corta. Un suspiro en el que deben encontrar una pareja y reproducirse. Las especies que más tiempo sobreviven en su estado adulto duran unos pocos días. Las que menos hacen honor al nombre de las efímeras. No duran ni un día como adultos, ni cinco horas, ¡sino treinta minutos! Es el caso de la especie Dolania americana, que tiene uno de los periodos de vida adulta más cortos conocidos de entre todos los animales. Mira que son dramáticas las telenovelas, sobre todo en el típico momento en el que Pablo Armando Manuel de todos los Santos descubre que la mujer con la que está es realmente Alexandra Eleonora, hermana gemela de su verdadera mujer, Anastacia Gabriella, que está secuestrada desde hace una temporada y suplantada sin que nadie lo supiese. Pero, una vez más, la realidad supera a la ficción. No me podrás discutir que lo de estas efímeras americanas no es un sobrecogedor, intenso, tórrido y efectivo romance exprés.
No duran ni un día como adultos, ni cinco horas, ¡sino treinta minutos!
Por otra parte, poco hay que justificar a las libélulas, caballitos del diablo y otros parientes, famosos cazadores aéreos cuyas habilidades son bien conocidas por los científicos. Con sus seis patas equipadas con fuertes garfios, unos colosales ojos que lo ven absolutamente todo y que ocupan prácticamente toda la cabeza, y un alado cuerpo de forma aerodinámica, son unas auténticas máquinas de cazar bichos voladores. Se encuentran entre los cazadores más eficientes conocidos. En algunos estudios se ha observado una eficacia de captura de hasta el 95 %, aunque las tasas varían según las condiciones y la forma de medir el éxito. Muchas veces suelen rondar cerca de cursos de ríos, lagos o estanques, pues es donde tanto odonatos como efemerópteros se reproducen. Sus larvas viven en el agua dulce, donde captan oxígeno mediante extensiones externas de las tráqueas de su cuerpo que actúan a modo de branquias. Cuando metamorfosean para volverse adultos, pierden estas estructuras y se convierten en animales terrestres y alados capaces de surcar los cielos como verdaderas saetas.
Tras los paleópteros, aparecieron insectos con alas más pulidas y modernas: los neópteros (‘alas nuevas’). No cabe duda de que eso de plegar las alas daba muchas ventajas adaptativas. Solo hay que pararse a pensar que la gran mayoría de insectos que existen en la actualidad son neópteros. Entre los neópteros más modernos encontramos a aquellos que hacen metamorfosis complejas, en las que la larva llega al estado adulto mediante la pupación, una fase del desarrollo en la que se produce la metamorfosis; algunas especies forman un capullo y otras no. Es el caso de los escarabajos y las mariposas. En estos animales, cría y adulto no se parecen en nada, a diferencia de lo que ocurre con las cucarachas, las chinches y otros insectos alados que no tienen metamorfosis completa o con pupa, y en los que el estado adulto se alcanza con un proceso de muda, como otro cualquiera realizado en fases anteriores para crecer.

Aunque tal vez no tanto como otros artrópodos, los insectos son, en cualquier caso, muy diversos ecológicamente. Cualquier insecto que imagines existirá, excepto especies estrictamente acuáticas o estrictamente marinas, pues el dominio de los insectos se halla, indiscutiblemente, en la tierra firme y los cielos. Y digo estrictamente porque no conocemos por el momento a ningún insecto que parezca una gamba marina, pero en versión insecto, y que viva todo su ciclo completo sumergido en el fondo del mar, sin salir al mundo emergido para absolutamente nada. Y tiene sentido, pues ese hueco que pudieran tener para conquistar el medio acuático ya está muy bien cubierto por otros artrópodos marinos. Eso sí, podemos encontrar miles de especies que presentan larvas acuáticas o que, en estado adulto, son capaces de sumergirse en ríos y lagos para cazar pequeños animales, como las chinches cazadoras conocidas vulgarmente como escorpiones de agua. Sin embargo, siguen necesitando aire atmosférico para respirar. También hay una rarísima minoría de insectos que viven en la costa, en playas de la franja intermareal, así como en otros lugares con cuerpos de agua hipersalinos, como las moscas de la salmuera del género Ephydra o ciertos arqueognatos de los que hablé anteriormente.
En casos aún más raros, hay especies que completan su ciclo en el medio marino, aunque no pasan toda su vida sumergidas en el agua de mar. Es el caso de los zapateros marinos, del género Halobates. Mientras que algunas de sus especies viven en la costa, unas pocas, extremadamente raras, viven muy alejadas de ella y, por ello, se convierten en los únicos insectos que verdaderamente habitan en mar abierto. Mientras que las especies costeras se alimentan de bichos muertos que caen al agua, estas parecen comer zooplancton. Ponen sus huevos en estructuras que flotan a la deriva en medio del mar, como troncos de árboles y, por desgracia, últimamente, basura flotante de tipo plástico. Más extremos aún son los dípteros Pontomyia, auténticos seres alienígenas en aspecto, más raros que un boleto premiado de la lotería. Estas minúsculas moscas pertenecen a la familia Chironomidae y son parientes de los mal llamados «bloodworms» o «gusanos de sangre» —esos que se les da de comer a los peces de acuario y que, obviamente, no son gusanos—. Cuando los Pontomyia se encuentran en su estado larvario, viven alimentándose de algas bajo el agua de mar. Una vez se convierten en adultos, tienen una esperanza de vida de menos de tres horas, un valioso tiempo que deben usar para encontrar pareja, reproducirse y poner los huevos. En esta fase, las hembras de la especie ni tienen alas ni patas, ni nada que las haga parecer moscas. Los machos, que de adultos andan por encima del agua, al menos se parecen algo más a un insecto…
Estas minúsculas moscas pertenecen a la familia Chironomidae y son parientes de los mal llamados «bloodworms» o «gusanos de sangre» —esos que se les da de comer a los peces de acuario y que, obviamente, no son gusanos—.
