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LA FRACTURA DEL CONO SUR

Según Margaret Thatcher, su mayor logro fue Tony Blairy el Nuevo Laborismo. Recado para Argentina
Margaret Thatcher entendió que la victoria definitiva no es destruir al adversario. Es hacer que el que venga después gobierne con tus reglas. Tony Blair no revirtió las privatizaciones; las administró

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Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.worpress.com/agosto 19, 2026 

Margaret Thatcher, en una de sus confesiones más cínicas y reveladoras, declaró que su mayor triunfo político no había sido derrotar a los sindicatos ni privatizar la industria británica. Su mayor logro, dijo, fue Tony Blair y el Nuevo Laborismo. La Dama de Hierro entendía algo que las élites sudamericanas aún no comprenden: la destrucción más perfecta no es la que elimina al adversario, sino la que obliga al sucesor a gobernar sobre las ruinas con las reglas que el destructor impuso. Ese es el recado que la historia le envía hoy a la Argentina.

La tensión entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva ha llevado la relación bilateral al punto más delicado en cuatro décadas. Pero el verdadero terremoto no está en los insultos diplomáticos ni en las cumbres del Mercosur donde uno omite al otro. El terremoto está en lo que se está rompiendo por debajo: las cadenas productivas, la arquitectura tecnológica, la confianza institucional y, sobre todo, la posibilidad misma de un proyecto de desarrollo compartido.

Y eso, a diferencia de los gobiernos, no se cambia por decreto. Brasil sigue siendo el principal socio comercial de Argentina, con un intercambio que superó los US$ 31.000 millones en 2025. Pero ese número, que parece sólido, esconde una hemorragia estructural: Buenos Aires arrastra un déficit crónico, exporta materias primas e importa manufacturas, y la brecha se ensancha cada trimestre. La pregunta que nadie en la Casa Rosada quiere hacerse no es cuánto comercio queda, sino cuánto quedará cuando el cristal se haya roto del todo.

Comencemos por el final. Si en 2027 asume en Argentina un gobierno pragmático —de derecha, de centro, o ese híbrido camuflado que los argentinos conocen tan bien, el «blairismo» que promete reconstruir sobre el polvo sin admitir que y quién lo provocó—, descubrirá que la integración con Brasil nunca volverá a ser la misma. El daño estructural es, en gran medida, irreversible. Las cadenas de valor son como cristales: una vez que se rompen, no se pegan. Si una terminal automotriz cierra su planta en Córdoba y se relocaliza en Brasil, México o India, no volverá cuando cambie el ciclo político.

La dependencia de la trayectoria —ese concepto que los economistas llaman path dependence— habrá dictado que Brasil absorbió esa capacidad instalada para siempre. No hay decreto, no hay subsidio, no hay discurso de asunción que revierta una decisión corporativa de esa magnitud. Y aquí aparece la paradoja thatcheriana: el mayor «logro» del mileísmo no será haber derrotado al kirchnerismo. Será haber convertido al próximo gobierno, sea del signo que sea, en un administrador de la desindustrialización. Un Blair sobre ruinas ajenas.

La tragedia de la política exterior argentina actual es la de cambiar activos estratégicos —soberanía tecnológica, integración industrial, liderazgo regional— por promesas ideológicas de Washington que no se traducen en inversión extranjera directa real. Pero sería una equivocación llamar a esto «error». Es una decisión. La élite económica argentina no es industrial como la burguesía paulista. Es financiera, agroexportadora y, más recientemente, energética y minera. Para el capital rentístico argentino, la manufactura es un problema: demanda dólares para importar insumos, exige protección arancelaria, genera presiones sindicales y —peor aún— obliga a competir.

El núcleo de acumulación ya no pasa por las fábricas de Rosario o Córdoba, sino por la extracción de recursos naturales y la valorización de activos financieros offshore. La desindustrialización no es un daño colateral para esta élite. Es la condición necesaria para disciplinar el mercado interno y sostener la rentabilidad de los commodities. No les duele que la industria exporte trabajo a Brasil porque, en su contabilidad, ese trabajo nunca fue rentable.

Los números lo confirman con una crueldad casi obscena: en el primer semestre de 2026, Brasil fue el principal destino de las manufacturas de origen industrial argentinas, con US$ 4.004 millones, el 30% de todas las exportaciones industriales del país. El sector automotriz es el más sensible: el 53% de lo que Argentina exporta a Brasil son autos y autopartes, mientras que las importaciones automotrices desde Brasil representan el 26% del total comprado, unos US$ 1.940 millones. Es decir, Argentina todavía exporta trabajo industrial a Brasil. Pero cada planta que cierra, cada autopartista que baja la persiana, hace que ese número sea más ficticio, más prestado, más cercano al cero.

