Múltiples intervenciones, bombardeos e intentos de cambios de régimen avtuales se deben ver como diferentes episodios político-militares de una misma guerra de alcance planetario:
la guerra global para hacer a América grande otra vez, para decirlo utilizando la terminología trumpista
Un F18 se prepara para realizar un aterrizaje forzoso en la cubierta de vuelo del portaaviones USS Abraham Lincoln, en apoyo de la Operación Furia Épica, el 2 de marzo de 2026. Foto de la Marina de los EE. UU.
José Luis Gordillo
elsaltodiario.com/Centre Delàs d'Estudis per la Pau, 12 jul 2026
Denominar de una manera u otra a los diferentes actos políticos tiene consecuencias. Por ejemplo, en la cumbre de Ankara de la OTAN se ha tomado la decisión de transferir 70.000 millones de euros al Gobierno ucraniano. Con esa cantidad se comprarán armas a Estados Unidos con la finalidad de que Zelensky y sus muchachos puedan proseguir unos cuantos años más su agónica guerra contra Rusia. Esa transferencia de recursos bélicos, financiada con los impuestos pagados por los contribuyentes, es calificada de “ayuda” por los medios atlantistas europeos. En su opinión, la OTAN proporciona “ayuda” militar a la “pobre y desvalida Ucrania”. Eso tiene efectos muy corrosivos para las meninges de los pagadores de impuestos. Recurriendo al concepto de “ayuda” les hacen creer que su contribución monetaria va a ser utilizada para un fin bueno y justo.
La OTAN se creó, como hemos vuelto a comprobar estos días, para defender los intereses de Estados Unidos en Europa, no “para defender a Europa”. La OTAN también se creó para facilitar los beneficios de las empresas norteamericanas y occidentales. Lo que no ha hecho nunca la OTAN es ayudar a los pobres y desvalidos. La “ayuda” a Ucrania es una asistencia que la Alianza Atlántica se da a sí misma porque el Gobierno de Kiev no es más que un instrumento suyo. En ese sentido, es preciso subrayar que la guerra en el oriente europeo es una guerra indirecta entre la OTAN y la Federación rusa. Caracterizarla así es muy importante porque con ello se señala la responsabilidad de los estados atlantistas en su génesis y continuidad. Denominarla “guerra de Ucrania” o, todavía peor, la “guerra de Putin”, induce a pensar que los Gobiernos occidentales no son responsables de nada y sus acciones en relación con ella son algo parecido a lo que hacen las hermanitas de la caridad.
Como ha quedado reflejado en la declaración final de la cumbre de Ankara, los 32 estados de la OTAN han reiterado su apoyo a la guerra contra Rusia con más envíos de dinero y material bélico. Eso incluye a Estados Unidos, que le ha dado al Gobierno de Zelensky el permiso para fabricar misiles Patriot en territorio ucraniano. El apoyo atlantista a Ucrania, entre otras muchas acciones, comprende asimismo el asalto en aguas internacionales a los buques de lo que la prensa atlantista europea denomina “la flota fantasma rusa”.
La guerra indirecta en el oriente europeo entre la OTAN y Rusia es uno de los frentes abiertos por los Estados Unidos y sus aliados para intentar revertir la decadencia del imperio occidental
Pero la cosa no acaba ahí. A finales de junio, la Comisión Europea anunció que a partir de ahora la protección especial que recibían los refugiados ucranianos en el territorio comunitario se va a supeditar a “la capacidad general de Ucrania para defenderse”, lo cual significa que no se concederá protección y asilo a los ucranianos que “no estén autorizados por las autoridades ucranianas a abandonar Ucrania a causa de sus obligaciones militares” (La Vanguardia, 27 de junio de 2026). Vamos, que la Comisión Europea también se ha apuntado a “ayudar” a reclutar la carne de cañón que necesita la OTAN en el frente del Este.
El Gobierno presidido por Pedro Sánchez ha hecho también su aportación: va a “ayudar” a la continuidad de la carnicería con 50 millones de euros, cantidad que se debe agregar a los cerca de 4.000 millones de euros que ya ha entregado España con la misma finalidad. Otra notoria aportación española a lo mismo ha sido la instrucción en territorio ibérico de 9.000 militares ucranianos.
