Francia vive movilizaciones masivas de estudiantes y trabajadores contra el coste de la vida y el deterioro de los servicios públicos
Por Joan Balfegó
Nuevarevolucion.es/19/10/2026
El 17 de octubre cientos de miles de personas salieron a las calles de Francia en una jornada de movilización nacional. La convocatoria, impulsada en redes y apoyada por sindicatos, unió a estudiantes de secundaria y universitarios, trabajadores, agricultores, militantes de los Chalecos Amarillos y otros sectores. Se trata de una de las expresiones más amplias del malestar social en el final del segundo mandato de Emmanuel Macron, a seis meses de las elecciones presidenciales de 2027.
Las reivindicaciones combinan el rechazo al encarecimiento de la vida con la defensa de la educación y los servicios públicos. Desde mediados de septiembre, los estudiantes de liceo habían protagonizado bloqueos y manifestaciones por la falta de profesores, edificios en mal estado, clases superpobladas, horarios sobrecargados y la plataforma Parcoursup, considerada selectiva y generadora de estrés. Reclaman más medios para la educación pública, mejores condiciones materiales y, en muchos casos, la reforma o supresión de sistemas de orientación post-bac.
Estas demandas se fundieron con las del conjunto de la población trabajadora: congelación o bloqueo de precios de combustibles y energía (disparados por el conflicto en Oriente Medio y los márgenes de las petroleras), subida de salarios y pensiones, rechazo a los recortes presupuestarios previstos para 2027 y defensa de hospitales, escuelas y servicios públicos. Slogans como “los precios suben pero los salarios no” o “nos ahogamos” resumieron la exasperación cotidiana de funcionarios, asalariados y sectores populares. La CGT y otras organizaciones sindicales llamaron a la convergencia de las luchas, enfatizando el poder adquisitivo y la protección de lo público frente a la austeridad.
La jornada estuvo marcada por graves incidentes: saqueos de comercios, ataques a ayuntamientos (como el incendio de la mairie de Limoges), barricadas y enfrentamientos. Las autoridades hablaron de ultraizquierda y delincuentes, con miles de detenciones y casi un millar de policías y gendarmes heridos. Estos actos de destrucción y pillaje no forman parte del programa de los estudiantes ni de los trabajadores organizados. El lumpenproletariado —o los elementos desclasados y oportunistas que se suman a los disturbios— carece de objetivo revolucionario. Su violencia es nihilista, individualista o simplemente depredadora: no apunta a construir poder popular, a organizar al proletariado ni a transformar las relaciones de producción. Al contrario, suele servir como pretexto para la represión, desvía la atención de las reivindicaciones de fondo y alimenta la narrativa de la “ley y el orden” que utiliza la clase dominante.
Fascinarase con estas escenas —o romantizarlas como “insurrección espontánea”— es un error político. La historia del movimiento obrero muestra que el lumpen no es una fuerza motriz de la revolución; es una reserva de maniobra del desorden que, sin dirección política, termina siendo instrumentalizable. La represión policial y el discurso gubernamental de Macron (que prometió firmeza, posibles prohibiciones locales de concentraciones por parte de los prefectos y transparencia sobre el mantenimiento del orden) se apoyan precisamente en esa confusión.
La clave de estas movilizaciones no reside en la espontaneidad ni en la violencia desorganizada, sino en la capacidad de una organización política revolucionaria para dirigirlas. Solo una fuerza que combine el análisis de clase con la práctica organizativa puede acumular fuerzas, educar políticamente a los sectores movilizados, desenmascarar las responsabilidades de la clase dominante (las políticas de austeridad, la gestión de la crisis energética, el deterioro deliberado de lo público) y avanzar posiciones concretas.
Eso implica convertir las protestas en espacios de autoorganización, de discusión programática y de construcción de una alternativa de poder. Significa vincular las demandas inmediatas —salarios, educación, servicios públicos— con la perspectiva de una transformación social en la que la clase trabajadora asuma la gobernanza del país, superando el marco de la gestión capitalista del Estado. Sin esa dirección política, las movilizaciones corren el riesgo de agotarse en el ciclo de protesta-represión o de ser canalizadas hacia soluciones reformistas limitadas que dejen intactas las bases del poder actual.
Francia muestra de nuevo que el descontento social es profundo y transversal. La tarea de las fuerzas revolucionarias es convertir esa rabia legítima en organización consciente y en acumulación de fuerzas hacia una ruptura real.
___________
Fuente:
