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ALTERNATIVA PARA ALEMANIA: ¿REGRESO DEL FASCISMO O REBELIÓN CONTRA EL NUEVO MODELO GEOPOLÍTICO ALEMÁN?

AfD está consiguiendo convertir una crisis económica estructural en una crisis cultural 
La falsa democracia europea, la que se presenta al mundo como modelo de civilidad mientras gasta fortunas en armamento y deja morir a migrantes en el Mediterráneo, es la misma falsa democracia alemana, la que promete prosperidad mientras desindustrializa el país y sacrifica el bienestar social en nombre de una geopolítica que no controla


Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.wordpress.com/13/09/2026

El domingo 6 de septiembre, el partido Alternativa para Alemania (AfD) logró una victoria histórica en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt al obtener el 43.8% de los votos, quedando a solo tres escaños de la mayoría absoluta, con una amplia diferencia sobre la segunda fuerza, la Unión Cristianodemócrata (CDU) del actual canciller Friedrich Merz, que sumaba alrededor del 17.2% de los votos. La posibilidad de alcanzar la mayoría absoluta dependerá de la distribución final de las bancas y especialmente de si la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW, izquierda), que alcanzó el umbral del 5% con un 5.3% necesario para ingresar al Parlamento regional, decide negociar un gobierno con AfD, que es lo que se especula.

Desde el mismo día del escrutinio, la prensa occidental encabezó sus titulares adjetivando al partido Alternativa por Alemania como ultraderechista, fascista, nazi, etcétera. Es decir, condenándolo como la amenaza nacionalista alemana, pero por sobre todo por una de sus posiciones que más irritan al establishment europeo: su voluntad de reconstruir relaciones económicas con Rusia.

¿Por qué recuperar relaciones económicas con Rusia es considerado extremista cuando durante décadas fue una política central de Alemania y de buena parte de Europa? Más aún, ¿por qué esta política que fue considerada realista se transforma súbitamente en una posición de extrema derecha cuando cambia el contexto geopolítico? Parecería ser que el verdadero problema de Europa no es simplemente que AfD sea demasiado extremista, sino que las fuerzas tradicionales están perdiendo la capacidad de ofrecer una respuesta económica y geopolítica convincente a la crisis que atraviesa Alemania.

Esta idea nos permite hacer algo mucho más interesante que un artículo convencional sobre «el peligro de la ultraderecha», sino tratar de comprender quién está disputando el control del excedente alemán, quién paga la transición energética, quién subsidia el rearme, quién se beneficia de la sustitución del gas ruso, qué ocurre con la industria química, siderúrgica y automotriz, y por sobre todo, por qué una parte creciente del electorado del Este concluye que Berlín está sacrificando su economía para cumplir una estrategia geopolítica definida fuera de Alemania.

Para entender esta transformación, hay que comenzar por observar lo que le ocurrió a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) que durante décadas fue el pilar del consenso centrista alemán. La CDU de Konrad Adenauer, de Helmut Kohl, incluso la de Angela Merkel, era un partido de centro-derecha que entendía su papel como gestor del modelo social alemán: economía de mercado sí, pero con fuertes redes de protección social, consenso con los sindicatos, y una política exterior basada en el comercio como herramienta de paz. Era la encarnación del «cambio a través del comercio», la idea de que la interdependencia económica podía moderar a los rivales y garantizar la estabilidad continental.

Esa CDU ya no existe. Bajo el liderazgo de Friedrich Merz, el partido ha virado hacia una derecha que hace apenas una década habría sido considerada inaceptable en el mainstream político alemán, y que ahora se acerca peligrosamente al discurso de AfD, no en lo cultural sino en lo económico. Merz no es un conservador tradicional; es un hombre que pasó cuatro años como presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania, la filial del mayor gestor de activos del mundo, antes de regresar a la política para liderar la CDU y eventualmente convertirse en canciller.

Su trayectoria no es un detalle biográfico menor; es la clave para entender la nueva arquitectura de poder en Berlín. Cuando Merz habla de «fortalecer la competitividad alemana», lo que realmente está proponiendo es una reorientación del excedente nacional hacia los mercados de capitales globales, hacia la financiarización de la economía, hacia un modelo donde el valor no se crea en las fábricas del Ruhr sino en las pantallas de los traders de Frankfurt y Nueva York.