Aquí radica uno de los mayores silencios analíticos del continente. La Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP) no solo pierde el mercado cautivo argentino por las políticas de recorte de Milei. Está siendo arrasada por China. Brasil le vende a Pekín commodities —soja, mineral de hierro, petróleo crudo— y le compra manufacturas de alta tecnología: vehículos eléctricos de BYD, paneles solares, maquinaria pesada, infraestructura 5G. El resultado es un superávit comercial macroeconómico que celebra el agronegocio, pero una destrucción silenciosa del tejido industrial paulista que la FIESP denuncia sin que nadie la escuche.

La Asociación Brasileña del Agronegocio, la ABAG, festeja ventas récord a Pekín. La FIESP ve cómo sus industrias —textil, autopartes, electrodomésticos— son barridas por la competitividad asiática. Y en el medio, Argentina, que históricamente fue el salvavidas de la industria brasileña, se hunde en una recesión que destruye la demanda. La integración con Argentina se vuelve irrelevante cuando China te ofrece un mercado de 1.400 millones de consumidores. Y ese es el cálculo que, en voz baja, la élite industrial brasileña ya hizo.

Hay un actor que no aparece en los discursos de Milei ni en los de Lula, pero que controla el verdadero flujo de riqueza del Cono Sur: el

. Las terminales portuarias de Puerto General San Martín y Timbúes, en el Gran Rosario, están controladas por Cargill, COFCO y Bunge. En Brasil, esas mismas empresas —junto con la suiza Glencore— manejan las terminales del Arco Norte, en Barcarena y Santarém, y el puerto de Santos.

Son las famosas ABCD —ADM, Bunge, Cargill, Dreyfus— más la china COFCO: cinco o seis escritorios comerciales en Chicago, Ginebra y Pekín que fijan precios, logística y destinos para el 80% de los granos que salen de Sudamérica. Para estas corporaciones, la frontera entre Argentina y Brasil es una ficción legal. Si Argentina exporta menos, Bunge o COFCO simplemente mueven el trading de la soja brasileña a través de Santos o Itacoatiara. La crisis de un país es irrelevante; el flujo de capital no se detiene. La ABAG brasileña y la Sociedad Rural Argentina compiten por la tierra, sí. Pero el poder real —el de fijar precios, decidir rutas logísticas y capturar márgenes— lo tienen los mismos cinco escritorios de siempre. La Hidrovía Paraná-Paraguay, por donde sale el 80% de las exportaciones argentinas, no es un proyecto binacional. Es una autopista corporativa que atraviesa dos países sin pedir permiso.

La Guerra Fría tecnológica ya llegó al Cono Sur, y llegó con siglas. En diciembre de 2025, el Departamento de Estado estadounidense lanzó Pax Silica, una red de «socios confiables» para asegurar el abastecimiento de minerales críticos, tierras raras, litio, cobre, semiconductores y centros de datos. Argentina y Chile se incorporaron en 2026 como los primeros países sudamericanos, ingresando como proveedores de recursos y territorio, sin acceso a las capas de diseño de modelos, fabricación de chips o soberanía de datos.

Seis meses después, en julio de 2026, China presentó en Shanghái la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial, WAICO, firmada por 29 países, incluido Brasil. WAICO se propone como una organización intergubernamental abierta, con ejes en gobernanza compartida, estándares técnicos, reducción de la brecha con el Sur Global y sostenibilidad energética. La diferencia no es retórica. Es estructural. Pax Silica inserta a Argentina como cantera del complejo militar-tecnológico estadounidense: exporta átomos, importa reglas. WAICO inserta a Brasil como arquitecto de una gobernanza digital alternativa: exporta estándares, importa soberanía.

La disputa se superpone con la competencia por minerales críticos —Argentina ofrece litio y cobre; Brasil, hierro, cobre y capacidad industrial— y define quién escribirá las reglas del siglo XXI en Sudamérica. Si Argentina mantiene la arquitectura tecnológica exigida por Washington, quedará técnicamente aislada de Brasil y del continente. Brasil, como miembro fundador de WAICO y socio de Huawei, desarrollará redes 6G, inteligencia artificial de código abierto y sistemas de pagos digitales bajo estándares chinos. No habrá roaming tecnológico. Las redes eléctricas inteligentes, los sistemas logísticos de la Hidrovía y las redes financieras dejarán de ser interoperables. Argentina será una isla digital occidental en un océano tecnológico de matriz asiática.

La Nueva Ruta de la Seda, China ya no necesita a la Argentina industrial. Su estrategia es consolidar el Corredor Bioceánico Central, conectando el puerto de Santos (Brasil) con el océano Pacífico a través de Paraguay, el norte argentino y el norte de Chile. ¿El objetivo? Extraer el litio del salar, el cobre andino y la soja del Mato Grosso/Paraguay directamente hacia Shanghái, esquivando los cuellos de botella políticos de Buenos Aires. En este escenario, y con el proyecto del Corredor Ferroviario Bioceánico busca unir la costa atlántica de Brasil con el Megapuerto de Chancay en la costa del Pacífico de Perú, Brasil es el centro logístico chino en el Atlántico Sur, y la industria argentina queda como un vacío geográfico que China simplemente «rodea» por el norte.

En este mapa, y si Lula consolida su proyecto en 2026, Brasil tratará a Argentina no como un socio paritario, sino como un proveedor de gas barato estacional para el sur de su territorio. La integración energética, que en el pasado fue el motor de la alianza bilateral, se convertirá en una transacción asimétrica y fría, donde Brasil dictará los precios aprovechando el rentismo de las elites que manejan Vaca Muerta y la necesidad agobiante del gobierno de conseguir divisas para pagar deuda.

El escenario post-Milei no será la refundación del Mercosur. Será su mutación hacia una simple zona de libre comercio donde cada país negocia por separado con terceros. La política arancelaria común habrá muerto. La relación bilateral pasará de alianza estratégica a transacción comercial. Brasil le comprará a Argentina gas de Vaca Muerta y litio en bruto para sus propias fábricas de baterías, pero no habrá transferencia de tecnología ni desarrollo conjunto.

La estrategia de Lula para un eventual segundo mandato es clara: liderazgo multipolar, fortalecimiento del Mercosur como plataforma de negociación colectiva, profundización de alianzas con el Sur Global —BRICS, CELAC—, aceleración de un acuerdo comercial Mercosur-China y reforma de las instituciones multilaterales. Sin un Mercosur fuerte, Brasil pierde capacidad de negociación colectiva. Y sin Brasil liderando, la región queda a merced de las potencias externas. Mientras tanto, Argentina negocia bilateralmente con Washington, perforando el arancel externo común y debilitando la unión aduanera. Es el equivalente geopolítico de quemar el puente mientras se está parado sobre él.

Si Donald Trump pierde al menos una cámara del Congreso en las elecciones de medio término de noviembre de 2026 —el escenario más probable, según todos los sondeos—, su capacidad de sostener la arquitectura hemisférica que Milei necesita se evaporará. Sin Fast-Track para acuerdos comerciales, pero con margen político para Pax Silica, y quizás sin margen político para forzar al FMI, Washington mirará hacia adentro. La combinación de un Trump convertido en pato rengo, un Brasil consolidado en el multipolarismo de los BRICS y la WAICO, y una Argentina recesiva y desindustrializada configura el mapa final: Estados Unidos puede perder la capacidad de dictar la política exterior sudamericana.

El continente deja de ser el patio trasero y se convierte en un tablero multipolar donde cada país negocia transaccionalmente. Y Argentina, al carecer de industria, de mercado regional y de un padrino con poder real en el Congreso, quedará reducida a la irrelevancia diplomática. Su única carta de negociación será vender sus recursos naturales al contado, al mejor postor, sin capacidad de exigir transferencia tecnológica. Para beneplácito de las élites locales, que se quedarán con los dólares.

Margaret Thatcher entendió que la victoria definitiva no es destruir al adversario. Es hacer que el que venga después gobierne con tus reglas. Tony Blair no revirtió las privatizaciones; las administró. No reconstruyó la industria británica; gestionó su ausencia con una sonrisa y un discurso moderno. Ese es el futuro que se está escribiendo para Argentina.

El próximo gobierno —pragmático, moderado, blairiano— no reconstruirá la integración con Brasil. Administrará su ausencia. No recuperará la industria. Gestionará la exportación de materias primas con lenguaje progresista. No desafiará al oligopolio ABCD+C. Negociará mejores márgenes para los mismos cinco escritorios de siempre. La fractura del Cono Sur no es una grieta que se cierra. Es una nueva geografía. Y en esa nueva geografía, Argentina ya no es un socio. Es un territorio de extracción con bandera propia.

Thatcher estaría orgullosa.

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