El peligro grave es la instrumentalización de la fe para que en nombre de Dios se legitimen proyectos políticos regresivos que conduzcan, vía la democracia electoral, a regresiones, a una ilustración oscura
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, interviene durante el 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas en la sede de la ONU, el martes 22 de septiembre de 2026. Foto Ap
Bernardo Barranco V.
jornada.com.mx/23 de septiembre de 2026
Brasil es el actual laboratorio político electoral de América Latina. Si pierde Lula, México quedará casi aislado ante el pujante avance de las ultraderechas en casi todo el continente. La ultraderecha bajo el segundo mandato de Donald Trump está imparable. Hay clara injerencia estadunidense mediante las embajadas, presión directa con aranceles o coacción diplomática. El préstamo de 25 mil millones de dólares a la Argentina de Javier Milei fue un ostentoso gesto de auxilio de la Casa Blanca.
Además, las ultraderechas latinoamericanas como la chilena, peruana, boliviana y ahora colombiana han contado con el apoyo tóxico de la inteligencia artificial durante sus procesos electorales. Las plataformas digitales, bots, granjas y algoritmos han orientado la conversación ciudadana con falsas percepciones. La guerra sucia y espiritual implanta juicios políticos y fomento del pánico moral.
La captura de Fernando Cerimedo en Bolivia abre la cloaca digital de manipulación de una buena parte de la población votante latinoamericana. Muestra cómo las contiendas electorales se convierten en guerras cognitivas; así lo llama Rafael Barajas. Guerras culturales que pretenden capturar la conciencia de los ciudadanos, imponer una visión y sentido común de la realidad.
Un tercer factor en el regreso de las derechas conservadoras y autoritarias es el empoderamiento de la extrema derecha, que desde el campo religioso aspira a colocar a Dios en el centro de la escena política. Paradójicamente, el empoderamiento de los ultraconservadores se ha materializado gracias a la laicidad constitucional de muchos países y a la libertad religiosa. La política secular corre el riesgo de estar atravesada por los absolutos de la religión. Esta tendencia obliga a repensar la relación entre las creencias religiosas y la política, entre la laicidad y el poder.
El actual mandatario colombiano, Abelardo de la Espriella, en el acto de toma de posesión, que parecía una ceremonia religiosa, cerró su discurso exclamando: “¡Viva Cristo Rey!”, evocando la guerra cristera que en México cobró más de 200 mil vidas. Posteriormente, De la Espriella colocó en su cartera a diferentes pastores evangélicos en puestos claves.
En menos de 50 años, el perfil religioso de América Latina ha cambiado de manera radical; se ha operado un cambio con dos grandes aristas. En la primera se observa en la región una megatendencia: la estrepitosa caída del catolicismo. Y la segunda es el ascenso de iglesias evangélicas, principalmente pentecostales y neopentecostales, lo cual no sólo transforma el campo de las creencias, sino irrumpe en la vida política de muchos países. Dicha transformación tiene sus raíces en cambios culturales y sociales en la región, que han sido rápidos y profundos.
La ultraderecha despliega una gramática religiosa para interpretar la realidad como las siguientes disyuntivas: los buenos contra los malos, la defensa de la vida contra los generadores de la muerte, la relación absolutamente binaria de la pareja frente a los animadores de la diversidad sexual. Los que siguen a Dios y los que hostigan negándolo. La fe purifica por sí sola la política considerada corrupta y sucia. No es el pastor quien pide el voto, es el valor religioso el que presta a la política una autoridad moral que se ha desdibujado.
Brasil, hoy por hoy el país clave, tendrá elecciones en primera vuelta en unos días. Tiene 214 millones de habitantes; según el último censo, hay aproximadamente 56 millones de evangélicos, lo que representa alrededor de 27 por ciento de la población total del país. Hay que decirlo: no todos los evangélicos simpatizan con Bolsonaro. La estrategia de Lula no ha sido confrontarlos, sino ganarlos. Veremos cómo resulta su apuesta.
El Instituto de Estudos da Religião (ISER) presentó una encuesta dentro de su programa Religión y Vida Pública en Brasil. Sobre la relación entre el voto y los espacios religiosos, 90 por ciento de los brasileños se oponen a la realización de campañas electorales dentro de los templos. Es un rechazo que se mantiene elevado entre diferentes grupos religiosos, regiones, niveles de ingresos y afiliaciones partidistas. Sin embargo, la encuesta también muestra que esto no implica ausencia de mediación política. Las recomendaciones de voto existen y se manifiestan de diversas formas e intensidades según las iglesias y denominaciones.
El peligro grave es la instrumentalización de la fe para que en nombre de Dios se legitimen proyectos políticos regresivos que conduzcan, vía la democracia electoral, a regresiones, a una ilustración oscura.
La fe religiosa muchas veces es utilizada como instrumento de disputa política, por ello es necesario reflexionar sobre sus límites. Debemos analizar la relación entre religión y política desde la perspectiva de la democracia. En Occidente, la modernidad ha generado marcos normativos para regular la relación entre religión y política. Éstas siempre han estado relacionadas, forman parte de la libertad de conciencia, de expresión y de organización. Sin embargo, la ultraderecha en América Latina ha venido instrumentalizando políticamente la fe. Resurgen viejos fantasmas como el anticomunismo.
Por ello, hoy las elecciones en Brasil, el gigante de Sudamérica que no cabe como patio trasero, son determinantes en la vida del continente.