La ciudadanía alemana, especialmente en las regiones industriales del oeste y en los estados del este, ha interpretado este giro con una claridad que las élites políticas se niegan a reconocer. La percepción extendida es que el gobierno de Merz no está gobernando para el pueblo alemán, sino para los accionistas de BlackRock y para las empresas del complejo militar-industrial. Cada euro que se destina al rearme es un euro que no va a pensiones, a hospitales, a escuelas, a infraestructura civil. Cada contrato millonario firmado con Rheinmetall o con Lockheed Martin es una declaración explícita de prioridades: el bienestar social ha sido sacrificado en el altar de la «seguridad nacional», un concepto que se ha expandido hasta incluir cualquier gasto militar que el Pentágono considere conveniente.

Y aquí es donde la hipocresía europea alcanza dimensiones grotescas. Durante décadas, Europa se presentó al mundo como el modelo de civilidad política, el continente que había superado el nacionalismo agresivo, el imperialismo depredador, la violencia como instrumento de política exterior. Después de 1945, Europa construyó una narrativa de legitimidad basada precisamente en el rechazo a su propio pasado, el colonialismo, las guerras mundiales, el genocidio industrializado del Holocausto. La Unión Europea se fundó sobre la premisa de que la guerra entre naciones europeas era impensable, que el comercio y la integración económica habían creado una comunidad de intereses que hacía obsoleta la violencia.

Pero esa narrativa siempre fue una mentira piadosa. Europa nunca abandonó realmente el imperialismo; simplemente lo reformuló. Mientras predicaba la paz en el continente, mantuvo redes neocoloniales en África, intervino militarmente en los Balcanes, participó en las guerras de Irak y Afganistán, y construyó una fortaleza europea que deja morir a miles de migrantes en el Mediterráneo cada año. La «democracia europea» siempre fue selectiva, condicional, dispuesta a apoyar dictaduras cuando convenía a los intereses económicos del continente. Y ahora, con la guerra en Ucrania, esa máscara ha caído por completo. Europa ha descubierto que puede ser belicista, que puede gastar fortunas en armamento, que puede amenazar con la guerra nuclear, todo en nombre de los «valores democráticos». La democracia se ha convertido en el nombre del rearme, en la justificación moral para transferir recursos del bienestar social al complejo militar-industrial.

La pregunta sobre por qué la Alemania contemporánea es juzgada por su política hacia Rusia con categorías morales que no fueron aplicadas de la misma manera a las potencias europeas cuando Hitler comenzó a destruir el orden europeo es reveladora. Austria fue anexada por Hitler en marzo de 1938, bajo el silencio europeo. Luego llegó el Acuerdo de Múnich, que se firmó el 30 de septiembre de 1938 por Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. Londres y París aceptaron que Alemania incorporara los Sudetes, territorio checoslovaco con una importante población germanoparlante. Hay un detalle extraordinariamente importante: Checoslovaquia ni siquiera participó en la negociación decisiva.

El anticomunismo formaba parte del contexto ideológico que permitió que sectores importantes de las élites conservadoras británicas percibieran a la Alemania nazi como un posible contrapeso frente a la Unión Soviética, y contribuyó a reducir la disposición a enfrentarse militarmente con Hitler mientras sus objetivos parecieran limitados a la revisión del orden de Versalles. Hitler era visto como un problema, pero la URSS era percibida por muchos conservadores europeos como una amenaza civilizatoria, al igual que hoy Putin. Y, por lo tanto, quien esté a favor de negociar con Rusia, parece ser visto como ultraderechista.

Durante décadas, la premisa era que la interdependencia económica, como el gasoducto Nord Stream, moderaría el comportamiento de Rusia y garantizaría la paz. Esta era considerada una política pragmática y realista en un contexto de Guerra Fría y posguerra fría. Sin embargo, la operación especial rusa en Ucrania en 2022 fracturó ese paradigma de forma irreversible. Cuando el contexto geopolítico cambia radicalmente, lo que antes era «pragmatismo» pasa a ser reinterpretado por el consenso dominante como «ingenuidad» o «apaciguamiento» cómplice de una agresión.

Defender hoy la vuelta a ese modelo es considerado extremista porque desafía el nuevo consenso de seguridad europea, que prioriza la defensa colectiva y el desacoplamiento estratégico de Moscú. Los partidos tradicionales han redibujado los límites de lo aceptable, empujando a los defensores de la antigua doctrina a los márgenes del espectro político, extrema derecha o izquierda, ya que su postura se percibe como una traición a la nueva realidad de defensa del orden internacional.

