Científicos descubren que el aumento de la información visual fue lo que permitió el desarrollo de los cerebros de simios y humanos
Guillermo Carvajal
labrújulaverde.co/7 Ago, 2026
Un estudio derriba la hipótesis predominante sobre la evolución del cerebro en primates y sitúa a la visión como el motor principal del desarrollo de la neocorteza, relegando al lóbulo frontal a un papel de crecimiento meramente proporcional.
La investigación, publicada en la revista Science, ha sido dirigida por Richard F. Kay, profesor emérito de Antropología Evolutiva en el Trinity College of Arts & Sciences y en la Nicholas School of the Environment de la Universidad de Duke.
El trabajo, que ha empleado una colección única de cráneos procedentes en su mayoría del Museo de Historia Natural del Duke Lemur Center, se ha propuesto resolver un enigma que ha permanecido prácticamente irresoluble para la paleontología debido a la naturaleza perecedera del tejido nervioso.
La neocorteza, esa capa externa y plegada del cerebro que constituye el sustrato anatómico de la percepción sensorial, la cognición y las funciones complejas, presenta en los primates un tamaño desproporcionadamente mayor en comparación con el resto de los mamíferos.
Determinar el cómo y el porqué de esta expansión, que se ha desarrollado a lo largo de los últimos 56 millones de años, había resultado una tarea esquiva por la imposibilidad de que los cerebros se fosilicen.
Para sortear esta dificultad, los investigadores recurrieron a la creación de modelos virtuales del interior de las cavidades craneales, conocidos como endomoldes o endocasts, utilizando tecnología de microtomografía computarizada de alta resolución en las instalaciones de Duke Shared Materials Instrumentation Facility.
Endocasto virtual de la especie de primate Simonsius grangeri creado por los investigadores. Crédito: Kay et al./MorphoSource
Estos modelos digitales tridimensionales permitieron al equipo comparar los volúmenes y las áreas superficiales asociadas de las distintas regiones de la neocorteza a lo largo de un amplio espectro de especies de primates, tanto extintas como vivientes.
El análisis cuantitativo de estos fósiles, medidos desde el interior, ha arrojado resultados que contradicen frontalmente una de las suposiciones más extendidas en el campo de la neuroevolución. La creencia popular y científica de que el lóbulo frontal —la región cerebral vinculada por excelencia al razonamiento avanzado y a las capacidades cognitivas superiores— había experimentado un crecimiento independiente y acelerado en múltiples linajes de primates ha quedado desmontada.
El estudio demuestra que el tamaño del lóbulo frontal creció de manera gradual y predecible, siguiendo una pauta de escala común a todos los grandes grupos de primates a lo largo de su historia evolutiva. No se hallaron evidencias de las expansiones drásticas y autónomas que algunos trabajos previos, basados en la inspección visual de fósiles, habían sugerido.
Todo, desde los humanos hasta las tupayas, se ajusta a la misma línea: en relación con el tamaño del cerebro, la proporción del lóbulo frontal es una constante, ha declarado Kay, quien ejerce como coautor correspondiente del artículo.
El verdadero protagonista de esta historia evolutiva se encuentra, por tanto, en otras áreas cerebrales. Las regiones occipital, parietal y temporal, que procesan de manera prioritaria la información visual, experimentaron un incremento rápido y desproporcionado en los tarsios y los antropoides, el grupo que engloba a monos, simios y humanos.
Este crecimiento acelerado se produjo, de manera crítica, en las mismas ramas del árbol filogenético de los primates en las que el nervio óptico aumentó su calibre, lo que constituye un indicador inequívoco de que un mayor flujo de información visual penetraba en el cerebro.
Para cuantificar el volumen de entrada de estímulos visuales en los cerebros de los primates antiguos, el equipo utilizó el tamaño del agujero óptico, la abertura ósea por la que discurre el nervio, como un indicador fiable. Los dos grupos con neocortezas más grandes y dominadas por la visión —tarsios y antropoides— presentaban también los agujeros ópticos de mayor tamaño.
Los investigadores observaron, además, un fenómeno de amplificación: las regiones de procesamiento visual parecen haber crecido a un ritmo incluso más acelerado que el propio nervio que las alimenta, magnificando pequeños aumentos en la señal de entrada hasta traducirlos en grandes extensiones de tejido cerebral.
Este hallazgo sugiere que los cerebros de gran tamaño, característicos de los antropoides y que se remontan al menos 33 millones de años atrás, tienen su raíz en la evolución de una visión de alta definición, que incluye adaptaciones anatómicas como la fóvea retinal y un tabique óseo que protege el ojo, más que en una selección favorecedora de un córtex frontal hipertrofiado por sí mismo.
La investigación proporciona una respuesta a la pregunta de qué impulsó esa selección natural: Kay plantea dos hipótesis principales. Una de ellas apunta al aumento de la complejidad en la comunicación social, mientras que la otra sugiere que el motor pudo ser la eficiencia en la búsqueda y obtención de alimento, factores ambos con un fuerte impacto potencial en la evolución de los primates.
Los cerebros fósiles han sido frustrantemente silenciosos sobre esta cuestión durante mucho tiempo, ha afirmado Kay. Cuando dejamos que los fósiles hablen cuantitativamente, en lugar de basarnos en impresiones de su forma, el resultado es que los cerebros agrandados de monos, simios y humanos están ligados a la visión mucho más que al lóbulo frontal, que simplemente mantuvo el paso con el tamaño general del cerebro.
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FUENTES
Richard F. Kay et al., Fossil evidence favors a role for vision in the modular evolution of the primate neocortex. Science 393, 622-627(2026). DOI:10.1126/science.aee3541
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