El Apóstol mantiene en todos sus escritos una comprensión nítida del peligro que representaba Estados Unidos para la independencia, no sólo de su patria, sino para todas las naciones latinoamericanas
Gilberto López y Rivas/ I y II
04 de septiembre de 2026 00:04
"La dirigencia de la Revolución Cubana se formó y tomó conciencia política a partir de Martí". Foto Ap
A propósito de la celebración de los cien años del nacimiento del comandante Fidel Castro Ruz, y en el contexto de acontecimientos trágicos como la agresión militar a la República Bolivariana de Venezuela, y el secuestro de su presidente constitucional, Nicolás Maduro Moros, así como la amenaza imperialista que se cierne sobre Cuba, es pertinente destacar el legado de José Martí y su vigencia plena en este siglo XXI.
José Martí nutrió a los jóvenes dirigentes del Movimiento 26 de Julio, no sólo de un profundo sentimiento patriótico, sino también, su pensamiento y su ejemplo de combatiente muerto en campaña, constituyeron un venero de enseñanzas en torno a la lucha por la independencia nacional, el principio unitario antiimperialista de una organización en ciernes frente al enemigo principal, la lucha contra la discriminación racial y, sobre todo, el significado de lo que Nuestra América representa frente al Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe.
La dirigencia de la Revolución Cubana se formó y tomó conciencia política a partir de Martí, logrando la continuidad histórica de un proceso que transcurre, paradójicamente, entre la última jornada anticolonial del siglo XIX en América y la primera revolución socialista en este continente. Justo es afirmarlo: el triunfo del pueblo cubano sobre el tirano Batista y los imperialistas que lo respaldaban es la expresión cabal de la continuidad y el enriquecimiento de la herencia martiana.
Pero Martí, en su grandeza y profundidad, no puede ser limitado a las fronteras de la patria cubana; pertenece a los pueblos del mundo y, en particular, a los pueblos latinoamericanos que hoy siguen luchando, pese al terrorismo de Estado, por su segunda y definitiva independencia. Los latinoamericanos debemos conocer a Martí, estudiar su vida y su obra. En Martí encontraremos a uno de los más preclaros ideólogos de la liberación nacional, que en sus más hondos significados y postulados, en muchas direcciones siguen marcando rumbos y despertando conciencias.
Uno de los componentes más significativos del ideario martiano es su concepto de patria, mismo que los sectores políticos han contaminado tanto, que para muchos ha dejado de tener valor. Incluso desde posiciones de izquierda se ha sembrado confusión, contraponiendo equívocamente, por ejemplo, al internacionalismo con el patriotismo. Basta recordar el certero comentario de Julio Antonio Mella para zanjar esta errónea dicotomía: “no es necesario para ser internacionalista odiar el suelo en que se nace, olvidarlo, despreciarlo y atacarlo. Así afirman estúpidamente las plumas reaccionarias y mercenarias que somos los internacionalistas de hoy, los revolucionarios del proletariado. No, internacionalismo significa, en primer término, liberación nacional del yugo extranjero imperialista y, conjuntamente, solidaridad, unión estrecha con los oprimidos de las demás naciones.”
Para Martí, el amor a la patria se liga estrechamente con la lucha por la liberación, como escribe en su célebre poema Abdala: “El amor, madre a la patria, / no es el amor ridículo a la tierra. / Ni a la yerba que pisan nuestras plantas. / Es el odio invencible a quien la oprime, / es el rencor eterno a quien la ataca. / Y tal amor despierta en nuestro pecho / el mundo de recuerdos que nos llama / a la vida otra vez…/”.
Este patriotismo de Martí no se fundamenta exclusivamente en sus posiciones anticoloniales y antiimperialistas. Su preocupación por la patria iría más allá del nacionalismo. A Martí le preocupaba, igualmente, el orden interno de la nación, la situación en la que vivirían las masas populares con las que siempre se identificó. “Con los pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar.” De aquí que exprese con claridad: “el patriotismo es un deber santo, cuando se lucha para poner la patria en condiciones de que vivan en ella más felices los hombres”. Para Martí, la lucha patriótica se expresa en la unión estrecha entre los fines nacionales y sociales del movimiento liberador. En este contexto es perfectamente comprensible que Martí comentara: “La revolución no es la que vamos a iniciar en las maniguas, sino la que vamos a desarrollar en la República”. Asimismo, el Apóstol no caía en las perspectivas estrechas del chovinismo, “patria es humanidad”, afirmaba.
Igualmente, el pensamiento martiano mantiene una diáfana posición contra el racismo y toda forma de etnocentrismo. De aquí que expresara: “El hombre no tiene derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra; dígase hombre y ya se dicen todos los derechos. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que aparta, especifica o acorrala, es pecado contra la humanidad. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Dos racistas serían igualmente culpables: el racista blanco y el racista negro”.