El «peligro ruso» es la narrativa perfecta para este giro. Lo que importa es que Rusia sirve como el chivo expiatorio ideal, el enemigo externo que justifica cualquier gasto, cualquier recorte, cualquier sacrificio. ¿Quieres aumentar el presupuesto militar del 2% al 3.5% del PIB? Es por el peligro ruso. ¿Quieres recortar las pensiones y la sanidad? Es por el peligro ruso. ¿Quieres sustituir el gas barato ruso por GNL estadounidense cuatro veces más caro? Es por el peligro ruso. La narrativa es tan conveniente que nadie se molesta en cuestionar sus premisas.

Pero detrás de esta narrativa hay intereses materiales muy concretos, y es ahí donde debemos mirar si queremos entender lo que realmente está ocurriendo en Alemania. La pregunta fundamental es ¿quiénes e disputan el control del excedente alemán? Y la respuesta es clara. El capital financiero contra el capital industrial. Durante décadas, el modelo alemán se basó en la reinversión del excedente en la base industrial nacional: fábricas, investigación y desarrollo, empleo estable, formación profesional. Ese modelo generó prosperidad amplia, una clase media robusta, y una sociedad cohesionada.

Pero ese modelo ya no es rentable para el capital financiero globalizado, que prefiere la movilidad de capitales, la especulación en mercados de activos, la extracción de rentas mediante la financiarización de la economía real. Friedrich Merz es el agente político de esta transformación. Su pasado en BlackRock no es un accidente; es la garantía de que las políticas alemanas servirán a los intereses del capital financiero global. Y eso significa, en la práctica, desindustrializar Alemania, transferir recursos de la producción material a los activos financieros, y convertir al país en una plataforma logística y militar para los intereses transatlánticos.

¿Quién paga la transición energética? Los hogares y las pequeñas empresas. La Energiewende, la transición hacia las energías renovables, se financia mediante impuestos energéticos, tarifas eléctricas elevadas y subsidios cruzados que recaen desproporcionadamente sobre los consumidores residenciales y las pequeñas y medianas empresas. Las grandes corporaciones energéticas, E.ON, RWE, Iberdrola, y los fondos de inversión que las controlan, incluido BlackRock, son los grandes beneficiarios, obteniendo rentas garantizadas por el Estado mediante mecanismos de subsidio y contratos a largo plazo.

¿Quién subsidia el rearme? La deuda pública y los recortes implícitos en gasto social. El presupuesto militar alemán para 2025 es de 95.000 millones de euros, y se proyecta que alcance los 160.000 millones en 2029, cuando el gasto en defensa llegue al 3.5% del PIB. Para financiar esto, el gobierno de Merz ha suspendido el «freno de deuda» constitucional y ha autorizado un endeudamiento de 81.800 millones de euros solo en 2025. La deuda neta alcanzará los 143.000 millones de euros en 2025 y 175.000 millones en 2026. La deuda será pagada por los contribuyentes alemanes durante décadas, mediante impuestos más altos o recortes en servicios públicos. Y mientras tanto, los beneficiarios inmediatos son las empresas del complejo militar-industrial: Rheinmetall, Lockheed Martin, Raytheon, BAE Systems, Airbus Defence, todas ellas con accionistas institucionales como BlackRock que se benefician del aumento del gasto militar.

¿Quién se beneficia de la sustitución del gas ruso? Las empresas energéticas estadounidenses y sus accionistas. Estados Unidos se ha convertido en el mayor proveedor de GNL a la Unión Europea, cubriendo casi el 60% de las importaciones. En el caso específico de Alemania, el GNL estadounidense representa cerca del 90% de sus importaciones de gas licuado. Entre 2022 y 2024, la UE gastó aproximadamente 117.000 millones de euros en importaciones de GNL estadounidense, una transferencia masiva de riqueza europea hacia la industria energética de Estados Unidos. Y ese GNL es entre un 30% y un 40% más caro que el gas ruso por gasoducto que Alemania importaba antes de 2022. Ese sobrecosto no es un accidente; es el precio que Alemania paga por su lealtad geopolítica a Washington. Las empresas que se benefician son ExxonMobil, Chevron, Cheniere Energy, y los fondos de inversión que las controlan. Las que pierden son la industria química, la siderurgia, la manufactura alemana, que dependen de energía barata para ser competitivas.

