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ESTUDIO SOBRE LA COMPETITIVIDAD

...Mientras unos discuten cómo mejorar el funcionamiento del sistema, nosotros cuestionamos la necesidad de seguir sometidos a sus reglas


Por Jaime Richart
kaosenlared.net/17/09/2026

Krugman, Vicenç Navarro, Navarrete, y García Vara

La distancia dialéctica entre un experto capitalista —economista o político— y un argumentador no capitalista es comparable a la que separa a un teólogo monoteísta de un razonador ateo: la discrepancia comienza en la primera premisa. Paul Krugman y Vicenç Navarro estarían entre los primeros; Navarrete, García Vara y yo mismo, entre los segundos.

Aquellos manejan los conceptos del mercado como los teólogos a Dios o el matemático el cero o el infinito, mientras que para nosotros ni dios ni el cero o el infinito (no hay una sola Matemática) son algo más que otra hipótesis más. Por eso, mientras para ellos la libre concurrencia, el mercado y la competitividad son conceptos imprescindibles porque forman parte de la médula ósea del capitalismo, para nosotros no sólo son prescindibles (salvo el mercado de productos secundarios), es que son funestos. Y por eso mismo ellos y los que hablan y discrepan sobre cuál deba ser, por ejemplo, la política monetarista o cómo ser más competitivos, lo hacen igual que dos juristas que discuten sobre una ley pero respetando ambos la constitución a cuyo amparo se ha promulgado esa ley. Mientras que nosotros hacemos una enmienda a la totalidad de la libre concurrencia. Lo mismo que rechazamos el ordenamiento jurídico y destapamos sus contradicciones flagrantes, el injusto social de sus normas y la manera de interpretar los jueces las leyes según la clase social a que pertenecen los procesados. En este sentido podemos tropezarnos con la silogística de un Vicenç Navarro contradiciendo a Paul Krugman en distintas cuestiones: dos economistas del capital, más o menos críticos del sistema y más o menos «izquierdosos», pero al fin y al cabo ambos discuten desde la socialdemocracia capitalista. El uno de un prestigio ganado principalmente en el New York Times, y el otro en numerosas organizaciones académicas moderadas pero también capitalistas.

Dentro del universo conceptual de la economía capitalista, con su vocabulario y nomenclatura propios, quiero detenerme en un concepto al que se atribuyen virtudes casi taumatúrgicas: la competitividad.

Cada vez que oigo o leo algo sobre ella —un término omnipresente en los discursos de políticos y economistas— me estremezco. Es como si, después de los infiernos de Chernóbil y Fukushima, asistiéramos a foros dedicados a estudiar dónde situar nuevas centrales nucleares, sin cuestionar antes la necesidad de construirlas.

Mientras ellos, los economistas, políticos y periodistas hacen gravitar sus discursos en torno a la productividad y el crecimiento, fundiendo conceptos como progreso y desarrollo aun sostenible, nosotros consideramos superados y trasnochados esos planteamientos y conceptos, porque sólo atribuimos esperanzas para nuestros hábitats, para la humanidad y para el planeta, a partir del decrecimiento. Es decir, del crecimiento cero. ¡Menuda diferencia entre los capitalistas confesos o los expertos falsamente socialistas, y los profanos marxistas, los socialistas reales y los cerebros simplemente con sentido común!

El Diccionario de la Real Academia Española define la competitividad como “capacidad de competir”. La rivalidad aplicada a la economía y, en particular, al acceso a recursos, alimentos y fuentes de energía de los que dependen millones de personas, sin procurar previamente acuerdos entre los países, despierta nuestra más profunda desconfianza. Esa rivalidad puede encerrar una lógica de rapacidad y conducir a la pérdida de escrúpulos por parte de uno o de ambos contendientes. Como en las guerras.

En términos empresariales, la competitividad se entiende como la capacidad de una organización, pública o privada, lucrativa o no, para mantener ventajas que le permitan alcanzar, sostener y mejorar una posición en el marco socioeconómico. Pero esa definición omite una cuestión esencial: cuanto mayor sea el empeño en superar al competidor, mayor puede ser el riesgo de provocar su ruina y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. Dos empresas muy competitivas pueden coexistir, pero también pueden verse empujadas a una lucha por cuotas de mercado que termine expulsando a una de ellas.

En mercados saturados, la competitividad se presenta como condición de supervivencia. Conviene, sin embargo, distinguirla de la eficiencia: esta consiste en utilizar adecuadamente los recursos para obtener un resultado; aquella expresa una posición relativa frente a otros. Una empresa puede ser eficiente sin resultar competitiva, y puede ganar competitividad por razones que nada tienen que ver con una utilización socialmente deseable de los recursos. Si somos eficientes, ¿por qué ha de importarnos que el competidor caiga con estrépito? Precisamente porque la eficiencia y la destrucción del otro no son lo mismo.

Ahora bien, en algunos de los casos que afectan más gravemente a la sociedad mundial, la competitividad tiene su origen en el expolio y la rapiña. Producir a bajo coste gracias a recursos obtenidos en condiciones abusivas o a salarios indignos puede hacer muy competitiva a una multinacional; no demuestra, sin embargo, que sea socialmente eficiente. No veo eficiencia donde una empresa destruye las barreras que se interponen entre ella y sus beneficios mediante el abuso de su posición económica o política. Tampoco donde el acceso privilegiado a materias primas depende de la presión de los Estados o de acuerdos desiguales. Todo ello puede constituir una ventaja competitiva; la cuestión es si merece considerarse una virtud.

Por eso me resulta significativo que tanto Paul Krugman, crítico del neoliberalismo, como Vicenç Navarro, que se sitúa en la izquierda, utilicen el término competitividad como categoría de análisis. No ignoro sus diferencias, pero ambos se expresan, en los textos aquí comentados, dentro de un lenguaje económico que considero insuficiente para cuestionar los fundamentos del sistema.

Vicenç Navarro escribe un artículo titulado “Por qué Paul Krugman está equivocado en sus recetas para España”. Ambos hablan, en definitiva, un lenguaje compartido: discrepan sobre las soluciones sin abandonar necesariamente el marco conceptual en el que se formula el problema. Si uno adoptase una crítica marxista radical, la discusión ya no versaría sólo sobre cómo recuperar la competitividad, sino sobre por qué ésta ha de constituir un objetivo social.

Navarro cuestiona las propuestas que atribuye a Krugman para que España salga de la crisis capitalista: abandonar el euro y reducir los salarios para ganar competitividad. Su crítica puede ser muy distinta de la de Krugman, pero sigue discurriendo en buena medida por las categorías de la economía capitalista. Mi discrepancia es anterior: no se trata únicamente de decidir si bajar salarios mejora o empeora la competitividad, sino de preguntarse por qué el bienestar de una sociedad ha de depender de su capacidad para competir con otras o destruir a otras.

Hay dos terceros más en este asunto en “discordia». Manuel F. Navarrete, que escribe “El fantasma de John Maynard Keynes” con el que sintonizo plenamente por las razones expuestas al principio, y Cristóbal García Vara, que asentó otras de las premisas que enlazan con las mías en una “Nota” relativa a los pronunciamientos de Vicenç Navarro. Y estoy de acuerdo con Navarrete en lo siguiente: “una cosa es publicar los interesantes análisis del profesor Navarro, algo que me parece perfecto, y otra muy distinta cargar violentamente contra quien, como Cristóbal García Vera, los somete a crítica, ya que dicha crítica es justa y necesaria para quienes tratamos de resucitar una izquierda combativa que hable de clases y de luchas de clases (y no de “ciudadanos”), que hable de contrapoder (y no de elecciones), que hable de propiedad de los medios de producción (y no de I+D+I) en el Estado español, ya que sólo así cobra sentido ese manido lema que, con razón, nos recuerda que “otro mundo es posible”. En resumen que los tres conceptos eminentemente economicistas del capital, según mi leal saber y entender: “competitividad” “eficacia” y “solidaridad” deben ser abandonados por la nomenclatura de la Nueva Tierra.

La competitividad, invocada sin descanso por gobernantes y economistas, entra en tensión con la solidaridad que esos mismos discursos proclaman. No son términos incompatibles en cualquier circunstancia, pero sí cuando la ventaja de unos se obtiene mediante el perjuicio de otros. La finalidad de la competencia empresarial no consiste sólo en mejorar un producto: también puede consistir en desplazar al competidor, obligarlo a retirarse o provocar su ruina. Después se presenta el éxito comercial como prueba de superioridad, sin examinar siempre cómo se ha conseguido: mediante dumping, materias primas obtenidas en condiciones abusivas o salarios indignos. Pensemos en el coltán del Congo o el cacao de Costa de Marfil. No toda ventaja competitiva nace del abuso; lo decisivo es que el concepto, por sí solo, nada dice sobre la legitimidad de los medios empleados. La «solidaridad» puede convertirse así en la coartada moral de la «competitividad».

Esto vale para el lenguaje de la política económica, pero también para el modo en que la política y el periodismo presentan ciertas prácticas como ejemplos de eficacia y progreso. La competitividad perseguida por los Estados puede prolongar, mediante instrumentos económicos, antiguas relaciones de dominación. No afirmo que las democracias actuales sean idénticas a los imperios coloniales; sostengo que algunas relaciones de poder sobreviven bajo otras formas. Los conquistadores españoles y británicos del siglo XVI, los corsarios británicos del XVII y las potencias coloniales europeas de los siglos XVIII y XIX recurrieron a la fuerza para apropiarse de territorios y recursos. Hoy, mecanismos financieros, comerciales y políticos pueden permitir ventajas semejantes sin ocupación militar. Cambian los procedimientos; persiste la pregunta: ¿quién controla los recursos y quién se beneficia de ellos?

Por todo ello, el desacuerdo es más profundo que una disputa sobre recetas económicas. Podemos coincidir con los críticos del neoliberalismo en el diagnóstico de muchos problemas e incluso en algunas soluciones inmediatas. Pero mientras unos discuten cómo mejorar el funcionamiento del sistema, nosotros cuestionamos la necesidad de seguir sometidos a sus reglas. No basta con una economía más competitiva: aspiramos a una organización en la que la satisfacción de las necesidades humanas, la distribución de los recursos y la preservación del planeta no dependan de una rivalidad permanente. Otro mundo no será verdaderamente posible mientras sigamos pensando que el bienestar de unos exige la derrota de otros.

Jaime Richart
originalmente publicado el 19 Abril 2011

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