Asimismo, consideraba que “O América sale con su indio o no sale”, preocupado por su incorporación a la lucha revolucionaria como una importante fuerza motriz.
La faceta más conocida de José Martí es su antimperialismo
El Apóstol mantiene en todos sus escritos una comprensión nítida del peligro que representaba Estados Unidos para la independencia, no sólo de su patria, sino para todas las naciones latinoamericanas.
Ya el general mexicano José María Tornel había calificado a Estados Unidos de “los bárbaros del norte”, y el primer embajador mexicano en ese país denunciaba la cruzada estadunidense contra México, en 1822.
Tornel escribe una nota de advertencia a su gobierno que parece describir la realidad actual: “El pensamiento dominante de Estados Unidos de América ha sido por más de 50 años, es decir, desde el periodo de su infancia política, la ocupación de una gran parte del territorio antes español y hoy perteneciente a la nación mexicana. Demócratas y federalistas, todos sus partidos bajo antiguas y sus modernas denominaciones, han estado de acuerdo en procurar por todos los medios que suministra el poder, dirigido por la astucia, el dolo y la mala fe, el ensanche de los límites de la república, al norte, al sur y al mediodía. No es Alejandro, o un Napoleón el ambicioso de conquistas para extender su dominio o su gloria, el que inspira a la orgullosa raza anglosajona ese deseo, ese furor de usurpar y dominar lo ajeno; es la nación entera la que, poseída del carácter inquieto de los bárbaros de otro norte y de otra época, la que arrolla cuanto se le opone en la carrera de su engrandecimiento, porque su derecho es su deseo y la justicia su conveniencia”.
En la misma dirección, Simón Bolívar había vislumbrado el papel intervencionista que Estados Unidos jugaría en América Latina.
Con todo, el mérito de Martí consiste en que fue el primer pensador latinoamericano que, en forma sistemática, en su obra periodística y en otros escritos, alertó sobre la amenaza imperialista, y llamó a la lucha común para oponerse a Estados Unidos. “Los árboles”, afirmaba Martí, “se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas. Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes”.
Pero también Martí guarda actualidad en una temática que fue crucial para los expedicionarios del Granma y que reiteradamente se han presentado en condiciones extremas, como han sido las dictaduras militares, las agresiones militares imperialistas o las estrategias genocidas del régimen sionista de Israel contra el pueblo palestino: ¿en qué momento la violencia de los pueblos es necesaria?
Martí acierta cuando plantea: “Es lícito y honroso aborrecer la violencia y predicar contra ella, mientras haya modo visible y racional de obtener sin violencia la justicia indispensable al bienestar del hombre, pero cuando se está convencido de que por la diferencia de los caracteres, por los intereses irreconciliables y distintos, por la diversidad, honda como la mar, de mente y aspiraciones, no hay modo pacífico suficiente para obtener siquiera derechos mínimos en un pueblo donde estalla, ya en nueva plenitud, la capacidad sofocada, o es ciego el que sostiene, contra la verdad hirviente, el modo pacífico, o es desleal a su pueblo el que no lo ve y se empeña en proclamarla”.
No cabe duda que estos pasajes de Martí influyeron en la táctica revolucionaria que tomaría el Movimiento 26 de Julio y que culminaría en el luminoso 1º de enero de 1959. En El Salvador, Nicaragua, Guatemala y en otros países de nuestra América, en los que se cerraron todos los espacios de lucha legal, en los que la acción electoral no era más que una imposición y un fraude, en los que las mínimas libertades de asociación, reunión y organización fueron limitadas y reprimidas con violencia sistémica y en los que estaba en juego la existencia misma de un pueblo, de una nación, han resonado con fuerza las palabras de Martí y han decantado la consecuencia revolucionaria del reformismo.
Asimismo, Martí sigue vivo en la actualidad para las derivas que toman organizaciones en lucha contra el sistema capitalista y el imperialismo, en su ejemplo de dedicación, abnegación, entrega absoluta a la tarea libertadora, en la trasparencia de su moral política que sintetizaba en su frase de que “la mejor manera de decir es hacer”. Sobre todo, ahora en que la moralidad política parece haber sido desterrada por el pragmatismo, por la práctica de lograr los fines sin importar los medios. Un movimiento político, social, gremial o revolucionario que pierde su trasparencia, que hace un lado las motivaciones éticas, no logrará contar con el apoyo de sus bases sociales ni menos de los pueblos.
Martí fue un dirigente sin tacha, un intelectual que cubrió la amplia gama del trabajo político: fue organizador, divulgador, periodista y soldado del pueblo cuando fue necesario. Vivió y murió como un revolucionario que predicó con el ejemplo, y ésta fue una de las mejores herencias que nos legara.
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Fuentes:
