América Latina ha estado siempre en el radar del vecino del norte, listo para lanzar estrategias injerencistas cada vez que la región ha intentado hacer realidad su independencia, autonomía y soberanía
Construir propuestas que hagan realidad la soberanía, la justicia, los derechos humanos, para salir de este caos, de esta oscuridad en la que el capitalismo salvaje pretende sumirnos
Imagen Ilustrativa E.O de Nano Banana 2
Ana María Aragonés
Jornada.com.mx/09 de octubre de 2026
En América Latina y el Caribe parece estarse replanteando el papel internacional que va a jugar bajo la égida de Estados Unidos, sobre todo a partir del segundo mandato a la presidencia de Donald Trump. La región fue considerada como “patio trasero”; ahora podemos llamarla “protectorado colonial”. Las políticas de las autoridades recién electas están dispuestas a entregar lo que el poder imperial les exija, sobre todo los enormes recursos estratégicos de la región, imprescindibles para las transformaciones tecnológicas. La pretensión es derrotar a una China que se está adelantando no sólo en tecnología, sino en inversiones que se extienden a muchos y diversos países y continentes. Y si bien es cierto que Estados Unidos sigue siendo militar y económicamente el puntero, la realidad es que la forma en la que impone sus condiciones, amenazas, coacciones y aranceles como castigo marca otra gran diferencia en relación con la forma en la que China establece sus relaciones internacionales.
Es cierto que las amenazas de Donald Trump han hecho su parte para lograr que la región se integre a la ultraderecha internacional, al poner en marcha toda la parafernalia digital de cuentas de bots y trols, informaciones falsas para mover las narrativas; actuando fuera de la ley para generar temor, como es bombardear lanchas de pescadores en el Caribe, supuestamente narcos, sin ninguna prueba; retirando visas, casi siempre a personas que están incidiendo en investigaciones que pueden ponerlo en aprietos, como pasó con Alejandre de Moraes, el juez brasileño, o el fiscal Roger Mariaca que llevaba el caso de Fernando Cerimedo en Bolivia, ahora encarcelado por supuestos vínculos con narcos. Y lo más insólito, secuestrar a presidentes en funciones como a Nicolás Maduro y su esposa, todo ello en un marco de absoluta impunidad.
Las estrategias injerencistas de Estados Unidos han sido la pauta desde que se convirtió, después de la Segunda Guerra Mundial, en el polo occidental hegemónico. La historia muestra que América Latina ha estado siempre en el radar del vecino del norte, listo para lanzar estrategias injerencistas cada vez que la región ha intentado hacer realidad su independencia, autonomía y soberanía. Recordemos el horror de los años 70 en Latinoamérica para derrocar al presidente Salvador Allende, cuyo programa se sostenía en lo que llamó “el socialismo chileno”. La injerencia del poder imperial se extendió a toda la región poniendo en marcha las crueles dictaduras, que asesinaron, secuestraron, desaparecieron y torturaron para implantar el Consenso de Washington, momento a partir del cual los desplazamientos humanos fueron masivos, buscando refugio y asilo en distintos países, entre ellos México.
Cuando el modelo neoliberal empezó a entrar en crisis hacia los primeros años del siglo XXI, se produjo en Latinoamérica el ascenso de los gobiernos progresistas que buscaron construir una integración regional autónoma, sin tutela externa: Unasur, Celac, entre otros. Todos estos procesos tuvieron como eje articulador la recuperación de la democracia y la búsqueda de caminos hacia el desarrollo. Un hecho muy significativo fue el reconocimiento de que la migración no era un problema bilateral con Estados Unidos y comenzó a verse como una cuestión latinoamericana estructural que involucraba factores tales como trabajo, desarrollo y soberanía.
A partir de la llegada de Donald Trump, en el marco de la crisis estructural de 2008-2009 que sigue sin resolver sus contradicciones, en la medida en que las propuestas de la ultraderecha las profundizan, ha sido evidente que América Latina vuelve a estar en el radar no sólo por razones geopolíticas, de seguridad nacional, sino sobre todo por sus recursos estratégicos. Ha quedado claro que iba a obstaculizar cualquier intento hacia la integración y, a partir de su segundo mandato, se lanzó a fondo para impedirlo. Primero por medio de lo que llamó la nueva Doctrina Donroe, enarbolando supuestas cuestiones de seguridad nacional; en seguida puso en marcha el llamado Escudo de las Américas, un acuerdo que permite la militarización de toda la región. Y para darle el contexto ideológico, su secretario de Estado Marco Rubio le organizó la reunión en la que convocó a cerca de 60 países para “luchar contra los comunistas, contra la izquierda, los grupos antifa”, a pesar de que como grupo no existen. No es extraño la enorme hostilidad, violencia y beligerancia a los que llaman “zurdos de mierda”, o “el anticristo”, “demonios del infierno” (Milei dixit). Retórica que se hace realidad cuando el imperio insiste en “cambiar el régimen”, por lo que se comete el genocidio en Cuba, se bombardea a Irán, se continúa el genocidio en Gaza y contra cualquier grupo de la resistencia, considerados terroristas, pero que luchan contra el colonialismo.
Justamente en este obsceno repudio a las izquierdas, a las fuerzas progresistas, es donde se encuentra el temor del poder imperial. Pero es también donde se encuentra la fortaleza del pensamiento crítico, de las teorías emancipadoras, que exigen con urgencia ser debatidas y discutidas incorporando y nutriéndose de las expresiones de los movimientos sociales y los intereses de los trabajadores, que permita construir propuestas que hagan realidad la soberanía, la justicia, los derechos humanos, para salir de este caos, de esta oscuridad en la que el capitalismo salvaje pretende sumirnos.
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