La repetición de los viejos tropos e impulsos políticos estadunidenses
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Maciek Wisniewski/I-II y última
jornada.com.mx/22 de agosto de 2026
En la literatura académica sobre la extrema derecha la definición precisa del término sigue siendo un objeto del debate y sus estudios están plagados de las mismas dificultades que los estudios del fascismo: la ausencia de una definición consensuada del fenómeno y falta del consenso definitorio sobre su anatomía. Igual que respecto al fascismo, los estudiosos a menudo no pueden ponerse de acuerdo sobre los conceptos básicos, enfatizando ciertas características e ignorando otras, aunque el nacionalismo, el racismo, la xenofobia o la hostilidad hacia la democracia parlamentaria suelen aparecer como conceptos centrales. Ni siquiera existe un consenso acerca del término que usar con diferentes autores hablando de la derecha “extrema”, “radical” o “ultra” o usando estos términos de modo intercambiable y abogando, o no, a distinguir entre la extrema derecha más tradicional y sus mutaciones más recientes.
Uno de los viejos contribuidores a este debate, trabajando el tema desde los años 50 hasta principios de los años 2000, era Daniel Bell (1919-2011), uno de los sociólogos e intelectuales públicos más influyentes de Estados Unidos (EU) que se empeñó a ofrecer una radiografía de lo que él tildaba como la “derecha radical” ( radical right) estadunidense que congregaba históricamente una constelación de grupos de presión, redes ideológicas y movimientos de masas delimitados –según él y según algunos de sus colaboradores como Richard Hofstadter, Seymour Martin Lipset o David Plotke– no tanto por siglas de partidos, sino por un perfil sociológico, sicológico y económico muy específico.
Las dos características fundamentales de esta derecha eran, según Bell, su excesiva valoración de la “amenaza comunista” –nacional e internacional− y su falta de realismo en el rechazo a las reformas del New Deal (véase: The Radical Right, 2001, pp. 606). Si bien esta derecha radical no abarcaba al Partido Republicano (GOP) como tal, pero sí describía una facción radicalizada, insurgente y extremista que operaba dentro y a los márgenes de él y que se sentía frustrada sobre todo cuando el GOP estaba fuera del poder o cuando este estaba dominado por el establishment moderado.
La facción, o facciones, que finalmente por medio de un largo proceso de divisiones y rupturas y, aprovechando el vacío organizativo, en colaboración con las élites empresariales –tal como lo demuestra magistralmente en su estudio reciente Paul Heideman (t.ly/NXqa8)– radicalizaron y transformaron, coincidiendo también con el proceso general del ocaso de la participación y el “vaciamiento” de los partidos, la GOP, dando a luz a Donald Trump (véase: Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, 2025, pp. 320).
Mientras las políticas económicas de estos grupos nunca eran particularmente originales –además Bell proponía ver su auge más como una respuesta a la dislocación social y a la ansiedad por el estatus, no simplemente como fruto del conflicto económico–, su primer rasgo, una búsqueda obsesiva, dogmática, paranoica y conspirativa de los “enemigos comunistas de la nación” y/o los “intelectuales cosmopolitas que trabajaban contra ella” y que llegó a su cenit con la “caza de brujas” del senador Joseph McCarthy en los años 50 −siendo el “macartismo” en su momento un verdadero movimiento de masas− era muy propio de la derecha radical en EU en todas sus diferentes iteraciones.
El hecho que el régimen de Trump −ante la creciente oposición a sus políticas internas y externas− esté entrando justamente a un poco más de un año y medio de haber tomado por segunda vez el poder abiertamente en su fase “neomacartista” de una frenética fabricación y persecución de “enemigos”: “socialistas”, “comunistas”, periodistas, intelectuales etcétera, es una buena ocasión para recentrar el análisis y reinsertar propiamente al trumpismo −muchas veces incomprendido y analizado mediante los códigos dramáticos y políticamente y mediáticamente más atractivos como por ejemplo el “fascismo”− en su genealogía correcta de la derecha radical estadunidense descrita por Bell.
El link orgánico de Trump con el macartismo no puede ser más obvio y directo: Roy Cohn (1927-1986), el asesor jurídico principal que McCarthy contrató para su Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes y de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado –y que ayudó a mandar a Julius y Ethel Rosenberg a la silla eléctrica–, y que fue abogado, “fixer” y mentor bajo el cual el joven presidente se formó en Nueva York en los años 70.
Fue él quien le enseñó –como bien demuestran los biógrafos de Cohn (t.ly/hv8SJ)– que “los hechos siempre podían ser ahogados por contraargumentos estridentes”, “los fuegos artificiales de la publicidad eran más importantes que la ley”, y que “siempre se debía evitar dejar un rastro en papel”, las técnicas de negocios y de poder que provienen directamente del mundo inmobiliario neoyorkino y no por ejemplo de la historia del fascismo. Y que siempre eran bañadas en el anticomunismo de corte macartista −y no fascista centroeuropea de entreguerras−, la única, por más rudimentaria que sea, educación política y noción del discurso público que Trump, gracias a Cohn, jamás haya absorbido.
Si bien la perspectiva de Heideman es en sí misma un correctivo a la de Bell, que veía en la radicalización de la derecha estadunidense “un brote sicopatológico” que dependía de los ciclos políticos y cambios modernos −mientras se trataba de una transformación institucional más profunda y el futuro de la política en EU−, leídos en conjunto ambas permiten historizar propiamente al trumpismo y evitar los frecuentes hoy en día culs-de-sac en el campo del estudio de las derechas.