Cuatro grupos principales
Bichos raros aparte, y de vuelta al 99,9 % de los insectos que existen en este planeta, lo importante es saber que en tierra los hay por todos lados, desde la calle más asfaltada hasta los parques naturales más conservados, donde se encuentran en abundancia. Mientras quieres hacer fotos a la infinidad de insectos descomponedores que hay en el suelo y a los depredadores que intentan cazarlos, se te escapan del objetivo un montón de hormigas arborícolas que bajan y suben por los troncos, y cuando por fin pillas posada a una de esas mariposas que han estado todo el día volando de aquí para allá en busca de néctar que libar, se te escapan diversos insectos palo que zampan hojas en las copas de los árboles porque, desde que los divisaste, se han vuelto a camuflar.
Bien es cierto que, dentro de esa gigantesca cifra, hay cuatro o cinco grupos, a los que llamamos órdenes en términos taxonómicos, y que acumulan la mayor parte de las especies. Se trata de los más exitosos de entre los insectos. En primer lugar, se hallan los escarabajos —Coleoptera—, que cuentan con más de 400 000 especies. En segundo lugar, están las mariposas —Lepidoptera—, que cuentan con más de 165 000. En tercer lugar, y muy de cerca, les siguen las abejas, avispas y hormigas —Hymenoptera—, que tienen más de 150 000 especies descritas. Y, en cuarto lugar, pero no menos importante, encontramos a las chinches —Hemiptera—, un grupo que incluye a más de 100 000 especies. Estos cuatro grupos principales de insectos suman juntos más de 800 000 especies, una cifra manifiestamente astronómica. Estudiar a estos animales es tremendamente complejo, por su tamaño usualmente reducido y sus complicados ciclos de vida, así que imagina todo el trabajo que hay detrás de las personas que se especializan en ellos. Como hay tanta diversidad, normalmente los especialistas que investigan estos grupos —llamados coleopterólogos, lepidopterólogos, himenopterólogos y hemipterólogos, respectivamente— se dedican durante toda su vida a estudiar una sola familia dentro de estos animales. Por ejemplo, dentro de los coleópteros, hay científicos que están especializados exclusivamente en mariquitas —coccinélidos— o en ciervos volantes —lucánidos—, pues es imposible afrontar a todos los grupos en una vida humana. Ha de tenerse en cuenta que, para conocer bien a una especie, hay que investigarla durante años o décadas, debido a sus complejas morfologías, fisiologías, ciclos de vida y dinámicas poblacionales. De todas formas, incluso aunque fuera posible hacerlo a ritmo de especie por día, no tendrías forma de abordar ni uno solo de estos grupos en su conjunto: solo con los coleópteros tardarías más de 1000 años en completar la hazaña. Y eso suponiendo que estuvieras trabajando 24 horas seguidas durante esos mil años, sin dormir, sin tomarte libres algunos días de vacaciones o fines de semana y, por supuesto, sin fallar ni dudar ni una sola vez acerca de alguna de las complicadas, minuciosas y milimétricas tareas que conlleva, las más de las veces, empollarse a estos bichos. En muchos casos —y esto pasa no solo con insectos, sino con todos los artrópodos, sobre todo los de pequeño tamaño—, tan solo la forma y disposición de ciertos caracteres, como la forma de la punta de las antenas, los pelillos de sus minúsculas patas o la forma del aparato genital, separan a una especie de otra prácticamente idéntica. En otros casos, las especies son tan parecidas que hay que hacer finísimos estudios ecológicos o genéticos para conocer y diferenciar adecuadamente a cada una de ellas.

Por otra parte, con grupos tan monstruosos en tamaño como esos, es lógico pensar que dentro de ellos existe un abanico de formas de vida tremendo. Así, no tiene nada que ver la ecología de cualquier polilla esfinge de la familia Sphingidae con la de una mariposa cola de golondrina africana —Papilio dardanus— de la familia Papilionidae, o la de un escarabajo buceador del género Hydrophilus, familia Hydrophilidae, con la de un escarabajo espinoso de las flores de la familia Chrysomelidae, como los del género Dicladispa.
A causa de esta riqueza, podemos observar con claridad que no se pueden extrapolar conocimientos de un grupo a otro tan fácilmente, por muy emparentados que estén. En la ciencia, nunca se puede dar nada por supuesto, y esto de estudiar bichos es un ejemplo claro de ello. Cuánta complejidad, ¿verdad? Tan solo hemos mencionado cuatro grupos, y ¡vaya locura!
Escrito por
Fernando Cortés-Fossati
Área de biodiversidad y Conservación, Universidad Rey Juan Carlos
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