¿Qué ocurre con la industria química, siderúrgica y automotriz? Están colapsando, o más precisamente, están siendo desmanteladas mediante una «desindustrialización silenciosa». BASF, el gigante químico mundial, ha anunciado cierres de plantas y relocalización de producción a China y Estados Unidos, donde la energía es más barata. ThyssenKrupp, el gigante siderúrgico, ha anunciado reducciones masivas de personal y cierre de altos hornos. Volkswagen, Mercedes-Benz, BMW están trasladando producción a Hungría, China o Estados Unidos, no porque Alemania haya perdido su capacidad técnica, sino porque los costos energéticos y regulatorios hacen que producir en Alemania sea económicamente insostenible. Y aquí es donde la narrativa del «peligro ruso» muestra su verdadera función: no es una respuesta a una amenaza real, sino una coartada para una transformación estructural que beneficia al capital financiero y al complejo militar-industrial a costa de la base industrial nacional.

Y es en el este de Alemania donde esta transformación se siente con mayor intensidad, y donde la ciudadanía ha desarrollado una conciencia clara de lo que está ocurriendo. Los estados del este, Sajonia, Turingia, Sajonia-Anhalt, Brandeburgo, Mecklemburgo-Pomerania Occidental, son los más dependientes de la industria manufacturera y química, los que tienen menos diversificación económica, los que tienen salarios más bajos y menor capacidad de absorber shocks inflacionarios.

Para el electorado del este, las políticas del gobierno de Merz no son abstractas; son una amenaza existencial. Cuando Berlín decide sustituir el gas ruso por GNL estadounidense, lo que realmente está decidiendo es cerrar las fábricas químicas de Sajonia-Anhalt. Cuando decide aumentar el gasto militar al 3.5% del PIB, lo que realmente está decidiendo es recortar las pensiones en Turingia. Cuando decide seguir las directrices de Washington en política exterior, lo que realmente está decidiendo es sacrificar la competitividad industrial del este en nombre de una estrategia geopolítica que no controla y que no beneficia a sus ciudadanos.

Y esa es la razón por la que el este vota masivamente por Alternativa para Alemania. No es porque los votantes del este sean inherentemente más xenófobos o más autoritarios; es porque son los que más claramente perciben que Berlín los está sacrificando. AfD no ofrece soluciones económicas reales, su programa es neoliberal y beneficiaría aún más al capital financiero, pero al menos verbaliza el malestar, al menos dice lo que todo el mundo piensa, pero nadie se atreve a decir: que las sanciones a Rusia son un suicidio económico, que el GNL estadounidense es un tributo a Washington, que el rearme es un lujo que Alemania no puede permitirse mientras su base industrial colapsa.

La democracia alemana, en este contexto, se ha convertido en una farsa. Los partidos tradicionales, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), los Verdes, compiten por ver quién puede ser más atlantista, más militarista, más dispuesto a sacrificar el bienestar social en nombre de la «seguridad». Las elecciones no cambian nada fundamental; todas las opciones políticas aceptan el marco geopolítico definido por Washington y Bruselas.

La falsa democracia europea, la que se presenta al mundo como modelo de civilidad mientras gasta fortunas en armamento y deja morir a migrantes en el Mediterráneo, es la misma falsa democracia alemana, la que promete prosperidad mientras desindustrializa el país y sacrifica el bienestar social en nombre de una geopolítica que no controla. Y el peligro no es Rusia; el peligro es que Alemania, el país que debería ser el motor de una Europa soberana y próspera, se ha convertido en el vasallo más entusiasta de una potencia extranjera, dispuesta a sacrificar su futuro industrial y su cohesión social en nombre de intereses que no son los suyos.

Parecería ser que el verdadero problema de Europa no es simplemente que AfD sea demasiado extremista, sino que las fuerzas tradicionales están perdiendo la capacidad de ofrecer una respuesta económica y geopolítica convincente a la crisis que atraviesa Alemania. AfD está consiguiendo convertir una crisis económica estructural en una crisis cultural, y mientras las élites europeas sigan insistiendo en diagnosticar el problema como un regreso del fascismo en lugar de reconocer el colapso de su propio modelo, seguirán perdiendo terreno frente a quienes, acertada o erróneamente, al menos identifican las causas materiales del descontento.

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