En el epílogo de 2001 a su mencionada obra dedicada a la “derecha radical” estadunidense (véase: parte I, t.ly/ alvP1) Daniel Bell adoptó una postura reflexiva pero firme: reconoció, aunque más de modo indirecto, las limitaciones de sus predicciones iniciales −muchas de ellas basadas en observaciones y modelos teóricos que se remontaban bien a los años 50−, pero defendió la validez de sus conceptos y su metodología frente a las nuevas encarnaciones de la derecha del cambio de siglo.
Claramente, como lo ha señalado con más detalle David Plotke en la introducción, el panorama político de los años 90 y el año 2000 había desbordado muchas de las proyecciones que Bell y sus colegas hicieron décadas atrás. Una de sus fallas era, por ejemplo, la subestimación organizativa de la derecha radical estadunidense: viendo en ella una fuerza puramente destructiva e incapaz realmente de gobernar, fallaron a anticipar los modos en los que estos sectores lograrían canalizarse institucionalmente como una verdadera fuerza contra-élite a través de las fundaciones y think tanks –como la Heritage Foundation−, las redes de medios, coaliciones empresariales y toda una maquinaria de movilización de base, una fuerza que, años más tarde, acabaría tomando el control del propio Partido Republicano (GOP).
Otro de los vacíos de su análisis ha sido el giro hacia las “guerras culturales”, un cambio del eje político que su enfoque original no alcanzó a captar ya que se trató de algo novedoso aunque fuese una evolución que venía en marcha ya desde los 80: mientras el viejo anticomunismo de la guerra fría había desaparecido −junto la URSS− la nueva derecha radical se cohesionó rápidamente en torno y en contra de los temas del aborto, el multiculturalismo, el “feminismo radical”, los derechos LGBT+, los programas educativos, etcétera.
Por otro lado, Bell reafirmó la vigencia de sus ideas y herramientas empíricas manteniendo que aún explicaban bien la dinámica de la política estadunidense. Y ésta, respecto a la derecha radical, seguía girando en torno a tres ejes constantes: i) la “política de estatus” y la ansiedad por ella que no era sólo un diagnóstico de “individuos resentidos”, sino una realidad demostrable sociológicamente y un motor político que pesaba más que el interés económico directo; ii) el “estilo político paranoide” (Hofstadter) que no había desaparecido con el fin del macartismo original, sino que mutó fluidamente en nuevas teorías conspirativas y iii) la distinción entre el “conservadurismo” y el “extremismo” que seguía vigente y se reflejaba en el comportamiento de varias figuras de los 90 −Bell apunta a Newt Gingrich, pero Pat Buchanan, una suerte de “precursor” de Trump, sería un mejor ejemplo (t.ly/WrjCm)− que demostraba que el radicalismo estaba sustituyendo al conservadurismo moderado (The Radical Right…, páginas 447-503).
Aplicado a la última década este marco describe, a muy grandes rasgos pero bien, la dinámica política en Estados Unidos marcada por el auge y la consolidación del trumpismo, un movimiento impulsado tanto por la “ansiedad por el estatus” (siendo su pérdida debido a los cambios culturales y demográficos más importante para ciertos sectores que la pérdida del empleo), el viejo “estilo paranoide” que se acopló a la era de las nuevas tecnologías, como por la radicalización de los cuadros republicanos que desplazaron el viejo establishment.
Si bien Bell y sus colegas estarían tal vez sorprendidos por el regreso de la vieja retórica anticomunista −ahora, encima, sin el comunismo real en el horizonte−, instrumentalizada por la administración trumpista en contra de los enemigos internos (los demócratassocialistas etcétera) y externos (Cuba et al.) y ante la falta de cualquier otra visión política y lenguaje aglutinador después de haber desechado abiertamente todas sus promesas (performativas) de mejorar las condiciones de la vida de los estadunidenses, el abrazamiento del “neomacartismo” no les extrañaría en lo más mínimo. En sus ojos, esta modalidad de la “caza de brujas” siempre ha sido una de las principales características históricas de la derecha radical en EU.
Así la criminalización de las posturas progresistas, la persecución de las instituciones educativas, los periodistas (t.ly/OZ8tY), las listas negras y purgas de funcionarios etcétera, todo un nuevo “pánico rojo” (Red Scare), no es ningún invento de Trump y sus colaboradores −ni una importación de la historia europea de entreguerras−, sino la repetición de los viejos tropos e impulsos políticos estadunidenses.
Claramente, las cosas también han cambiado. Paul Heideman que desde un enfoque más materialista ha trazado la mutación de la GOP y su giro hacia la extrema derecha (véase: Rouge Elephant…) −que ocurrió, paradójicamente, porque la propia clase capitalista en EU se desorganizó y fracturó−, bien recuerda que las élites empresariales, cuando éste ya les pareció demasiado caótico, destruyeron a Joe McCarthy y si bien intentaron hacer lo mismo con Trump tras el 6 de enero de 2021, para marzo ya habían claudicado (t.ly/Gd5vQ), abriéndole, en un escenario de una radicalización generalizada, el camino a la relección en 2024.
La derecha radical en EU no es un fenómeno novedoso de las redes sociales ni representa un “repentino desliz en la barbarie” −por ejemplo, la repetición del “fascismo/nazismo” alemán−, sino es una corriente autónoma en un permanente proceso de rearticulación que se rige por una serie de patrones históricos. Estudiarla dentro de sus propias genealogías −trazadas, por ejemplo, por Bell− y acorde con sus mutaciones más recientes −reconstruidas por ejemplo por Heideman−, es la única vía para comprenderla correctamente con tal de poder contrarrestarla.
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