Todo esto es muy coherente con la admonición de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, según la cual la Alianza Atlántica debía prepararse para un choque militar frontal y directo con Rusia. Ese enfrentamiento había que imaginarlo de la misma magnitud que la guerra que “sufrieron nuestros abuelos y bisabuelos”. Según el palanganero de Trump, había que pensar en un conflicto que podría llegar a “cada hogar y a cada lugar de trabajo” y que podía comportar “destrucción, reclutamiento masivo y millones de desplazados”, así como “sufrimientos generalizados y pérdidas extremas” (El País, 11 de diciembre de 2025).
Mark Rutte hacía dicha advertencia para a continuación invocar el bimilenario si vis pacem, para bellum (“si quieres la paz, prepara la guerra”) y por eso conminaba a los estados miembros de la OTAN a aumentar sus gastos militares hasta el 5% del PIB. El problema es que lo ocurrido en los dos mil años posteriores a la formulación del viejísimo adagio latino ha confirmado ampliamente su carácter catastrófico (en todas partes, pero en especial en Europa). En la inmensa mayoría de los casos, “preparar la guerra para mantener la paz” se ha convertido en “preparar la guerra para hacer la guerra”. De hecho, algo así es lo que piensan, por ejemplo, Boris Pistorius, ministro de Defensa de la RFA, o Fabien Mandon, general jefe del Estado Mayor del ejército francés, los cuales han afirmado que había que irse olvidando de la paz e irse preparando para librar una guerra directa y a gran escala contra Rusia dentro de dos o tres años. Para ello, Pistorius ha aconsejado reimplantar el servicio militar obligatorio y Mandon preparar a Francia para que acepte la posible muerte de sus hijos (ABC, 5 de junio de 2024 y Le Grand Continent, 23 de noviembre de 2025).
La guerra indirecta en el oriente europeo entre la OTAN y Rusia es uno de los frentes abiertos por los Estados Unidos y sus aliados para intentar revertir la decadencia del imperio occidental. Es el más peligroso de todos los existentes, sin duda, porque en él están implicadas cuatro potencias nucleares (Estados Unidos, Rusia, Francia y Gran Bretaña). Otros escenarios donde también se persigue el mismo propósito son América Latina (en Venezuela, Cuba, etc.), África (en Nigeria, por ejemplo), Oriente Medio (en Irán, Líbano, Yemen, Siria, etc.) y en el Indo-Pacífico (contra China, sobre todo). Todas esas intervenciones, bombardeos e intentos de cambios de régimen se deben ver como diferentes episodios político-militares de una misma guerra de alcance planetario: la guerra global para hacer a América grande otra vez, para decirlo utilizando la terminología trumpista.
La OTAN también se creó para facilitar los beneficios de las empresas norteamericanas y occidentales. Lo que no ha hecho nunca la OTAN es ayudar a los pobres y desvalidos
Los dirigentes europeos de la OTAN participan en ella y, más allá de algunos gestos de cara a la galería, la apoyan materialmente, como hemos podido verificar con la cumbre de Ankara. Como muestra, un botón que no es precisamente pequeño: después de que Trump llegara a la cumbre reclamando Groenlandia y ordenando nuevos ataques a Irán (dos asuntos que habían provocado algunas críticas por parte de algunos dirigentes europeos), todos han renovado los compromisos de La Haya en el sentido de incrementar los gastos militares hasta el 5% del PIB para poderle comprar muchas armas a la industria militar norteamericana, y todos han aceptado ir sustituyendo algunas fuerzas norteamericanas estacionadas en Europa para que puedan ser trasladas a otras regiones donde ahora son más necesarias (como Oriente Medio o el Mar de la China). Ha sido un “¡Sí, bwana!” en toda regla. La sumisión y obediencia de los dirigentes del viejo continente ha sido total y absoluta y la cacareada “autonomía estratégica” no se ha visto por ninguna parte.
Para más inri, la declaración final de la cumbre ha incluido una alusión a Irán, pero no para criticar la ilegal e injustificable agresión contra ese Estado o para denunciar el carácter intolerable de la amenaza de Trump de “hacer desaparecer una civilización en una sola noche”, sino para afirmar que Irán no debe disponer de armas nucleares y debe respetar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Las consecuencias de su cierre, llevado a cabo primero por la república islámica y después por los propios Estados Unidos, se van a sentir con fuerza en los próximos meses cuando se vayan agotando las reservas de petróleo de la mayor parte de los países del mundo. Entonces podremos calibrar con exactitud los verdaderos efectos de la contribución de la OTAN a la nueva guerra mundial.
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